jueves, 22 de agosto de 2013

El asco


por Julieta Eme

Lo primero que vino a mi mente fue un “no, gracias… acá estoy bien…”, pero él lo dijo por segunda vez:

- Acercate.

Sabía que no se iba a ir sin llevarse lo que quería. La cuestión era resolver por qué medio se lo llevaría: mediante la humillación (la mía) o la violencia (la suya).

Me quedé unos segundos pensando. No quería su violencia otra vez sobre mí. Ahora soy más fuerte que antes, pero no tan fuerte como él. Por otra parte, había un sentimiento extraño en mí. Un sentimiento de curiosidad. Sentía curiosidad por saber cómo funcionaba un vampiro.

Me acerqué.

Tuve que vencer el asco. Él sabía que me estaba forzando pero sin embargo actuaba como si no lo estuviera haciendo. Y yo sabía que estaba siendo forzada, pero con mi consentimiento, lo cual suena contradictorio o al menos raro. Pero creo que las mujeres sobre todo, y más que los hombres sin duda, entendemos y sabemos cómo alguien puede ser forzado aún consintiendo y cómo el consentimiento no significa que no haya coacción. Que fuera una vampira no hacía que dejara de ser una mujer.

Los vampiros funcionan igual que cualquier hombre de la especie humana, lo cual me pareció bastante inentendible, ya que el corazón no late ni la sangre fluye. Pero, de todos modos, ese hecho no era más inexplicable que el hecho de que hablamos y caminamos. De alguna forma, sucede.

Me sentí humillada. De ningún modo nada de lo que había hecho valía la pena. Y me sentí estúpida por haber pensado que si lo hacía para satisfacer mi sentimiento de curiosidad, no iba a sentirme humillada.

Apenas se fue, me desvestí y puse la ropa a lavar. Me metí en el baño y me di una ducha. Me cambié. Agarré las llaves y salí, como si estuviera huyendo.

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