martes, 6 de mayo de 2014

Todo lo profundo ama la máscara

Kierkegaard y Nietzsche: extemporáneos y contemporáneos
(acerca de mi participación en el Congreso Nietzsche) *



Søren Kierkegaard Y Friedrich Nietzsche; dos pensadores que emergen del núcleo incandescente del siglo 19 que, además, fijan una agenda de problemas filosóficos ineludibles para el siglo 20. Intempestivos, extemporáneos, en el sentido nietzscheano del término: inactuales, inconvenientes, molestos, fuera de lugar y de tiempo, precisamente porque se vieron movidos a pensar lo que la época no podía admitir de sí misma, lo que crecía a la sombra del siglo; por ello mismo: contemporáneos.

Sus diferencias son más que patentes: el danés pasa por cultivar un cristianismo radical, el alemán por ser el gran impugnador del cristianismo. La cuestión del cristianismo, incluso la relación personal con Cristo, pesa en ambos de un modo decisivo y sumamente problemático, tanto más cuanto ambos advierten la tensión que se establece entre la persona del Cristo y la civilización que se funda en su nombre. Los dos captan esa tensión y se posicionan de manera diferente ante ella, pero ambas posiciones se fundan en el común reconocimiento de un problema, y para ser más precisos, de un problema histórico. Ambos sienten que tienen algo que hacer frente a eso y están convencidos de que en esa misión se juega no solo su vida personal, sino la clave de su época histórica. Esta tensión con la época quizás no podría haberse manifestado con tal dramatismo en ningún otro siglo más que en el 19. Un siglo desgarrado por la conciencia de su propio presente, por la tensión con la tradición y por el apremio del futuro. El siglo del positivismo, el más pagado de sí, el de la fe en el progreso indefinido, es acaso también el que sintió los presagios de las más grandes conmociones, el malestar en la cultura y hasta el mismo holocausto a la vuelta de la esquina. 

Kierkegaard y Nietzsche son muy diferentes, sí, pero sus auténticas diferencias solo pueden ser apreciadas una vez que se hayan advertido los lazos más secretos que los unen. En un siglo en el que la metafísica incorpora la historicidad, en la época en que la filosofía se vuelca a la historia y a la vez la historia se cuela en la filosofía, como motivo de inquietud, Kierkegaard y Nietzsche asumen el rol de pensar su propia singularidad en la historia, en tensión con la época. Nietzsche es el inactual, el intempestivo que viene a decir una palabra para la que aún no hay oídos preparados. Kierkegaard,antes, es el que captura la eternidad en un instante, para devenir contemporáneo, de un modo distinto al de la mera simultaneidad cronológica. Ser intempestivo y ser contemporáneo: los modos en que ellos pensaron la inserción del ser humano en la historia.

De esto voy a hablar en mi exposición del viernes en el Congreso "Nietzsche y la ciencia". La ciencia será entendida aquí, en la mirada que yo propongo, como clave de una época -esta, todavía- y no como un rasgo "natural" de ser humano. Ambos, Kierkegaard primero y Nietzsche después, son extremadamente renuentes a dejarse arrastrar por la confianza científica, lo único que la época considera aceptable: la ilusión de claridad, de objetividad, de conformidad y de aseguramiento. Tan distintos como parecen (y como de hecho lo son, desde un cierto punto de vista), ambos necesitan recurrir a algún juego de máscaras, precisamente en la época en la que todo misterio pretende ser desvelado.

Pero, ¿quién de los dos dijo esto que cito a continuación?

Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símbolo. ¿No sería la antítesis tal vez el disfraz adecuado con que caminaría el pudor de un dios? Es ésta una pregunta digna de ser hecha: sería extraño que ningún místico se hubiera atrevido aún a hacer algo así consigo mismo. Hay acontecimiento de especie tan delicada que se obra bien al recubrirlos y volverlos irreconocibles con una grosería; hay acciones realizadas por amor y por una magnanimidad tan desbordante que después de ellas nada resulta más aconsejable que tomar un bastón y apalear de firme al testigo de vista: a fin de ofuscar su memoria. Más de uno es experto en ofuscar y maltratar a su propia memoria, para vengarse al menos de ese único cómplice: - el pudor es rico en invenciones. No son las cosas peores aquella de que más nos avergonzamos; no es sólo perfidia lo que se oculta detrás de una máscara, - hay mucha bondad en la astucia. Yo podría imaginarme que un hombre que tuviera que ocultar algo precioso y frágil rodase por la vida grueso y redondo como un verde y viejo tonel de vino, de pesados aros: la sutileza de su pudor así lo quiere. A un hombre que posea profundidad en el pudor, también sus destinos, así como sus decisiones delicadas, le salen al encuentro en caminos a los cuales pocos llegan alguna vez y cuya existencia no les es lícito conocer ni a sus más próximos e íntimos: a los ojos de éstos queda oculto el peligro que corre su vida, así como también su reconquistada seguridad vital. Semejante escondido, que por instinto emplea el hablar para callar y silenciar, y que es inagotable en escapar a la comunicación, quiere y procura que sea una máscara de él la que circule en lugar suyo por los corazones y cabezas de sus amigos; y suponiendo que no lo quiera, algún día se le abrirán los ojos y verá que, a pesar de todo, hay allí una máscara de él, - y que es bueno que así sea. Todo espíritu profundo necesita una máscara: más aún, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de toda palabra, de todo paso, de toda señal de vida que él da.

¿Y si este decir de uno pudiera aplicarse casi perfectamente a la posición del otro? ¿Si fueran las dos caras de lo mismo?

* Este viernes 9 de mayo a las 14:00 en la Biblioteca Nacional, Agüero 2502.

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