miércoles, 23 de septiembre de 2020

#docentesenseñando Histórico pronunciamiento docente contra las políticas de Larreta y Acuña

#nuncadejamosdedarclases


Los supervisoras y supervisores de todas las áreas, niveles y modalidades de CABA se reunieron para pronunciarse en contra de los intentos de Larreta y Acuña por imponer un protocolo que arriesga la vida de los chicos y los docentes. Es un intento improvisado y prepotente de simular una "vuelta a las escuelas" que tiene todas las características de la gestión Larreta: simulación y manipulación. El pronunciamiento de los docentes es histórico, porque reúne la posición de la totalidad de supervisores de los diversos niveles de la ciudad. Los intentos de Larreta y Acuña consuman una manipulación política, amparados en el blindaje del que aún gozan en la mayoría de los medios de comunicación. Lo que esta declaración evidencia es que las maniobras de Larreta y Acuña desconocen el punto de vista de los expertos docentes que tienen un auténtico conocimiento territorial y la responsabilidad de coordinar el proceso educativo. Larreta desconoce las voces más autorizadas y quiere hacer politiquería para los cautivos de las mentiras de los medios. El acuerdo tan extendido entre todos los sectores educativos es para celebrar. El gobierno nacional tiene que dejar de intentar un acuerdo unilateral con el larretismo e integrar a toda la comunidad educativa a la mesa de discusiones.

Esto dice la declaración:

PRONUNCIAMIENTO DE SUPERVISORES/AS DE CABA

AL JEFE DE GOBIERNO RODRÍGUEZ LARRETA

AL MINISTERIO DE EDUCACION SOLEDAD ACUÑA

AL MINISTERIO DE SALUD FERNAN QUIROS 

Nosotros y nosotras, Supervisores y Supervisoras de todas las Modalidades y Áreas de Educación de la CABA, nos manifestamos conjuntamente a través de este comunicado, en relación a la propuesta de la Ministra Soledad Acuña sobre el regreso controlado a la presencialidad.

La política educativa de un país trasciende a una coyuntura temporal. Este colectivo que aquí se manifiesta, es absolutamente plural y diverso, y la única condición que nos nuclea es la necesidad de trabajar articuladamente y con responsabilidad. 

Queremos dejar asentado, que el protocolo presentado no constituye una propuesta pedagógica, no fue consultada ni construida con el cuerpo de Supervisores, y la misma presenta un sinnúmero de puntos objetables, que dan cuenta de la forma unilateral en la que fue diseñada. 

En un breve lapso, hemos asistido perplejos a tres propuestas de las que nos anoticiamos por los medios de comunicación. Todas ellas insisten con una revinculación presencial de los alumnos y alumnas más postergados, que desconocen la emergencia sanitaria y el riesgo que implica para docentes y estudiantes. 

En ese pretendido atajo que toma al desconocernos, la Ministra pierde de vista la importancia del rol de los y las supervisoras quienes aportan una mirada profesional sobre las singularidades que el territorio presenta. Lejos de sumarnos a una construcción colectiva se desconoce el estatuto docente, nombrando personal por fuera del mismo.

Queremos hacer foco en el problema que contienen todas las propuestas de regreso a la presencialidad hasta ahora presentadas por la Ministra: 

- No consideran lo expresado por el Ministerio de Educación de la Nación.

- Son protocolos generales.

- Plantean estrategias que desconocen la realidad de las escuelas tanto pedagógicas como de infraestructura.

- No tienen en cuenta las trayectorias escolares individuales y su seguimiento.

Nuestra posición es completamente pedagógica, y como tal, busca velar por el cumplimiento igualitario del derecho a la educación de calidad para todos los estudiantes de todas las modalidades del Ministerio, convencidos y convencidas de que la mejor y única revinculación posible, empieza por asegurar las condiciones materiales para estudiar de manera tal de volver a incluir a los más postergados a la red de socialización y contención que es la escuela pública. 

Es por eso que sostenemos que no acompañamos los planes de retorno presentados, porque no contemplan tres requisitos fundamentales:

 - La aprobación de los protocolos por parte del Ministerio de Salud de la Nación. 

- El equipamiento de todos y cada uno de los estudiantes que concurren a las escuelas públicas de la CABA, tanto con computadoras, como con conectividad. 

-  Convocatoria a mesas de trabajo colectivo con los y las supervisoras para consensuar una perspectiva pedagógica, ya que es una jurisdicción con gran desigualdad e inequidad, que necesita respuestas diversas.

Resaltamos que la abrumadora mayoría de los docentes en actividad rechazamos, cualquier retorno a la presencialidad, por fuera de las condiciones explicitadas, contrariamente a lo expresado por la Ministra en los medios de comunicación masiva.  

La educación existe cuando se respeta la Ley Nacional de Educación en todo su articulado que contempla los principios, derechos y garantías que el Estado debe cumplimentar. La educación existe en la construcción de escuelas y en la garantía del otorgamiento de vacantes necesarias.. La educación no está en una plaza ni en un patio si no es parte de un objetivo pedagógico inclusivo que aloje a todos nuestros estudiantes. La educación está en los y las docentes que luchamos para que  sea un acto de justicia social.

#nuncadejamosdedarclases

Ingresando en este link se puede adherir a esta declaración: https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSfySo7O1WPgBoznbwJNTR0VHp7rqfHg8i_W5P1bJYgZcNFg8g/viewform

Freud y la Suma incompleta

Hace poco participé en una conversación sobre el famoso ensayo de Freud El malestar en la cultura. Buscábamos sus referencias a la imposibilidad, irrazonabilidad e injusticia de lo que él llama "el mandato cristiano": "Ama al prójimo como a tí mismo". Es un  texto tardío de Freud y en él se propone al mismo tiempo responder a los planteos de un amigo acerca del valor de la religión y pensar cuál es la función de la religión, la ciencia y el arte en la economía libidinal del ser humano. No esperen que resuma su tesis porque el texto es accesible en la red, su lectura no requiere destrezas especiales, digamos que incluso puede leerse sin haber estudiado a Freud durante años, el hilo de texto es perfectamente abarcable. Lo que no quiere decir que no esconda una opacidad disimulada por el tono casi coloquial con el que Freud lo escribió.

No puedo resistirme a percibir en estos grandes textos de la cultura europea ciertos bordes, algunas marcas de la enunciación que permiten pispear dónde estaba parado el autor al escribir lo que escribió, desde dónde se puso a ver lo que avista. Creo que esa es la tarea más digna de un lector: no aprender lo que el tipo quiere decirnos, sino comprender desde qué posición habla, cómo se autoriza a sí mismo, qué garantías deja inscriptas en el propio texto que me permitan aproximarme a ver lo que él dice ver o al menos entender por qué lo dice. Tantos años de lecturas universitarias nos inducen a acopiar los dichos de autores importantes, tipos que aportaron ideas fundantes de nuestra cultura, y terminan por convencernos de que leer a un autor es entender a qué se refiere y confiar en que sabe por qué lo dice de esa forma. Nada de esto es nunca evidente: puedo pasar 30 años leyendo a cualquiera de los grandes referentes de nuestra civilización (Aristóteles, Descartes, Galileo, Newton, Marx, Nietzsche o Freud, por nombrar solo unos pocos) sin nunca haberme propuesto comprenderlos, que no es entender el significado de lo que dicen sino mirar en la dirección que señalan. Para usar una metáfora muy conocida, se estudia a estos autores como los que ante un hombre que señala la luna con el dedo se quedan mirando el dedo, como si en el dedo estuviera la luna. Leer no es mirar el dedo, sino girar la vista hacia la luna.

No resulta muy interesante ponerse a repetir, incluso a discutir si Freud tiene razón cuando atribuye a la especie humana una hostilidad natural que hace impracticable amar al prójimo, sino reparar, por ejemplo, en su necesidad de pensar a la humanidad como especie: ya esta aserción dista de ser evidente. Leer a Freud, leer a cualquier otro, es buscar en sus textos las huellas que deja en su acto de enunciación: lo que mueve un poco secretamente la dinámica de un texto, lo que el texto excluye de la mirada, lo que repite tanto como para que ya no se lo cuestionemos y lo demos por hecho. Por supuesto que este procedimiento se puede, se debe, aplicar a esto mismo que ahora el lector está leyendo. La sospecha que anima esta precaución es algo que conquistamos gracias a las indicaciones del propio Freud: si tenemos que abrir la oreja ante una voz que nos dice algo, para escuchar lo que nos dice sin querer y sin saber que nos lo está diciendo, es entre otras cosas porque Freud nos enseñó que una voz no siempre sabe todo lo que dice ni dice todo lo que sabe.

Entonces, más que asentir o disentir acerca de si la especie humana es hostil, yo me detengo a escuchar la tonalidad con que Freud escribe sobre esto. Y encuentro algunas huellas en estos párrafos:

"La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en el prójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. El interés que ofrece la comunidad de trabajo no bastaría para mantener su cohesión, pues las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales. La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. De ahí, pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin.

"En un momento determinado, todos llegamos a abandonar, como ilusiones, cuantas esperanzas juveniles habíamos puesto en el prójimo; todos sufrimos la experiencia de comprobar cómo la maldad de éste nos amarga y dificulta la vida. Sin embargo, sería injusto reprochar a la cultura el que pretenda excluir la lucha y la competencia de las actividades humanas. Esos factores seguramente son imprescindibles; pero la rivalidad no significa necesariamente hostilidad: sólo se abusa de ella para justificar ésta".

A ver Sigmund, pará la mano un cachito, y con todo respeto te lo digo, cuando decís "que podemos percibir en nosotros mismos" ¿a quiénes pretende abarcar ese nosotros? ¿A mí? ¿A tu círculo de conversaciones? ¿Todos podemos percibir en nosotros mismos tales tendencias agresivas? ¿Todos llegamos a abandonar como ilusiones las esperanzas juveniles que pusimos en el prójimo? ¿Y vos cómo sabés que abandonamos las esperanzas juveniles? ¿Y qué sabés vos cuántos años tenemos y cuántas esperanzas pusimos en el prójimo? ¿Todos sufrimos la experiencia de comprobar la maldad que nos amarga y dificulta la vida? La primera evidencia que el texto me trae es que está escrito por un hombre amargado y decepcionado. Cuando lo dije en la conversación de la semana pasada, me objetaron que estaba reduciendo el sentido del texto de Freud a un episodio biográfico, que leía el texto a partir de una presunción biográfica. Y no. No apelo nada más que a lo que el mismo texto hace acontecer: un intento de trasmisión de amargura. Freud me pide que al leerlo asienta que todos estamos amargados y él al escribirlo ¿qué podría saber al respecto? En cambio, yo podría detectar en el color de su tinta que el que está amargado y decepcionado, el que abandonó las ilusiones juveniles es él. Cualquier texto que en un momento dice "Todos sabemos que..." apela a este recurso retórico para proyectar en el lector un estado de ánimo, digamos mejor, una predisposición, un encontrarse amargado. Y si uno se deja seducir por esta forma de hablar no entiende bien el significado del texto sino que se amarga. Decir aquí que Freud está amargado no es hacer una desautorización salvaje de sus afirmaciones, sino percibir el tono que impera en su comunicación. ¿Por qué Freud habrá de querer 
compartir conmigo su amargura?

Este tipo de lectura a contrapelo, que yo llamaría simplemente dialogar con el texto, implica no dejarse llevar por las narices por lo escrito, sino percibir los movimientos de la escritura, su despliegue respecto de mí. Porque toda escritura no termina de ser hasta el momento en que es leída. Leyéndolo me leo. Lejos de atribuirle un secreto biográfico que motiva la escritura de Freud, miro en la dirección hacia la que su dedo señala. Eso es comprender qué tipo de cosa es una señal. Cuando lo planteo de esta manera, en círculos freudianos, pero también en círculos foucaultianos, deleuzianos, nietzscehanos o cristianos, me suelo encontrar con gestos de reprobación. No tengo que apresurarme a pensar que de este modo se verifica la hostilidad de la especie humana, incluso la de los freudianos o los foucaultianos. ¿De dónde saca Freud que yo, su lector, abandoné mis ilusiones juveniles? ¿Y qué sabe él cuáles eran mis ilusiones juveniles? Una respuesta de un freudiano típico me dice que Freud está autorizado a hablar así por sus años de experiencia en la clínica. Pero ¿qué sé yo de los años de experiencia en la clínica de Freud? ¿Y qué sabe el que me dice eso de la experiencia de Freud en la clínica? Lo único que tengo ante mis ojos y con lo que puedo hacer algo es el texto  mismo de Freud. Lo cual significa: la verdad del texto se percibe en su propia escritura o no tiene en absoluto ninguna verdad. Pero todo texto tiene algún tipo de verdad, no porque lo que me está relatando haya sucedido efectivamente como me lo dice, sino porque el acto mismo de su escritura, que solo se pone en marcha cuando lo leo, es lo que verdaderamente acontece con un texto.

Se puede tocar el relieve de un texto si se le presta suficiente atención, sin necesidad de postergar una decisión de lector hasta haber terminado de leer el último renglón que escribió.

***


Sé que molesta leer las cosas de cierta manera, tanto más molesta en los círculos que se dedican a leer a un determinado autor de manera sistemática. Y sin embargo no siento que haya dicho nada que no se sepa de hace mucho. No hay garantías ni garantes. ¿A qué libro vamos a acudir a respaldarnos para tomar una decisión? 

El problema del fundamento debe ser el más antiguo de la filosofía. Fundamento es suelo. En alemán Grund. En inglés ground. Una palabra muy sonada en la filosofía del siglo xx es Abgrund, que se suele traducir como "abismo" y literalmente es "sin suelo". ¿Y si empezamos por admitir que el suelo sobre el que pisamos es, al menos, cenagoso? ¿que a veces, quizás los mejores momentos de la vida, nos falta el suelo? Pensemos un poquito: ¿a qué autor vamos a ir a buscar las respuestas a nuestras preguntas? 

Ninguna palabra, por más eficaz que haya resultado, puede constituirse en fundamento para toda ocasión. En cierto momento alguien dice una palabra y se hace la luz. Pero eso no es una propiedad de la palabra, sino del instante en que se la dice, del tono con que se la dice, del contexto en que se dice, de cómo la escuchan los que la escuchan. 

Fuera de eso, creo que hay que asumir que hay verdad porque hay mentira, por la cantidad de veces que tenemos que recurrir a la mentira. Cuando mentimos estamos dando la mejor prueba de que hay verdad: es lo que estamos evitando decir. Así se la reconoce. 

Ahora, si esperamos encontrar la verdad en un libro estamos fritos. 

Los escolásticos creían que la verdad estaba en la Biblia y en Aristóteles, pero esto no es posible porque la Biblia y Aristóteles no dicen lo mismo. Pueden ser dos textos falsos, pero no pueden ser dos textos verdaderos. Lo que trato de decir, no sé si llegué a decirlo, no sé si se me escucha decirlo, es que esa demanda del lugar donde se halla la verdad es imposible de satisfacer. En el instante decisivo en el que uno tiene que hablar está solo y los santos milagrosos no vienen todos en mi ayuda. Esto no va ni contra Freud, ni contra Nietzsche, ni contra Foucault, ni contra Santo Tomás. 

Santo Tomás de Aquino, siglo xiii, escribió la Suma Teológica, en la que a través de miles de páginas trató de acomodar todos los fragmentos de la Verdad, sin que ninguno le quedara colgando. 17 tomos donde se resolvían todas las cuestiones, argumento y contrargumento, antecendentes y conclusiones, teniendo en cuenta la revelación divina, sumada a la racionalidad pleclara de Aristóteles y los comentadores musulmanes. 12 años le llevó solo escribirla. En la fiesta de San Nicolás de 1273, después de dar su misa diaria, rompió con el hábito cotidiano de irse a dictar la continuación de la Suma, que no estaba todavía terminada, a sus amanuenses. En lugar de hacer eso, ese día Tomás se quedó callado. Y nunca retomó el dictado de la Suma. Moriría al año siguiente -y como era tan gordo, no podían hacer pasar su cuerpo muerto por la estrechez de la escalera. 

Antes de morir Tomás le escribió una carta a un amigo: "El fin de mis labores ha llegado. Todo lo que he escrito me parece algo así como paja después de las cosas que me fueron reveladas. No puedo escribir más. He visto cosas que hacen a mis escritos como la paja". No contó lo que vio. Pero era el autor de la Suma Teológica, pasó los mejores años de su vida escribiéndola. Después de muerto, a la Iglesia Católica le pareció tan bueno y verdadero lo que dejó escrito que declaró que ese libro contenía la Doctrina Oficial de la Iglesia y a él, post-mortem, la Iglesia lo declaró Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor de la Humanidad. Pero Tomás lo había dejado sin terminar después de  aquello que vio, que nadie sabe qué es. 

Es interesante pensar en esta coda: el tipo ve algo que le hace pensar que toda su magna Suma queda reducida a paja y se niega a concluir. Ya el solo hecho de que la Suma Teológica sea un libro inconcluso termina por revelar lo decisivo sobre la naturaleza del libro en relación a lo declarado en su título.  Pero la Institución consagra el mismo texto que él desdeño en su gesto final. Obviamente, le creo más al gesto de Tomás que a la consagración oficial de su doctrina. Creo que la verdad hay que buscarla más por el lado de aquello que vio que por lo que la Iglesia hizo con lo que él dejó escrito. Hasta hoy en las universidades católicas se sigue estudiando la Suma como Doctrina Oficial. Él se desprendió de esos libros pesados antes de morir. 

Si eso le pasó a Tomás, que de verdad le puso toda la garra a la edificación de la Verdad completa y sin fisuras, si ni él terminó respaldando lo que escribió, ¿por qué habríamos de pensar que los notables esfuerzos de Newton, Hegel, Comte, Nietzsche o Freud por fundar un texto duradero y una visión completa de las cosas serían más consistentes? La Ley de Gravedad, el Espíritu Absoluto, el Estadio Científico Positivo, la Voluntad de Poder, la Economía Libidinal de la Naturaleza Humana... ¿qué tendrían de más sólidos que la Suma Teológica? Si ya nos resulta anacrónico atribuir autoridad a la palabra tomista, a la que su propio autor desautorizó, ¿por qué vamos a buscar otro texto que ocupe su lugar? Quizá ese lugar tenga que quedar vacío. 

Eso no nos fuerza a que cuando alguien nos pida la palabra nosotros se la neguemos.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Escuchar esas voces - Martín Farina - laotra21


Tengo la suerte de tener algunos buenos amigos. Pocos pero buenos. Algunos de ellos son artistas y me hacen regalos inapreciables. 

Ya dije la otra vez que en este período de aislamiento empecé a practicar algo que nació como un juego y no deja de serlo: armar piezas de audio como si fueran bandas de sonido de películas que todavía no fueron filmadas. Con atrevimiento se las podría llamar "música" pero como sea son para mí una afición tardía y un gesto. También un modo de elaborar algunas pérdidas: la asunción de un tiempo que ha pasado. Hubo que pasar tiempo para llegar a esto.

La pausa necesaria me dejó algunos huecos para empezar algo que nadie me pedía. Es también una mirada atrás, a los años de ir al cine y últimamente prestarle más atención al sonido, gracias a indicaciones que me daban los propias películas: Bresson, Godard, Lynch, Sokurov... Empecé a preguntarme si no llegó el momento de que el cine asuma más decidido su dimensión auditiva. Ya se hizo, sí, los que nombré lo hicieron, pero lo que me sorprende es que no se haga mucho más todavía.

No creo que haya descubierto el agujero del mate: es un descubrimiento solo para mí. Las cosas empiezan cuando uno las encuentra. Se lo hago escuchar a estos buenos amigos que mencionaba al comienzo y ellos me alientan, me dicen que está bien. Uno de ellos, Raúl Perrone, toma la iniciativa de regalarme imágenes suyas para mis sonidos y queda esa preciosura a la que le pusimos DON H ó Les Envies que Je Te Desíre. Ahí -quizás para equilibrar una cadena de desgracias que aparecen juntamente- empieza una cadena de acontecimientos afortunados: otros amigos se suman a esta idea y empiezo a recibir más obsequios.

Como este de hoy (y habrá más).

Uno de esos amigos fue creciendo como cineasta desde que nos conocimos, hará unos... ¿12 años? ¿14? Martín Farina era el-amigo-que-trajo-a-la-radio-una-vez-Juanito-el-Cantor. Hoy es un cineasta respetado con una filmografía ya considerable que tuve la suerte de ir viendo como crecía desde chiquita. A Martín le pregunté, creo que fue en este orden, si quería hacer algo con mis sonidos y sus imágenes. Y me regaló esta belleza. Me suben las palpitaciones pensar que mis amigos me dejan entrar a la zona más íntima de su tarea. El estilo de Perrone se impone en DON H ó Les Envies que Je Te Desíre, así como acá Martín crea, a partir de mi tema "Escuchar esas voces", una pieza visual que tiene su sello inconfundible.

 



Voces: Ingrid Thulin, Anitra, Margit Carstensen, Eva Mattes, Katrin Schaake, Gisela Fackeldey, Anna Magnani, Idea Vilariño, Cristina Banegas, Nini Marshall, María Vaner, María Onetto, Fernando Noy, Gudrun Geier.

viernes, 18 de septiembre de 2020

No se puede vivir del amor (le dijo un soldado romano a Dios)

Conversatorio Freud Kierkegaard Amá al prójimo (como a vos mismo)





Tercer encuentro mensual convocado desde el espacio virtual de lecturas kierkegaardianas denominado "Las obras del amor" (en http://meet.jit.si/LasObrasDelAmor), coordinado desde General Villegas y hacia el universo por Graciano Corica. Estos encuentros mensuales se proponen hacer entrar en fricción la escritura kierkegaardiana -esas voces que nos hablan- con otras perspectivas. La intuición que nos anima es que, cuando se encuentran dos perspectivas, a primera vista distantes, en un cruce de caminos que nosotros mismos propiciamos, estas vocen empiezan a decirnos más, o quizás sería mejor decir: empezamos a oír en ellas cosas que cuando las considerábamos por separado no aparecían. La fricción de lo imprevisto o la de lo inhabitual. El primer mes fue la presentación de esa clave que es "Escuchar una voz" como vía regia para introducirse en el laberinto escritural de Kierkegaard. El segundo mes hicimos que se encontraran dos tipos bien distantes: Kierkegaard y el escritor villeguense Manuel Puig, que creó toda su obra literaria a partir del momento en que, totalmente desorientado acerca de cuál era su lengua propia, escuchó la voz de una tía que le hablaba desde su infancia en Villegas y se largó a escribir, siguiendo esa voz, "30 páginas de banalidades" que fundan el comienzo de su no-estilo. Inquieta en Puig el silencio del narrador que funcionaría como administrador del estilo de sus novelas, para que cada voz, sin administración audible, hable en su propio estilo. Puig, como Abraham en el Génesis y en Temor y temblor, hizo su tarea porque escuchaba voces.

El tercer encuentro de la serie marca hasta ahora el punto culminante de un crescendo. Dos potencias se saludan: Kierkegaard -que no sabe nada de psicoanálisis por razones obvias- y Freud -que no podía admitir la posibilidad ni la justicia del mandato "Amarás al prójimo como a ti mismo", la que podría ser la voz que organiza y altera toda la obra de Kierkegaard como escritor. Todos los caminos conducen a AMOR (Roma al revés).

En un escrito de senectud, El malestar en la cultura, Freud se topa con el mandato cristiano -dice él, aunque ya estaba en el antiguo testamento- "Amarás al prójimo como a ti mismo". Y Freud, un poco en conversación con un amigo religioso, un poco impelido por completar su edificio teórico para determinar la función que en la economía libidinal tienen el arte, la ciencia y la religión, se ve en la necesidad de ajustar cuentas con ese mandato que evidentemente le resulta molesto y por eso quiere sustraer de la naturaleza humana. Porque aún cuando a los psicoanalistas les complace recordar que las dos metas a las que apunta la clínica son poner al sujeto a trabajar y a amar, el propio Freud en ese escrito de 1929/1930 se encarga de afirmar que proponerse amar al prójimo es una insensatez.

Yo había leído a Freud siendo muy chico, La interpretación de los sueños (1899-1900, el problema  de un siglo que se resuelve en el siguiente). No sé qué buscaría yo ahí en ese libro a mis 16 años ni sé qué encontré en aquella lectura, pero sé que este libro marcó de manera indeleble un siglo que era el mío. Todavía nos movemos bajo el embrujo de ciertas estrategias desplegadas por Freud astutamente e incluso a costa de sí mismo. Debe haber una relación entre la impronta freudiana del siglo xx y la recusación del autor a admitir el amor al prójimo como una de las tareas posibles del humano. No se puede vivir del amor (al prójimo). No se debe vivir sin amor. Dos canciones.

A Freud el mandato del amor al prójimo lo escandaliza y ahí hay un cruce de encuentro con Kierkegaard. Porque, contra lo que podrían sospechar los que solo conocen la versión blandengue y careta de la cristiandad, amar al prójimo como a ti mismo no es tampoco para Kierkegaard una tarea simpática y su valor decisivo radica justamente en que se la perciba como escandalosa. Cualquier cualunque puede ponerse a enumerar por qué es intolerable amar al prójimo, porque el prójimo tiene tantos defectos que solo estoy esperando que me muestre su costado más odiable para odiarlo con furia y pedir que se pudra en la cárcel. ¿Quién no ha sentido que un tipo insoportable solo merece pudrirse en una celda infecta si acaso le perdonamos la vida? Eso lo entiende cualquiera y lo puede explicar Baby Etchecopar cada noche con lujo de detalles. Pero resulta que Jesús tomó el mandato de amar al prójimo como a ti mismo de las antiguas escrituras y, por si no se había entendido bien, le dio otra vuelta de tuerca y aclaró que se trataba de amar al enemigo. Eso ya es demasiado. Kierkegaard conoce perfectamente los motivos por los que hay que considerar ese precepto una demasía y de ahí señala que quien no se escandaliza por eso es que no entendió bien lo que se está pidiendo. Freud en El malestar en la cultura dice que, a pesar de haberlo escuchado tantas veces deberíamos hacer el esfuerzo de escuchar ese pedido (si no les gusta mandato, le pongo: ruego) como si fuera oído por primera vez. "Ama al prójimo como a ti mismo". Si dijera "Ama al prójimo tal como el prójimo te ama a ti", Freud cerraría trato, pero amarlo como a uno mismo es, dice Freud, injusto para con quienes nos quieren de verdad. Sutilmente el problema de amar se troca en la condición de ser amado. Primero amame vos y después vemos. Ahi Kierkegaard y Freud tienen un punto de encuentro y otro de no: si no nos escandalizamos, es porque no entendimos bien el pedido: coincidence. Ahora las reacciones de Freud y  Kierkegaard ante el escándalo casi se podría decir que son drásticamente inconciliables. Mientras Freud dice algo así como: "no me vengan con eso, yo ya estoy grandecito, soy el padre del psicoanálisis y sé con qué monstruos me toca lidiar; aparte inventé esta práctica tan fabulosa que provocó un antes y un después frente a la concepción del aparato psíquico del hombre y ni siquiera me han reconocido como me lo merezco, no me vengan con que tengo que amar, si ustedes se mostraron incapaces de amarme a mí, con todo lo que les di". Mientras, medio siglo antes, Kierkegaard manda a decir por todos lados (y sin mucha expectativa de cosechar aplausos, medallas y besos por eso) que amar al prójimo es la única salida de la desesperación.

Me explico: si yo no lo malentendí, Kierkegaard dice que todos los arreglos que uno quiera hacer con la vida y con los semejantes desembocan en la desesperación, que también late en el rincón más cálido del corazón de las personas felices, ellos también están desesperados, a menos que ames al prójimo como a ti mismo. Pero ¿qué es el amor, Kierkegaard? Lo que tenés que hacer. ¿Y quién es mi prójimo? El primero que veas. ¿Y cómo lo tengo que amar? Como a ti mismo. ¿Y cómo tengo que amarme a mí mismo? Como si fueras tu prójimo, no como Narciso, tarado. Como si fueras tu enemigo. Quizás sos tu propio enemigo y sin embargo, o con embargo, pero por eso mismo, porque tu peor enemigo podés ser vos, es que tenés que amarte de la misma manera en que has de amar al prójimo.

Amar al prójimo no es un don que uno le concede al otro, quien tal vez no se lo merece, como si yo me arrancara una parte de mí y se la diera a otro por pura dadivosidad, sino que el amor al prójimo es lo único que puede sacarme de la desesperación, mientras que cualquier otra transacción, monetaria, libidinal o afectiva por la cual yo me proponga hacer un intercambio de favores con el otro me va a conducir a la decepción, porque el prójimo es decepcionante, a los celos, porque el prójimo no se deja poseer, al odio, porque el prójimo es, como dice Freud, una bestia salvaje. Pero lo que no parece contemplar Freud es que amarlo es la posibilidad, la única, de salir de la desesperación.

Acá pueden ver el desarrollo de este encuentro en el que se escuchan otras voces que no son la mía, que dicen cosas que acá yo no digo pero ellos ahí sí, en la que a veces mi voz no se escucha o se escucha con alguna interferencia, o alguien aparece o desaparece o aparece lo que no tenía que aparecer.Al final algunas cosas aparecen. El video tiene la sintaxis propia de esta época de conversatorios virtuales. Esta sintaxis dificultosa tiene algo de divertida precisamente en esos momentos en los que la técnica falla, y de interesante cuando la técnica no falla, porque al final hay un montón de personas que quedan en encontrarse a cierta hora a preguntarse cosas que a la notebook no le solemos preguntar y al celular menos.


Lo que conversamos dejó mucha tela para cortar y en las horas siguientes se siguió debatiendo en grupos de wassap y probablemente esto traiga cola. Permítanme terminar este post con una canción alusiva.