lunes, 6 de julio de 2020

Una carta a quien corresponda

Rosario Bléfari, 6 de junio


Esta madrugada escribí una carta a quien corresponda, destinatario favorito, y se borró cuando estaba a punto. La voy a resumir porque era un árbol con muchas ramificaciones para cubrir posibles inquietudes o peros.

A partir de que nunca viví de adulta tanto tiempo en un lugar que no sea Buenos Aires, las ideas que tenía al respecto son las mismas, pero cómo quisiera que les llegara lo que se llama el sentir, el sentir absurdo de ver que no nos vemos, Buenos Aires, justo te toca ser el centro como nunca, pero también sos parte de esta unidad diversa.

No nos vemos, no es necesario ni sirve ser patriota a nivel frase hecha, pero pareciera que no se reconoce nunca, el porteño en particular, como parte de algo mayor. O no quiere. No quiero repetir la frase sarmientina, pero ahí estamos, y en la primaria con un mapa pintado de colores.

Solo cuando la noticia justifica el calificativo inexorable se presta atención, ante la desgracia, la injusticia o el extraño suceso, ahí sí, porque es una razón más para escindirse de esa B.

No alcanza ninguna frase, son consignas turísticas, la explotación del paisaje, y si ese turista recorre atendiendo la idea de "belleza natural" que limita, tampoco ve ni se siente parte. Los medios machacan, el resto repite o afirma: allá ellos, o allá nadie, acá nosotros esperando que abran el café, como en París, dijo uno. La unidiversidad que digo es conflictiva y ese ramo de situaciones está atravesado por desigualdades igual que en Buenos Aires, lo sabemos. Pero si no vemos nada, si no nos vemos como parte de un todo más grande, es posible que no veamos tampoco que somos parte del cosmos y terminemos enloqueciendo, sin orgullo alguno de nada, orbitando en un sueño alienado, creyendo que somos otros que ni sabemos cómo ni quiénes son.

Rosario Bléfari, 6 de junio de 2020

domingo, 5 de julio de 2020

Desde el Grupo Clarín, Juana Viale fomenta un golpe contra Alberto Fernández





Desde la derrota electoral que en agosto y octubre pasado sufrió la derecha dura argentina, comandada por las corporaciones mediáticas de las cuales los dirigentes de Juntos por el Cambio se resignan a ser sus voceros, empezaron las operaciones para meter una cuña en medio de la fórmula ganadora. Alberto y Cristina debían primero romper su alianza política para que luego a la derecha le resultara más fácil acorralar a Alberto con exigencias cada vez mayores, debilitar su autoridad presidencial, vaciar su legitimidad electoral, hacerle perder el apoyo de sus bases y así forzar su salida anticipada. Esos eran los planes de Clarín, La Nación, la oligarquía y la parte podrida del Poder Judicial que intentó durante años de sacar a Cristina de la escena política.

Lo humillante para la derecha que ejerce un poder que nunca se somete a sufragio es haber fracasado en su intento de destruir políticamente a Cristina y que en cambio ella los hubiera derrotado, a pesar de una feroz campaña de años en su contra. Durante meses  intentaron diversas formas de quebrar la alianza política que dio por terminada la pesadilla macrista. La derecha se equivocó mucho al apostar por un mafioso políticamente inepto como macri y se siguió equivocando al apostar por la ruptura de Alberto y Cristina. Para operar, desconocen que nuestra Constitución dice que el Poder Ejecutivo es unipersonal, que Alberto y Cristina lo saben perfectamente, que Cristina ya fue senadora cuando Néstor era presidente, que conoce el legítimo poder que una vicepresidenta puede ejercer y no es su aspiración presidir al país, sino colaborar en la reconstrucción del movimiento popular que ni Aramburu ni Videla ni el calabrés acomplejado lograron destruir.

Hace unos meses, Magnetto y sus satélites se convencieron de que no pueden operar la ruptura entre Alberto y Cristina. Horacio Verbitsky, desde sus agudos análisis dominicales en El Cohete a la Luna,  lo dijo el 10 de mayo así: "fracasado el propósito de enfrentar entre ellos a los vencedores en los últimos comicios, ha comenzado la operación de acoso y derribo".

Basta seguir los medios corporativos para advertir que trabajan cotidianamente para desestabilizar al gobierno democrático de Fernández y Fernández. En la mesa que Juana Viale heredó de su abuela, hace una semana uno de los más brutales voceros de la ultraderecha mediática dijo que Cristina es el cáncer de la Argentina, reeditando el tipo de metáforas quirúrgicas con que el fascismo vernáculo prepara el comienzo de sus sangrientas persecuciones políticas. No fue un exabrupto: la conductora de ese programa de los sábados a la noche que emite el Grupo Clarín no dejó pasar distraídamente la violencia simbólica: la admitió con complacencia. La prueba es que una semana después en el mismo programa, ante una mesa de invitados que encarnan los valores más retrógrados del país (¡qué sobrerrepresentada está la ultraderecha en la tele!), la propia conductora se atrevió a promover la salida anticipada de Alberto Fernández del poder.

Es siempre así: el tiempo pasa y el gorilismo argentino no pierde las mañas: desprecian la voluntad popular y trabajan incansablemente para derrocarlo. Alberto asumió la presidencia con el propósito de cerrar la grieta. Bien le valdría tomar nota de que están trabajando para derrocarlo y no lo ocultan.

Si hace una semana pasó lo de llamar "el cáncer de la Argentina" a Cristina y anoche pasó lo de fomentar el golpe contra Alberto, ¿a qué no se animarán en los próximos días?

sábado, 4 de julio de 2020

Corolarios de "Nisman2"


Nisman1 ya se pudrió, no da más.
No tienen proyecto para oponer al kirchnerismo, solo mafia calabresa.
No tienen ideas.
La extrema irracionalidad de los macrofachistas solo revela su desesperada impotencia.
No quieren un gobierno moderado como el de Alberto: quieren fascismo.
Llegan tarde cuando las estrellas de Trump y Bolsonaro se apagan.
Lo curioso: quieren oponer a la organización popular que sobrevivió a los bombardeos del 55 y al genocidio del 76 una manada de orates como Lanata, Etchecopar, Casero, Feinman, Majul. 
Lo único claro es que habrá grieta mientras existamos, no podemos cerrarla.
Porque su problema es que existimos.

viernes, 3 de julio de 2020

No soy nada de lo que mi apariencia fantasmal sugiere

El excepcional nuevo disco de Bob Dylan: Rough and rowdy ways


por Oscar Cuervo 

Rough and rowdy ways, modos ásperos y ruidosos. Lo estábamos esperando aunque no sabíamos que vendría. Dylan llevaba 8 años sin sacar un disco de estudio con canciones propias. Entretanto había ganado el Nobel de Literatura, acontecimiento que dio lugar a una controversia banal entre literatos ofendidos: ¿cómo un cantante popular va a ganar un premio destinado a literatos aspirantes? Narcisismo ofendido, los aspirantes parecieron ignorar que, antes que cualquier texto quedara escrito en un soporte material, la poesía nació cantada. En la segunda década de un siglo al que él ya no pertenece, Dylan había alcanzado todos los reconocimientos posibles, incluido el que le adjudica una jerarquía lírica superior. Más bien se podría decir que el Nobel se prestigió con Dylan y no al revés. Nada que no se supiera, excepto quizás en el mundo estrecho de los aspirantes a premios. ¿Dylan aspiraba al Nobel? Difícil saberlo. Siempre fue difícil saber a qué aspira Dylan. Él ya no está ahí cuando lo buscás.

Qué más puedo decirte
duermo en la misma cama con la vida y la muerte
váyase, madame, levántese
mantenga su boca lejos de mí
dejaré la puerta abierta, la puerta de mi mente
procuraré no dejar el amor de lado
tocaré sonatas de Beethoven's y preludios de Chopin
yo contengo multitudes.

("I contain multitudes", Rough and rowdy days, 2020)

Así termina la canción con la que empieza el disco que Dylan acaba de publicar hace unas semanas, con el que vino a despejar las dudas que quedaban sobre su distancia del resto. 79 años, 6 décadas de carrera en la línea de fuego, el más icónico de rock, el más desconocido, el gran desconocido popular, el más persistente. Es curioso: la paternidad del rock propiamente dicho puede atribuirse a un puñado de jóvenes de los 60 que se nutrieron de las fuentes del rock'n'roll y el rythm'n'blues negros de los 50 a los que estos jóvenes veneraban pero cuyo concepto expandieron con políticas, sonoridades, colores, aromas, narrativas, cuerpos, pelos y señales de una libertad que el business no había conocido hasta entonces y no conoció después. Lennon y McCartney, Jagger y Richards, Jimi Hendrix. Y Dylan.

Dylan aportó algunas cosas que marcaron al rock para siempre: un decir indócil y mordaz, sugestivo más allá de lo dicho, estructuras líricas inauditas, proliferantes, libérrimas en su recurso a fuentes diversas. Con Dylan el decir del rock perdió toda ingenuidad. El que se inspiró en salmos antiguos y cantos anónimos del viento mostró con osadía que el rock podía ser algo más que pop business. Fue desobediencia, espíritu, inasibilidad. No resulta extraño que 60 años después Dylan se muestre todavía en la línea de fuego, aguerrido combatiente de la belleza. Sus raíces son más hondas y sus héroes más periféricos que los de cualquier otra estrella del negocio. Adentrado en el nuevo siglo como un intruso, como un fantasma, muestra su desdén por las capas de barniz que hoy los otros acatan. Dylan es demasiado viejo y demasiado nuevo a la vez para mostrarse al día. Lennon y Hendrix ya no están. Jagger y McCartney luchan, cada uno como puede -y a veces pueden muy bien- con las sombras de aquellas cumbres que alcanzaron cuando marcaban el beat de su época. Por andar demasiado rápido, Dylan se fue de época muy pronto y nunca mostró interés en volver. A esta altura no tiene que demostrar que es un ex esto o un ex aquello o que todavía puede adecuarse a las normas de la escena actual. No busca los productores que diseñan el sonido de hoy, ni suena como suenan los que hoy suenan. Bob es el que es y dijo lo que dijo, el pop business no puede abarcarlo, al punto de que anticipa su nuevo disco con una canción de una extensión, una ambición y una estructura fuera de todo rango usual.


Acaba de sacar el disco que no sabíamos si vendría, aunque lo esperábamos. Dylan hizo en estos años algo extraño, mientras ganaba el reconocimiento de su estatura. Estuvo grabando discos con canciones de otros, temas del cancionero popular americano, mayormente del repertorio de Frank Sinatra, más conocido como La Voz. Dylan midiéndose con La Voz, una ironía. Shadows in the night, Fallen Angels, Triplicate (disco triple): es decir 5 vólumenes con canciones conocidas por otra voz, grabadas por el tipo que mutó la forma de la canción popular. Nadie puede saber cuándo, cómo, dónde empezó la canción. Fernando Cabrera siempre dice que a esta altura encontrar un motivo digno para hacer una nueva canción se le hace difícil, porque a veces parece que todos las canciones ya fueron hechas. Dylan desde joven supo que él era uno más de una larga cadena que lo precedia. Lo difícil, cuando se sabe esto, es no caer rendido ante la imposiblidad. Dylan le mostró a sucesivas camadas que las canciones podían ser diferentes, de muchas maneras: rabiosas, hilarantes, oníricas, urgentes, épicas, escuetas, desbordadas, burlonas, hipnóticas, irregulares, apolíneas, dionisíacas, elusivas, desencantadas, llanamente directas, repetitivas, rudas, dulcísimas. Recibió un don para acuñar frases memorables en sentido y en rimas. Pero su forma de exhalar los versos, de escupirlos o susurrarlos, de raspar el borde de su garganta, de gruñir, de alargar las vocales y de endulzar sus maldiciones podía insinuar cosas que las meras palabras no tienen previstas y hacer silencio cuando otros explican, rugir cuando otros callan.

Busqué por todo el mundo el Santo Grial
canté canciones de amor, canté canciones de traición
no importa lo que bebí, no importa lo que comí
escalé montañas de espadas con los pies desnudos.
No me conocés querida, nunca lo sabrás
no soy nada de lo que mi apariencia fantasmal sugiere
no soy un falso profeta, solo dije lo que dije
estoy acá para vengarme con la cabeza de alguien.
Sabés, querida, la vida que vivo
cuando tu sonrisa se encuentra con la mía algo tiene que ceder
no soy un falso profeta, no soy la novia de nadie
no puedo recordar cuando nací y olvidé cuando morí.
("False Prophet", Rough and roudy days, 2020)

Lo estábamos esperando pero no sabíamos si vendría: ¿cuántos discos más con versiones de canciones populares puede sacar el tipo que todos terminaron por reconocer que supo hacer mejores canciones que nadie, sobre todo cuando el tipo se acerca a esa edad en la que nadie puede asegurar si vendrá un disco más?

En marzo de este año, sin más aviso, de un día para el otro, en medio de las imágenes terroríficas de los cadáveres apilados en las ciudades de su país, Dylan publicó "Most Murder Foul" la canción más larga que jamás escribió. En una atmósfera crepuscular creada por un combo fantasmal, la voz rota de Dylan dice en los cinco primeros de las decenas de versos por venir que va a contar la historia del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, Dallas, una tarde de 1963, un buen día para vivir, también para morir. Empieza uno de esos relatos de los grandes crímenes de la historia americana, crímenes del odio que Dylan supo narrar desde hace 60 años. Cuenta un asesinato repugnante, citando a Shakespeare, una historia por todos conocida, no precisamente una denuncia. Lo raro no solo es que el final de la historia lo conocemos todos sino que él mismo lo explicita al comienzo de los 17 minutos. Pasadas un par de estrofas se hace evidente que la línea melódica no variará. Sin embargo, cada palabra que Dylan pronuncie avanza un paso hacia un abismo, la perspectiva de narración varía de un momento a otro, el relato se detiene en detalles laterales y en asociaciones inesperadas, humoradas en medio de un clima funesto.

En Rough and rowdy ways Dylan muestra que es múltiple y único. Sus ojos azules fueron testigos de demasiadas canalladas en una nación arrogante. Si algo aún lo sorprende, puede ser un gesto minúsculo que se le escapa al observador ajetreado. El disco hace converger al cronista, el falso profeta, el único cantante maldito que tuvo éxito, el songwriter y el crooner, el violento y sigiloso. El anónimo que se desliza inadvertido en la multitud exasperada. En las nuevas canciones logra construir conos de silencio entre las palabras, silencios elocuentes. Prefiere quedarse cerca de los viejos bluesmen, más que de las celebridades.

Rough and rowdy ways se ubica sin dificultad entre los mejores cinco o seis discos de una obra imponente: junto con Bringing It All Back Home, Blonde on Blonde, Blood on the tracks, Oh Mercy, Time out of mind. Dylan está rogando que los dioses sean buenos con él. Aunque admite que tarda un rato en darse cuenta de las cosas, esta época parece ya no interesarle. Sus ojos son estrellas fugaces y le cuesta detener su mirada acá o allá.

Sentado en mi terraza, perdido en las estrellas
escuchando los sonidos de guitarras tristes
estuve pensando y repensándolo todo
me preparé para ofrendarme a vos. 

Vi la primera nevada

vi las flores ir y venir
no creo que nadie se haya dado cuenta
me preparé para ofrendarme a vos.

Me ofrendo a ti, voy
de Salt Lake City a Birmingham
de East L.A. a San Antone
no podría soportar vivir mi vida solo.

Mis ojos son como estrellas fugaces
miro la nada aquí y allá, miro la nada de cerca o lejos
nadie me lo dijo, es algo que sabía
me preparé para ofrendarme a vos.

Si tuviera las alas de una paloma blanca como la nieve
predicaría el evangelio, el evangelio del amor
un amor real, un amor verdadero
me preparé para ofrendarme a vos.

Llevame de viaje, sos un viajero
mostrame algo que yo no entienda
ya no soy el que era, ni las cosas no son como eran
me voy a ir con ella lejos de casa.

Recorrí un largo camino de desesperación
no encontré a ningún otro ahí
muchos se fueron, muchos que conocí
me preparé para ofrendarme a vos.

Bueno, mi corazón es como un río, un río que canta
me lleva un tiempo darme cuenta de las cosas
he visto la aurora, he visto el alba
yaceré a tu lado cuando todos se hayan ido.

Viajé de las montañas hasta el mar
espero que los dioses sean buenos conmigo
sabía que dirías que sí, yo también te lo digo
me preparé para ofrendarme a vos.


Este tema, quizá el más dulce del disco, está dedicado vaya a saber a quién. ¿A quién o a qué se preparó para ofrendarse? La línea melódica con que la banda lo acompaña cita una Barcarola de Offenbach.