miércoles, 19 de febrero de 2020

Recuerda

Cine y música en el aire radial, la nueva emisión de La otra.-radio para escuchar clickeando acá 





El domingo pasado en La otra, junto a mi amigo Alejandro Domínguez, hicimos el segundo cruce entre radio, cine y música. El primero lo habíamos hecho hace pocas semanas, con el título "Taxi de aire", con tanto placer y tan buena respuesta de los oyentes que nos incitaron a seguir andando por ese camino. Hay una magia que se produce cuando la radio propala música que trae imágenes del cine: de ahí la conversación dispara nuestras memorias personales, hechizo, spellbounds.

Hay cineastas y compositores cuyas imágenes y acordes se reclaman mutuamente: lo vimos en el programa anterior con los célebres casos de Bernard Hermann y Hitchcock, Nino Rota y Fellini, también con Rota y la saga de El Padrino, o con el Gato Barbieri y Último tango en París.

En este segundo encuentro nos dedicamos a momentos no tan citados, pero en los que la asociación entre música e imagen cinematográfica obran con igual potencia: compositores que fueron muy importantes en la época clásica de Hollywood, como el judío alemán Franz Waxman (le puso música a La novia de Frankenstein, Rebecca, Sunset Boulevard, A place in the sun, La ventana indiscreta), el vienés Max Steiner (King Kong, El delator, Lo que el viento se llevó, Casablanca, Más corazón que odio, entre muchas otras) o el húngaro Miklós Rózsa (El ladrón de Bagdad, Spellbound, Quo Vadis, Ben Hur, Rey de reyes). Músicos extraordinarios que Hollywood convocó para darle intensidad a las imágenes desde la primera década del cine sonoro. En algunos casos, sus músicas se sostienen hoy con mayor integridad que las imágenes que acompañaban; en otras, persisten en nuestra memoria junto con esas imágenes inolvidables, sin que sepamos quiénes las compusieron. En el caso de los tres mencionados, llama la atención su procedencia centro europea, lo que muestra hasta qué punto el cine de Hollywood se nutrió de artistas que huían de la guerra y las penurias europeas. No solo pasó músicos, sino también los propios cineastas (Billy Wilder, Fritz Lang, Jacques Tourneur, Josef von Sternberg, Douglas Sirk o el mismo Hitchcock) y actores.

Un hallazgo de Alejandro Domínguez en este programa fue evocar una película casi olvidada de 1940: El ladrón de Bagdad, producida por Alexander Korda, con la rareza de acreditar a tres directores (Michael Powell, Ludwig Berger y Tim Whelan), aunque tuvo en su rodaje también trabajaron otros tres no acreditados (el propio productor Alexander Korda, su Zoltan Korda y William Cameron Menzies). Seguramente se trata de uno de esos casos de películas en las que los directores de rodaje quedaban subordinados al concepto artístico craneado por el productor. Algunos motivos para la curiosidad: el húngaro Korda empezó a rodar la película en Gran Bretaña pero en medio de los bombardeos de la segunda guerra el rodaje se trasladó a Hollywood. La película todavía hoy ostenta una poderosa inventiva visual al servicio de un relato inspirado en Las mil y una noches, con arañas gigantes, caballos voladores, genios y alfombras mágicas. Su technicolor aún deslumbra hasta en las versiones que circulan en youtube y su dirección artística muestra la creatividad que practicaba la época clásica para hacer del cine una auténtica fábrica de sueños. La música de Miklós Rózsa termina de hechizar esta experiencia. ¡Lo que habrá sido ver la película en las grandes salas cinematográficas! Sus efectos visuales son tan asomborosos que la Academia tuvo que crear un nuevo rubro del Oscar. El ladrón de Bagdad fue la primera película en ganar el Oscar a los mejores efectos especiales. No existía la tecnología digital y ni hacía falta.











Más cerca de nuestra época, encontramos asociaciones fructíferas entre pares de cineastas como Brian De Palma / Pino Donaggio o Fassbinder / Peer Raben. Películas extraordinarias como Carrie, Magnífica obsesión, Vestida para matar, Doble de cuerpo, todas ellas de De Palma. O, tocando la genialidad, la imponente obra de Fassbinder, de la que apenas llegamos a mencionar algunas gemas: Lili Marleen, La angustia corroe el alma, la serie televisiva Berlin Alexanderplatz o su alucinante película póstuma, Querelle; en todos los casos realzadas por las partituras igualmente geniales de Raben.





Clickeen acá, cierren los ojos, escuchen el programa y viajen por el cine.

1 comentario:


  1. Necesito comentar de nuevo (lo digo porque ya lo hice por el programa anterior) que fue buenísimo, los dos estuvieron buenísimos. Y sí, fue mágico.

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