Dada la extrema concisión estilística de Elephant o Gerry alguien podría pensar que la mirada de GVS del mundo juvenil del nuevo siglo es abstracta o ahistórica. Pero basta comparar con el pathos de los jóvenes de sus películas del siglo xx para advertir que se trata de otro mundo, aquel en el que el propio Van Sant era joven. Para refundarse como autor a partir de Gerry, Van Sant resetea toda su forma. No quiere repetir los procedimientos con los que filmó a su generación en Mala noche o My own private Idaho, sino encontrar una nueva distancia en su mirada que no sea reprobatoria de los nuevos jóvenes pero reconozca su distancia generacional. Esa extrañeza es la atmósfera distintiva de sus mejores películas.
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sábado, 14 de octubre de 2023
lunes, 24 de agosto de 2020
My own private River
La película favorita del actor y cineasta James Franco es My own private Idaho, el clásico noventista de Gus Van Sant protagonizado por River Phoenix (poco tiempo antes de morir) y Keanu Reeves. River es además el actor favorito de Franco, por quien siente una verdadera devoción.
En una charla con Gus Van Sant en 2008, James le dijo al director que le gustaría acceder al metraje descartado de My own private Idaho, pedido al cual Van Sant accedió. Franco con ese metraje m ontó una versión alternativa al original, más oscura, más concisa, más esencial.
Franco declaró que se propuso hacer con esas tomas descartadas algo así como la versión que hoy, después de varias décadas de exploraciones estéticas, filmaría el propio Van Sant de la película.
El milagro es que el resultado, My own private River, es, si se quiere, superior a la original. Más libre de las sujeciones del relato convencional hollywoodense, con menos sentimentalismo, despojada de toda subtrama. Por ejemplo, no queda nada, afortunadamente, de la inserción de las citas shakespereanas de Enrique IV que Van Sant introdujo en su película de 1991. La versión de Franco conmueve por su aspereza, su concentración dramática y un lirismo más genuino, menos lastrado por recursos vicarios. Los detalles de la peripecia de My own private Idaho están acá solo sugeridos, porque Franco se basó exclusivamente en tomas descartadas: son los mismos personajes y las mismas situaciones, pero no hay inguna escena compartida con My own private Idaho, lo que la hace algo completamente original en la historia del cine. Los conectores narrativos están reducidos al mínimo, así que es una película de climas más que un relato. En eso, su sensibilidad es mucho más actual que la original, que todavía mantenía un pie en el Hollywood instituido. Los silencios y las elisiones pesan más que la narración.
La versión de Franco explica poco y confía en la pregnancia de las hermosas imágenes que imprimió Van Sant en los 90, vibrantes como para no tener que apoyarse en los convencionalismos del cine de difusión masiva. La de Van Sant ya era una rareza muy potente en 1991, la presencia magnética de River Phoenix junto a Keanu Reeves producía un alto impacto emocional, se percibía en su pulso que llegaría a ser uno de los nombres claves del cine norteamericano contemporáneo.
Shockeado por la muerte prematura de River Phoenix, Van Sant dio al cine su extraordinaria trilogía de los jóvenes perdidos: Gerry, Elephant y Last Days. Después hizo una coda majestuosa, Paranoid Park, quizás su mejor pelicula, para luego diluirse en encargos iinconsistentes. Se lo morfó el sistema, pero quién nos quita lo bailado.
James Franco en 2012 lanza la versión que revive milagrosamente a su adorado River Phoenix, un espejo en el que gusta mirarse a sí mismo, y al mismo tiempo nos muestra cuán exquisita podía ser la mirada de Van Sant cuando el mainstream no estaba vigilándolo.
En My own private River puede reconocerse una genealogía de la mirada de Van Sant, donde se cruzaban el new american cinema, con Cassavetes y Warhol a la cabeza, con Pasolini, Bertolucci, Fassbinder, y hasta puede vislumbrarse la posibilidad inminente del momento dorado del cine subasiático de fines de siglo (como Wong, Tsai o Raya Martin). En este sentido Van Sant ha sido un cineasta bisagra y hoy eclipsado.
No sabría decir quién es más autor de My own private River, si Van Sant o Franco. O si sobre ambos dos planea el ángel de River.
River Phoenix había muerto un 31 de octubre de 1993 en la vereda de The Viper Room, la discoteca regentada por Johnny Depp. Desde entonces River se convirtió en un ícono de culto con una filmografía cuya presencia magnética hace fulgurar. My own private River es un regalo para disfrutar de su talento y su belleza.
Aquí puede vérsela online. La falta de subtítulos no obsta para sumergirnos en su oscuro romanticismo
sábado, 15 de septiembre de 2012
Un duelo de miradas
Paranoid Park, una conversación de orilla a orilla
(+ una canción de Elliott Smith)
Paranoid Park (en español, Parque Paranoico) es una película estadounidense de 2007 dirigida por Gus Van Sant. La película está basada en la novela homónima de Blake Nelson que transcurre en Portland, Estados Unidos.
En el filme, Alex es un adolescente que descubre el Paranoid Park, un skatepark donde concurren toda clase de marginales con sus tablas. En un lugar cercano accidentalmente mata a un guardia ferroviario y decide no contárselo a nadie.
En diálogo con Efecto Mariposa, el ensayista especializado en temas cinematográficos y profesor de Filosofía en la Universidad Nacional de Buenos Aires Oscar Cuervo indagó en Paranoid Park.
Cuervo dirige la revista La otra y además edita el blog "taller la otra". Conduce el programa de radio La otra en FM La Tribu de Buenos Aires, y es programador de un ciclo de cine contemporáneo en el auditórium de esa misma emisora radial. Dirigió varios mediometrajes .
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viernes, 14 de septiembre de 2012
Efecto Mariposa: Parque paranoide
por Oscar Cuervo
El efecto mariposa es ese micro-relato tantas veces citado que cuenta que el aleteo de una mariposa en Buenos Aires desata una tormenta en Montevideo. Bah, no es para tanto. Me escribieron las productoras del programa radial Efecto Mariposa, de Radio Uruguay Sodre, 1050 AM:
"Te escribimos del programa radial Efecto Mariposa, que se emite diariamente en la radio estatal uruguaya. Te estamos buscando (ya te enviamos un twitter) porque mañana viernes queremos hablar sobre Gus Van Sant y Paranoik Park (aqui acaba de salir en DVD) y encontramos la reseña que publicaste en tu blog La Otra".
LUNES A VIERNES DE 14 A 16 RADIO URUGUAY - 1050 AM
CONDUCCIÓN: DAINA RODRÍGUEZ Y ALBERTO GALLO
PRODUCCION: GABRIELA GIÚDICE, CAROLINA MOLLA
PARTICIPACIÓN AL AIRE: CAROLINA MOLLA
www.radiouruguay.com.uy
www.efectoblog.blogspot.com
Y yo no puedo resistirme a una invitación así. De manera que voy a hablar de una de las películas que más me gustan de los últimos años y voy a tener el gusto de conocer a estos nuevos amigos del otro lado del charco, a los que nos tendió un puente Gus Van Sant. Los lectores de este blog que vean esta entrada antes de las 14:20 pueden intentar escuchar nuestra conversación online. Y de mientras, reproduzco parte de una nota sobre el cine de Gus Van Sant que escribí en 2008. La nota completa puede leerse en revista La otra nº 19, Primavera 2008:
“Lo que me gusta de Paranoid son los pibes que hacían skate ahí. Construyeron el parque ahí mismo, de manera ilegal. Train-hoppers, guitarristas callejeros, skaters drogados, chicos abandonados. No importa lo mala que fuera tu vida familiar, la de ellos era mucho peor.” escribe en su cuaderno Alex, un chico de 15 de clase media de la anodina ciudad de Portland. Paranoid park es la manera como denominan a ese olla de cemento los chicos que se juntan allí a practicar skate. No es exactamente un mundo paralelo, sino un pliegue del mismo mundo en que vivimos. Puede ser que sus códigos nos resulten impenetrables: los grafitis de difícil lectura, tan herméticos como las inscripciones en las remeras de los chicos, las abstractas coreografías que despliegan surfeando el aire, los pantalones caídos, los buzos con capuchas, los diálogos lacónicos siempre esquivando signos cruciales, en una voluntad de hermetismo que se comunica todo el tiempo. En ese rango entre lo abierto y lo cerrado del mundo adolescente contemporáneo se cuela la mirada deseante de Gus Van Sant. Los chicos son tenazmente reacios a comunicar, no sólo con los adultos, sino aún entre ellos. Cultivan una extrema desconfianza por la palabra íntima, más aún, por cualquier signo verbal, y en cambio hacen signo de sus cuerpos. Es evidente en ellos una resistencia sorda que no llega a ser rebelión. Parecen dispuestos a fundar una utopía muda, de posiciones suspendidas en el aire, cuerpos arqueados, cabeza gacha, brazos extendidos. No hay nada que les produzca más deseo que mirarse y ser mirados por otros como ellos mismos.
Eso es lo que Alex desea, lo único. Elige estar ahí mirando a los pibes de Paranoid park antes que ceder a las cargosas demandas de Jennifer, a la que con desgano denomina su girlfriend. Gus Van Sant filma esa renuencia y ese deseo. Y filma con deseo. No hay otro director en el cine actual que involucre mayores dosis de deseo en filmar esos rostros de chicos en plena pubertad. La cámara se acerca a las caras tanto como pueda y un poco más aún. Los filma con distancias focales críticas, de manera que el foco se concentra en un punto que puede ser el mentón, la punta de la nariz o un mechón de pelo que cae sobre la frente. Esto permite a la cámara tocar la piel de esos adolescentes, surfear sobre su superficie. Alex abre grande los ojos mirando a los skaters, mientras la cámara de Van Sant abre grande sus ojos sobre la cara de Alex. Si el chico se mueve un poco, sale de foco. ¿Quiere el cineasta, en esos acercamientos tan físicos, robarle algún secreto oculto en la cabeza del chico?
Paranoid park se basa en una novela que narra un episodio policial ocurrido cerca del parque de los skaters. Un guardia de ferrocarril aparece cortado en dos en las vías, puede haber sido un accidente, pero la autopsia revela que el hombre fue golpeado con un skate. Esto desencadena una investigación: el detective Lee empieza a entrevistar a la comunidad del parque del este de la ciudad.
- ¿Qué parque del este? ¡Paranoid park! -objeta uno de los chicos indagados.
- Ninguno de ustedes es sospechoso, sólo queremos aprender un poco más sobre la comunidad de skaters.
- Nosotros no somos una comunidad, si apenas nos conocemos.
Es inevitable asociar la curiosidad del investigador con la del propio Van Sant. Podemos imaginar el casting que hizo el director para dar con los chicos que protagonizarían la película. Podemos suponer su ansia de penetrar en sus códigos y también la renuencia que habrá descubierto en esas entrevistas. El investigador Lee no es uno de esos policías que intimidan, por el contrario es respetuoso y contenedor. No los atemoriza, no los amenaza, sólo quiere conversar con ellos, escucharlos. Se interesa por el menú que consumen en las casas de comida rápida, aprende pronto a decir Paranoid park y no “el parque del este”. Un dechado de corrección política: pero es un policía y está investigando un crimen. Van Sant juega a ser y no ser ese investigador. No hay nada en el mundo que mire con más simpatía que a esos jóvenes ariscos, de piel tan tersa que soporta cualquier aproximación de la cámara y la luz más cruda. Pero por cuestiones de edad Van Sant no es uno de ellos; no es que él no quiera, pero no va a ser aceptado como un par. Entonces parece preguntarse con su película: ¿qué soy? ¿el policía que quiere averiguar más sobre ellos, meterse en ese pliegue que no llega a ser una comunidad, que no llega a ser un mundo paralelo, que ellos han creado para resistir el mundo del cual yo también formo parte? En un momento los chicos hablan con cierta sorna del policía: “¿Y qué querés? Los canas ganan menos que los porteros” dice uno. “Los adultos hacen todo por guita” acota el otro.
Todo el asunto se presta a ser contado como un film policial. Crimen, secreto, investigación, quién lo hizo o cómo lograr que ese mundo cerrado se abra para la Ley. Optar por este formato implicaría adoptar el punto de vista del policía. Lo que hace Van Sant es otra cosa: desestructura la intriga, la deja ahí, pero fuera de foco. Disloca la línea de la investigación y se va acercando a la escena primaria en un movimiento espiralado, hacia el centro. Hay cosas que un film de investigación debería mostrar sólo al final y aquí se revelan en la mitad; otras quedan directamente afuera de la película. Van Sant continúa aplicando el método que aprendió en su trilogía de los jóvenes perdidos (Gerry, Elephant, Last Days): desarticula los plot-points, vuelve una y otra vez a ciertos puntos recurrentes, superpone capas del relato.
El que cuenta la historia es el propio Alex. Ya lo dije: la escribe en un cuaderno, cuando todo ha pasado, así que no organiza los datos como una intriga a develar, sino guiado por sus propias preguntas. Alex se pregunta por qué Jennifer será tan cargosa en sus demandas de concretar la relación sexual; se preocupa por su hermanito de 13, que está tan estresado por la separación de sus padres que vomita ni bien come; se pregunta si puede compartir su secreto con su padre o con su tío. Está claro que el mundo de los compromisos afectivos (filmado por Van Sant fuera de foco), el del noviazgo y el del matrimonio de sus padres, no es para él una posibilidad sino una trampa a evitar. Si su vida familiar es complicada, la de los pibes que hicieron Paranoid park lo es aún más. Pero él quiere estar allí, con ellos. ¿Cómo hacer?
Hay un personaje que le da una clave: es Macy, una chica de su edad que lo mira de otra forma a como lo hace su “novia”. Macy parece adivinar una parte del embrollo que es la cabeza de Alex, siempre le hace preguntas, no exactamente indiscretas sino agudas. Evidentemente ahí hay deseo y evidentemente Van Sant prefiere colarse por ese lado. Ella le dice: si hay algo que te preocupa, lo mejor es escribir una carta a alguien y contárselo. Pero Alex objeta: es como hacer la tarea para la escuela. No es otra cosa, dice ella. Lo importante es contarlo, sacarte ese peso, no tenerlo guardado. ¿Y después de escribirlo qué hago? No importa, se lo mandás a alguien, si querés o, si no, directamente lo quemás.
Alex le hace caso: agarra su cuadernito y se va solo a la playa a escribir el relato que nos guiará en la voz over durante el film. La carta está dirigida a Macy, pero una vez escrita Alex la quema. La sugerencia de ella ha abierto el pliegue de su intimidad, la posibilidad de hablarse a sí mismo, de decir no lo que la policía quiere saber ni lo que sus padres serán incapaces de entender, sino sus propias preguntas. No sabemos qué será de ahí en más, Van Sant se corre de la resolución policial, incluso de la definición sexual de Alex, demandado por unos y otras. Paranoid park, el film, se ha ido acercando en espiral hacia un centro que falta. (La nota completa en La otra nº 19, Primavera 2008).
viernes, 11 de mayo de 2012
Noticias de los grossos
Godard y Apichatpong
por Oscar Cuervo
Soy fan de ciertos cineastas cuyas novedades espero con una mezcla de entusiasmo y ansiedad (supongo que lo mismo le pasa a todo fan). Mi lista es bastante evidente para los seguidores del blog: Godard, Apichatpong, David Lynch, Sokurov, Wong Kar-wai, Tsai Ming-liang. Los chinos hace rato que no me ofrecen nada bueno. En las últimas semanas pude ver las nuevas películas de Sokurov y Gus Van Sant, directores que hace una década me dieron un sacudón de contemporaneidad: el cine volvió a tener presente para mí luego de ver Gerry y Madre e hijo.
Pero... ay. Doctor Fausto, la de Sokurov, me pareció un (¿lo digo o no lo digo?) mamotreto indigerible en el que su tremenda pericia técnica para la puesta en escena cae sepultada por sus enormes pretensiones pseudo-filosóficas y una dramaturgia abigarrada. Extraño al Sokurov capaz de estremecernos con elementos mínimos y un manejo magistral de los climas, como en Elegía de un viaje o ...dolce. Este de Fausto parece haberse inflado de trascendentalismo.
En cambio, Gus Van Sant me decepcionó casi por lo contrario: Restless es una peliculita melosa de adolescentes traumatizados que podría estar dirigida por cualquiera: su modestia conceptual, la estereotipia juvenil en la que incurre me resultan irritantes para el tipo que hace pocos años nos regaló esa maravilla de Paranoid park. ¿Con tan poquito se conforma Gus?
Así que ahora mi expectativa se concentra en dos que por el momento vienen siendo imbatibles: el viejo Godard y el joven Apichatpong.
En la edición del Festival de Cannes que empieza la semana que viene va a presentarse Mekong Hotel, la nueva de Apichatpong, que hace dos años ganó la Palma de Oro con El tío Bonmee, que podía recordar sus vidas pasadas. Mekong Hotel es un retrato de un hotel cercano al río Mekong, en la frontera entre Tailandia y Laos. Parece que la película además cruza la frontera entre realidad y ficción, habiendo sido filmada en medio de las fuertes inundaciones que sufrió Tailandia. El director declaró hace poco: "estoy haciendo una película muy romántica en un hotel en el Mekong. Mi amigo, que es músico, improvisa en la guitarra durante una hora. Mi equipo está tratando de hacer una película sobre un fantasma que anda por ahí devorando entrañas. Es una especie de documental". Las sinopsis que tira este director no suelen ser muy fieles al resultado final, así que habrá que esperarla.
Pero la novedad más resonante, la más excitante, viene por el lado del viejo Jean Luc, que parece estar viviendo una segunda espléndida juventud. Después de Film Socialisme, anuncia... ¡un film en 3D! (no sabemos si lo va a hacer o ya lo hizo). El título: Adieu au langage. Tema: una pareja tiene problemas de comunicación y el perro que tienen empieza a hablar para paliar el conflicto. Tema, título y formato, en manos de Godard: una conjunción irresistible.
Esperemos que estos dos rompan la mala racha.
Soy fan de ciertos cineastas cuyas novedades espero con una mezcla de entusiasmo y ansiedad (supongo que lo mismo le pasa a todo fan). Mi lista es bastante evidente para los seguidores del blog: Godard, Apichatpong, David Lynch, Sokurov, Wong Kar-wai, Tsai Ming-liang. Los chinos hace rato que no me ofrecen nada bueno. En las últimas semanas pude ver las nuevas películas de Sokurov y Gus Van Sant, directores que hace una década me dieron un sacudón de contemporaneidad: el cine volvió a tener presente para mí luego de ver Gerry y Madre e hijo.
Pero... ay. Doctor Fausto, la de Sokurov, me pareció un (¿lo digo o no lo digo?) mamotreto indigerible en el que su tremenda pericia técnica para la puesta en escena cae sepultada por sus enormes pretensiones pseudo-filosóficas y una dramaturgia abigarrada. Extraño al Sokurov capaz de estremecernos con elementos mínimos y un manejo magistral de los climas, como en Elegía de un viaje o ...dolce. Este de Fausto parece haberse inflado de trascendentalismo.
En cambio, Gus Van Sant me decepcionó casi por lo contrario: Restless es una peliculita melosa de adolescentes traumatizados que podría estar dirigida por cualquiera: su modestia conceptual, la estereotipia juvenil en la que incurre me resultan irritantes para el tipo que hace pocos años nos regaló esa maravilla de Paranoid park. ¿Con tan poquito se conforma Gus?
Así que ahora mi expectativa se concentra en dos que por el momento vienen siendo imbatibles: el viejo Godard y el joven Apichatpong.
En la edición del Festival de Cannes que empieza la semana que viene va a presentarse Mekong Hotel, la nueva de Apichatpong, que hace dos años ganó la Palma de Oro con El tío Bonmee, que podía recordar sus vidas pasadas. Mekong Hotel es un retrato de un hotel cercano al río Mekong, en la frontera entre Tailandia y Laos. Parece que la película además cruza la frontera entre realidad y ficción, habiendo sido filmada en medio de las fuertes inundaciones que sufrió Tailandia. El director declaró hace poco: "estoy haciendo una película muy romántica en un hotel en el Mekong. Mi amigo, que es músico, improvisa en la guitarra durante una hora. Mi equipo está tratando de hacer una película sobre un fantasma que anda por ahí devorando entrañas. Es una especie de documental". Las sinopsis que tira este director no suelen ser muy fieles al resultado final, así que habrá que esperarla.
Pero la novedad más resonante, la más excitante, viene por el lado del viejo Jean Luc, que parece estar viviendo una segunda espléndida juventud. Después de Film Socialisme, anuncia... ¡un film en 3D! (no sabemos si lo va a hacer o ya lo hizo). El título: Adieu au langage. Tema: una pareja tiene problemas de comunicación y el perro que tienen empieza a hablar para paliar el conflicto. Tema, título y formato, en manos de Godard: una conjunción irresistible.
Esperemos que estos dos rompan la mala racha.
domingo, 15 de mayo de 2011
Buenas noticias para el cine
Van Sant, Moretti y Allen se lucen en Cannes
Digan la verdad: ¿no les dan ganas de verlas?
por oac
Son tres importantes autores del cine contemporáneo que últimamente habían tenido desempeños digamos irregulares. Parece que en el Festival de Cannes en curso se muestran en buena forma. Qué buena noticia: el cine necesita a directores del talento, la sensibidad y la inteligencia de Gus Van Sant, Nanni Moretti y Woody Allen.
Son tres importantes autores del cine contemporáneo que últimamente habían tenido desempeños digamos irregulares. Parece que en el Festival de Cannes en curso se muestran en buena forma. Qué buena noticia: el cine necesita a directores del talento, la sensibidad y la inteligencia de Gus Van Sant, Nanni Moretti y Woody Allen.
Van Sant, después del fiasco de Milk, hace una película por encargo, que fuentes confiables aseguran que es una de las mejores de su carrera. Restless, algo así como una historia de amor entre un chico y una chica que son amigos de la muerte. Y también hay un fantasma japonés. Gustó mucho.
Después está la de Woody. Woody es un viejo que sigue haciendo películas irregulares con una regularidad que se hace difícil seguirle el tren: cuando uno cree que vio la última, resulta que ya hizo dos más. A mí me encantó Conocerás al hombre de tus sueños, pero acaba de estrenarse en Buenos Aires Si la cosa funciona (Whatever works), que no vi, "el regreso de Woody a New York". Y el film de apertura de Cannes es también de él, Midnight in Paris (“Medianoche en París”). Y esta parece que les gustó a casi todos, incluído el muy confiable Roger Koza.
Pero el que parece acaparar todos los elogios es el gran Nanni Moretti,un viejo amigo a quien por momentos le perdemos el rastro. Su nueva película se llama Habemus Papam. (Acá la comenta Luciano Monteagudo) Se trata nada menos que de la elección del papa (no este papa actual, sino uno inventado por la imaginación de Moretti, encarnado parece que magistralmente por Michel Piccoli. La cosa es que el Colegio Cardenalicio opta por este cardenal Mellville que hace Piccoli, que se resiste asumir porque tiene pánico escénico. Entonces los cardenales acuden a un psicoanalista que no es otro que Nanni. Las primeras instrucciones que recibe Nanni al llegar al Vaticano se las dice un nuncio apostólico: “Recuerde que los conceptos de alma e inconsciente no pueden cohabitar”. Todo termina con el Colegio Cardenalicio en pleno bailando al ritmo de la Negra Sosa que canta "Todo Cambia".
Digan la verdad: ¿no les dan ganas de verlas?
miércoles, 21 de julio de 2010
No puedo enfrentar el atardecer
por oac
¿De qué hablan las canciones?
appliances have gone berserk
i cannot keep up
treading on people's toes
snot-nosed little punk
and i can't face the evening straight
you can offer me escape
houses move and houses speak
if you take me there you'll get relief
relief, relief, relief
and if i'm gonna talk
i just want to talk
please don't interrupt
just sit back and listen
cos i can't face the evening straight
you can offer me escape
houses move and houses speak
if you take me there you'll get
relief, relief, relief, relief
relief, relief
it's too much, too bright, too powerful
too much, too bright, too powerful
too much, too bright, too powerful
too much, too bright, too powerful
Algunos fans de Radiohead suponen que Last flowers habla de los efectos de una droga y de la peligrosa dependencia que genera. Otros dicen que Thom Yorke se refiere al peligro de dejarse atrapar por las redes de la fama. Esto me hace pensar que los fans tienden a hacer lecturas limitadas de las obras de sus ídolos, generalmente referidas a los datos biográficos de los artistas que se conocen a través de la prensa amarilla o amarillo patito (Rolling Stone, etc.).
Pero la verdad es que esta canción parece colocarse bastante más allá de esa lectura lineal. La traducción podría decir así:
los aparatos enloquecieron
no puedo seguir hinchándoles las pelotas a todos
pequeño mocoso punk
y no soy capaz de enfrentar el atardecer
podés ofrecerme un escape
casas que se mueven y casas que hablan
si me tomás, vas a tener alivio
alivio, alivio, alivio
y si voy a hablar, sólo quiero hablar
y por favor no interrumpas
sólo sentate y escuchá
porque no soy capaz de enfrentar el atardecer
podés ofrecerme un escape
si me aceptás, vas a tener alivio
alivio, alivio, alivio
es demasiado brillante, demasiado poderoso
demasiado brillante, demasiado poderoso
demasiado brillante, demasiado poderoso
demasiado brillante, demasiado poderoso
¿Quién pasó por esos estados de emergencia en los que los electrodomésticos enloquecen y uno no se siente capaz de encarar el atardecer?
jueves, 11 de febrero de 2010
miércoles, 11 de febrero de 2009
Catástrofe

por Oscar A. Cuervo
Gus Van Sant es uno de más los grandes cineastas de la actualidad. En el siglo XXI hizo una seguidilla de films prodigiosos (Gerry, Elephant, Last days, Paranoid Park) después de una década del 90 más bien opaca. No son tantos los directores capaces de mantener una producción de este nivel, haciendo un cine contemporáneo, comprometido con una cierta idea del arte, sin descansar en la coartada de los géneros ni refugiarse en una tradición agotada. El cine contemporáneo necesita autores así.
Por eso es que la última película de Van Sant, Milk, tiene olor a catástrofe. Allí donde la cámara de Van Sant nos ha permitido abrir los ojos a una realidad compleja, inquietante, imposible de reducir a un puñado de frases hechas (frases escritas en papeles), allí donde el mundo se revela diverso a nuestras nociones comunes, precisamente en ese allí es donde Milk representa un retroceso enorme: un cine sin misterio, sin espesor, sin fuera de campo. Un dechado de buenas intenciones trasmitidas mediante clisés fatigados. Frases explícitas ("le tienen miedo a un gay con poder") allí donde Van Sant no concedía explicaciones, porque no es explicar lo que el cine puede hacer. La excusa de que se trata de un hecho real es insostenible: también Gerry, Elephant y Last days se basaron en hechos reales. La univocidad de las imágenes, la pereza estética con que están arrumbadas, la previsibilidad de cada recurso, la bajada de línea de ideas pueriles acerca de la igualdad de derechos (¡como si alguna vez al cine de Van Sant le hubieran importado los derechos!), la raplonería de la oposición entre gays buenos y otros gays reprimidos malos serían esperables si se tratara de un film de, digamos, Oliver Stone. Pero probablemente Stone le habría puesto más garra, para que al menos Milk no fuera para colmo tan aburrida. No tiene Sean Penn ninguna culpa en este fracaso: él hace lo que sabe y no está tan mal. No está peor que, digamos, en Río místico.
Quizá eso sea lo que Van Sant tenga de bueno: que cuando no tiene el deseo puesto en su cámara se le note tanto, que no se permita poner "oficio" cuando una película no le importa. Quizá Milk sea el documental del proceso de producción de un film que a su director no le importa. Quizá por todo ello Milk reciba tantas nominaciones para el Oscar. Y hasta sería deseable que se los gane todos.
Y después quedarnos esperando a ver la película siguiente de Van Sant. Será interesante verla.
lunes, 19 de enero de 2009
El nacimiento de una visión
Por Oscar A. Cuervo
Alentado por algunos amigos, vi Todo por un sueño, película de Gus Van Sant de mediados de la década del 90, protagonizada por Nicole Kidman y Matt Dillon. En su momento no la había visto, no la registré: será por el título, que sonaba a tantos otros tontos títulos del cine yanqui, será por el afiche (que en realidad no recuerdo, pero adivino), o por la pareja protagónica: no sé por qué será, pero si me enteré de que esta película existía, la debo haber olvidado instatáneamente. Por ese entonces, Gus Van Sant me tenía desesperanzado: después de un comienzo deslumbrante (Mala noche, Drugstore cowboy, My own private Idaho) se había desmoronado en una serie de producciones insustanciales hechas por encargo.
La cosa es que finalmente la vi. Por suerte la vi después de que Van Sant volviera a nacer con el siglo XXI, a partir de Gerry, Elephant, Last days y Paranoid park. Porque si la hubiera visto con ocasión de su estreno, no sé lo que habría sentido: si congoja, confusión o rabia. Todo por un sueño es una película de guión, la penúltima película del viejo cine. Filmada con desidia: plano – contraplano – plano - contraplano, tomas de 7 segundos, imagen de legibilidad instantánea. Se lo adivina a Van Sant consultando el guión, aburriéndose detrás de cámara, contando los días para el final del rodaje, preguntándose qué carajo hacer con su obra, qué hacer con su vocación de cineasta y con su vida. Verla es como estar leyendo el guión: columna izquierda, descripción de la imagen; columna derecha, diálogos. Plano medio conjunto - plano entero - plano pecho de ella - plano pecho de él, tac, tac, tac. Uf.
Película de personajes, de ese tipo de productos de los que el espectador sale comentando: “lo que pasa es que ella...”. Y con buena voluntad (si es que, a pesar de la sucesión plano – contraplano, uno logra concentrarse en los temas de los que los actores charlan) hasta se puede encontrar una crítica social, sobre la hipocresía, la falta de escrúpulos, el mundo de la televisión y cosas así.
Lo que no hay por ningún lado es cine. Lo que no hay es alegría por parte del director: hay agobio. Filmando a esa rubia nulidad de Nicole Kidman, con su belleza tan Cosmopolitan. Cuando Gus se reanima es cuando filma al terceto juvenil (Joaquin Phoenix, Casey Affleck, Illeana Douglas). Ahí parece recobrar la vida, el deseo, algo por lo cual el cine justifique su existencia. La cámara registra con regocijo cada vibración de la piel de estos jóvenes, con una pasión que un puritano llamaría lujuriosa (esa vibración, irreductible a logos, que el aparatito de los Lumiere registra, pese a no estar escrita en el papel). Eso es lo que Van Sant estuvo haciendo en la década infame: dentro de proyectos ajenos, crear algunas islas de pasión: de estas películas anodinas sacó algunos amigos: como Matt Damon (el de Good will hunting) y Casey Affleck, el adolescente bobo de Todo por un sueño, ambos co-protagonistas y co-autores de esa maravilla llamada Gerry.
Ahora está por estrenarse Milk, la nueva película de Van Sant, protagonizada por Sean Penn. Sólo vi el trailer pero estoy preocupado. Parece que se tratara de un vehículo para que Penn saque a relucir esas morisquetas que suelen candidatear al Oscar, esta vez haciendo un gay (la composición de personajes representantes de alguna minoría discriminada eleva puntos en la Academia). Parece tratarse de un film de encargo, un guión que a algún productor se le ocurrió que Van Sant sería la persona indicada para ilustrar con imágenes. Ojalá me equivoque y Milk sea tan buena como las últimas cuatro que Van Sant dirigió.
***
¿Por qué el 90 % de las películas están concebidas bajo un mismo modelo lógico-narrativo? ¿por qué hasta aquellos que, en el mejor de los casos, conceden que hay cine más allá del guión hablan de “puesta en escena”, como si estas palabras bastaran para salvar la especificidad del cine frente a la literatura? “Puesta en escena” parece decir dos cosas: 1) poner en escena algo que preexiste en palabras: representar; 2) en escena: es decir: en escenario teatral.
No parece haber una experiencia de la mirada que no sea mediada por la palabra y la representación. Cuando el público sale diciendo: “lo que pasa es que ella...” termina de cerrar ese circuito propiciado por el planteo mismo de la película. En las escuelas de cine se enseña, en la materia Guión, que lo primero que hay que tener es un “superobjetivo” expresado en términos proposicionales; por ejemplo: “la ambición es incompatible con el amor"; a partir de ahí se va “poniendo en escena” esta proposición. El éxito artístico consistiría en que cada posición de cámara, cada corte, cada gesto de los actores, induzcan al espectador a formular esa proposicón mentalmente cuando termine de ver la película. Eso querría decir que la “entendió”. Para que ese milagro se produzca es necesario que la sintaxis cinematográfica funcione aceitadamente, en una ilusión de transparencia totalmente engañosa. El hecho de que un espectador se pregunte: “¿pero qué demonios es esto que estoy viendo?” es, para este modelo de “transparencia”, un inconveniente. El ideal es: un plano - un significado – un plano – un significado - una escena- un paso en la dirección de “lo que pasa es que ella es tan ambiciosa que no puede amar a su marido ni a ningún otro hombre”.
Hace un par de años se publicó el primer tomo de la Obra Kapital de Angel Faretta: (El concepto del cine, Djaen, 2005). Faretta supo ser un reputado crítico de cine a fines de los 70 y principios de los 80, con cierta tendencia a expresar en cada reseña suya una cosmogonía monumental, llena de mayúsculas y latinazgos, aunque también exhibiera cierta sagacidad para pensar el cine. Después dicen que se encerró a escribir la Obra Kapital de la cual ahora se publica el primer tomo:
“Nos adelantamos -declara en la introducción, usando el plural mayestático- también a cumplir con el pedido de algunos –pocos- discípulos que deseaban tener, desde bastante tiempo atrás, siquiera las conclusiones de nuestra teoría.”
Antaño Faretta podía seducir a sus lectores con mordaces observaciones que aligeraban su tono mesiánico. Pero el encierro de estos últimos años parece haber acentuado su oscurantismo hasta perder toda gracia. En un pasaje de El concepto del cine dice:
“El cine nace con Griffith (...) mediante el re-curso a lo mítico. Como este recurso es, in nuce, «relato», «historia», «ficción», en el primer nivel de su operar Griffith funda el cine como relato, como mythos, pero una vez operado este sentido, debe crear la forma de sostener y soportar tal re-curso, con una práctica que unifique imaginariamente tales mitoi; para ello recurre a un logos compuesto de logoi como: división diegética en planos, campo y fuera de campo, principio de simetría, ejes de construcción... que configuran así una lógica que contiene y soporta al mito y a lo mítico.” (páginas 143-144).
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Esta afirmación aparece en una sección del libro titulada, con comicidad involuntaria y falta de rigor epistemológico, “Axiomas y postulados”. Sin apelación posible, el Oscuro Maestro decreta de aquí a la eternidad que el cine es esencialmente relato y que Griffith es el partero del cine. Curiosamente este mythos restaurado es sostenido por una lógica (división en planos, etc.), con lo cual el destino del cine queda definitivamente ligado a la palabra (tanto mythos como logos significan en griego “palabra”; palabra-relato, en un caso; palabra-argumento, en el otro). Ahora bien, como el aparatito milagroso de los Lumiere puede registrar las mínimas vibraciones de lo real que son irreductibles al mito, a la lógica y a toda otra especie de palabra, Faretta debe despreciar la invención del cinematógrafo por tratarse de un comienzo “bajo” y necesita mistificar un Origen Griffithiano del Cine, en línea directa con los Tiempos Heroicos. Así, la mirada queda subordinada despóticamente a la Idea.
Para llevar a cabo esta operación hace falta alterar un tanto los vínculos de las cosas. Porque la lógica inventada por Griffith se cristalizó muy rápidamente como convención narrativa al servicio de la industria del entretenimiento de masas, para lo cual era muy conveniente familiarizar al espectador con un código fácilmente “legible”; en términos de marketing: hacía falta construir un espectador a imagen y semejanza de la producción en serie. Esta imposición es descripta por Faretta con palabras tanto más bonitas:
“El reino de la transparencia es la etapa del cine (...) en la cual se troquelan exhaustivamente los géneros como efectos de transparencias diegéticas y cuando se establece, además, el pacto simbólico entre hacedores y espectadores.
“Transparencia es la situación, pacto simbólico o recurso mediante el cual el cine, especialmente en el período clásico, legisló y gobernó el acceso primario a los films, haciendo visible, mediante la acuñación de géneros, la legibilidad del cine... (página 61)
“Transparencia es la situación, pacto simbólico o recurso mediante el cual el cine, especialmente en el período clásico, legisló y gobernó el acceso primario a los films, haciendo visible, mediante la acuñación de géneros, la legibilidad del cine... (página 61)
“Troquelado”, “pacto”, “acuñación” “legislación”, “gobierno” son todos términos que apenas disimulan la violencia ejercida sobre la percepción del espectador. Es notable que semejante despliegue de poder instaure un “reino de la transparencia”. Lo cierto es que los espectadores no han tenido nunca la oportunidad de hacer “pactos”. La industria hollywoodense necesitó configurar los géneros e instaurar la falsa impresión de transparencia (no hay nada más opaco que esa supuesta transparencia) para asegurarse un mercado de consumidores. Y eso mediante una práctica de homologación de la mirada. Faretta mistifica esta estrategia tan prosaica y funcional al business, como si fuera una lucha de titanes por las Esencias Eternas.
Y es sintomático que un entusiasta del “Cine” hable tan naturalmente de “legibilidad”, lo que demuestra el fracaso de la teoría farettiana para pensar el cine en términos que no sean los de la lectura. Pero sucede que el cine puede ser algo distinto de la lectura. Y de hecho lo es.
Creo que el modelo de Griffith, el que predominó en este primer siglo del cine, ha sacrificado otras zonas de la experiencia humana, zonas de la realidad frente a las cuales la palabra -la palabra lógica o la palabra mítica, la novela o la teoría científica, no importa: todas las formas de la palabra- resultan insuficientes. Si algo justifica la existencia del cine es que abre una dimensión de la experiencia en las que la mirada y la escucha no se someten ni se reducen sin más al logos ni al mito.
Creo que el modelo de Griffith, el que predominó en este primer siglo del cine, ha sacrificado otras zonas de la experiencia humana, zonas de la realidad frente a las cuales la palabra -la palabra lógica o la palabra mítica, la novela o la teoría científica, no importa: todas las formas de la palabra- resultan insuficientes. Si algo justifica la existencia del cine es que abre una dimensión de la experiencia en las que la mirada y la escucha no se someten ni se reducen sin más al logos ni al mito.
(Nota escrita en 2006 para La otra 11, con algunos agregados 2009)
domingo, 2 de noviembre de 2008
Gus Van Sant: Gerry
Por Liliana Piñeiro
En Gerry el paisaje es protagonista, y es caníbal: abre su boca desmesurada para fagocitarse dos hombres desvalidos, perdidos en mitad del desierto. Y Gerry es también el significante que todo lo cubre: nombre que se verbaliza hasta la acción, como la única forma de inscribirse en la aridez de una Naturaleza que se resiste a cualquier marca.
Película de dimensiones, lo grandioso se advierte en comparación con lo pequeño. En la montaña se hunden las figuras humanas. La respiración, los pasos extenuados: un tono desesperado va in crescendo, mientras la música derrama sus notas a intervalos, creando sonido y silencio para la tragedia.
Despojada de lo accesorio, ¿es parábola de la condición humana? Así parece, por lo menos en dos de sus vertientes: en el desamparo alguien sucumbe, mientras que en el límite alguien lucha y hasta es capaz, con el último resto de energía, de ejercitar...¿una ennoblecida piedad? ¿O tal vez, en clave desesperada, la tensa cuerda de lo binario se estira hasta lo insoportable?
En medio de planos generales, la opacidad de la montaña y el desierto se torna expresiva. Gerry sostiene su enigma, y la extrañeza de los seres humanos frente al mundo se despliega ante nuestros ojos, convocando una emoción cuyo sentido se escamotea, apenas intentamos apresarlo.
En Gerry el paisaje es protagonista, y es caníbal: abre su boca desmesurada para fagocitarse dos hombres desvalidos, perdidos en mitad del desierto. Y Gerry es también el significante que todo lo cubre: nombre que se verbaliza hasta la acción, como la única forma de inscribirse en la aridez de una Naturaleza que se resiste a cualquier marca.
Película de dimensiones, lo grandioso se advierte en comparación con lo pequeño. En la montaña se hunden las figuras humanas. La respiración, los pasos extenuados: un tono desesperado va in crescendo, mientras la música derrama sus notas a intervalos, creando sonido y silencio para la tragedia.
Despojada de lo accesorio, ¿es parábola de la condición humana? Así parece, por lo menos en dos de sus vertientes: en el desamparo alguien sucumbe, mientras que en el límite alguien lucha y hasta es capaz, con el último resto de energía, de ejercitar...¿una ennoblecida piedad? ¿O tal vez, en clave desesperada, la tensa cuerda de lo binario se estira hasta lo insoportable?
En medio de planos generales, la opacidad de la montaña y el desierto se torna expresiva. Gerry sostiene su enigma, y la extrañeza de los seres humanos frente al mundo se despliega ante nuestros ojos, convocando una emoción cuyo sentido se escamotea, apenas intentamos apresarlo.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Gerry: este sábado en La Tribu
Cine, relato y experiencia
por Mario Nosotti
Walter Benjamin, en un bellísimo artículo titulado “Experiencia y pobreza” (MÚSICA RARA, N° 3, 2004) dice que la cotización de la experiencia ha bajado porque ya nadie es capaz de narrar como es debido. Lo dice en 1933, después de esa experiencia atroz que fue la 1ª guerra mundial. Dice: “las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable. Y lo que diez años después se derramó en la avalancha de libros sobre la guerra era todo menos experiencia que mana de boca a oído. (...) ¿Para qué valen los bienes de la educación si no nos une a ellos la experiencia?”.
Benjamín habla de una nueva barbarie, pero en un sentido positivo: la que lleva a empezar de nuevo, a pasárselas con poco... Habla de Paul Klee, de la arquitectura del vidrio y el acero (limpieza, transparencia, superficie). Dice: “Pobreza de la experiencia: no hay que entenderla como si los hombres añorasen una experiencia nueva. No, añoran liberarse de las experiencias, añoran un mundo entorno en el que puedan hacer que su pobreza, la externa y por último también la interna, cobre vigencia tan clara, tan limpiamente que pueda salir de ella algo decoroso.(...) “con frecuencia lo han “devorado” todo, la “cultura” y el “hombre”, y están sobresaturados y cansados”.
A mí, siguiendo a Benjamin, me parece que hoy día es casi imposible transmitir una experiencia narrando como se lo hacía hasta hace 150 años. Siento que entre otras cosas ya no hay lugar, y sobre todo capacidad, y por supuesto deseo. Capitalismo y tecnología (palabras que uso “para salir del paso”), y su derivados de novedad, actualidad, información, estímulos, verdades (en serio, ¡eh!)... Saturación del lenguaje, cada vez menos capaz de ahuecarse, de vaciar contenidos para que en ese espacio surja ese raro soplo de manifestación. En suma, que ya ninguna historia nos conmueve... O sí, pero... ¡no es ya conmovernos lo que buscamos! ¿...qué es?
Yo, después de films como Gerry, después de cineastas como Sokurov, veo algo nuevo. Lo importante no ya es contarnos algo sino instalarnos en eso que se está desarrollando. No ser “transportados” por esa representación, sino volvernos a nosotros mismos... nuestra permeabilidad... (¿¿intemperie??) ...Ya no son ni historias ni atrapantes, estos tipos nos vuelven a una especie de falta que nos reconcilia... con eso otro de nosotros ajeno a cualquier identidad...
Sensaciones:
- el cine de entretenimiento nos desintegra. Gerry, Spiritual voices nos re-integran.
- No hay otro mundo al encenderse la luz, es casi el mismo mundo, porque estamos despiertos.
- Hablaría de un cine físico... Lenguaje que sólo puede darse fuera del lenguaje... Mirada, voz, ruido, paisaje, tiempo y espacio no representado. Claro que detrás de todo esto no hay sólo pureza, sino técnica, historia del cine pero... estos tipos zafaron del ruido... o se metieron enteros en él... estos tipos quisieron escuchar de otra manera... Digo, no es Técnica, no es Historia... aunque esto pase ahora en el cine, en un determinado momento de la historia. Estoy empezando a pensar que, si el cine fue en su mayor parte hasta ahora “ensueño”, hay un grupo de autores que lo han transformado en despertar, en manifestación... Sólo un lenguaje nuevo puede intentarlo, la lengua de la luz y del sonido, no ya de las palabras, de la literatura.... En otra parte (Iluminaciones IV. Para una crítica de la violencia y otros ensayos), Benjamín dice de Kafka algo que para mí podría aplicarse a este cine: “retira los soportes tradicionales del ademán, para quedarse con un objeto de reflexión interminable”.
(Este artículo fue previamente publicado en LA OTRA n° 11.
El próximo sábado a las 19:00 hs en Lambaré 873 vamos a ver GERRY de Gus Van Sant)
sábado, 25 de octubre de 2008
sordera?
Por Liliana Piñeiro
¿De qué se trata Paranoid Park? ¿De la descripción de un hecho policial? ¿De un homicidio? ¿De un accidente? Alejado de las estridencias, Gus Van Sant es un director sutil. Se sumerge con la cámara en esa etapa de la vida que Michaux describe como “rostros sin capitán”, rostros a la deriva, con un pie en la infancia, sin un yo definido que los encauce:
Miradas de la infancia, tan particulares, ricas en no saber, ricas de extensión, de desierto, grandes por ignorancia, como un río que fluye (el adulto ha vendido la extensión por los hitos en el camino), miradas todavía no atadas, densas de todo aquello que se les escapa, plenas de lo todavía indescifrable. Miradas del extranjero…
Es en este contexto donde, como consecuencia de un hecho banal, entra en escena la muerte. Por sobre el registro de lo fáctico, Van Sant enfoca la experiencia de un adolescente, y de cómo procesa éste la irrupción brutal de la responsabilidad en su vida. Los padres, la escuela, la sexualidad, los compañeros: todo es incierto y se busca algún lugar donde hacer pie. Apelar al lenguaje, reubicar lo traumático en el discurso puede ser una salida. Alex irá construyendo un sentido, y nosotros con él…si podemos escucharlo.
Porque Paranoid Park es una película auditiva, sin duda. Pero lejos de la grandilocuencia (nunca tan apropiada esa palabra) a las que nos tiene acostumbrados cierto cine, Van Sant escucha otros sonidos. Así como en Gerry escucha el silencio, aquí el tono es íntimo: la voz de Alex va y vuelve, nos va hablando desde el principio hasta el final, mientras nosotros miramos el desconcierto en su joven rostro. Y la película termina allí, por supuesto, cuando él pudo decir(se) y decirnos, todo. ¿Qué más?
Para los que no somos sordos, claro…
¿De qué se trata Paranoid Park? ¿De la descripción de un hecho policial? ¿De un homicidio? ¿De un accidente? Alejado de las estridencias, Gus Van Sant es un director sutil. Se sumerge con la cámara en esa etapa de la vida que Michaux describe como “rostros sin capitán”, rostros a la deriva, con un pie en la infancia, sin un yo definido que los encauce:
Miradas de la infancia, tan particulares, ricas en no saber, ricas de extensión, de desierto, grandes por ignorancia, como un río que fluye (el adulto ha vendido la extensión por los hitos en el camino), miradas todavía no atadas, densas de todo aquello que se les escapa, plenas de lo todavía indescifrable. Miradas del extranjero…
Es en este contexto donde, como consecuencia de un hecho banal, entra en escena la muerte. Por sobre el registro de lo fáctico, Van Sant enfoca la experiencia de un adolescente, y de cómo procesa éste la irrupción brutal de la responsabilidad en su vida. Los padres, la escuela, la sexualidad, los compañeros: todo es incierto y se busca algún lugar donde hacer pie. Apelar al lenguaje, reubicar lo traumático en el discurso puede ser una salida. Alex irá construyendo un sentido, y nosotros con él…si podemos escucharlo.
Porque Paranoid Park es una película auditiva, sin duda. Pero lejos de la grandilocuencia (nunca tan apropiada esa palabra) a las que nos tiene acostumbrados cierto cine, Van Sant escucha otros sonidos. Así como en Gerry escucha el silencio, aquí el tono es íntimo: la voz de Alex va y vuelve, nos va hablando desde el principio hasta el final, mientras nosotros miramos el desconcierto en su joven rostro. Y la película termina allí, por supuesto, cuando él pudo decir(se) y decirnos, todo. ¿Qué más?
Para los que no somos sordos, claro…
miércoles, 22 de octubre de 2008
Notas al pie de Paranoid park
Por Oscar A. Cuervo
"En realidad, la culpa del protagonista no es el eje sobre el cual Van Sant organiza Paranoid park; tampoco el final "resuelve", ni la culpa ni nada".
El final, ningún final, no sólo el de Paranoid park, resuelve nada. La idea de que un final resuelve no se sostiene en términos de una necesidad artística. Tiene más que ver con un esquema moral (falta/redención) o judicial (culpa/punición). Quizá provenga de la teoría aristotélica, de la necesidad de propiciar una catarsis como fin edificante del arte, o de antes aún, de Anaximandro ("De donde las cosas tienen su origen, hacia allí deben sucumbir, según la necesidad; pues tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia, de acuerdo al orden del tiempo"). No importa tanto de dónde viene. Porque lo claro es que la exigencia de resolución es una intromisión de la razón calculadora para regimentar la experiencia artística: un orden ha sido vulnerado y mediante una intervención autoral debe ser restituido, según un cálculo del daño y el resarcimiento. El arte como juicio, la justicia como cálculo.
¿Por qué tantas películas terminan con la muerte del protagonista o del antagonista, o con un casamiento, con una declaración de amor o con la cárcel?
Pero el final de una película no resuelve. El final interrumpe el curso de la obra, le da una figura, en la medida en que le marca un límite temporal. Pero no cancela su sentido. El río de Tsai Ming-liang le hace una gambeta a la manía resarcitoria: Xiao-kang "debería" suicidarse al salir al balcón, eso es lo que un espectador acostumbrado a siglos de finales resarcitorios espera. Pero Tsai, gran maestro de la comicidad contemporánea, no quiere hacer un ajuste de cuentas y ahí sigue su personaje, en calzoncillos y con dolor de cuello, vivito y coleando.
El mejor final de Lucrecia Martel es el de La mujer sin cabeza, lo más alejado posible de un sentido cancelado. Martel viene preguntándose desde La ciénaga dónde terminar. Según declara, no quiere terminar sus películas en un juicio, de acuerdo al modelo teológico del Juicio Final. En La mujer sin cabeza logró tomar la mayor distancia posible de algo que pueda ser leído como una conclusión.
Paranoid park no trata acerca de la culpa de Alex. La culpa no ocupa en la película ningún lugar especial. El reproche de que Van Sant "resuelve" fácilmente la culpa del protagonista parte de una premisa equivocada: la de que el film está planteado en términos de culpa y redención. Nada, excepto una imposición totalmente exterior a la película, habilita a pensar que Van Sant está preocupado por la culpa de Alex. Si hay algo así como una culpa de Alex, ocupa en el film un lugar sumamente lateral. Alex está perturbado, angustiado, tironeado por diversas demandas, aturdido, tentado, deseoso de decir algo, sin saber bien qué decir ni a quién decirlo.
Van Sant se pregunta "quién soy", pero no en un sentido psicológico, como estúpidamente traduce un desafortunado comentarista. La pregunta está dirigida a su ser narrador (no me convence la palabra, mejor digo: a su ser cineasta), no a su psiquis privada. Quién soy significa: desde qué posición accedo a la intimidad de Alex. No quiero ser el policía que lo lleve detenido, no quiero hacerlo confesar [como en el lamentable remate de Good Will Hunting], quiero ante todo mirar a Alex.
Paranoid park es un duelo de miradas: hay tres personajes que miran a Alex con intensidad especial, con ,si el navegante me permite, deseo: el policía Lou (Lulú, lo llaman los chicos), Macy (ni novia ni amiga), y el skater más grande que lo invita a treparse juntos al tren. Las miradas de estos tres hacia Alex está marcada. No son momentos que un espectador vaya a relatar a alguien que le pida que cuente la película. Estos momentos generalmente no se cuentan: se hablará del cuerpo del guardia partido en dos, de la fogata final (a Van Sant le gusta filmar fogatas, siempre cargadas de erotismo), de los padres separados o de la iniciación sexual. Es improbable que se hable de cómo el skater mira a Alex al invitarlo a que vayan juntos a un lugar más apartado, o de la mirada de Macy cuando lo escanea al encontrarlo en el shopping leyendo el diario. Sin embargo, estos momentos son los eminentemente cinematográficos y Van Sant vuelve a ellos en su vaivén... ¡espiralado!
Hay una escena al comienzo, cuando aún no sabemos qué ha pasado (porque el film comienza cuando el episodio "delicitvo" ya ha pasado y termina sin que la cuestión judicial se haya resuelto), hay una escena, cargada de intencionalidad cinética: el primer encuentro entre Alex y el policía Lou. Están en un plano medio, sentado a ambos lados de la mesa. La cámara inicia un travelling hacia adelante que, a medida que se acerca, va dejando a ambos personajes al borde del cuadro, hasta que la cámara gira para el lado de Alex, y termina en un primer plano del chico en el que la proximidad de su cara es casi tactil. Se ve (literalemente se ve) que la cámara de Van Sant se debate en encontrar la distancia justa -y en este caso la distancia justa es muy corta. De esta forma se desliga de la distancia policial para acercarse más y más a Alex. Se está desarrollando el interrogatorio, cordial pero tenso, mientras la cámara cuenta otra cosa. En medio del diálogo se oye, como asordinado, un alarido de dolor que no proviene del espacio donde los dos personajes se encuentran. Es Alex el que oye la voz. Paranoid Park es un film sobre la audición.
La primera vez que la película nos lleva hasta el parque Paranoid, mientras los skaters dibujan sus figuras en el aire, oímos algo así como un rumor electrónico entrelazado con susurros muy suaves en una lengua femenina y extranjera (extranjera para Alex: en francés). En la clase de Matemáticas Alex no oye la voz del profesor, pero sí oye cuando es llamado por su nombre a través del altoparlante. Cuando a la noche en el parque Alex decide aceptar la invitación del skater más grande, lo hace siguiendo el llamado de una mirada pro-vocativa y muda.
"En realidad, la culpa del protagonista no es el eje sobre el cual Van Sant organiza Paranoid park; tampoco el final "resuelve", ni la culpa ni nada".
El final, ningún final, no sólo el de Paranoid park, resuelve nada. La idea de que un final resuelve no se sostiene en términos de una necesidad artística. Tiene más que ver con un esquema moral (falta/redención) o judicial (culpa/punición). Quizá provenga de la teoría aristotélica, de la necesidad de propiciar una catarsis como fin edificante del arte, o de antes aún, de Anaximandro ("De donde las cosas tienen su origen, hacia allí deben sucumbir, según la necesidad; pues tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia, de acuerdo al orden del tiempo"). No importa tanto de dónde viene. Porque lo claro es que la exigencia de resolución es una intromisión de la razón calculadora para regimentar la experiencia artística: un orden ha sido vulnerado y mediante una intervención autoral debe ser restituido, según un cálculo del daño y el resarcimiento. El arte como juicio, la justicia como cálculo.
¿Por qué tantas películas terminan con la muerte del protagonista o del antagonista, o con un casamiento, con una declaración de amor o con la cárcel?
Pero el final de una película no resuelve. El final interrumpe el curso de la obra, le da una figura, en la medida en que le marca un límite temporal. Pero no cancela su sentido. El río de Tsai Ming-liang le hace una gambeta a la manía resarcitoria: Xiao-kang "debería" suicidarse al salir al balcón, eso es lo que un espectador acostumbrado a siglos de finales resarcitorios espera. Pero Tsai, gran maestro de la comicidad contemporánea, no quiere hacer un ajuste de cuentas y ahí sigue su personaje, en calzoncillos y con dolor de cuello, vivito y coleando.
El mejor final de Lucrecia Martel es el de La mujer sin cabeza, lo más alejado posible de un sentido cancelado. Martel viene preguntándose desde La ciénaga dónde terminar. Según declara, no quiere terminar sus películas en un juicio, de acuerdo al modelo teológico del Juicio Final. En La mujer sin cabeza logró tomar la mayor distancia posible de algo que pueda ser leído como una conclusión.
Paranoid park no trata acerca de la culpa de Alex. La culpa no ocupa en la película ningún lugar especial. El reproche de que Van Sant "resuelve" fácilmente la culpa del protagonista parte de una premisa equivocada: la de que el film está planteado en términos de culpa y redención. Nada, excepto una imposición totalmente exterior a la película, habilita a pensar que Van Sant está preocupado por la culpa de Alex. Si hay algo así como una culpa de Alex, ocupa en el film un lugar sumamente lateral. Alex está perturbado, angustiado, tironeado por diversas demandas, aturdido, tentado, deseoso de decir algo, sin saber bien qué decir ni a quién decirlo.
Van Sant se pregunta "quién soy", pero no en un sentido psicológico, como estúpidamente traduce un desafortunado comentarista. La pregunta está dirigida a su ser narrador (no me convence la palabra, mejor digo: a su ser cineasta), no a su psiquis privada. Quién soy significa: desde qué posición accedo a la intimidad de Alex. No quiero ser el policía que lo lleve detenido, no quiero hacerlo confesar [como en el lamentable remate de Good Will Hunting], quiero ante todo mirar a Alex.
Paranoid park es un duelo de miradas: hay tres personajes que miran a Alex con intensidad especial, con ,si el navegante me permite, deseo: el policía Lou (Lulú, lo llaman los chicos), Macy (ni novia ni amiga), y el skater más grande que lo invita a treparse juntos al tren. Las miradas de estos tres hacia Alex está marcada. No son momentos que un espectador vaya a relatar a alguien que le pida que cuente la película. Estos momentos generalmente no se cuentan: se hablará del cuerpo del guardia partido en dos, de la fogata final (a Van Sant le gusta filmar fogatas, siempre cargadas de erotismo), de los padres separados o de la iniciación sexual. Es improbable que se hable de cómo el skater mira a Alex al invitarlo a que vayan juntos a un lugar más apartado, o de la mirada de Macy cuando lo escanea al encontrarlo en el shopping leyendo el diario. Sin embargo, estos momentos son los eminentemente cinematográficos y Van Sant vuelve a ellos en su vaivén... ¡espiralado!
Hay una escena al comienzo, cuando aún no sabemos qué ha pasado (porque el film comienza cuando el episodio "delicitvo" ya ha pasado y termina sin que la cuestión judicial se haya resuelto), hay una escena, cargada de intencionalidad cinética: el primer encuentro entre Alex y el policía Lou. Están en un plano medio, sentado a ambos lados de la mesa. La cámara inicia un travelling hacia adelante que, a medida que se acerca, va dejando a ambos personajes al borde del cuadro, hasta que la cámara gira para el lado de Alex, y termina en un primer plano del chico en el que la proximidad de su cara es casi tactil. Se ve (literalemente se ve) que la cámara de Van Sant se debate en encontrar la distancia justa -y en este caso la distancia justa es muy corta. De esta forma se desliga de la distancia policial para acercarse más y más a Alex. Se está desarrollando el interrogatorio, cordial pero tenso, mientras la cámara cuenta otra cosa. En medio del diálogo se oye, como asordinado, un alarido de dolor que no proviene del espacio donde los dos personajes se encuentran. Es Alex el que oye la voz. Paranoid Park es un film sobre la audición.
La primera vez que la película nos lleva hasta el parque Paranoid, mientras los skaters dibujan sus figuras en el aire, oímos algo así como un rumor electrónico entrelazado con susurros muy suaves en una lengua femenina y extranjera (extranjera para Alex: en francés). En la clase de Matemáticas Alex no oye la voz del profesor, pero sí oye cuando es llamado por su nombre a través del altoparlante. Cuando a la noche en el parque Alex decide aceptar la invitación del skater más grande, lo hace siguiendo el llamado de una mirada pro-vocativa y muda.
Alex, aturdido, oye voces
Cuando se produce el incidente en las vías y el chico vuelve aturdido hacia el coche que dejó estacionado lejos del parque, su cabeza embarullada escuchará fragmentos de voces desarticuladas (voces que son su propia voz) que intentan relatar lo ocurrido, frases truncas. Cuando se propone hablar por teléfono con su padre, corta la comunicación antes de decir nada. Al volver, entra en la ducha y se sumerge en una experiencia puramente sonora, sin palabras (alejar cualquier tentación de darle a la escena un sentido simbólico expiatorio).
Cuando tiene la primera relación sexual con su novia, Jennifer, la chica sale y él se queda tirado en la cama, escuchando como ella, ni bien sale, le cuenta a sus amigas que acaba de perder la virginidad. Jennifer no es para nada un ser deseable para Alex. Varias veces la chica le reprocha la poca onda que él le demuestra. Cuando Alex finalmente le dice que no quiere seguir el noviazgo, viene otra escena de reproches, pero van Sant silencia a la chica y pone en la banda sonora Amarcord de Nino Rota.
El consejo de Macy (la chica se da cuenta de que Alex tiene algo que decir y no tiene a quién y no sabe cómo decirlo) es que escriba una carta y siguiendo el hilo que Macy le tiende, Alex puede articular la voz: para escribir en su cuaderno tiene que aprender a escucharse. Es esa voz la que nosotros oimos en el presente en el que Alex la oye, en el pliegue de su recién conquistada intimidad. Esa voz es la que dicta lo que Alex escribe. El cuaderno después no hace falta, porque Alex ha logrado escucharse.
El eje de Paranoid Park reside en desoir la demanda de espectadores ávidos de culpa y punición.
Cuando tiene la primera relación sexual con su novia, Jennifer, la chica sale y él se queda tirado en la cama, escuchando como ella, ni bien sale, le cuenta a sus amigas que acaba de perder la virginidad. Jennifer no es para nada un ser deseable para Alex. Varias veces la chica le reprocha la poca onda que él le demuestra. Cuando Alex finalmente le dice que no quiere seguir el noviazgo, viene otra escena de reproches, pero van Sant silencia a la chica y pone en la banda sonora Amarcord de Nino Rota.
El consejo de Macy (la chica se da cuenta de que Alex tiene algo que decir y no tiene a quién y no sabe cómo decirlo) es que escriba una carta y siguiendo el hilo que Macy le tiende, Alex puede articular la voz: para escribir en su cuaderno tiene que aprender a escucharse. Es esa voz la que nosotros oimos en el presente en el que Alex la oye, en el pliegue de su recién conquistada intimidad. Esa voz es la que dicta lo que Alex escribe. El cuaderno después no hace falta, porque Alex ha logrado escucharse.
El eje de Paranoid Park reside en desoir la demanda de espectadores ávidos de culpa y punición.
Estas son notas al pie de Paranoid park, yo ya había escrito un análisis bastante extenso de la película en La otra 19, pero un anónimo me preguntó cuál es el eje sobre el cual la película se organiza. Atendiendo a gentil pedido.
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