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viernes, 9 de julio de 2010

Irma Vep

El mal que acecha desde la noche hasta el alba


por oac

Desinhibida, malévola, seductora, guachita... una vampiresa. Así es Irma Vep, la ¿heroína? de Les Vampires, un serial cinematográfico de 1915 dirigido por Louis Feuillade. Una ola de inseguridad asuela y/o asola la ciudad de París: terrorismo, asesinatos, robos, secuestros llevados a cabo por la organización criminal Les Vampires. La organización está comandada por el Gran Vampiro y su pareja, Irma Vep (anagrama de Vampire). Estos malvados no hacen lo que hacen por la guita, su objetivo, simplemente, es sembrar el caos en medio de la gran ciudad. Irma Vep se mueve enfundada en un ajustado traje de cuero negro que la hace lucir muy sexy. Villana de glamour irresistible, Irma es un agente del caos en su faceta más tentadora.

 

El serial (10 capítulos que suman un total de 420 minutos) fue filmado por Louis Feuillade en plena guerra. Las difíciles condiciones de producción quedaron inscriptas en la estética del film: faltaban actores, personal técnico, película virgen y corriente eléctrica. Los actores podían ser convocados al frente de batalla repentinamente y entonces el relato disponía su muerte súbita mediante giros antojadizos, sin transiciones explicativas. Feuillade se mostraba desaprensivo por las secuencias causales, la lógica narrativa férrea y la verosimilitud. Como rasgo de contemporaneidad, los villanos se valían de ingeniosos recursos maquínicos y un uso subversivo de los nacientes medios de comunicación masiva. Subversión, glamour, nocturnidad y un cierto dadaísmo estructural hicieron que los surrealistas tomaran a Les Vampires como un emblema de su concepción artística.

 
Irma Vep, el film de Olivier Assayas de 1996 retoma la figura de la heroína de Les Vampires, en una intencionada clave cinéfila, entre vaticinios que, a mediados de los 90, anuncian la muerte del cine. Assayas se muestra más ambiguo y más abierto hacia la incertidumbre. De hecho, podemos pensar el film de Assayas como un puente entre el cine de los orígenes y el del futuro. Jean Pierre Leaud encarna a un director de cine en momento de colpaso psíquico, que pretende enfrentar su crisis artística y existencial mediante una remake de Les Vampires, para la cual es convocada una super-estrella del cine asiático tan en boga en los 90: nada menos que la hermosa Maggie Cheung haciendo de sí misma haciendo de Irma Vep. El desquicio mental que acosa al director del proyecto, por otra parte, se parece mucho al del propio Leaud. Film que habla de la historia del cine, entonces, tanto como de su futuro.

 

martes, 27 de enero de 2009

Habitar, morir, traspasar.

Por Oscar A. Cuervo

Puedo tomarla como la última película de (mi) Festival de Mar del Plata, la que me puso de muy buen humor, la que levantó decisivamente el promedio que venía medio caído. O también puedo tomarla como la primera película extranjera del 2009, la que pone un techo muy alto en lo que va a ser mi lista de las 10 mejores en el próximo diciembre: si se estrena una película mejor que esta en lo que queda del año, habrá de ser una película buenísima. (El 2009 ya tiene sus primeros jugadores en la cancha: la argentina süden, la francesa Las horas del verano; y en música, ya tengo el candidato a disco argentino del año: Doña María: anoten ese nombre -título del cd y nombre de la banda - porque van a volver a escucharlo varias veces en las próximas semanas).

De modo que con Las horas del verano (L’Heure d’été) de Olivier Assayas el techo ha quedado muy alto. El ambiente es bien conocido para un exponente típico del cine francés: una hermosa casa burguesa, jardines, árboles, gente refinada. Emociones contenidas, humor afable, conversaciones inteligentes. Con una receta así se puede hacer también una porquería. Pero no es este el caso. Una mujer de 75 años reúne a sus tres hijos para celebrar su cumpleaños. Sin importunar el clima del encuentro familiar, ella empieza a deslizar en las conversaciones con sus hijos que está pensando en su próxima muerte, en el destino de la casa y de las cosas que la pueblan: los muebles, los cuadros originales de artistas como Corot, los recuerdos familiares, cuadernos en los que su tío -un artista reconocido- ha dejado sus bocetos. Se sobreentiende que ese tío ha sido algo más que un tío para ella, pero como son franceses y burgueses, todo se sugiere con discreta elegancia.

El cine francés ha filmado cientos de veces ambientes como este. Eso podría causar la sensación de una senda demasiado transitada. Podría. José Miccio, en su reseña aparecida en el número 20 de revista La otra ("Antídotos") deja entrever una cierta sensación de materiales fatigados:

"L’Heure d’été está llena de tics propios del cine francés más burgués y apoltronado. (...) Aun con su reflexión sobre la casa y el museo, de indudable interés, la película no escapa de una cómoda medianía, además de caer en buena parte de su metraje en la misma existencia blanda de sus burgueses".

Y bien, no es esa la impresión que a mí me causó la película de Assayas. Quiero decir: está la existencia blanda de los burgueses a los que Assayas les tiene evidentemente una gran simpatía. El duro trance de la muerte inminente luce "apoltronado", pero no por eso es menos duro. La gente de existencia blanda y apoltronada también se muere y antes de morirse ha vivido. Tienen objetos cargados de memorias, jarrones con flores, otros jarrones vacíos. Cuadernos guardados bajo llaves. Cosas que condensan diversos tiempos verbales: lo que se hubo de hacer y al final no se hizo, lo que empezó y aún no terminó. Los rincones de una casa no se pueblan de objetos físicos con una determinada estructura molecular, se pueblan de tiempos: el futuro del pasado, el pasado continuo, el pasado perfecto. Y el futuro imperfecto: en algún punto indeterminado llegará nuestra muerte. Al morir, un universo -la casa- se deshace, no de pronto, pero en cuestión de días o meses.

La idea conmueve: esto pasa, más o menos, en las casas burguesas y en las casas más sencillas. El hombre, la mujer, habitan: no es que estén en un punto matemático del espacio homogéneo. Y entonces, al deshacerse la casa, las cosas desligadas de la mujer que las tuvo siguen sus trayectos ya un poco a la deriva. O a la buena de Dios.

El encanto que posee la película de Assayas está en no quedarse fincada en el punto de vista de la moribunda, ni en el de alguno de sus tres hijos, ni en el de los dos nietos: la chica y el chico. No: Assayas compone una música en la que cada voz tiene su parte, en el que la casa vuelve a ser otra para cada uno de ellos: la anciana, los adultos y los chicos.

José dice que Assayas tiene un talento especial para terminar sus películas y José tiene razón. Sólo que el maravilloso, luminoso y vívido final de Las horas del verano no sería tan hermoso si no tuviera tras de sí un film tan bien pensado y sentido.