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miércoles, 30 de marzo de 2022

Madres paralelas: melodrama e historia

En Patologías Culturales (26/3/2022)



En la emisión del 26/03/2022 de Patologías Culturales, Oscar Cuervo y Maximiliano Diomedi hicieron un análisis de la película Madres Paralelas. Después de su magistral Dolor y Gloria, Pedro Almodóvar hace un intento falllido de amalgamar una intriga melodramática como las que otras veces obtuvo resultados notables con un conflicto histórico de la historia española contemporánea: el olvido de los crímenes de la larga dictadura franquista y las fosas comunes sobre las que Francisco Franco construyó un sistema al que hoy la sociedad española se amolda. 

En su país, Almodóvar despierta controversias porque la enorme mayoría de la sociedad no quiere saber nada con revisar su pasado. Pero más allá de ese estimable compromiso político que el cineasta asume, el problema reside en que el eje melodramático y el histórico no resultan bien ensamblados. Al establecer una analogía entre el cruce accidental de dos bebés en una maternidad -eje melo- y el borramiento de la memoria de los crímenes de la dictadura -eje histórico-, Almodóvar termina banalizando involuntariamente el terror estatal. Los discursos que proliferaron alrededor de la película confundieron el problema de la identidad como construcción histórica colectiva -como puede ser la lucha por Memoria, Verdad y Justicia de los movimientos de derechos humanos en Argentina- con una simple pesquisa que se resuelve mediante estudios científicos. Y los resultados científicos son tan insuficientes en el campo de las narraciones como en el de las luchas políticas. Esta falla de la estructura narrativa es rara en un director que se caracteriza por desplegar dispositivos muy complejos, emocionantes y precisos. En Madres Paralelas, el resultado del cruce de estos dos ejes conduce a la confusión y una cierta niebla emocional perniciosa para el cine y para la política.. 

En nuestra columna también analizamos la actitud de los consumidores de cine en streaming que tienden a celebrar el acopio de productos que consumen y esquivan la instancia de la crítica. La crítica no es una profesión especializada sino una posición que cualquier espectador de cine puede ejercer. Pero el consumidor de plataformas se vuelve un reactivo adorador de sus consumos.
 

martes, 22 de febrero de 2022

Madres paralelas: el ojo de vidrio y el sonajero

por OAC

"Es una historia muy larga, algún día te la contaré" es la frase que funciona como principio constructivo de Madres parelelas, el más reciente film de Pedro Almodóvar, un paso en falso después de la notable Dolor y gloria. Algo no olía bien desde su mediometraje de diseño La voz humana, con Tilda Swinton haciendo el soliloquio teatral escrito por Jean Cocteau con el que el director amagaba desde la genial La ley del deseo

El director, después de cuatro décadas, nos tiene acostumbrados a estos bruscos altibajos: antes de Dolor y gloria, nos había entregado la inexplicable Los amantes pasajeros (2013) y la excelente Julieta (2016), así que sus irregularidades no sorprenden. Películas extraordinarias (La flor de mi secreto, La piel que habito, Mujeres al borde de un ataque de nervios), otras mediocres (Volver, Todo sobre mi madre, Átame) y deplorables (Kika, La mala educación, Los amantes pasajeros). 

En Madres paralelas Almodóvar se toma al pie de la letra eso de "algún día te contaré", porque cada motivo psicológico y cada cuenta pendiente de los personajes son expuestos por ellos mismos con pelos, señales, aclaraciones y croquis. Almodóvar puede ser un narrador inventivo y en sus buenos momentos muestra gran elegancia para desplegar tramas enroscadas y, sin embargo, claras y emocionantes (Dolor y gloria o La piel que habito son ejemplos de esto). En este caso, se propuso ensamblar dos motivos muy diversos: un típico esquema melodramático de bebés cambiados accidentalmente en la maternidad junto a una preocupación suya más tardía por el olvido de la sociedad española de los miles de desaparecidos durante la larga dictadura franquista. 

Almodóvar mostró su destreza para servir varios ingredientes en una sola bandeja pero a veces falla. El vínculo que nace entre las madres de distinta condición social a las que les cruzan sus bebés suena en una cuerda que él sabe tocar; la gravedad de las consecuencias de la guerra civil, en cambio, requiere un tono para el que hasta ahora no había mostrado su capacidad de afinación. De ahí que la promesa "Es una historia larga, algún día te la contaré" tiene que ser dicha y cumplida varias veces en Madres paralelas. El anuncio de la explicación que efectivamente se dará tiene una función muy distinta a la frase que le dice Geraldine Chaplin a Darío Grandinetti al final de Hable con ella: "nada es sencillo, sé que nada es sencillo": la sugerencia es más poderosa que la explicación, un sentido condensado potencia su efecto.


Acá hay que explicarlo todo porque los ejes narrativos no terminan de ensamblarse  y hay que disimular las costuras. La falta de confianza en el poder de la ficción se manifiesta como nunca antes en la cita final a Eduardo Galeano en Madres paralelas: "La historia humana se niega a callarse la boca". Almodóvar parece decírsela a sí mismo: no puede hacer callar la boca a unos personajes sobreexplicados. Los cambios de bebés, de madres y de pareja se suceden con desgano, algo inesperado en su filmografía: sin pasión; las connotaciones políticas muestran involuntariamente un paradójico conformismo. 

Las secuencias de títulos suntuosas, diseñadas por el argentino Juan Orestes Gatti en el estilo de Saúl Bass, presentan como siempre "Una película de Almodóvar": más que un autor, parece querer ser una marca. Ahora vendió un lote de su obra a Netflix -de las buenas y las otras- y en países como Argentina lanza Madres paralelas directamente en streaming. Resultado: las redes sociales lo convierten rápidamente en tendencia.

En la España de Vox se genera un clima hostil ante la resistencia social por revisar su oscuro pasado, pero el barullo atenta contra la reflexión acerca de la tesis del cineasta sobre el trauma histórico y la pertinencia del cruce con los recursos del melodrama. En la media hora final, el enredo de los bebés y los cambios de pareja es abandonado para centrarse en la busca de los restos de las víctimas del franquismo. Notoriamente todas las tensiones de la película son dirimidas mediante dictámenes científicos: análisis de ADN y antropología forense. Quién te ha visto, Pedro. Los diálogos se vuelven de una solemnidad risible. "Cuántos años esperando este momento, Arturo". "Me imagino, también para nosotros es un momento especial". Ya nos dimos cuenta. Me eximo de aludir a detalles vergonzosos, como el encuentro del sonajero o el ojo de vidrio: en otra época, Almodóvar los habría usado con humor negro, un efecto ahora involuntario, musicalizado por unos violines fúnebres. Al final, el antropólogo forense le dice al pleno del elenco, alineado como cuando al final de una obra de teatro salen todos a agradecer los aplausos: "Este es vuestro momento, nosotros nos retiramos". El plano evidencia la impostura de Madres paralelas. Todo lleva a conciliar los conflictos ante la hilera de huesos tomados en plano cenital: España, los desaparecidos y las madres paralelas, como si fuera solo un asunto resuelto por la psicología de los personajes. 

A Almodóvar se le escapa el hecho de que sobre esa pila de cádáveres se construye una sociedad monárquica, neoliberal, conformista, en la que a él le toca ocupar el ala izquierda, como se dice en la propia película. El franquismo triunfó en toda la línea pero en la pantalla el drama se aplaca. Rossy de Palma con  su cara asimétrica compungida resume el arco descripto por la filmografía almodovariana.



Hace apenas dos películas, al final de Dolor y gloria, un personaje secundario le proponía a Antonio Banderas que saliera en busca de aquel muchacho albañil que lo había retratado de niño, la tarde de la insolación, un retrato que la madre -también encarnada por Penélope Cruz- se había encargado durante toda su vida de impedir que el chico recibiera. Banderas respondía: "Para qué, el mensaje ha llegado a destino". No hacía falta nada más. Volvé, Pedro.
 
Dolor y Gloria, nuestro análisis acá

sábado, 13 de julio de 2019

El mito de La Moncloa y el elogio de la grieta





por Henrique Júdice Magalhães

La transición política modélica de fines de los 70, en la que los sudamericanos debemos inspirarnos, se dio en la Península Ibérica, pero no fue la española: fue la portuguesa, de la que nadie habla.

En España, tras la muerte de Franco, el sistema político se (re)compuso mediante los pactos de La Moncloa, no tan objetables para aquel momento en lo que atañe a sus letras, pero de espíritu dañino. Sacar de la arena deliberativa ciertos temas y volverlos tabúes es un fraude a la democracia.

Entre líneas, se plasmó la victória póstuma del generalísimo mediante la renuncia de los partidos comunista y socialista a cambiar el sistema monárquico por el republicano, a abolir títulos y privilegios de nobleza, a punir a los torturadores y sus mandantes, a restituir la identidad y los vínculos de miles de niños robados de sus familias. Se hace fácil comprender por qué ese esperpento encanta a las élites sudamericanas y, particularmente, a la argentina [1].

Las peripecias del doctor Baltazar Garzón como juez, primero “de” y luego “bajo” tal régimen quizás sean su mejor retrato. Fue alabado y protegido desde el sistema por sus desbordes represivos contra el independentismo vasco, que incluyeron el cierre de un diario, la proscripción de un partido electoral y la conivencia con la tortura. Fue tolerado cuando procesó a Pinochet y a algunos agentes de la última dictadura argentina – ya que, al fin y al cabo, hay que afirmar la jerarquía interestatal y la superioridad civilizatoria hacia las ex-colonias. Fue suspendido en sus funciones y severamente amonestado cuando quiso hacer lo mismo con los crímenes del franquismo. Y finalmente fue expulsado de la magistratura cuando intentó investigar, en el caso Gürtel, el entramado de corrupción de uno de los socios mayoritários de la torta horneada en la Moncloa, el PP.

En Portugal, casi en simultáneo a la alabada transición española, la mayoría de la oficialidad militar se hartaba de sostener el obscurantismo y la miséria y volteaba al heredero de Salazar, Marcelo Caetano, dando inicio a lo que pronto se volvió la revolución de los claveles. Revolución con tomas de fábricas y estancias por obreros y campesinos, purgas en órganos del Estado, disolución de cuerpos represivos y nacionalización de empresas. Y que, aún tras el golpe que le puso freno (pero no marcha atrás) el 25 de noviembre de 1975, dejó como legado um muy importante incremento de los derechos laborales y los sistemas públicos de salud y enseñanza.

En Sudamérica no hubo algo así. Pero existió un país en el que no se pactó la transición con la dictadura saliente porque ella, en verdad, salió echada a patadas en el culo: Argentina.

Ése país fue, por décadas, el único en hacer, – y, más tarde, la inspiración de unos pocos más, pero aquí mucho mejor hecho-, algo que en Portugal casi fue realidad [2] y en España sigue siendo tabú: juzgar, condenar y encarcelar a agentes del terror de Estado.

En Sudamérica, Argentina fue Portugal, mientras que Brasil, donde se impuso y sigue imponiéndose la rosca parlamentaria condicionada por los poderes fácticos (incluso los armados), fué España. Por eso es que ningún político argentino ha podido, desde 1983, darse el gusto que se permitió por años uno de los próceres del franquismo no muy reciclado del PP, Manuel Fraga Iribarne: tener de custodio a Rodolfo Almirón [3]. Por eso es que Bunge & Born, en los 80, pudo tener como jefe de seguridad a Miguel Etchecolatz, pero lo tuvo en Brasil, que también dio cobijo a autoridades y agentes del salazarismo.

Y no es que Argentina no haya tenido nunca su pacto de La Moncloa: lo tuvo entre 1994 y 2001. Lo tumbó una pueblada – que no es una revolución, pero algo es algo.

La Moncloa y Olivos no fueron solo arreglos mafiosos entre facciones parlamentarias: fueron actas de impunidad para criminales de uniforme. Ya sé que la base jurídica para enjuiciarlos, la dio uno de los puntos del acuerdo Menem-Alfonsín: el rango constitucional de los tratados internacionales de derechos humanos. Eso es tan cierto como que, durante la vigencia del pacto, ni un solo represor fue encarcelado y, tras su derrumbe, se iniciaron los juicios de lesa-humanidad, con una profundidad nunca vista en ningún lugar. El tema no es la letra del acuerdo, sino su espíritu.

La implosión del Pacto de Olivos y la inexistencia de cualquier cosa de ese tipo en Portugal ayudan también a comprender por qué estos son dos de los escasos (¿o los únicos?) países de Europa y América donde, pese a las dificultades económicas y el malhumor social, la extrema derecha tiene una expresión social y electoral risible. Mientras en Brasil ella gobierna con Bolsonaro y en España se apresta a hacerlo con Vox, en Portugal su caudal de votos no alcanza para elegir un diputado, e incluso la derecha a secas (CDS) es frecuentemente superada no solo por los comunistas ortodoxos (PCP) y heterodoxos (BE) sino también por un partido animalista, el PAN (y ya que estamos: otro lindo contraste civilizatório ante España y su fijación tauromáquica).

Para mantenerse electoralmente competitivas, las derechas argentina y portuguesa tuvieron que abandonar las formas explícitamente cavernícolas y retroceder al liberalismo, aunque – en el caso argentino – con represión. Mientras el PP español, fundado por ministros de Franco, nunca ha renegado de su orígen, es impensable que alguna fuerza política se reivindique salazarista en Portugal o que miembros de aquel régimen ocupen posiciones políticas importantes. Y pese a que Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto incitan de manera criminalmente irresponsable las pulsiones de represión y muerte, Argentina está muy lejos, todavía, de aquellos años del Pacto de Olivos en que Aldo Rico y Luis Patti llegaron a ser o tener parlamentarios e intendentes.

Un país donde los privilegios de las clases dominantes sean intocables por consenso y sus matones no solo tengan garantizadas la impunidad y las prebendas, y donde incluso esté prohibido hablar de ellos [4], es lo que añoran ciertas élites económicas e intelectuales y las dirigencias macrista, pejotista no K, lo que queda de la radical y quizás también algún político o intelectual K. Y eso fue, precisamente, lo que la lucha del pueblo en la calle, primero y luego las decisiones políticas del kirchnerismo les quitaron.

Hoy, más que nunca: ¡viva la democracia, viva la grieta!

NOTAS:

[1] - https://www.infobae.com/politica/2019/05/06/felipe-gonzalez-desde-1984-me-preguntan-en-la-argentina-como-hicimos-el-pacto-de-la-moncloa/

[2] - http://visao.sapo.pt/jornaldeletras/2017-12-11-Irene-Flunser-Pimentel-O-julgamento-da-Pide

[3] - https://www.publico.es/actualidad/rodolfo-almiron-guardaespaldas-fraga.html

[4] - www.pajarorojo.com.ar/?p=42419 y https://anovademocracia.com.br/no-186/6900-nem-justica-nem-memoria