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sábado, 5 de enero de 2019

Las películas del año 2018

La lista de La otra y los fundamentos


As boas maneiras (Juliana Rojas, Marco Dutra, Brasil)

En su primer tramo parece ser un estudio sobre el despliegue de lazos eróticos entre dos mujeres de situación social opuesta, una joven burguesa blanca y su empleada doméstica negra. Pero la inquietud artística de los autores hace que la progresión de este primer extrañamiento vaya sumergiéndonos en extrañamientos cada vez más intensos. Rojas y Dutra traman un arte que juega a desconcertar las expectativas y en cada giro del relato nos aguardan con una nueva perplejidad. Hacen vibrar tonalidades que alteran el acorde inicial desde un realismo austero e intrigante hacia la fascinación onírica que fluye por debajo de la vida diurna, pulsiones salvajes que corren bajo la epidermis de una civilización fallida. Amor lunático, ensueño, ternura, terror. Cuando creímos entender por dónde venía la cosa, se produce una fractura por la que se cuela la potencia de lo otro. Lo que suma asombro al asombro de este film de amor al extraño es su elegancia para resolver tanta ambición inscribiéndose en una tradición del cine como arte de masas. (Completo acá)


Un elefante sentado y quieto (Hu Bo, China)

Hu Bo se inicia en el cine y se despide del mundo. Verlo es como tomarse de un sorbo el trago más fuerte que Jia Zhang-ke pudo haber preparado, pero sin guiños al gusto europeo (ni a ningún otro gusto). Podríamos lamentarnos porque el cine perdió a un gran autor, pero Un elefante… vale una filmografía entera: el tiempo cauto de los silencios que esos jóvenes se toman para pensar y el rapto suicida que no se anuncia, la delicadeza y la piedad para poner en cuadro sus paisajes anímicos y anteponer los desenfoques, como si la cámara no quisiera mirar lo que se muestra. La proeza artística reside en encontrar el tempo justo para filmar ese recorrido agónico. Los jóvenes de Un elefante sentado y quieto deambulan, pero no como los del nuevo (viejo) cine argentino... ¡a Dios gracias! Están vivos y su aliento se imprime, aunque Hu Bo ya esté muerto. Conmueve el resto de candor que no desconoce la desesperación pero la atraviesa continuamente. Pienso en El diablo, probablemente - están a punto de salvarse, de encontrar un motivo para seguir. Viajarán en busca del elefante sentado y quieto porque esa posibilidad nunca se pierde mientras se respira. (Completo acá)


El ángel (Luis Ortega, Argentina)

El ángel está lejos de otras películas del mainstream local a las que se podría vincular por la envergadura de su producción. Ortega no devino industrial limando sus aristas, renunciando al riesgo estético u homologándose a una sensibilidad internacional, como hicieron Mitre o Trapero (por eso, no tiene ninguna chance de correr en la carrera por el Oscar: Hollywood nunca lo entendería). Al contrario, con El ángel radicaliza y argentiniza su poética, un proceso que había iniciado con la extraordinaria serie televisiva Historia de un clan. Su relectura del famoso caso Robledo Puch es más ligera y danzarina que la que él mismo hizo del Clan Puccio -mejor ni hablar de la desgracia perpetrada por Trapero. Si en el programa de televisión el eje estaba puesto en la oscura relación paterno-filial en cuyo microcosmos se reconocía el sedimento del terror de estado, en la película adopta el temple aún luminoso que precede a ese terror y lo hace con conciencia desafiante. Filmar una película romántica, erótica y luminosa, centrada en el raíd de un joven homicida múltiple, probablemente el mayor asesino no estatal de la historia argentina, le permite subvertir el puritanismo de la tradición con la que quiere dialogar. No es casualidad que dos inolvidables escenas de baile abran y cierren El ángel. Esos bailes definen su política de autor. Pero hay entre ambas escenas una diferencia apreciable: en la última, las fuerzas armadas asedian la casa desde afuera, hieráticas y en silencio, a punto de dar el asalto final, mientras adentro Carlitos baila solo. El rotundo efecto de sentido de esa alternancia, la tajante concisión de un corte de montaje indican el abismo en el que la historia está por caer. Desde la interioridad del niño-ángel-maldito de sexualidad polimorfa (el "amoral" del que hablaba Crónica) hacia la masacre colectiva. La mejor película argentina desde La ciénaga. (Completo acá).


Corsario (Raúl Perrone, Argentina)

στένω / ὀπή. Una caja con agujero sin lente y por ende sin foco.
En el paseo conurbano en blanco y negro desenfocado se intercalan planos con derroche de colores, flores que exhalan el perfume embriagador de la juventud o quizás simplemente te regalen un aroma mórbido. Como si Pasolini hubiera llegado hasta acá a hacer una remake de Caravaggio -otro que amaba a los muchachos y los buscaba por suburbios peligrosos en los que encontró su muerte violenta- lxs chicxs posan en medio de tableaux vivants. ¿Trazan Pasolini, Verlaine y Caravaggio el volumen de un cono temporal en alguno de cuyos puntos busca situarse la mirada de Perrone? ¿Cómo filmar con nitidez desde distancias focales ubicuas? El desenfoque es la clave de Corsario, el recurso con que el Perro se para de manos ante la prepotencia de la nitidez en la era digital. Como diciendo: estas máquinas nos ofrecen imágenes tan nítidas que no nos dejan ver. (Completo acá)


Season of the devil (Lav Díaz, Filipinas)

Lav Díaz desde hace mucho viene mostrando su audacia formal y a la vez una determinación firme para darle al cine político una expresión renovada. Pero lo político se pone en juego no solo en sus temáticas sino también, y sobre todo, en el vínculo que construye con su público. Una mirada comprometida con la historia de su nación -como se remarca desde las propias canciones- demanda un rigor igualmente alto en la constitución de esa mirada como tal y en la obra que busca completarse en la mirada del espectador. A diferencia de un cine político "de mensaje" que descuida sus procedimientos en nombre de nobles ideales extra-cinematográficos, Díaz sostiene con sus películas que no es posible disociar la transformación del mundo de la transformación del cine. (Completo acá).


El silencio es un cuerpo que cae (Agustina Comedi, Argentina)

El modo sereno y amoroso de la voz de Agustina Comedi es el hilo que conduce el avance del relato y también el acorde que define la tonalidad de la película. Lo que ella quiere ver en las horas filmadas que dejó Jaime, su padre, es algo que persiste como silencio familiar y social. Ella también quiere oírlo en conversaciones con sus familiares y con los amigos y compañeros de militancia de Jaime. Si en el transcurso de su relato Comedi dice muchas veces "Jaime", unas pocas "papá" y nunca "padre", es porque sabe que, a pesar de la extrema intimidad de lo que está indagando, ese hombre y esa historia no le pertenecen. Jaime es papá y no solo eso: es algo distinto para otros. Jaime ha sido en el mundo y la inteligencia de Comedi logra que en la historia de Jaime se desoculte el mundo. (Completo acá).


Did You Wonder Who Fired the Gun? (USA, Travis Wilkerson)

Wilkerson puede construir toda una secuencia de Did You Wonder Who Fired the Gun? a partir de que su voz nos relata que está siendo perseguido, mientras el campo de lo visual se acota hasta el mínimo: una carretera de Alabama recorrida de noche por un auto sobre el que está montado el narrador. El efecto de ese sostenido plano no es solo inquietante por la posibilidad real de que él esté siendo efectivamente seguido por los servicios de información norteamericanos, cosa no improbable en la paranoica norteamérica actual. Hay otra dimensión posible no menos peligrosa acerca de quién o qué es lo que persigue al narrador: acaso de lo que él no puede escapar es de su propia historia. En Did You Wonder Who Fired the Gun? Wilkerson finalmente logra así fundir su historia personal con la de su nación, casualmente la misma que consolidó su identidad a partir del cine. (Completo acá)


Trilogía del Lago Helado (Gustavo Fontán, Argentina)

La Trilogía del Lago Helado se atraviesa como un trance. O mejor dicho como tres trances (Sol en un patio vacío, Lluvias, El estanque). Como espectadores nos invita a funcionar de un modo diferente, que no es el de un niño al que se le cuenta un cuento antes de dormirse, sino quizá el del niño que se queda mirando el misterio de una ventana, de los espejos curvados, del mundo que cabe en una gota de lluvia, el paisaje disuelto en lluvia. La imagen acuosa, ondulante, figuras, eventos posibles que se vislumbran detrás de vidrios esmerilados, entre sombras, imágenes descentradas de las leyes seculares de la composición del cuadro. Como recorrido ocular sin dirección calculada, como percepción sonámbula, como extrañamiento del lugar en el tránsito de una mudanza. Como entregarse absorto al rumor del mundo. ¿Por qué desechar tantos caminos para quedarse con uno solo ya instituido? (Completo acá).


Mujer Nómade (Martín Farina)

"¿Quién sabe lo que puede un cuerpo?" cita Esther Díaz a Baruch Spinoza y entregada a la cámara de Farina parece dispuesta a poner su propio cuerpo en disponibilidad para la pregunta. Si en el ámbito académico porteño ella es una de las principales impulsoras de la crítica al imperio de la tecnociencia, en la película su cuerpo se ve sometido a toda clase de tecnologías invasivas. A lo largo de Mujer nómade se citan muchas veces palabras como "sexualidad", "tecnología", "saber" y "poder" pero, en el momento culminante, la palabra que ella pronuncia es una que no proviene del léxico foucaultiano ni deleuziano: dice "desesperación". Mujer nómade es el sexto largometraje de Farina, pero él llegó a asentar su poética justo cuando la crítica advirtió que existía. Ahora ya no está para los premios revelación sino para las retrospectivas. (Completo acá)


Pororoca (Rumania, Constantin Popescu)

Película de una violencia apabullante, no solo ni en primer lugar porque muestra algunas escenas muy violentas: en proporción, la violencia abarca una parte mínima de su metraje. Justamente esa presencia mínima de la violencia en escena constituye la prueba de que para este cineasta rumano la violencia -como denominador común de la vida contemporánea: los actuales cineastas rumanos suelen filmar desde el borde extremo del presente- es también un problema acerca de la forma cinematográfica. ¿Cómo darle forma cinematográfica a la violencia sin allanarse a la tendencia de alimentar su escalada? (Completo acá)


Lady Macbeth (William Oldroyd, Gran Bretaña)

Lady Macbeth no es lo que parece. Tiene el packaging y un arranque típico del melo ambientado en el siglo 19. Me aburren las observancias genéricas estrictas, así que afortunadamente fue mutando en... ¿en qué? En algo horroroso. La campiña inglesa nunca se vio tan árida y hostil. Y la pasión erótica incandescente del principio pronto se vuelve gélida. Tiene los elementos esperables del flechazo inconveniente producido en el cruce de clases sociales y Oldroyd añade el componente emancipatorio de la femineidad resuelta y la más soterrada opresión racial, notas que acentúan la contemporaneidad de su mirada. Pero no se detiene ahí. Oldroyd sabe cómo el melodrama concilió a las clases y es perfectamente consciente de la opresión patriarcal. Pero no se detiene ahí. La afirmación de la autonomía individual elevada a principio supremo deriva hacia una violencia moral difícil de ver sin cerrar los ojos. Es hielo abrasador, es fuego helado. (Competo acá)

martes, 21 de agosto de 2018

Espero que sepas mi nombre pero lo que te puede desconcertar es la naturaleza de mi juego

Especial Robledo Puch en La otra.-radio del domingo, para escuchar acá 



Encantado de conocerte
espero que sepas mi nombre
pero lo que te puede desconcertar
es la naturaleza de mi juego.

Cada policía es un criminal
y todos los pecadores son santos
y cara o ceca da lo mismo
llamame simplemente Lúcifer.
necesito cierta contención
así que, si me encontrás, tratame con cortesía
un poco de simpatía y cierta exquisitez
usa tu bien aprendida educación
o vas a perder el alma.
Sympathy for the devil

Entre los textos breves que prologan el libro de Rodolfo Palacios, El ángel negro. La feroz vida de Robledo Puch hay dos que se destacan del resto. Uno es del Indio Solari y empieza diciendo:

"No encuentro manera de que mis emociones abarquen con sensibilidad adecuada hechos fenomenales como los acontecimientos en que Robledo Puch estuvo involucrado. Cruzó una frontera que creo reconocer, pero nunca me vi extraviado más allá de sus límites.

"En cuanto a su relación con mi imaginería, debo considerar el hecho de que mis personajes, en general, están iluminados por la luz tóxica de sus ilusiones enloquecidas".

La sorprendente revelación del Indio marca el grado hasta el que la figura pregnante de Robledo Puch, el real, marcó a fuego a la sociedad argentina de principios de los 70, cuando la condensación de un Mal ontológico no había alcanzado las cotas inéditas que llegaría a tener a partir del terrorismo de estado del 76. Antes del agujero negro estatal en el que la experiencia social argentina cayó con la dictadura más feroz, podríamos decir que la imagen del Mal aparecía a través una figura más naive, o al menos con una posibilidad de detectar sus ambivalencias. Quizá así se puede explicar que un artista de la incidencia del Indio reconozca hoy la fascinación que ejerció sobre su sensibilidad "la luz tóxica de las ilusiones enloquecidas" de Robledo. Por vía indirecta, a través de las canciones de los Redondos, algo de esa luz tóxica ilumina nuestro inconsciente colectivo.

Distinta es la mirada que Luis Ortega expresa en otro texto de ese mismo libro:

"Quien quiera separarse para siempre de la humanidad, por odio o necesidad, debe hacer algo irreparable. No alcanza con robar para ser distinguido con el desprecio unánime de los demás (el ladrón siempre tiene quién lo comprenda). Para ser implacable en esa soledad, hay que matar hasta a los amigos". (Ver más acá)

Lo que aquí habla a través de Ortega es un malditismo menos ambivalente, con el que el propio Ortega había estado merodeando en su tratamiento de Arquímedes Puccio en Historia de un Clan, ya manchado del terrorismo de estado -el caso real transcurrió entre bandas lúmpenes que habían quedado como "mano de obra desocupada", entre el final de la dictadura y los primeros años del alfonsinismo. Mientras hacía Historia de un Clan, en contacto con Rodolfo Palacios, quien también escribió El Clan Puccio, Ortega extrajo algunas referencias históricas luego transfiguradas por sus intervenciones poéticas antirrealistas para la serie televisiva, pero también conoció y se interesó por la figura de Robledo y empezó a pensar en el proyecto cinematográfico de El ángel.

Sin embargo, Carlitos en la película es otra cosa, una evidente invención ficcional. Y el desvío -finalmente, el gran hallazgo- está dado por la figura inocente de Lorenzo Ferro, el adolescente que encarna a Carlitos en El ángel. Lo que ahora hace Ortega es reinscribir algunos rasgos del ícono deRobledo Puch sobre la piel fresca de Ferro. Esto le permite realzar el lado vital de Carlitos y atenuar los rasgos más tanáticos. En declaraciones recientes, Ortega aclara:

'"Carlitos siente que Dios lo está mirando, entonces camina como un actor de cine, siente que está en una película. Cree que la muerte no existe y mata para comprobarlo. No creo que Carlitos sea tan malo. En realidad no creo que haya que confundir el caso real con la película. Yo no quería hablar del mal, quería hablar del bien. El mal está en todos lados, la poesía y la belleza son muy escasas. Entonces yo quería aprovechar la oportunidad para traicionar las expectativas del público pero para darles algo mejor".



Así Ortega desbarata de antemano las exigencias de apego al caso real que algunos críticos desorientados reclamaron a la película, tanto como la lectura moralista de personajes virtuales como Malena Pichot que, sin ver El ángel y deschavando su pensamiento obtuso, la interpretó como la glamorización de un femicida.

Estuvimos hablando del asunto en la primera parte de La otra.-radio del domingo, clickeando acá.

martes, 14 de agosto de 2018

De ahora en más en las películas argentinas los maleantes deben ser punidos para que Malena Pichot no se ponga mal

Más sobre El ángel en La otra.-radio del domingo, clickeando acá


Si lográramos pegar el salto que va, en la escena final de El ángel, desde el interior de la casa vacía donde Carlitos baila por segunda vez "El extraño de pelo largo" hacia el exterior donde una bocha de milicos rodea la manzana, comprenderíamos algo decisivo sobre la naturaleza del cine. En esa simple sucesión de dos planos unidos por un corte se abre un abismo que abarca desde la ficción hasta la historia, desde la comedia hasta la tragedia, desde el placer hasta la ley, desde la libertad hasta la cárcel, desde la juventud hasta la muerte. ¿Qué dice esa colisión de imágenes para el juicio del que mira? 

Leí comentarios que desaprueban El ángel por la inverosimilitud del hecho de que el apresamiento de Carlitos demandara tal cantidad de efectivos. También discusiones retrógradas acerca de la peligrosidad de embellecer a un personaje que comete actos terribles. Para la moral retrógrada, desde la crítica cinematográfica hasta el femirulismo, las ficciones, más todavía si están "inspiradas en hechos reales", tienen que pagar peaje a la verosimilitud y al código penal. En el cine edificante, los finales funcionan como el restablecimiento del orden vulnerado y, por ende, como advertencia al espectador: esto que viste no está bien, ni se te ocurra intentarlo.

Ortega elige al final yuxtaponer esos planos adentro/afuera, baile/allanamiento, soledad/multitud y nos deja en vilo: el resto queda en nuestras manos, obvio. Hay que comprender bien de qué se trata el cine para terminar ahí, para no hacer un epílogo moralizante ni aspirar a una estabilidad aplacadora. La única falla que estragó la dramaturgia de Historia de un clan es su desdichado epílogo "documental". Después de esa serie tan llena de momentos geniales, Ortega tenía que advertir que no era posible repetir ese error, que en la sucesión de los planos de la secuencia final se apoya la solidez de su edificio. Ese vacío que aparece entre los dos planos es un salto que hay que dar. Quizás el genio del cine se juegue en cómo se montan los dos planos finales de una película. 

En La otra.-radio del domingo seguimos hablando de El ángel, desde el libro periodístico de Rodolfo Palacios, El ángel negro, que Luis Ortega leyó para empezar a inspirarse en la película que haría, con los testimonios del Indio Solari, Enrique Symns, Andrés Calamaro y el propio Ortega sobre los múltiples sentidos del ícono de Robledo Puch en la cultura argentina al que ahora esta película viene a sumarse, hasta el feeling  musical que le hace gambetas a las convenciones narrativas, pasando por ciertas objeciones pichotas que se escurren como un tweet en una cloaca. Pueden escuchar ese tramo del programa clickeando acá.

sábado, 11 de agosto de 2018

El ángel - Simpatía por el demonio


Esbozo algunos apuntes sobre una de las mejores películas argentinas de los últimos años.

Tres estrellas tuvieron que alinearse para que El ángel fuera posible.

- Carlos Eduardo Robledo Puch (a) Carlitos a principios de los años 70 se convirtió en el ícono más bello del mal que la sociedad argentina pre-dictatorial podía dar a luz. El caso del pibe de rulos rubios y cara de ángel que en menos de un año dejó un reguero de muertes ejecutadas a sangre fría cautivó desde el inicio a la prensa, que propagó su inquietante figura en fotos que perfumaron la violencia de la época de un aire libertario. Mientras Osvaldo Soriano con su elegancia noir instaló la figura del nihilista romántico para la clase media ilustrada desde el diario La Opinión, Héctor Ricardo García lo presentó en las tapas de Crónica como el asesino invertido, normativizando su fábula reaccionaria de alto impacto masivo. Después la dictadura, cambió para siempre el estándar del mal civilizatorio argentino.



- Luis Ortega nació en 1980 y desde 2002 viene desarrollando su obra cinematográfica de menor a mayor, primero desde los márgenes y ahora situado en el más rotundo mainstream. Antes de morir, Leonardo Favio lo ungió como su heredero artístico, cuando esto podía no verse con claridad. En el tramo reciente de su filmografía Ortega parece estar poniéndose a la altura de esas expectativas. Hoy es el que conjuga insolencia artística y popularidad como no lo intentó ningún otro cineasta argentino desde Favio. Cuando Luis nació, Robledo Puch ya estaba encarcelado desde hacía tiempo. Favio vivía en el exilio y su obra se encontraba en un impasse incierto. Pero, detalle: Ortega es Ortega, el hijo raro de una familia que ya estaba ubicada en el corazón católico blanco argentino cuando Robledo Puch había cometido los crímenes que lo convirtieron en leyenda negra. Ortega emerge desde el seno de esa extirpe políticamente connotada. Como autor, disemina marcas de esa pertenencia acá y allá, más explícitamente desde que retrató en Historia de un clan al Clan Puccio, complemento simétrico del Clan Ortega. En El ángel, Luis Ortega asume todas sus filiaciones entreveradas, entre Palito Ortega, Carlitos Robledo Puch y Leonardo Favio.




- Lorenzo Ferro es un actor debutante, descubierto por Ortega en la primera jornada del casting para hacer el personaje de Carlitos, El ángel. Sin ese encuentro, la película no sería posible. No una biopic sobre Robledo Puch, sino la reinscripción del ícono de los 70 sobre la piel virginal de Ferro. La fotogenia excepcional del chico es el resultado de una refinada operación poética del cineasta. La intensidad emocional de la película se juega en el magnetismo que se establece entre esas dos miradas: la del actor y la de la cámara, la de la cámara de Ortega sobre la cara de Carlitos. Cuando la critica debate acerca de la empatía de la película con la figura del criminal, su desapego al rigor histórico documental, su posición (a)moral ante los asesinatos, extravía completamente el eje que da vida a la obra. El punto de vista de Ortega no se identifica con Carlitos, no lo reivindica, ni lo absuelve ni trata de entenderlo: lo mira arrobado.





La insolencia mayor de El ángel consiste en transfigurar una saga criminal en una historia de amor. Carlitos está enamorado de su amigo y cómplice Ramón (el Chino Darín). Se llama Ramón, como Palito y va a Sábados para la Juventud a cantar "Corazón contento",  mientras Carlitos siente que en la pantalla de la tele Ramón le está cantando esa canción a él. Capturado por su presencia, Carlitos trata de ganar su atención. La tensión erótica entre Carlitos y Ramón remite a la de Charlie y Roberto (Monzón también enrulado y Gianfranco Pagliaro) en Soñar soñar. El Carlitos de Ferro y Ortega es un joven genio del robo hasta que empieza a desestabilizarse al conocer a Ramón. En la escena iniciática, Carlitos observa perturbado el testículo que sale del short del padre de Ramón (Daniel Fanego, genial) y la pistola que el pater familias empuña. El falo irrumpe en escena para descompensar el hasta ese momento grácil desdén de Carlitos por la ley, la propiedad privada y la autoridad. Hasta ahí era un ángel travieso, pero cuando su cuerpo registra la corriente erótica que lo atraviesa empieza a ser movido por fuerzas que lo desbordan y lo llevan más allá de la inocencia. No hacia la culpa, sino hacia la angustia.

El ángel no es una película sobre un asesino, ni siquiera una película sobre un asesino enamorado. Es el mal de amor hecho cine.

sábado, 10 de septiembre de 2016

En un bosque de la China







En un bosque de la China una china se perdió
como yo era un perdido nos encontramos lo dos.

Era de noche
y la chinita
tenía miedo
miedo tenía
de andar solita
anduvo un poco y se sentó
junto a la china
junto a la china
me senté yo.

Y yo que sí y ella que no
y yo que sí y ella que no
y al cabo fuimos los dos juntitos
y al cabo fuimos los dos juntitos de una opinión.



Primer corte del nuevo álbum de Daniel Melingo, Anda.
Video dirigido por Luis Ortega.