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miércoles, 19 de agosto de 2015
martes, 27 de julio de 2010
Las hordas del mal y los Marrones
Hoy es hoy, ayer fue hoy ayer

por oac
Ante todo es preciso reiterar algo que se dice al final del post anterior: se trata de un fragmento de "Notas sobre rock argentino en democracia - Quinta parte", publicadas en revista La otra nº 23. Es necesario además aclarar que el título del post "Brigadas o Trenes. V8 o Sui" fue puesto por mí y no es atribuible al autor de las notas, José Miccio.
Las "Notas sobre rock argentino en democracia" (ya cinco entregas y en camino la sexta) son de un interés extraordinario. José siempre abre perspectivas y destaca matices en un período del rock argentino tan complejo y difícil de definir en un solo trazo como es el de los primeros años 80. Período de máxima ambivalencia, en el que conviven "Bancate ese defecto" con "Brigadas del metal", "La gente del futuro" con "Maribel se durmió", "Manso y tranquilo" con "Uno dos ultraviolento", "Marinero Bengalí" con "Yo solo quiero ser del Jet Set" y "El témpano" con "Estallando desde el océano". Un período, entonces, donde el rock argentino se debate por las esencias, los proyectos, las tradiciones asumidas y el futuro posible. Un período así de complejo merece notas tan atentas a los detalles como las que escribe José.
Dentro de ese discurso extenso y todavía en construcción, yo hago un corte para ponerlo acá y lo etiqueto de una determinada manera. Corte y disyunción brutales: V8 o Sui. José dice: V8 y Sui, más amigo de las disyunciones incluyentes, V8 y/o Sui. Este corte de un texto más extenso es ante todo una invitación a leerlo en toda su extensión de ya casi 30 páginas. Hay ahí muchos pasajes tan fértiles en sugerencias como este que yo corté y pegué, mucha observación microscópica y mucha problematicidad.
Yo acá inserto una lógica bipolar: una disyunción excluyente; pero no la invento: esa disyunción está en el propio texto de José, aunque no en su voz, sino en la de Iorio: “Nosotros estamos en contra de los tarados que, sin darse cuenta de que los hippones estuvieron quince años tratando de cambiar la vida con paz, y no llegaron a nada, la sociedad los absorbió, les hizo pito catalán. Y acá estamos todavía más atrasados… No sé qué están esperando… Yo llegué a un momento en que dije ‘basta’.”
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Más adelante Iorio menciona a "Peperina": “si querés imaginarte que andando por la calle vas a encontrar una doncella azul en un caballo desbocado, escuchá Peperina. Pero si querés vivir la realidad, conectarte con el presente y darte cuenta de que en el colectivo estás mal, que no tenés plata para comprarte unas zapatillas o tomarte una cerveza, tenés que escuchar heavy metal.” No se trata de una operación novedosa, sino de algo ya muy transitado en la historia de los movimientos artísticos: buscar legitimarse mediante la negación del que precede. Iorio declara irrumpir para poner las cosas en su lugar, para decir la verdad en un medio que hasta que él irrumpió la había ocultado. La verdad de Iorio parece ser que el rock de los hippones quiso cambiar el mundo con paz y quince años después estamos todavía más atrasados: “Yo dije ‘basta’”. Iorio dice que en el colectivo está mal y que la plata no le alcanza para comprarse zapatillas o tomarse una cerveza.
Estas declaraciones periodísticas, que de algún modo funcionan en continuo con su lírica y dan indicaciones para escuchar sus obras, instalan una disyunción excluyente. Un ejemplo de lo impugnado por Iorio es "Peperina". En la presentación que él hace, "Peperina" es un ensueño diurno: “si querés imaginarte que andando por la calle vas a encontrar una doncella azul en un caballo desbocado, escuchá Peperina”. ¿Habrá escuchado Iorio "Peperina"? ¿la habrá pensado? ¿habrá llegado a esta lectura de la canción de buena fe? ¿en base a qué indicios? ¿o es que miente a sabiendas? Porque "Peperina" no habla de doncellas azules ni de caballos desbocados. Lleva 3 minutos y medio constatarlo. La canción que abre el tercer disco de Serú Girán es un relato sarcástico acerca de “una chica que vivió la gloria de ser parte del rock tomando té de peperina”: “Típicamente mente pueblerina/ no tenía huevos para la oficina/ subterráneo lugar/ de rutinaria ideología”. Y más adelante: “Mirando al campo se olvidó del hombre/ mirando al rico se vistió de pobre/ para poder saber lo que chusmeaban las vecinas./ En su cabeza lleva una bandera/ ella no quiere ser como cualquiera/ ella adora mostrar la paja de la cara ajena./ Y dentro de su cuento ella era cenicienta/ su príncipe era un hippie de los años sesenta”.
Así que la impugnación de la cultura hippie y la denuncia de su presunto fracaso no es un acto inaugurado por Iorio contra la omisión de Charly y el ensueño de "Peperina". Charly ya ironiza en esta canción sobre el sueño hippie (la ironía no parece ser el fuerte de Iorio). Pero en realidad, el profeta de la muerte del sueño de amor y paz es, unos cuantos años antes, John Lennon: “Dream is over” (1970). Y las sospechas ya son planteadas en el rock argentino por Moris (¿uno de los hippones puestos en cuestión por Iorio?), en "Pato trabaja en una carnicería":
“sos el burgués más corrompido que existe
y te engañás pensando que sos un hippie
vos explotás a todos y no das nada
y eso es ser el peor capitalista
cuando tenés, te hacés el burro
vivís de arriba, qué asco me das”.
Tampoco parece nueva la operación de impugnar la historia anterior del rock desde un lugar de enunciación presuntamente proletario: el gran lanzamiento publicitario del punk en Inglaterra del 77 se hace en nombre de los hijos de la clase trabajadora y contra los oropeles del establishment rockero, en el que tanto caben los “hippones” de Iorio como el artificio glam, la pretensión virtuosística del rock progresivo o cualquier exploración musical que demande una cierta complejidad en la escucha; digamos: Crosby, Stills Nash & Young valen para el punk tanto (tan poco) como Elton John, Pink Floyd, Genesis, la Incredible String Band, King Crimson o Spinetta. Todos son hippones, viejos patéticos. 1977: seis años antes de que Iorio diga "basta" ya lo había dicho la banda diseñada por Malcom McLaren. ¿Desde dónde enuncia Iorio entonces? ¿Desde el agobio de un colectivo, volviendo del trabajo, en un barrio periférico? ¿O se trata de otra importación de un producto de procedencia británica?
El exabrupto del joven trabajador denunciando la utopía rock desde el clasismo se transformará en una figura cristalizada muy prematuramente. Hoy está casi instalada como la versión canónica de la historia. Al joven agobiado por la dura jornada de trabajo se le perdonan no sólo cierta tosquedad letrística, una evidente rigidez armónica, una previsibilidad en la estructura de la canción, una limitación en los matices expresivos (fuerte o más fuerte; rápido o más rápido parecen ser todas las alternativas disponibles). Se le perdona también la puerilidad de sus planteos políticos: los tarados hippones estuvieron quince años tratando de cambiar la sociedad y no llegaron a nada; ahora el joven trabajador ya no tiene plata para cerveza ni zapatillas. Se le perdona, finalmente, que su resentimiento devenga en una identificación con sus opresores, asumiendo la figura del proto-macho de la horda.

Sería ofensivo para la inteligencia dirigir el mismo argumento ahora contra Iorio y las brigadas del metal: pasaron ya 27 años desde que Iorio y sus “las hordas del mal / listas para el paso final” dijeron "basta" y hoy las zapatillas y la cerveza están más caras aún. Ellos eran los que entonces estaban hartos de ver las caras que marcan el ayer. Hoy es hoy, ayer fue hoy ayer.
La curiosa invocación a las “hordas del mal” (habría que pensar ambos términos por separado y juntos: por qué “mal” y por qué “hordas”) puede ser leída sincrónicamente, en su oposición a los valores hippies del amor y la paz; pero también podemos hacer una lectura diacrónica, como blasón del machismo, el fascismo y el antisemitismo que en la carrera de Iorio se van a hacer cada vez más evidentes.
Sé bien que esta lectura que propongo introduce cierta desmesura en el asunto, siempre de acuerdo con mis procedimientos bipolares. En todo caso, recojo el guante lanzado por Iorio, lo acepto en sus propios términos. Tomo en serio su sed de sangre y su resentimiento. Yo también quiero pelea y yo también estoy resentido, pero no estoy en el mismo bando que él. No lo tomo como un emergente de la situación, sino como un adversario.
En un comentario al post de ayer, Alfredo decía: "Menos mal que nos queda el metal". Bueno, a mí el metal no me queda.
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Un excelente complemento de este debate es el extraordinario sketch que ayer presentó Capusotto en su programa: "Los Marrones", una cruza nacional entre los Ramones y... Pepitito Marrone. Capusotto parece ser lo mejor que le pasó al rock en los últimos años, una lectura corrosiva y desfachatada desde el interior del rock nacional: “Los Marrones, una banda que quiere provocar a la autoridad pero no lo logra”. Capusotto toma el mito de Los Ramones y su asimilación a la cultura argentina. Los Ramones, antes aún que los Pistols, invitaron a volver a lo básico en un tiempo en que el rock ya daba señales de cansancio. Encarnaron a su manera una repetición del espíritu de la revuelta. Hace 36 años. A fines de los 80 y durante los 90 se erigieron en un paradigma argentino del enésimo intento de provocar a la autoridad. La provocación a la autoridad, asumida como gesto sistemático y abstracto, suele producir efectos paradójicos. Creo que de esto habla Capusotto con una comicidad demoledora.

por oac
Ante todo es preciso reiterar algo que se dice al final del post anterior: se trata de un fragmento de "Notas sobre rock argentino en democracia - Quinta parte", publicadas en revista La otra nº 23. Es necesario además aclarar que el título del post "Brigadas o Trenes. V8 o Sui" fue puesto por mí y no es atribuible al autor de las notas, José Miccio.
Las "Notas sobre rock argentino en democracia" (ya cinco entregas y en camino la sexta) son de un interés extraordinario. José siempre abre perspectivas y destaca matices en un período del rock argentino tan complejo y difícil de definir en un solo trazo como es el de los primeros años 80. Período de máxima ambivalencia, en el que conviven "Bancate ese defecto" con "Brigadas del metal", "La gente del futuro" con "Maribel se durmió", "Manso y tranquilo" con "Uno dos ultraviolento", "Marinero Bengalí" con "Yo solo quiero ser del Jet Set" y "El témpano" con "Estallando desde el océano". Un período, entonces, donde el rock argentino se debate por las esencias, los proyectos, las tradiciones asumidas y el futuro posible. Un período así de complejo merece notas tan atentas a los detalles como las que escribe José.
Dentro de ese discurso extenso y todavía en construcción, yo hago un corte para ponerlo acá y lo etiqueto de una determinada manera. Corte y disyunción brutales: V8 o Sui. José dice: V8 y Sui, más amigo de las disyunciones incluyentes, V8 y/o Sui. Este corte de un texto más extenso es ante todo una invitación a leerlo en toda su extensión de ya casi 30 páginas. Hay ahí muchos pasajes tan fértiles en sugerencias como este que yo corté y pegué, mucha observación microscópica y mucha problematicidad.
Yo acá inserto una lógica bipolar: una disyunción excluyente; pero no la invento: esa disyunción está en el propio texto de José, aunque no en su voz, sino en la de Iorio: “Nosotros estamos en contra de los tarados que, sin darse cuenta de que los hippones estuvieron quince años tratando de cambiar la vida con paz, y no llegaron a nada, la sociedad los absorbió, les hizo pito catalán. Y acá estamos todavía más atrasados… No sé qué están esperando… Yo llegué a un momento en que dije ‘basta’.”
.jpg)
Más adelante Iorio menciona a "Peperina": “si querés imaginarte que andando por la calle vas a encontrar una doncella azul en un caballo desbocado, escuchá Peperina. Pero si querés vivir la realidad, conectarte con el presente y darte cuenta de que en el colectivo estás mal, que no tenés plata para comprarte unas zapatillas o tomarte una cerveza, tenés que escuchar heavy metal.” No se trata de una operación novedosa, sino de algo ya muy transitado en la historia de los movimientos artísticos: buscar legitimarse mediante la negación del que precede. Iorio declara irrumpir para poner las cosas en su lugar, para decir la verdad en un medio que hasta que él irrumpió la había ocultado. La verdad de Iorio parece ser que el rock de los hippones quiso cambiar el mundo con paz y quince años después estamos todavía más atrasados: “Yo dije ‘basta’”. Iorio dice que en el colectivo está mal y que la plata no le alcanza para comprarse zapatillas o tomarse una cerveza.
Estas declaraciones periodísticas, que de algún modo funcionan en continuo con su lírica y dan indicaciones para escuchar sus obras, instalan una disyunción excluyente. Un ejemplo de lo impugnado por Iorio es "Peperina". En la presentación que él hace, "Peperina" es un ensueño diurno: “si querés imaginarte que andando por la calle vas a encontrar una doncella azul en un caballo desbocado, escuchá Peperina”. ¿Habrá escuchado Iorio "Peperina"? ¿la habrá pensado? ¿habrá llegado a esta lectura de la canción de buena fe? ¿en base a qué indicios? ¿o es que miente a sabiendas? Porque "Peperina" no habla de doncellas azules ni de caballos desbocados. Lleva 3 minutos y medio constatarlo. La canción que abre el tercer disco de Serú Girán es un relato sarcástico acerca de “una chica que vivió la gloria de ser parte del rock tomando té de peperina”: “Típicamente mente pueblerina/ no tenía huevos para la oficina/ subterráneo lugar/ de rutinaria ideología”. Y más adelante: “Mirando al campo se olvidó del hombre/ mirando al rico se vistió de pobre/ para poder saber lo que chusmeaban las vecinas./ En su cabeza lleva una bandera/ ella no quiere ser como cualquiera/ ella adora mostrar la paja de la cara ajena./ Y dentro de su cuento ella era cenicienta/ su príncipe era un hippie de los años sesenta”.
Así que la impugnación de la cultura hippie y la denuncia de su presunto fracaso no es un acto inaugurado por Iorio contra la omisión de Charly y el ensueño de "Peperina". Charly ya ironiza en esta canción sobre el sueño hippie (la ironía no parece ser el fuerte de Iorio). Pero en realidad, el profeta de la muerte del sueño de amor y paz es, unos cuantos años antes, John Lennon: “Dream is over” (1970). Y las sospechas ya son planteadas en el rock argentino por Moris (¿uno de los hippones puestos en cuestión por Iorio?), en "Pato trabaja en una carnicería":
“sos el burgués más corrompido que existe
y te engañás pensando que sos un hippie
vos explotás a todos y no das nada
y eso es ser el peor capitalista
cuando tenés, te hacés el burro
vivís de arriba, qué asco me das”.
Tampoco parece nueva la operación de impugnar la historia anterior del rock desde un lugar de enunciación presuntamente proletario: el gran lanzamiento publicitario del punk en Inglaterra del 77 se hace en nombre de los hijos de la clase trabajadora y contra los oropeles del establishment rockero, en el que tanto caben los “hippones” de Iorio como el artificio glam, la pretensión virtuosística del rock progresivo o cualquier exploración musical que demande una cierta complejidad en la escucha; digamos: Crosby, Stills Nash & Young valen para el punk tanto (tan poco) como Elton John, Pink Floyd, Genesis, la Incredible String Band, King Crimson o Spinetta. Todos son hippones, viejos patéticos. 1977: seis años antes de que Iorio diga "basta" ya lo había dicho la banda diseñada por Malcom McLaren. ¿Desde dónde enuncia Iorio entonces? ¿Desde el agobio de un colectivo, volviendo del trabajo, en un barrio periférico? ¿O se trata de otra importación de un producto de procedencia británica?
El exabrupto del joven trabajador denunciando la utopía rock desde el clasismo se transformará en una figura cristalizada muy prematuramente. Hoy está casi instalada como la versión canónica de la historia. Al joven agobiado por la dura jornada de trabajo se le perdonan no sólo cierta tosquedad letrística, una evidente rigidez armónica, una previsibilidad en la estructura de la canción, una limitación en los matices expresivos (fuerte o más fuerte; rápido o más rápido parecen ser todas las alternativas disponibles). Se le perdona también la puerilidad de sus planteos políticos: los tarados hippones estuvieron quince años tratando de cambiar la sociedad y no llegaron a nada; ahora el joven trabajador ya no tiene plata para cerveza ni zapatillas. Se le perdona, finalmente, que su resentimiento devenga en una identificación con sus opresores, asumiendo la figura del proto-macho de la horda.

Sería ofensivo para la inteligencia dirigir el mismo argumento ahora contra Iorio y las brigadas del metal: pasaron ya 27 años desde que Iorio y sus “las hordas del mal / listas para el paso final” dijeron "basta" y hoy las zapatillas y la cerveza están más caras aún. Ellos eran los que entonces estaban hartos de ver las caras que marcan el ayer. Hoy es hoy, ayer fue hoy ayer.
La curiosa invocación a las “hordas del mal” (habría que pensar ambos términos por separado y juntos: por qué “mal” y por qué “hordas”) puede ser leída sincrónicamente, en su oposición a los valores hippies del amor y la paz; pero también podemos hacer una lectura diacrónica, como blasón del machismo, el fascismo y el antisemitismo que en la carrera de Iorio se van a hacer cada vez más evidentes.
Sé bien que esta lectura que propongo introduce cierta desmesura en el asunto, siempre de acuerdo con mis procedimientos bipolares. En todo caso, recojo el guante lanzado por Iorio, lo acepto en sus propios términos. Tomo en serio su sed de sangre y su resentimiento. Yo también quiero pelea y yo también estoy resentido, pero no estoy en el mismo bando que él. No lo tomo como un emergente de la situación, sino como un adversario.
En un comentario al post de ayer, Alfredo decía: "Menos mal que nos queda el metal". Bueno, a mí el metal no me queda.
.jpg)
Un excelente complemento de este debate es el extraordinario sketch que ayer presentó Capusotto en su programa: "Los Marrones", una cruza nacional entre los Ramones y... Pepitito Marrone. Capusotto parece ser lo mejor que le pasó al rock en los últimos años, una lectura corrosiva y desfachatada desde el interior del rock nacional: “Los Marrones, una banda que quiere provocar a la autoridad pero no lo logra”. Capusotto toma el mito de Los Ramones y su asimilación a la cultura argentina. Los Ramones, antes aún que los Pistols, invitaron a volver a lo básico en un tiempo en que el rock ya daba señales de cansancio. Encarnaron a su manera una repetición del espíritu de la revuelta. Hace 36 años. A fines de los 80 y durante los 90 se erigieron en un paradigma argentino del enésimo intento de provocar a la autoridad. La provocación a la autoridad, asumida como gesto sistemático y abstracto, suele producir efectos paradójicos. Creo que de esto habla Capusotto con una comicidad demoledora.
lunes, 15 de junio de 2009
Para cagarse el día desde bien temprano
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