sábado, 1 de agosto de 2015

Filosofía positiva


por Oscar Cuervo

La epistemología es la filosofía de las ciencias.

La pregunta rectora de la epistemología dice: “¿qué son las ciencias?”. En la medida en que sea fiel a ese deseo de ir al fondo de las cosas propio de la filosofía, no puede renunciar a su vocación interrogativa ni a causa del inmenso poderío que ejerce el dispositivo científico en la vida contemporánea, ni por el crédito de que goza para el sentido común imperante. El sentido común imperante de cada época es el obstáculo al que la filosofía debe vencer si quiere mantenerse fiel a su impulso hacia el saber y no rendir pleitesía a consensos de época.

¿Qué son las ciencias? ¿Dónde radica la unidad de las ciencias, si es que tal cosa existe? ¿Qué es la tecnología? ¿Qué podemos hacer con ellas y qué no podemos? Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si me lo preguntan ya no lo sé. Así podríamos parafrasear el antiguo modo de preguntar de Agustín, para alcanzar con nuestro pensamiento esta omnipresencia, a la vez protectora y abrumadora. Por supuesto, antes de apresurarnos a responderlas, estas preguntas llevan a otras: ¿la ciencia es ante todo una forma privilegiada del conocimiento, o un sinónimo del conocimiento sin más? ¿sus fundamentos deben ser examinados? ¿es la eficacia de la tecnociencia un motivo suficiente para entregarnos sin restricciones a su amparo? ¿o una entrega irrestricta puede volverse un peligro para nosotros? ¿a partir de qué momento la tecnociencia se volvió un poder ineludible y gracias a qué? ¿hasta qué punto esa ineludibilidad acrecienta nuestra libertad y hasta qué punto la limita?

Pero la epistemología tiene un comienzo histórico y contingente, situado en un contexto social en el que esta problematicidad que ahora le adjudicamos no estaba explicitada. Como pasa siempre con la filosofía, las preguntas se fueron abriendo paso de a poco, desde un nacimiento acotado a exigencias circunstanciales que la misma dinámica interrogativa fue ampliando.

El programa de la epistemología solo llega a plantearse al cabo de un proceso histórico de varios siglos. 

En primer lugar, el triunfo de la revolución copernicana que consagró la visión heliocéntrica (el sol en el centro del universo) desplazando al antiguo geocentrismo (la tierra inmóvil en el centro del universo) puso a las ciencias naturales modernas como el modelo privilegiado de conocimiento. Esta innovación llevada a cabo durante los siglos XVI y XVII involucró a varias generaciones de científicos y se consumó solo cuando Isaac Newton formuló la teoría física mecánica que permitía explicar tanto el movimiento de los astros en el espacio celeste como los movimientos de los proyectiles artificiales creados por el ser humano y toda la mecánica de funcionamiento de las máquinas en el espacio terrestre. Su formulación es publicada por Newton en 1687 en su libro Philosophiae naturalis principia mathematica. Su resonante éxito y su fertilidad radicaron en que, por primera vez en la historia del conocimiento humano, un conjunto pequeño de leyes (a partir del principio de inercia y la ley de gravedad) intentó explicar el movimiento de todos los cuerpos del universo. El establecimiento de la mecánica newtoniana hizo caducar a las antiguas teorías físicas, puso a la mecánica como centro de todo el sistema científico e impulsó el desarrollo de las otras ciencias a su imagen y semejanza.

En segundo lugar, en el siglo XIX europeo, la revolución industrial propició una fe en el progreso que buscó aplicar los desarrollos científicos y teconológicos al dominio y explotación de todas las fuerzas naturales y sociales. En ese clima surgió una corriente de pensamiento, el positivismo, cuyo principal exponente, Augusto Comte (1798-1857), propuso extender las leyes de la física más allá de su contexto específico, hasta abarcar al conjunto entero de las ciencias, a las que consideró derivaciones de los principios mecánicos. Comte en su Curso de Filosofía Positiva propone la idea de que la ciencia es la forma superior del conocimiento, que alcanza su validez objetiva por estar basado en la pura observación de los hechos. La superioridad de la ciencia, dice Comte, se basa en el progreso natural del espíritu humano. La ciencia no es un conocimiento entre otros, sino el estado adulto de la capacidad intelectual de nuestra especie. Su desarrollo, según él, se rige por una ley a la que le atribuye una universalidad y certeza comparables a las que en la física tiene la ley de gravedad. Comte la denomina ley de los tres estados:

“Esta ley consiste en que cada una de nuestras principales especulaciones, cada rama de nuestros conocimientos, pasa sucesivamente por tres estados teóricos distintos: el estado teológico o ficticio, el estado metafísico o abstracto, y el estado científico o positivo. (…) el primero es el punto de partida necesario de la inteligencia humana, el tercero su estado fijo y definitivo, y el segundo está destinado en forma exclusiva a servir de transición”. 


Según esta ley, la humanidad: 1) en su estado primitivo intentó entender los fenómenos del mundo atribuyéndoselos a la acción de seres sobrenaturales, divinidades múltiples o un Dios único; 2) luego dejó atrás estas creencias sustituyendo la acción de los dioses por fuerzas abstractas capaces de generar por sí mismas los fenómenos observados, que finalmente confluyen en la idea de una entidad única, la naturaleza; esta segunda etapa solo es una transición hacia el estado más desarrollado; y 3), el estado positivo o científico es aquel en que el espíritu humano se dedica a descubrir las leyes naturales, leyes que enuncian relaciones constantes entre los fenómenos observables (empíricos); los fenómenos empíricos solo son casos particulares de un único “hecho general”, como es la gravitación universal. La superioridad de este tercer estado estaría dada porque en él la inteligencia humana ya no postula a la existencia de entidades inobservables para explicar la realidad, sino que, basándose únicamente en la observación de los hechos empíricos, reune la multiplicidad de los casos particulares en unas pocas leyes universales (o incluso en una sola).

Inspirado en el modelo de la ley de gravitación newtoniana, que “da cuenta de toda la enorme variedad de hechos astronómicos, como si fueran uno y el mismo hecho, considerado desde diversos puntos de vista”, el padre del positivismo moderno se jacta de haber descubierto el principio que pauta el desarrollo del espíritu humano en todas sus manifestaciones. Así:

“…no existe ninguna ciencia que haya llegado al estado positivo que no pueda ser analizada en su pasado como compuesta esencialmente de abstracciones metafísicas, o bien, retrotrayéndonos más en el tiempo, como dominada por especulaciones teológicas”.

Este principio es tan general que no solo se aplica al desarrollo de las diversas ciencias, sino que también es reconocible en la evolución intelectual de los individuos:

“Así, cada uno de nosotros, al examinar su propia historia, ¿no recuerda haber sido sucesivamente, en lo que respecta a sus nociones más importantes, un teólogo en su infancia, un metafísico en su juventud y un físico en su madurez?”

Esta apelación a la memoria personal es un fundamento débil para probar lo que Comte considera una ley invariable, lo cual nos indica que, pese a la valoración que él declara tener por el conocimiento científico, no parece aplicarlo rigurosamente para fundamentar sus propias ideas. Por otro lado, esta correlación entre el desarrollo histórico de las ciencias y el desarrollo de la inteligencia individual le permite a Comte considerar a las religiones como el estado infantil de la humanidad; a la metafísica como su estado juvenil y a la ciencia como la forma adulta del intelecto. Si estas transiciones respondieran a una ley natural –como Comte propone que sea-, entonces todas las culturas que se vinculan a la naturaleza a través de sus creencias religiosas estarían en un estado infantil o “primitivo”; pero, a la vez, la supuesta inexorabilidad de la ley haría que esa visión religiosa tenga a la larga que ser abandonada y sustituida por el estado científico “adulto”.

La ciencia es pensada como el producto del desarrollo natural de la especie humana. Esta naturalización del conocimiento científico niega implícitamente la posibilidad de que las ciencias fueran el resultado de un proceso histórico en el que intervendrían factores sociales contingentes que la naturaleza humana entendida como especie biológica no permite predecir. Para el positivismo la ciencia estaría potencialmente contenida en la fisiología de la especie humana y por eso mismo encarnaría la única racionalidad posible: la ciencia y solo ella constituiría un conocimiento racional y maduro.

Como la idea positivista de ciencia responde a un afán totalizador, la ley de los tres estados no se limita a explicar cómo se desarrollaron hasta el presente las capacidades cognoscitivias de la humanidad, sino que además se permite prever y prescribir el “destino final de la inteligencia humana”  para que el estado científico se complete. La astronomía, la física, la química y la fisiología (biología) fueron arribando sucesivamente al estado científico, pero este estado debe completarse hasta abarcar a todos los fenómenos. Y Comte afirma que los fenómenos sociales no entraron aún (a mediados del siglo XIX) en el dominio del estado positivo:

“Esta es la única aunque grande laguna que hay que rellenar para acabar de instituir la filosofía positiva. Ahora que el espíritu humano ha fundado la física celeste, la física terrestre mecánica o química, la física orgánica, vegetal o animal, le falta completar el sistema de las ciencias de la observación fundando la física social”.

Algunas acotaciones pueden hacerse a partir de esta tesis: en primer lugar, Comte supone que todos los fenómenos de la realidad son variantes de los fenómenos físicos; las leyes de la física están en la base de todo lo que sucede. Como consecuencia de esto, la pluralidad de las ciencias se reducen finalmente a la física como ciencia básica, con sus diversas secciones: física celeste, física mecánica, física química, física orgánica. Y para completar este programa, tiene que extenderse el dominio de la física hasta el conocimiento de los fenómenos sociales: de ahí que para el positivismo haya una continuidad entre naturaleza y sociedad, entre ciencias naturales y sociales, todas ellas respetando el modelo de la física. Esta pretensión de reducir todos los fenómenos a una base física y todas las ciencias, incluidas las sociales, a capítulos de una física general fue denominada por los críticos del pensamiento positivista como un reduccionismo. Contra este programa reduccionista se alzaron muchos autores que señalaron que el ámbito de lo social presenta características específicas que no es posible reducir a los principios de la física.

Todas las tesis propuestas por Comte pueden ser –y han sido- sometidas a discusión. No es evidente que la ciencia natural moderna –ni siquiera la física o la astronomía- extraigan sus hipótesis generales de la observación; no es evidente que todas las ciencias pasen por los tres estados que postula Comte; tampoco lo es que las ciencias, tal como las conocemos, sean el producto natural del desarrollo de la capacidad cognoscitiva de la especie humana y que en su forma actual no hayan incidido factores históricos irreductibles a una ley natural; es discutible que todas las ciencias, incluidas las sociales, formen parte de un mismo modelo de conocimiento, el de la física moderna. No hay evidencia de que todo lo que sucede en el universo pueda explicarse a partir de leyes físicas. Y, finalmente, tampoco es evidente que el cambio en la historia del conocimiento humano deba comprenderse como un progreso unidireccional desde una mentalidad infantil hacia una mentalidad adulta encarnada por la ciencia. 

jueves, 30 de julio de 2015

El sábado espera y el domingo siempre llega demasiado tarde, pero el viernes no te quepa duda...

Yo La Tengo, Stuff Like That There, 2015
(domingo medianoche La otra.-radio)



No me importa si el lunes es triste
el martes gris y el miércoles también
el jueves no me importás
es viernes, estoy enamorada.

El lunes te podés venir abajo
el martes o el miércoles romperme el corazón
el jueves ni siquiera empieza
es viernes, estoy enamorada.

El sábado espera
y el domingo siempre llega demasiado tarde
pero el viernes no te quepa duda...

No me importa si el lunes es negro
martes, miércoles, ataque al corazón
el jueves nunca miro hacia atrás
es viernes, estoy enamorada.

El lunes te podés agarrar la cabeza
martes y miércoles quedarte en la cama
en cambio el jueves mirar las paredes
es viernes, estoy enamorada.

El sábado espera
y el domingo siempre llega demasiado tarde
pero el viernes no te quepa duda...

Empilchate bien
qué sorpresa maravillosa
ver tus zapatos y tu espíritu subir
sacate la bronca
y simplemente sonreíle al sonido
nítido como un chillido
dando vueltas y vueltas
da un buen mordisco
es una visión tan genial
verte comer a la medianoche
nunca tendrás lo suficiente
lo suficiente de esto
es viernes,
estoy enamorada.

No me importa si el lunes es negro
martes, miércoles, ataque al corazón
el jueves nunca miro hacia atrás
es viernes, estoy enamorada.

El lunes te podés agarrar la cabeza
martes y miércoles quedarte en la cama
en cambio el jueves mirar las paredes
es viernes, estoy enamorada.



Quizás mi canción favorita de todos los tiempos.

miércoles, 29 de julio de 2015

Cemento: La caja negra

Una entrevista a Sebastián Duarte en La otra.-radio: clickear acá



Desde su primer libro, Ricky de Flema. El último punk, Sebastián Duarte viene desarrollando una escritura que es un mix de geografía existencial, testimonio generacional y experiencia directa de una época, una zona y un espíritu: el corredor que conecta la zona sur del Conurbano, desde Avellaneda, hasta el desangelado barrio de Constitución. Ese trayecto no fue solo un desplazamiento físico, sino ante todo el camino hacia la Meca del Rock, que en los duros años 90 se situaba en Cemento. El boliche de Omar Chabán y Katja Aleman fue para muchos jóvenes como Sebastián el espacio de su educación sentimental, el punto desde el cual pararse para ver el mundo. Varios de sus libros abundan en descripciones de lugares, escenas y personajes de ese núcleo histórico y experiencial: los mismos Ricky, Chabán, las travestis de Constitución que retrató en su libro La Constitución Travesti, las calles de arquitectura chata, los bares, las pizzerías, las estaciones de servicio en las que se esperaba hasta la madrugada la hora del comienzo del rock, las fisuras, los colectivos, los personajes que se estrellan en un intento de fuga del inhóspito clima social del neoliberalismo. Sebastián lo cuenta porque estuvo ahí, lo vio y lo sintió. Por eso es uno de los mejores testigos de la parábola que recorrió Cemento, desde el glamoroso inicio como centro del teatro de vanguardia durante los 80 hasta convertirse en el templo del rock más áspero, para eclipsarse juntamente con la tragedia de Cromañón, que signó el fin de una época.

En su nuevo libro Yo toqué en Cemento. La historia por sus protagonistas, Duarte entrevista a una pila de esos personajes que estuvieron ahí: Ricardo Iorio, Adrián Dárgelos, Semilla Bucciarelli, Gillespi, Sergio Gramática (de Los Violadores), Roy Quiroga (Ratones Paranoicos), Andrés Calamaro, Cristian Aldana, Nekro (Fun People y Boom Boom Kid), Iván Noble, Chizzo (de La Renga), Cordera, Patricia Pietrafesa (She Devils), Mosca de 2 Minutos, Pichón Baldinu (la Organización Negra), la Mona Gimenez, que debutó en Buenos Aires en Cemento y unos cuantos más. Escenas graciosas y dramáticas en ese espacio inhóspito, denso, violento y vital que constituyó Cemento, una auténtica caja negra de la época. En el libro aparecen mencionados los otros grandes personajes que pasaron por ahí: el Indio, Luca, Skay y Poli, Batato, Urdapilleta y Tortonese y por supuesto Ricky de Flema.

El domingo pasado tuvimos una amplia y amable charla con Sebastián, que nos contó sus propias experiencias en Cemento, así como el proceso de elaboración del libro y las anécdotas de sus tantos entrevistados.

Creo que Yo toqué en Cemento se convertirá a la larga en un documento histórico de primera mano de un fenómeno contracultural de una época dura y una actitud resistente. Para escuchar el programa, clickeen acá.

martes, 28 de julio de 2015

Lousteau, el traidor agradable

La otra.-radio: Una respuesta a una nota de Eduardo Blaustein sobre las elecciones porteñas, que se puede escuchar acá.



El tema de las elecciones porteñas para jefe de gobierno parece ya un poco agotado. Sin embargo, creo que queda algo de hilo en el carretel, más allá de los resultados. La discusión entre votar a Lousteau o votar en blanco, los diversos significados que se le adjudicó al voto en blanco, la intensa campaña para deslegitimarlo, la polémica alrededor de cómo se computaban esos votos, las interpretaciones sobre cómo incidieron políticamente en el resultado definitivo, el debate acerca del grado de similitud o diferencia que tenían Larreta y Lousteau y, por ende, si valía la pena ayudar a Lousteau para que venciera a Larreta o si hacerlo significaba intervenir en una interna ajena, todos estos elementos desataron una polémica intensa no precisamente entre los partidarios de los dos candidatos, sino, llamativamente entre votantes, simpatizantes y un sector de la militancia k. Que vivieron esta segunda vuelta con una pasión que no habían puesto para sostener a Recalde en las PASO ni en la primera vuelta.

La rápida difusión de los resultados, con un triunfo muy ceñido en favor de Larreta y un llamativo crecimiento de los votos para Lousteau que indicaba que el grueso de los votantes K se transfirieron al candidato de ECo, pero no tanto para hacerlo ganar, provocaron una noche de furia en las redes sociales, donde los votantes K por Lousteau experimentaron una nueva derrota y se dedicaron a hostigar a quienes de entrada habíamos manifestado nuestro voto en blanco, por negarnos a optar entre dos candidatos que representaban variantes de lo mismo. Los hostigadores k-lousteausistas nos responsabilizaron del fracaso de su "voto estratégico". Responsabilidad que no podíamos asumir quienes no evaluamos que en la opción Larreta- Lousteau se jugara algo decisivo. Durante la quincena previa a las elecciones, los partidarios K de Lousteau habían intentado instalar las falacia de que los votos en blanco se sumarìan a Larreta, idea insostenible desde cualquier punto de vista. Se alegó que el porcentaje de cada candidato se calculaba en base a los votos positivos, de modo que votar en blanco permitiría aumentar el porcentaje de Larreta (en el caso de que saliera primero). Lo que este argumento chantajista obviaba es que el porcentaje es irrelevante para determinar el ganador de la segunda vuelta, que se gana por solo un voto más. Cuando se conoció que la diferencia entre los dos candidatos era de apenas 3 puntos, las reacciones fueron paradójicas: los partidarios de Lousteau festejaron, dada la remontada que aportaron los votos K, mientras que los votantes K estallaron de ira contra los votos en blanco, adjudicándonos la responsabilidad por no haber dado los tres puntos que le faltaron a Lousteau para ganar. Objetivo que nunca habíamos asumido. El pretexto de su ira era que una derrota de Macri en su distrito hubiera liquidado sus aspiraciones presidenciales. El argumento es discutible: Macri viene algo pinchado, como lo prueba la dificultad que tuvo por imponerse de manera contundente en CABA desde las PASO. Y en todo caso, la incidencia de CABA en el padrón nacional es menor en comparación con el volumen del distrito clave, la provincia de Buenos Aires. Ninguno de estos argumentos aplacaron el odio de los k-lousteausistas, que condenaron a los votoblanquistas como colaboracionistas del "régimen PRO".

Esta acusación no movía nuestro amperímetro, por el simple hecho de que el triunfo de uno u otro nos resultaba igualmente indiferente. Personalmente considero que la estructura nosiglista y carriotista que diseñó la candidatura de Lousteau es tan indeseable como el macrismo, con el agravante de que la mafia de Nosiglia se oculta detrás de un candidato que los disimula, mostrando una careta " progre" capaz de cautivar al electorado kirchnerista.

Hace pocos días, Eduardo Blaustein, un inteligente periodista con simpatías moderadas hacia el kirchnerismo, escribió su propio balance a pedido de la página del ministro Carlos Tomada.  Es evidente que Blaustein votó a Lousteau y guarda en su corazoncito un poco de bronca hacia los que no seguimos su opción, pero su inteligencia y su sensibilidad no le permiten caer en las puteadas de otros que asumieron su misma posición. Sin embargo, lo interesante de la nota de Blaustein es que se corre un poco del pragmatismo declarado de quienes exigían votar a Lousteau sólo para dañar a Macri. Blaustein además encuentra motivos atractivos en Lousteau, razones por las cuales votarlo no sólo le resultaba conveniente sino agradable. Mi supuesto es que expresa a un sector vergonzante del voto K a Lousteau, el de quienes pensaban sin decirlo que el candidato de ECO era ciertamente mejor que Larreta y que había que votarlo por esa superioridad.

La primera parte de la nota de Blaustein está dedicada a plantear críticas bastante justas contra la dirigencia K que hace años no acierta, por prejuicios e ineptitud política, en presentar una propuesta atractiva a los porteños. Estoy de acuerdo con esa parte. El problema viene con la segunda parte de la nota, que acá reproduzco:

Sólo Me Querés Para votar

Es posible conjeturar que para la dirigencia K del distrito no resultaba fácil “instruir” u “ordenar” –Perón desde Puerta de Hierro- el voto en blanco. Difícil saber si hubo caracterización equivocada acerca de la presunta sinonimia PRO- ECO, dudas, temor de que una “orden vertical” hiriera la ya aludida sensibilidad autónoma de los votantes porteños. Tampoco –y así se demostró- había garantías de que una “orden” fuera acatada por los votantes kirchneristas.

(OBJECION: Primer error: suponer que una orden impartida por la dirigencia K garantizaba una suma aritmética de los votos, no principalmente porque algunos pocos votantes K podíamos desacatar el mandato (nadie es dueño de los votos sino cada votante, declaró correctamente Recalde) ,sino por suponer que este tipo de transferencias se resuelve mediante una suma aritmética. Eso no pasa en política. Una parte muy importante del voto por Lousteau es decididamente antiK, por lo cual, si detectaban que Lousteau era oficialmente apoyado por los K, hubieran retirado su apoyo y votado a Larreta. Contra los que reclamaban un apoyo explícito al pollo de Nosiglia, la prescindencia oficial del FPV sirvió más a Lousteau que a Larreta. Sigue Blaustein):

Hubo el voto que hubo (hablo de la proporción mayoritaria de votos K que fueron a Lousteau) y hubo ese ejercicio a contramano de algunas frases que aún resuenan: “un mismo producto con distinto envase”, una mera interna en un único espacio, “El domingo se enfrentarán Macri contra Macri” (Aníbal Fernández).
En el voto K a Lousteau seguramente primó el afán de dañar a Macri. Pero unos cuantos también descreyeron de esa presunta condición gemela entre Lousteau, Macri o Rodríguez Larreta. Para el que escribe definitivamente no son lo mismo. Pueden irritar y mucho nombres propios como el de Ernesto Sanz o Elisa Carrió. Pero la diversidad aguachenta, sosa y apurada de ECO es una cosa y otra distinta cierta poderosa homogeneidad en los apellidos más ilustres del PRO, dirigentes provenientes de familias acomodadas, estudios en universidades privadas, representantes casi puros de lo que más tangiblemente es la derecha dura y pura argentina. Del otro lado, por más regreso a lo conservador y mezquino que pueda latir en la conformación de ECO, hay emergentes de viejas tradiciones que merecen una mirada menos despiadada y homogeneizadora: radicales, socialistas, antiguos progresistas. Esto no implica ponerle a ECO la chapa de buen progresismo, categoría definitivamente maldita y controversial desde los tiempos K.
Finalmente, incluso como dirigentes, como figuras individuales, como emergentes: no son lo mismo Rodríguez Larreta y Lousteau. El segundo podrá caerte mal por sus ademanes de Chico 10 y cierta soberbia. Pero por algo fue funcionario kirchnerista como lo fue Lavagna, con quien tiene algún parecido. El muchacho de los rulos bonitos, además de manejar un buen discurso, es un interesante cuadro político. Fue suficiente buen cuadro político como para incomodar y dañar con un discurso bien estudiado –ese “hacer los deberes” que acaso Mariano Recalde no pudo asumir por ser a la vez candidato y funcionario- a Horacio Rodríguez Larreta. Por algo HRL no quiso aceptar un segundo debate.
No son lo mismo tampoco porque el voto, aunque sea sinuosa y complejamente, configura al emergente político. Tarea para llevar a casa, entonces: estudiar el voto de las diversas comunas, dónde recibieron más votos Larreta, Lousteau y Recalde. Recoleta no votó a Lousteau. La otra tarea es la que viene de hace tiempo: estudiar mejor la ciudad y al electorado porteño para interpelarlo mejor. Nadie dice que sea fácil ganar más votos, hay razones estructurales, culturales, históricas, que explican las dificultades del kirchnerismo para ganar empatías en el distrito. Pero añadir balazos en los pies como se hizo hasta hace poco tiempo con agresiones a los votantes, eso fue un poco too much y es lo que se siguió pagando.
(El resto del análisis de Blaustein se dedica a mostrar que no son lo mismo Larreta y Lousteau, cosa que de desde un punto de vista literal es obvia: unos son radicales -nosiglistas y carriotistas- y otros son PRO; unos fueron a las universidades privadas y otros provienen de una tradición simpática, socialistas, radicales, progres, ilustrados, "gente más parecida a nosotros". Ahora bien: lo decisivo no es mostrar que no son iguales, sino que, siendo diferentes, los ECO son políticamente lo mismo que el PRO, sino incluso algo decididamente peor. Justamente las cosas que Eduardo rescata de ECO y de Lousteau son las más nefastas. Votar la ilusión de tradiciones más refinadas que la derecha bruta del PRO es el peor autoengaño que pudieron hacerse los K lousteausianos. Votar en nombre de esos valores respetables a un sector que está claramente en el campo antipopular, es votar a la versión hipócrita de la reacción porteña, con un barniz de ilustración, el tristemente célebre nosiglismo. Lousteau es un personaje como Darío Lopérfido o incluso no tan diferente de Hernán Lombardi; si le conviniera, mañana podría estar en un gobierno  PRO.

Lo mismo y aún peor. Blaustein rescata de Lousteau que haya sido funcionario K, como Redrado o Massa, pero eso no lo mejora ni un poquito, al contrario, lo empeora. Si el voto configura al candidato, entonces es deplorable que algunos kirchneristas configuren el engendro del traidor agradable. Lo mismo pero peor, porque Larreta es más sincero con sus votantes que Lousteau con los suyos.

Yo vi la ilusión  de los que tomaron el voto a Lousteau como una oportunidad de poner algo en su lugar si él ganaba, y creo que es precisamente al revés, que muchos porteños semi-K podrían irse a dormir con la conciencia tranquila si ganaba Lousteau. Lousteau es claramente el opio de los porteños. Nosiglia es quien se reposicionó con el voto K y hubiera sido mucho peor si ganaba. El PRO está desgastado por 8 años de gobierno, pero el nosiglismo entraría a la cancha fresquito, funcionando ahora como tapón para un futuro crecimiento del kirchnerismo porteño. Lousteau y Nosiglia quedaron instalados como la oposición "progre" al PRO.

Creo interesante de todos modos analizar la quincena nosiglista del kirchnerismo porteño, porque muestra bien cómo es el votante de esta ciudad, que te vota hoy a Recalde, mañana a Nosiglia y... el PRO no está tan lejos. Uno se explica, viendo a los K que prefieren ECO, que el voto porteño es más estético que otra cosa. Vilma Ibarra acá o allá. Aníbal Ibarra acá o acullá. Yacobitti, Storani... etc.

Cuando me "acusan" de haber impedido que Lousteau ocupara el lugar de Larreta, me pongo bien. Me alegra mucho de que mi voto en blanco haya impedido que esa parte careta de los porteños triunfe.

Para escuchar el programa donde criticamos la postura de Blaustein, clickear aca.

lunes, 27 de julio de 2015

Verbitsky y Macri: la escena del poder

Un spot de campaña y una entrevista radial al autor de El Perro (la entrevista de hace unos meses se puede escuchar clickeando acá)



El mejor periodista argentino tiene sus fallos, como cualquiera. Pero ayer tuvo un gran acierto periodístico. Su nota sobre un spot de campaña del PRO que muestra involuntariamente el lado siniestro del candidato "antipolítico" y lee con sagacidad el subtexto de abuso de posición dominante asume un registro poco habitual en sus artículos. Solo con cuentagotas Verbitsky muestra su temible mordacidad en columnas generalmente plagadas de datos duros. Pero el tipo siempre (casi siempre, bah) se destaca por su filosa precisión y por manejar una agenda propia que raramente va detrás de lo que los medios hegemónicos imponen.  Por algo somos muchos los que cada domingo esperamos con ansiedad a leerlo.

La de ayer, como dije, se sale de ese registro. Es una nota descriptiva que analiza con precisión quirúrgica el lenguaje corporal de Mauricio en su aproximación a los pobres, donde además quiere hacer aflorar, con muy poca suerte, su lado tierno. El spot es horroroso, porque en línea con una serie en la que se muestra como una especie de santurrón que hace imposición de manos para salvar a los morochos pobres, sin querer, su gestualidad lo muestra manoseando sin respeto a una nena que evidentemente se le resiste, ante la mirada absorta de sus padres. Macri además le compra unas flores del vivero que ella cultiva para poder tener una bicicleta. La mirada del spot naturaliza el trabajo infantil, dejando su marca de clase más evidente. 

"Ya te vas a aflojar" le dice Macri a la nena cuando ella quiere escaparse de sus manoseos. Verbitsky acota "Los spots de campaña de Maurizio Macrì ofrecen una simpática visión del trabajo infantil y no registran la sensibilidad contemporánea ante la pedofilia". Está claro que no "acusa" de pedofilia al candidato, sino que registra la falta de delicadeza de los realizadores del spot, o acaso su brutal sinceridad al poner en escena una situación que reúne al dominador con los dominados. El acierto de Verbitsky es su lectura micropolítica en el propio terreno en el que Macri elige mostrarse con los pobres.

La nota, era previsible, se viralizó e hizo conocer el repugnante spot. Yo mismo pude verlo gracias a Verbitsky. Como consecuencia de esta viralización, el debate sufrió un insólito desvío, centrándose en la presunta pedofilia de Macri, a la que la nota de ninguna manera alude; se le criticó también la oportunidad de sacarla a relucir en medio de la campaña. Lo que hace Verbitsky no es una denuncia penal sino un análisis semiótico. Lo que la nota muestra no es nuevo desde el punto de vista político: ya sabemos que Macri es la derecha desembozada. Verbitsky dispara un debate más interesante que esa obviedad: se refiere a la naturalización publicitaria de la opresión clasista, donde se cruzan temas sensibles, como el trabajo infantil y el abuso de menores, en sentido amplio. Por otro lado, gente del kirchnerismo más papista que el Papa, sale a objetar la inoportunidad de plantear estos debates a dos semanas de las PASO. Como si la verdad tuviera épocas de veda. Y como si Verbitsky debiera pensar sus columnas alineado con las estrategias proselitistas del FPV. Desbordando esa función subsidiaria, Verbitsky como periodista no tiene por qué inhibirse de escribir de lo que se le ocurra, no es candidato a nada y los remilgos de campaña no le calzan en absoluto. Por algo es el mejor periodista argentino.

Acá está el ya tristemente famoso spot:




Leyendo la nota y los debates que generó, me acordé de que hace pocos meses le hicimos una nota a Hernán López Echagüe, autor de El Perro, un libro donde su Echagüe habla de y con Verbistky, de las acusaciones que se le han hecho, de los odios que despierta en el campo adversario e incluso en el propio campo kirchnerista y aledaños. La nota con López Echagüe, por un simple olvido, nunca la había subido al blog, así que acá la dejo. Clickeen acá si quieren escucharla.

Cristina y Scioli / Scioli y Cristina

¿Clarividencia o racionalidad?


Cada día se publican en la red y en papel innumerables columnas de opinión cuya vigencia dura unas horas. El continuo choque de las predicciones contra la realidad empírica no impide que sus autores vuelvan a presagiar lo que nunca termina de suceder. Sin embargo, esta condición no es inevitable. También se escriben notas cuya vigencia resiste  el paso de los meses. Como esta, publicada el 14 de noviembre del año pasado, hace más de 8 meses. Que describe con precisión el escenario actual. Veamos: 

Es posible que Cristina y Scioli estén pensando, ambos, en la conveniencia de encarar las próximas elecciones renovando la coalición que los ligó durante estos años, lo que significa que Cristina se peronice y que Scioli se kirchnerice. Sería la primera vez que el kirchnerismo acepte integrar la coalición gobernante sin ejercer la presidencia de la nación. Esta posibilidad mantiene muy activos a los kirchneristas emocionales y a los kirchneristas racionales: ¿qué pasa si vamos con Scioli? ¿o Scioli es un límite infranqueable para el K de paladar negro? ¿Es preferible perder con una fórmula kirchnerista pura antes que ganar en una coalición peronista con Scioli presidente? ¿nos ponemos en las PASO detrás de algún precandidato que nos dé muestras de kirchnerismo explícito (Taiana, Uribarri...) o que al menos no nos despierte tanta desconfianza como DOS (Randazzo...)? Pero, ¿y si Cristina decide que no haya DOS fórmulas en las PASO y propicia una fórmula de unidad encabezada por DOS?

Estos dilemas son propios de un sector político que hoy se siente en condiciones de dar pelea. Otros pueden preferir retirarse con la frente en alto, para ocupar una región de la política puramente testimonial. 

Hay kirchneristas que preferirían perder con un K puro antes que ganar con Scioli: espero que esa no sea la idea de Cristina.

En ese mismo artículo, puede leerse:

Los que desde fines de 2007 están presagiando un fin de ciclo K de estilo wagneriano vienen errándole sin pausas durante 7 años: ya es mucho. Un año después de las elecciones de medio término, el kirchnerismo parece estar quebrando el mito del pato rengo, los garrochazos no se produjeron, Massa está en serios problemas para consolidar su armado político y en cualquier momento puede ser desplazado por Macri del podio. Mauricio tiene un par de ventajas: concita con más naturalidad el voto antiperonista y consigue aprobación en la gestión de los vecinos del distrito que él gobierna; el candidato del FRENO se mueve en ambos niveles en un limbo de indefiniciones que le están provocando una sangría interna.

El sector antiK más extremo se ilusionó con que Cristina tuviera dos años pesadillezcos en la segunda mitad de su segundo mandato, que incluso la obligarían a abandonar el gobierno por anticipado y dejaran grabada en la memoria popular una lección inolvidable contra los intentos populistas. Esto facilitaría que un gobierno de derecha clásica emprendiera un ajuste cuyo costo se atribuiría a "los desastres del populismo K". Para que esa memoria anhelada se grabara a sangre y fuego en el pueblo debían darse una serie de condiciones catastróficas: la disgregación de los bloques legislativos, una hiperinflación descontrolada, el desmadre de la conflictividad social, una dificultad insalvable para mantener el funcionamiento de las paritarias, el crecimiento exponencial del desempleo y una escalada del dólar que hiciera inevitable una megadevaluación: este combo daría como resultado la imagen de un gobierno acorralado, jaqueado por los cuatro costados, obligado a reprimir (¡muertos! ¡la derecha se ceba con el olor a sangre!) y abandonado por sus propias bases políticas: nada de eso está pasando. Los amagos de saqueos y las sediciones de las policías provinciales de fin de año pasado fueron sofocados, las paritarias se manejaron con racionalidad, todo indica que la inflación de octubre se desaceleró y el consumo parece estar reactivándose. El nivel de empleo está preservándose y el Ejecutivo mantiene un nivel de iniciativa política que obliga a la oposición a adoptar una actitud continuamente defensiva y vacilante.

Sería bueno releer las columnas de opinión de los grandes diarios de aquella semana: ¿cuántas podrían seguir sosteniéndose hoy?

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