domingo, 18 de marzo de 2018

Buenas Noches, Buenos Aires: ¡Imperdible! Última proyección de la película de Hugo del Carril en el MALBA

Hoy Función Hoy a las 18:00 hs. en copia nueva a todo color


por Alito Aep *

Buenas Noches, Buenos Aires es una película musical basada en el espectáculo del mismo nombre que Hugo Del Carril había producido en el año ’63 en el Teatro Astral, junto a Mariano Mores, con enorme éxito. Muy lejos del teatro filmado, la puesta en escena de la película está elaborada de manera detallada e inteligente. ¿Cómo transformar en cinematográfico lo que había sido pensado para ser visto en vivo sobre un escenario? Del Carril se lo plantea, y lo resuelve de manera magistral.

La película está estructurada en seis bloques de aproximadamente un cuarto de hora cada uno, que agrupan tres o cuatro números musicales hilados por una temática o por alguna situación argumental. La mayoría de los números son precedidos por pequeños cortos de animación que introducen el título y sirven de separador.

Desde la secuencia de títulos se nos presenta la calle Corrientes de noche, con sus luces y marquesinas. Luego, el dibujo del interior de un teatro y un telón que se abre a lo que vamos a ver. Al comienzo del primer número, después de la secuencia de animación, vemos en primer plano una paleta con la que un pintor está trabajando en el cuadro que, cuando la paleta se corre, pasa a ocupar el plano. A continuación la cámara sube y nos muestra la escenografía que el pintor está reproduciendo en el cuadro. Estamos viendo teatro, colores puestos con pincel y escenografía. La vuelta de tuerca consiste en que esto nos es relatado a través de recursos visuales propios del cine.

El uso consciente de la artificialidad para crear el clima de cada número queda manifiesto tanto en la hermosa escenografía de Mario Vanarelli, como en el uso de los colores fuertes y definidos. En los números de danza, a cargo de los ballets de Victor Ayos, Constanza Hool y José Pérez Villalba, los movimientos de cámara y el montaje están pensados como parte de la coreografía. Sólo se usa el primer plano y el zoom en los momentos adecuados y los planos generales predominan en función de una referencia espacial que permite percibir el sentido del movimiento y de la composición. Pero, aún en estos planos generales, la altura de la cámara cambia según el sentido de cada coreografía. Hugo Del Carril se muestra a la altura de los mejores directores de cine musical.



En la balada "Llueve" que Néstor Fabián canta entre cristales que cuelgan de hilos claramente visibles y simulan gotas de lluvia, las bailarinas pasan vestidas con impermeables y paraguas multicolores. Me hizo pensar en Los Paraguas de Cherburgo, otro musical estrenado en Francia apenas unos meses antes, por el uso consciente de la artificialidad, tanto en la puesta en escena como en el color. Pero la francesa se desarrolla en un escenario realista mientras que la de Del Carril en las bellas y también artificiales escenografías diseñadas para teatro con un solo frente.

La idea del espectáculo de revista que dio origen a la película tenía como objetivo el rescate de la cultura criolla y su actualización, en tiempos en los que las empresas discográficas, sumadas a otros capitales –como, por ejemplo, de la empresa Coca Cola- apuntaban con munición gruesa para imponer fenómenos culturales ajenos a cualquier historicidad. Del Carril ya había trabajado un año antes con el mismo guionista, el periodista y poeta Rodolfo Taboada, en una miniserie televisiva que también tuvo su versión cinematográfica, La calesita, un magnífico musical en el que hace un racconto de la historia política y cultural criolla desde los comienzos del siglo, con el eje puesto en aquel presente de los ‘60.

En la revista Buenas Noches, Buenos Aires, se destacaba las músicas y las danzas criollas, con algunas figuras consagradas, como Virginia Luque o Beba Bidart, y otras de nuevas generaciones, como Susy Leiva y Néstor Fabián, y se sumaban representantes de la Nueva Ola como Maribel Marcel y Los Jets (en la versión cinematográfica, fueron Palito Ortega y Violeta Rivas). De esta forma, el espectáculo atraía a todas las generaciones, que pudieron ver en escena un panorama bastante diverso de la música y la danza locales. Pero la conflictividad de la convivencia entre los nuevos ritmos y los tradicionales no se disimuló. En el tercer bloque de la obra, el personaje de “El Firulete” (encarnado por el mismo Del Carril en la revista y por Julio Sosa en la película) junto con “Nicanora” (Beba Bidart) confrontan a un grupo de jóvenes que bailan el twist. Lo interesante es que en este número la linealidad del guión convive con un planteo notablemente irónico de la puesta en escena.

El bloque empieza con una representación escenográfica de la calle Corrientes, en una de cuyas ochavas está el kiosco que atiende Nicanora. Al lado hay una disquería a la que llegan corriendo y gritando un grupo de jóvenes vestidos de manera uniforme, para escuchar un twist. El Firulete, un vendedor de diarios vestido con saco, fungi y lengue, al estilo malevo, despotrica en diálogo con Nicanora sobre "las cosas que hoy canta y baila la gente… la Nueva Ola”. La situación es apenas presentada y, antes de su desarrollo, se inserta la canción de Palito Ortega y luego el tango de Mores, Taboada y Lambertucci "Viejo Madrid, cantado por Pedrito Rico y Violeta Rivas. A continuación, volvemos a la calle y a los dos personajes que confrontan con los jóvenes bailarines, les cantan "El Firulete" y los convencen de las virtudes de la milonga por sobre la conga y el twist. El nexo entre los tres números musicales es la disquería, en la que Rivas es vendedora y Pedrito Rico su cliente. Lo interesante es que a Palito los vemos cantando sobre el tocadiscos que la vendedora puso a funcionar. Los jóvenes bailan el twist sobre la proyección callejera de luz y sonido que emite la disquería. La imagen es elocuente: la Nueva Ola –así como sus bailes de moda- es una proyección de los vendedores de discos.

Entre estos números, el actor Roberto Escalada entra al local a pedir el tango "La copa del olvido" por Julio Sosa. La vendedora, encandilada por la situación que vivió con el cliente que acaba de salir, le responde: “No vendemos bebidas”.


* NOTA DEL AUTOR: Infinita gratitud al blog Colecciones Teatrales cuya información me ayudó a completar la nota.

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