martes, 6 de noviembre de 2012

Frankenweenie

Obra maestra de Burton


por Carmen Cuervo

La nueva película de Tim Burton es otra obra maestra. 

Claymation’ es una técnica de animación que se filma cuadro a cuadro, en la que cada fotograma corresponde a una postura del movimiento de un muñeco de plastilina. Cientos de miles de imágenes hacen que los muñecos tomen vida, yo diría, de manera más emotiva de lo que resulta la vida misma. Los muñecos desaparecen y el espectador queda sumergido en el más conmovedor y elegante de los mundos. Este tipo de animación conserva el tacto de la mano de las personas que los modelaron, un toque humano que en la animación digital se pierde. Claro hay que agregarle la sensibilidad de Burton, la perfección para conocer a sus criaturas y la expresividad del 3D en blanco y negro. 

Frankenweenie es una versión muy libre del relato de Frankenstein; en la visión de Burton a quien habrá que devolverle la vida, mediante descargas de tormentas eléctricas, es a una encantadora mascota, el perrito Sparky. Burton retoma la idea que ya había desarrollado en un mediometraje que hizo para la Disney en 1984. Los directivos consideraron que el corto era demasiado terrorífico para el público infantil y que Tim había desperdiciado el presupuesto asignado. Así que cancelaron el estreno y despidieron al director. Tantos años después, convertido ya en un director célebre, Burton vuelve a la productora de Disney a hacer la misma historia en un largometraje magistral.

(Atención: de aquí en más se revelan detalles decisivos del relato; ustedes deciden si siguen leyendo o si esperan a verla): Victor Frankenstein y su perro Sparky. Victor es un chico solitario, curioso, delgado y con unas piernas larguísimas. Lo vemos en relación con los otros chicos de la escuela, con los profesores, los padres, otros adultos, algunos muy ignorantes por supuesto, en un pueblo raro, oscuro, lleno de tormentas y rayos, algo fúnebre. Y sobre todo Victor presta mucha atención a las clases de ciencia de su profesor el señor Rzykruski, que tiene una audaz teoría para devolver la vida a los muertos.

Sparky está vivo. El perrito es el más vital y alegre de todos los habitantes del pueblo, mueve la cola, los ojos, las orejas, huele todo, ladra, se asusta y se esconde, adora a Víctor y lo sigue a cualquier parte. 

Pero, como la vida no es un jardín de rosas holandesas, Sparky tendrá problemas y Victor tendrá ocasión y necesidad de poner a prueba las teorías del profesor Rzykruski. Es que nadie nadie podrá conformarse con el recuerdo del perrito: Víctor, sus padres, todo el pueblo y, sobre todo, el espectador necesitarán que Sparky viva.

Entretanto los demás chicos del pueblo, por curiosidad, por envidia, por una necesidad irrefrenable, volverán a la vida a sus mascotas (que yacen en un tétrico cementerio de animales), lo que transformará al pueblo en un lugar caótico, arrasado por un serie de monstruos y monstruitos muertos vivos, terroríficos, graciosos, deformes perfectos, que son un placer para la vista.

Apartado final para los Sea Monkeys, los monos marinos. En mi infancia había unos sobrecitos con un polvo adentro que debía transformase en extraños seres vivos preparados para vivir un tiempo dentro de peceras. Esto no es un invento de la imaginación de Burton, todos los chicos comprábamos los sobrecitos para tirarlos al agua y esperar la transformación. En realidad, nunca sucedió nada, pero ahora con su película Burton hizo realidad nuestras expectativas: monos marinos que, sometidos al proceso de vuelta a la vida, resultan ser criaturas enormes, insoportables justicieras y bellas.

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