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domingo, 10 de mayo de 2020

Funcionamiento y terror

Una conversación radial en Patologías Culturales: 9/5/2020


SPIEGEL: Sin embargo, se le podría objetar de manera completamente ingenua: pero, ¿qué es lo que está aquí dominado? Todo funciona. Cada vez se construyen más centrales eléctricas. Cada vez se producirá con mayor destreza. En la parte del mundo altamente tecnificado los hombres están bien atendidos. Vivimos en un estado de bienestar. 
¿Qué falta en realidad?

HEIDEGGER: Todo funciona. Esto es precisamente lo inhóspito, que todo funciona y que el funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento y que la técnica arranca al hombre de la tierra cada vez más y lo desarraiga. No sé si Vd. estaba espantado, pero yo desde luego lo estaba cuando vi las fotos de la Tierra desde la Luna. No necesitamos bombas atómicas, el desarraigo del hombre es un hecho. Sólo nos quedan puras relaciones técnicas. 
Donde el hombre vive ya no es la Tierra.

[Viene de acá] En las tardes radiales de los sábados seguimos conversando con Maxi Diomedi sobre arte y verdad, cruzando algunas lecturas,  pensamientos y preguntas que nos insisten. Ya es una costumbre para nosotros ponernos en el aire a hablar desde estas perspectivas filosóficas de nuestras propias experiencias.

Desde hace tiempo venimos siguiendo algunas huellas: Van Gogh, Artaud, Heidegger. En realidad estamos pensando en nosotros. La sospecha es que desde hace años, desde antes que naciéramos, la civilización se está moviendo en un círculo de funcionamiento y terror, círculo cuyo centro desconocemos.

Van Gogh aparece en nuestra conversación a partir de unos zapatos que él pintó, de unos cuervos sobre un campo de trigo que él pintó, a partir de lo que Artaud o Heidegger tuvieron para decir sobre lo que él pintó. Van Gogh se recorta en la época del maquinismo, junto con otros locos malditos que andaban deambulando por Europa, enloquecidos casi al mismo tiempo, sin saber uno de los otros, en la época en la que Europa se propuso que las máquinas hicieran que todo funcione: el farol de la locomotra del progreso avanzaba en la noche abriendo la oscuridad y las chimeneas lanzaban un humo negro y espeso que era pura promesa de progreso. La pintura de Van Gogh, la poesía de Baudelaire o Rimbaud, la filosofía de Nietzsche no lograban funcionar.

El siglo xx los aceptó a su manera cuando  ya no estaban, pero habían dejado obra. El siglo xx fue un intento serio de funcionamiento total. Pero junto con eso, también se manifestó el terror, no como agujero en la malla apretada del funcionamiento, sino como su complemento necesario: cuanto más apretada la malla del funcionamiento, más terror. Van Gogh, Nietzsche, después Artaud, no estaban locos: presentían esa relación íntima .

Estamos hablando de nosotros, ahora. De este impasse en el funcionamiento en medio de la pandemia: con necesidad de mirar hacia atrás todavía, de no predecir todavía nada. ¿Cómo llegamos hasta acá?

La conversación va por senderos que cuesta escribir, que  la escritura no logra captar. Mejor escuchen.


lunes, 4 de mayo de 2020

Hay una grieta en todas las cosas y es por ahí que la luz entra

Patologías culturales, programa del sábado 2 de mayo de 2020

- Para la tarde de hoy quería proponerte -me dice Maxi Diomedi- un recorrido que seguramente la exceda y que nos lleve de aquí a algunos otros programas, pensando también en un texto al que llegué de una manera un poco oblicua. Por un lado, leyendo el libro de Sergio Pujol, que se llama El año de Artaud. Rock y política en 1973; y gracias a ese libro llegué a reconectar otra vez con El origen de la obra de arte, esa conferencia de Heidegger de 1935. Pujol dice en su libro que cuando está Perón por llegar Spinetta meditaba ir a recibirlo, dato no menor y que a la vez Spinetta pasaba sus tardes leyendo Heliogábalo, el anarquista coronado y Van Gogh, el suicidado por la sociedad, dos libros de Artaud. Le interesaban esos "locos" por inadaptados porque de alguna manera se sentía tan incomprendido como ellos. Y además, claro está, la tapa del disco Artaud es una referencia de esto, le fascinaban las pinturas de Van Gogh. Así que leyendo ese libro me acordé de Heidegger [de aquel pasaje en el que escribe sobre el cuadro de Van Gogh]. Pero también me acorde porque en estos días vengo escuchando y viendo muchas recomendaciones de películas, sobre todo, pero también de música y de libros, en las radios, en la tele, en las redes, y se recomiendan cosas que, según yo veo, refuerzan bastante el gusto que ya está imperando en el presente. Y piensan el arte como una manera de recreación útil, digamos. Yo no niego el costado de entretenimiento que tiene el arte, pero me gustaría repensar qué es para nosotros el arte. Y por qué, además de tener que ver con la belleza, el arte tiene que ver con la verdad. Y por eso es que me acordé de esa conferencia, El origen de la obra de arte, porque en un momento Heidegger hace hincapié en lo que tiene o no tiene de útil el arte. Así que te invito que tracemos un recorrido por ese texto para recordar qué puede el arte, qué nos puede revelar, por ejemplo, ponernos frente a un cuadro de Van Gogh. ¿Te parece?


Muchos años de amistad, gran parte de los cuales los pasamos conversando en el aire -la radio ha sido el lugar que nos amistó y nos animó a hacer estos cruces que probablemente se producen solo entre nosotros: Spinetta-Perón-Artaud-Van Gogh-Heidegger (después en mi respuesta yo voy a agregar a Leonard Cohen y a los deleuzianos): desafío a los lectores de La otra u oyentes de Patologías culturales a que nos citen otra conversación en la puedan cruzarse estos personajes con tanta confianza o desfachatez como la que nosotros los cruzamos. Maxi me propone ese recorrido. Yo respondo, no necesariamente siguiendo al pie de la letra el reecorrido que él me propone, me voy deslizando de a poco por una pendiente que andá a saber dónde termina.

Mi respuesta la pueden escuchar acá.



Diseño: Ceci Gammacurta
Foto: Pablo Pintor

El programa completo tuvo otros ingredientes.

Escuchamos la entrevista que Maxi hizo a Montarosa, a propósito de su muy buen disco Fuega camina conmigo: “A veces pienso que estamos cantando para decir algo y eso está siempre presente, es superador incluso a los instrumentos que usemos. La cabeza está puesta en qué queremos decir y cómo decirlo de la mejor manera posible”, dijo.

- La Subdirectora General de Cultura de la Cámara de Diputados Natalia Calcagno habló de uno de los temas más importantes a pensar desde el sector cultural: posibles acciones y regulaciones del entorno digital.

- Maxi también se refirió a la situación alarmante que se vive en las villas de CABA durante esta pandemia. A la imposibilidad de llevar a cabo un aislamiento domiciliario debida a las condiciones precarias de las casas se suman cortes de provisión de agua corriente que vuelve imposible la tan repetida invitación a lavarse las manos para evitar el contagio. El gobierno de Larreta sabe lavarse las manos en estos casos.

El programa de punta a punta, acá:


sábado, 17 de junio de 2017

Arte y verdad / Van Gogh, el suicidado por la sociedad

Hoy 17:00 en Patologías Culturales, FM 88,7, online


por Antonin Artaud

Me apasionó durante largo tiempo la pintura lineal pura, hasta que descubrí a Van Gogh. En lugar de líneas y formas, él pintaba cosas de la naturaleza inerte que parecían movidas por convulsiones.

E inerte.

Como bajo el espantoso ataque de ese impulso de inercia al que todos hacen alusión con medias palabras, y que jamás ha sido tan turbia como desde que la totalidad de la tierra y de la vida actual se confabularon para aclararla.

Pero son mazazos, verdaderos mazazos los que sin cesar dispensa VanGogh a todas las formas de la naturaleza y a los objetos.

Los paisajes cardados por el punzón de Van Gogh, exponen a la vista su carne hostil,

el rencor de sus entrañas reventadas,

que, por lo demás, no se sabe qué insólita fuerza está metamorfoseando.

Una exposición de pinturas de Van Gogh siempre es un acontecimiento relevante en la historia,

no en la historia de las cosas pintadas sino en la historia misma histórica.



Ya que no hay epidemia, terremoto, hambre, irrupción volcánica, guerra, que separen las nómadas de la atmósfera, que tuerzan el pescuezo a la torva cara de fama fatum, el destino neurótico de las cosas,

como un cuadro de Van Gogh -expuesto a la luz del día,

puesto directamente anta la vista, el oído, el aroma,

el tacto,

en las paredes de una exposición-,

disparada por fin como novedosa en la actualidad cotidiana, puesta en circulación otra vez.

En el palacio de L'Orangerie durante la última exposición no se exhibieron todas las telas de mayor formato del desdichado pintor. Pero entre las que figuraban había suficientes desfiles dando vueltas, salpicados con penachos de plantas de carmín, senderos desiertos coronados por un tejo, soles azulinos girando sobre parvas de trigo de oro puro, y también el "Tío Tranquilo", y autorretratos de Van Gogh,

para no olvidar de qué sencillez elemental de objetos, elementos, personas, materiales,

obtuvo Van Gogh esas calidades de acordes de órgano, esos fuegos de artificio, esos climas de epifanías, esa "Gran Obra", en fin, de una constante e intempestiva transformación.



Los cuervos pintados dos días antes de morir no le abrieron, más que sus otras pinturas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero a la pintura pintada, o más precisamente a la naturaleza no pintada, le abren la puerta secreta de un más allá posible, de una constante realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un misterioso y temerario más allá.

No es algo que suceda a menudo que un hombre, con la bala del fusil que lo mató en el vientre, pinte cuervos negros y una especie de llanura debajo de ellos, posiblemente lívida, vacía de todos modos, en la que la tonalidad de borra de vino de la tierra se contrasta furiosamente con el amarillo sucio del trigo.

Pero, aparte de Van Gogh, ningún otro pintor hubiera podido encontrar, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "banquete fastuoso" y al mismo tiempo excremencial, de las alas de los cuervos asustados por los fulgores declinantes del crepúsculo.

¿Y la tierra, allí, de qué se queja, bajo las alas de los dichosos cuervos, dichosos sin duda sólo para Van Gogh, y ostentoso presagio, además, de un mal que ya no ha de incumbirle?

Ya que hasta entonces nadie como él había transformado la tierra en ese trapo mugriento empapado en sangre y retorcido hasta extraer vino.

En la tela hay un cielo muy bajo, aplanado, violáceo como los bordes del rayo.

La inusitada franja tétrica del vacío se eleva en relámpago.

A escasos centímetros de la parte alta y como viniendo de la parte baja de la tela, Van Gogh soltó los cuervos como si soltara los microbios negros de su bazo de suicida,

siguiendo la grieta negra del trazo donde el aletear de su suntuoso plumaje hace pesar la amenaza de una sofocación desde lo alto sobre los preparativos de la tormenta terrestre.

Y, sin embargo, toda la pintura es espléndida. Pintura espléndida, suntuosa y serena. Acompañamiento digno para aquél que, mientras vivió, hizo girar tantos soles embriagados sobre tantas parvas resistentes al exilio y que, con una bala en el vientre, desesperado, no pudo dejar de ahogar con sangre y vino un paisaje, inundando la tierra con una última emulsión resplandeciente y tétrica a la vez, que tiene gusto a vinagre pasado y vino agrio.

Por eso la tonalidad de la última pintura de Van Gogh, quien nunca sobrepasó los límites de la pintura, evoca la entonación bárbara y abrupta del drama isabelino más tenebroso, apasionado y pasional.


Lo que más me asombra en Van Gogh, el pintor de todos los pintores, es que, sin escapar de lo que se llama y es pintura, sin dejar de lado el tubo, el pincel, el encuadre del motivo y de la tela, sin apelar a la anécdota, a la narración, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza propia del tema y del objeto, logró infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal grado que cualquier cuento fantástico de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no aventajan en nada, dentro del terreno psicológico y dramático, a sus telasde dos centavos,

sus telas, por otro lado, casi todas de dimensiones sobrias, como respondiendo a un fin predeterminado. Una vela sobre una silla, un sillón de paja verde trenzada, un libro sobre el sillón, y el drama se esclarece. ¿Quién está por llegar?

¿Tal vez Gauguin o algún fantasma?

sábado, 12 de septiembre de 2015

El suicidado

Van Gogh x Artaud


por Antonin Artaud

Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida sólo se hizo asar una de las manos y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda, en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido tomado tal como sale del sexo materno.

Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra.

Es así como se mantiene -por delirante que pueda parecer tal afirmación -la vida presente en su vieja atmósfera de estupro, de anarquía, de desorden, de desvarío, de descalabro, de locura crónica, de inercia burguesa, de anomalía psíquica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocresía, de sucio desprecio por todo lo que trasunta nobleza, de reivindicación de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia, en resumen, de crimen organizado.

Las cosas van mal porque le conciencia enferma tiene el máximo interés, en este momento, en no salir de su enfermedad.

Así es como una sociedad deteriorada inventó la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinación le molestaban.

Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano sobrenatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad.


No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III.

Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino a las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinoxiales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación.

Con mayor motivo, en el plano de lo social las instituciones se disgregan y la medicina semeja un cadáver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh.

Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología, digno producto de sus cerebros viciados.

lunes, 30 de abril de 2012

Hay amarillos y amarillos

¿Tributo o vampirismo?



Ojo el ramo, nena
las flores se caen, tenés que parar
ví la sortija muriendo en el carrousel
Vi tantos monos, nidos, platos de café
platos de café, ah

martes, 3 de marzo de 2009

Era Van Gogh II



clima de epifanía



“Me apasionó durante largo tiempo la pintura lineal pura, hasta que descubrí a Van Gogh. 
En lugar de líneas y formas, 
él pintaba cosas de la naturaleza inerte 
que parecían movidas por convulsiones”
Artaud, Van Gogh, el suicidado por la sociedad



¿Cómo sosegar los ojos? En cada parpadeo, un rayo de luz desbarata las pestañas.
Acontecimientos. En el cruce entre pintor y poeta se oye la respiración agitada, el clima de epifanía.
Desde todos los ángulos posibles, Artaud recibe furiosa energía en reposo.
Cava dentro de sí y a la vista queda su carne, objeto de metamorfosis.
El color hiere con el aliento espeso de la convulsión. Filoso puñal reluciente.
Impetuoso, el puño disecciona. Cada pincelada arrastra sangre fresca.

La luz de la vela se hace oír...”

Y la pintura se agita en un acorde apasionado...
Agudizando los sentidos, la multiplicación es irresistible. El pintor y su ojo de carnicero desatan al cuerpo del alma. El oblicuo reflejo de su sol no perdona el rincón más oscuro. Océano olvidado, la tierra encresta su ola. Y la naturaleza entrega su secreto, la profecía de su corazón.
Bendito desarreglo.
Celebremos las incisiones, estremecen lo inerte.

Dibujar es corroer ese muro invisible que se interpone entre lo que se siente y lo que es posible hacer

Atreverse con desesperación y bajar el cielo al alcance de la mano.
Jadear sobre el mundo para fecundarlo.

Artaud crispa la palabra, rasga los tejidos, abre zonas saqueadas. Escribe desde los destellos una fulgurante imprecación. Brama, y extrae de cada lienzo su aullido.

Otros girasoles nos esperan. Van Gogh invadió nuestra retina, como quien impone el amarillo, y sus cuervos huelen nuestra carne, ensuciando el cielo de presagios.
Hemos sido suicidados, y no lo sabíamos.

Liliana Piñeiro

jueves, 7 de agosto de 2008

Sanidad



Por Oscar A. Cuervo

Amy es un fenómeno, quiero decir, amamos cómo canta. Lástima que la vemos mal. Nos gustaría que se ponga bien, verla bien y que siguiera cantando. Lo mismo pasa con Charly. Lo queremos, quién no quisiera tener a un Charly sanito, haciendo lindas canciones por treinta años más.

En Crítica del lunes pasado, Pablo Alabarces dice: “parece que los ídolos del rock se queman en su propia llama si son honestos y consecuentes, y deciden que si no pueden sustraer su música al mercado por lo menos van a sustraer su cuerpo al destino del caretaje: esa llama es el exceso, la desmesura de la transgresión, del sexo, droga y rock & roll. Sin rescates ni yogures light. En esa consecuencia, claro, redimen nuestra cobardía: se sacrifican por todos los que no podemos ni sabemos ni nos animamos a ser como ellos. Y luego, en la caída, son víctimas del morbo del mismo mercado al que dieron opíparamente de comer; de estrellas se transforman en basuras condenadas por los hipócritas y por las cámaras clandestinas que insisten en transmitir el derrumbe.”

Amy se niega a ir al tratamiento de rehabilitación, dice: “No tengo tiempo de ir, y si papá dice que estoy bien… él ya intentó llevarme a rehabilitación, pero no voy a ir, no, no. Prefiero estar en casa con Ray, no me sobran 70 días...”.

Y J. dijo: “A ver. Yo pienso que cada una y uno tiene derecho a vivir su vida como se le cante. Literalmente, como se le cante. La droga debería ser legal. Ser legal no significa legalizarla de cualquier manera. Hay formas. No voy a entrar ahora en eso. El Estado no puede prohibir el consumo personal. Prohibir el consumo es violar el principio de autonomía. Cada persona tiene derecho a vivir su vida como le parezca: mal, bien, lo que sea. Cada persona tiene derecho a tomar sus propias decisiones: buenas, malas, equivocadas, diferentes a las nuestras, etc. El consumo de drogas, para colmo, es lo que se llama una acción autoreferente: no afecta a terceros, sólo me afecta a mí. Y, sobre las acciones autorefentes, nadie me puede decir nada: yo hago lo que quiero conmigo y con mi vida”.

Y agregó: “Imagino muchas cosas, además de la rehabilitación, a las cuales decirles que no: Casate, tené hijos. O, al menos, formá una pareja estable, heterosexual y monogámica, sé fiel, no mientas, no engañes, no fumes, no tomes, no te drogues, estudiá, recibite, sé sana, hacé ejercicio, sé delgada, sé joven, sé linda, sé simpática, sé agradable, sé discreta, trabajá, ascendé, prosperá, sé productiva, tené un pasatiempo, comprate una casa. Si no podés, comprate un auto, aunque sea. I said no no no...!!”.

A lo que T. le respondió: “diría que el planteo de J. es bastante antiguo y profundamente liberal. Suena a elogio desenfrenado de la propiedad privada, en la cual, como es sabido, los liberales incluyen el propio cuerpo, tanto como la tierra, el agua, los bienes muebles e inmuebles y hasta el aire que respiramos. Creo que las personas no tienen límites para fabricar sus propias cárceles y las armas de su autodestrucción. Por eso, no nos falta más que unirnos al grito de guerra de un famoso franquista: ¡¡¡¡VIVA LA MUERTE!!!! y acoplar nuestras voces a la angelical de Amy”.


Foto: Nicolás Villalobos

La condesa acotó: “pienso que la droga mata y que durante su consumo no se puede producir ningún hecho artístico. Se necesita lógica, cordura, coordinación y razón para construir un andamiaje perfecto. Que Amy diga no. Yo también digo no, a la droga. Cada una haciendo uso de su libertad y gastando los 70 días a como guste”.

Entonces me metí yo para decir: “Creo que Amy plantea algo más que una discusión de qué hacemos con la droga y con los drogadictos. Creo que la canción REHAB se refiere no a los adictos enfermos, sino a lo que me atrevo a llamar: los portadores asintómáticos de la locura. Porque Amy, como Cobain, Johnny Thunders, Heath Ledger, Fassbinder, etc. son "los que no pueden más" (como dice la canción de Charly: los que no pueden más se van). No pueden más por debilidad o por fortaleza constitutiva, porque exteriorizan sus tragedias a través del arte (y la sociedad vive por medio de ellos lo que no es capaz de vivir cara a cara). Pero también estamos los que (aún) podemos... podemos ¿qué? Básicamente seguir funcionando, pagar los impuestos, respetar los horarios, salir limpios a la calle, tragarnos la bronca, atenuar la desesperación. Nuestra forma de inquietarnos es diferente a la de ellos: nosotros decimos que nos inquietamos "por ellos", ya sea para dejarlos matarse o para impedírselo. A mí Amy me recuerda (con ese pathos tan encantador que exhala en cada movimiento y en cada palabra que canta) que no es ella la que está en problemas. Ella dice: ¿a dónde me estás queriendo invitar? ¿a tu mundito?”.

Alguien citó a Baudelaire: “Ese señor visible de la naturaleza visible (hablo del hombre) ha querido crear el Paraíso por medio de la farmacia y de las bebidas fermentadas, semejante a un maniático que reemplaza muebles sólidos y jardines auténticos con decoraciones pintadas en una tela y montadas en bastidores. En esa depravación del sentido de lo infinito reside, a mi parecer, la razón de todos los excesos culpables, desde la embriaguez solitaria y concentrada del literato quien, obligado a buscar en el opio el alivio de una dolencia física y habiendo descubierto de este modo una fuente de placeres morbosos, lo adopta poco a poco como su única higiene y como el sol de su existencia espiritual, hasta la borrachera más repugnante de los arrabales, la que, con el cerebro pletórico de llamas y de gloria, ridículamente se revuelca entre las inmundicias del camino.”

Y otro recordó las palabras de Artaud: “La ley sobre estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; en una pretensión singular de la medicina moderna querer imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales de la ley no tienen poder de acción frente a este hecho de conciencia, a saber: que más aún que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor físico, o también de la vacuidad mental que pueda honestamente soportar.”

Fue ahí cuando Gabriela D'Odorico escribió en LA OTRA 18: “"Ni bien se tocan estos temas, se hace muy difícil no ceder a la tentación de preguntar: ¿cómo actuar entonces y qué hacer con estos casos? Más de una buena razón nos suele tomar por asalto, y muchas veces nos convence de que no se puede permanecer como un simple espectador de televisión al que se le quitó la libertad del zapping. Entonces se hace urgente actuar, sea por el bien propio del afectado aún cuando no lo demande, por mi imposibilidad de enfrentar la experiencia del otro sufriente, por la molestia que me provoca su comportamiento, por la lástima que me produce, porque pienso que tengo una función social/ moral/política en este mundo o por todo eso junto. Sin embargo hay, a mi juicio, una especie de mesianismo en esta interrogación acerca de qué hacer con el otro. (...) "Ese qué hacer con ellos significa, entre otras cosas, cómo gobernarlos. Por eso se los registra en planes de ayuda social, se hacen estadísticas, se los censa y se evalúa la necesidad de invertir o no en ellos. Se trata de administrar esas vidas, hacerlas entrar en los cálculos numéricos del Estado. Pero esas vidas, que son las nuestras (cada cual sabe en qué grupo fue incluido por el Estado) son un objeto que puede ordenarse, docilizarse, clasificarse y medirse con los fines de hacerlas gobernables".

Y un anónimo dejó este mensaje en el blog: “BASTA, POR FAVOR, DE GLORIFICAR A LAS CELEBRITIES DE LA INDUSTRIA DEL ENTRETENIMIENTO!! Como pueden tragarse semejantes boludeces!? Estudien musica en serio, ignorantes!”.

En fin, la discusión parece no tener fin, pero no creo que se trate de legislación ni de aprender música. Podríamos hablar del Burrito Ortega o de mi querido Mariano, qué sé yo.

La vamos a seguir este domingo en la radio (a la medianoche, FM La Tribu, 88.7, http://www.fmlatribu.com/). Viene Gabriela D'Odorico, que ya es una amiga de la casa, y también viene Daniel González, director del Centro Psicosocial Argentino, que dicta cursos para operadores socioterapéuticos en drogadicción. El domingo a la medianoche en La Otra.- radio.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Estar a salvo IV


Señor legislador de la ley 1916, aprobada por el decreto de Julio de 1917 sobre estupefacientes: eres un castrado.


Tu ley no sirve más que para fastidiar la farmacia mundial sin provecho alguno para el nivel toxicómano de la nación porque:


1º El número de los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias es ínfimo.


2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovisionan en las farmacias.


3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias son todos enfermos.


4º El número de los toxicómanos enfermos es ínfimo en relación a los toxicómanos voluptuosos.


5º Las restricciones farmacéuticas de la droga no reprimirán jamás a los toxicómanos voluptuosos y organizados.


6º Habrá siempre traficantes.


7º Habrá siempre toxicómanos por vicio de forma, por pasión.


8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la sociedad un derecho imprescriptible que es el de que se los deje en paz. Es por sobre todo una cuestión de conciencia.


La ley sobre estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; en una pretensión singular de la medicina moderna querer imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales de la ley no tienen poder de acción frente a este hecho de conciencia, a saber: que más aún que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor físico, o también de la vacuidad mental que pueda honestamente soportar.


Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es aquella que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y, si yo he perdido mi lucidez, la medicina no tiene otra cosa que hacer sino darme las sustancias que me permitan recobrar el uso de esta lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia, ustedes son unos pedantes roñosos; hay una cosa que deberían considerar mejor; el opio es esta imprescriptible e imperiosa sustancia que permite retornar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido.


Hay un mal contra el cual el opio es soberano y este mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica o farmacéutica, o como Uds. quieran.
La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no entiende.
La Angustia que quita la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.


Por vuestra ley inicua ustedes ponen en manos de personas en las que no tengo confianza alguna, castrados en medicina, farmacéuticos de porquería, jueces fraudulentos, doctores, parteras, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que es en mí tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno.


Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire llegar a una evaluación de mi dolor más precisa que aquella, fulminante, de mi espíritu. Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está en mí.


Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos, y tú también Legislador Moutonier, que no es por amor a los hombres que deliras; es por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de aquello que es un hombre sólo es comparable a tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre, sobre tu mujer y tus hijos y toda tu posteridad. Y mientras tanto, soporto tu ley.



ANTONIN ARTAUD