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domingo, 27 de abril de 2025

El único Papa que lloraremos

Papa Francisco / Bergoglio y nosotros

En este episodio de Patologías Culturales del 26 de abril de 2025 Maxi Diomedi y Oscar Cuervo no esquivan el riesgo de la autorreferencialidad para pensar la muerte de Jorge Bergoglio y el fin del papado de Francisco I. Es que no se trata de unas memorias subjetivas sino de experiencias históricas vividas y compartidas. ¿Quién le teme al compromiso personal en la historia? No somos historiógrafos sin habitantes del siglo -de dos siglos. No podemos pensar a Francisco sin pensarnos. 



lunes, 21 de abril de 2025

En el día de la muerte del Papa Francisco

Jorge Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires 
y Andrés Albertsen, pastor de la Iglesia Dinamarquesa en Buenos Aires, 1999.

por Andrés Roberto Albertsen

El Papa Francisco a menudo hablaba sobre lo que él llamó la "globalización de la indiferencia", una condición que, advirtió, nos roba nuestra capacidad de llorar. Pero las lágrimas—solía decir—las lágrimas limpian nuestra visión. Solo con los ojos lavados por lágrimas podemos empezar a ver algunas de las verdades más profundas de la vida.

"En este mundo globalizado, hemos caído en la indiferencia globalizada. Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los demás: no me afecta, no me preocupa, ¡no es asunto mío! El Papa dijo durante su visita a la pequeña isla de Lampedusa—su primer viaje fuera de Roma después de su elección—que se había convertido en un punto clave de aterrizaje para los inmigrantes y solicitantes de asilo que cruzaban el mar Mediterráneo.

"Casi sin ser conscientes de ello, terminamos siendo incapaces de sentir compasión ante la protesta de los pobres, llorando por el dolor de los demás, y sintiendo la necesidad de ayudarlos, como si todo esto fuera responsabilidad de otra persona y no nuestra propia... todas esas vidas atrofiadas por falta de oportunidades parecen un mero espectáculo; no nos conmoven", escribió en mi texto favorito de él, la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del evangelio).

Y dijo "nosotros" deliberadamente, porque nunca se colocó por encima de los demás.

"¡Cuántos de nosotros, incluido yo, hemos perdido nuestra orientación; ya no estamos atentos al mundo en el que vivimos; no nos importa; no protegemos lo que Dios creó para todos, y terminamos incapaces de cuidar unos a otros! " dijo en Lampedusa.

El Papa Francisco habría sido el primero en insistir en que no necesitas ser cristiano para protestar contra la globalización de la indiferencia, o para llorar por el dolor de los demás, pero menos aún si eres cristiano. Porque entonces, también debes conocer la alegría: la alegría del evangelio.

"Hay cristianos cuyas vidas parecen como Cuaresma sin Pascua", escribió el Papa en Evangelii Gaudium.

Y continuó: "Me doy cuenta, por supuesto, de que la alegría no se expresa de la misma manera en todo momento de la vida, especialmente en momentos de gran dificultad. La alegría se adapta y cambia, pero siempre perdura, incluso como un parpadeo de luz nacido de nuestra certeza personal de que, cuando todo está dicho y hecho, somos infinitamente amados. Entiendo el dolor de la gente que tiene que soportar un gran sufrimiento, pero lentamente pero seguro todos tenemos que dejar que la alegría de la fe reviva lentamente como una confianza tranquila pero firme, incluso en medio de la mayor angustia. ”

“A veces estamos tentados a encontrar excusas y quejarnos, actuando como si sólo pudiéramos ser felices si se cumplieran mil condiciones...” Puedo decir que las expresiones de alegría más hermosas y naturales que he visto en mi vida fueron en gente pobre que tenía poco a lo que aferrarse. También pienso en la verdadera alegría mostrada por otros que, incluso en medio de apremiantes obligaciones profesionales, fueron capaces de preservar, en desapego y sencillez, un corazón lleno de fe. A su manera, todos estos momentos de alegría brotan del infinito amor de Dios

Hoy, en el día de su muerte, doy gracias por la vida y ministerio del Padre y Arzobispo Jorge Bergoglio en Argentina, y del Papa Francisco en todo el mundo. Siempre voy a valorar las visitas y conversaciones que compartimos en Argentina. Y sobre todo, recordaré esto: la forma en que sostuvo la tristeza y la alegría juntos, no en teoría, sino en palabra y en acción. Ese, para mí, es el legado más profundo que deja atrás.

Un día triste

«El derecho de algunos a la libertad de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente».

Papa Francisco, «Fratelli


Ayer domingo, pocas horas antes de morir, Francisco impartió la bendición desde el balcón de la Basílica de San Pedro el domingo de Pascua de la Resurrección.


domingo, 5 de septiembre de 2021

Netflix es la iglesia evangélica de la pequeñoburguesía ilustrada

El Reino, la serie de los Piñeiyro que traza un retrato burdo y estigmatizante de las religiosidades populares, logra el milagro de que hasta algunas muy buenas actrices actúen muy mal  


La serie de Marcelo Piñeyro y Claudia Piñeiro El Reino es analizada en nuestra columna radial en Patologías Culturales, el programa que sale los sábados a las 18 conducido por Maximiliano Diomedi. En esta columna se analizan la pobreza estética y la estigmatización política de un producto típico para el consumo de las pequeño-burguesías ilustradas que acceden a la industria cultural a través de Netflix. El fenómeno de las iglesias evangélicas es dibujado en la serie con trazos burdos y sin internarse en la heterogeneidad de la religiosidad popular. Piñeyro y Piñeiro logran el milagro de que aún actrices y actores muy buenos estén todos muy mal en El Reino. Escuchen la columna de Oscar Cuervo acá.
 

A Marcelo Piñeyro lo conocemos porque a principio de los 90 adulteró el relato de los inicios del rock argentino en la mediocre Tango Feroz. Claudia Piñeiro aduce persecución solo porque la torpeza con que ejecutó el guión de la serie recibió críticas por su visión estigmatizadora del campo heterogéneo de las iglesias evangélicas.

Las denuncias que hicieron los Piñeiyro sobre los "intentos de censura" fueron en realidad parte de la campaña promocional del producto de Netflix. La serie sigue exhibiéndose sin ningún problema y la autovictimización de sus autores logró que incluso la izquierda troskista se montara en la operación estigmatizadora contra sectores religiosos populares que ofrecen una complejidad sociológica que merecería un tratamiento más serio. 

La autovictimización de Claudia Piñeiro, alegando un intento de censura que no existe, nos hace recordar que ella es la pareja de Ricardo Gil Lavedra, el autor intelectual del lawfare contra Milagro Sala. ´Hay un patrón político común en ambas operaciones: la condena anticipada que sufrió la dirigente de la Tupac y la condena mediática que desde una plataforma trasnacional denigra con un trazo grueso a un conjunto de iglesias muy heterogéneo. Los públicos de clase media evangelizados espiritualmente por Netflix son volubles a la distorsión mediática que demoniza a los luchadores populares y se burla de formas de religiosidad no establecida. No importa la verdad sino una verosimilitud diseñada para públicos autocomplacientes y distraídos. La demonización, mediática o jurídica, se hace siempre en nombre de valores republicanos y en salvaguarda de la libertad de expresión. La barbarie de la televidencia ilustrada, en fin.

viernes, 25 de diciembre de 2020

La distancia

por Søren Kierkegaard 

Traducción directa del danés de Ana Fioravanti

Ilustración Carmen Cuervo

Apartar la “imitación”, eliminarla, es algo que nos concierne a las personas.

Entonces, uno se las arregla de este modo. Toma a Cristo sólo como “Redentor” y suprime completamente la determinación “modelo”. Sin embargo, con eso sólo no basta; no pasa mucho tiempo, y luego María se convierte en una especie de reconciliadora a la que pedimos que ella ruegue por nosotros al “Redentor”; y luego “el apóstol” llega a ser una especie de reconciliador al cual pedimos que ruegue por nosotros al “Redentor”; y luego el mártir al apóstol, de abajo hacia arriba, y luego el testigo de la verdad al mártir, de abajo hacia arriba, y luego el pastor al testigo de la verdad, de abajo hacia arriba. Esta inmensa retahíla está calculada para mantener a distancia “la imitación”. Y es una terrible equivocación. Pero, no obstante, hay algo humano en ello. A saber, si quiero pasar una vida de placer y soy consciente de ello y, sin embargo, me mantengo interesado en los modelos que expresan lo opuesto (el sufrimiento) entonces, humanamente hablando, de modo conmovedor, transformaré los modelos en algo así como una especie de reconciliadores que expresarán cuán heterogénea es mi vida respecto de las suyas, es una especie de honestidad para con los modelos. Se vive en el placer sensible y mundano (y lo llaman cristianismo) — y luego se acusa recibo de los modelos intermediarios, a través de la hipocresía: soy demasiado humilde y modesto para codiciar lo extraordinario — ¿qué cosa extraordinaria? ¿Vivir en la pobreza y la miseria, odiado, maldito y, finalmente, asesinado?

Søren Kierkegaard, NB 25:92; SKS 24, 508. 


NOTA DEL EDITOR: Para algunos la navidad es una noche para atracarse con comida y ponerse en pedo, para otros no es nada. Algunos se ponen tristes porque se sienten más solos que el resto de los días, otros recuerdan los buenos viejos tiempos de la infancia. Otros no saben qué pensar o dudan entre varias opciones. Este pequeño texto de Kierkegaard, preciosamente traducido por primera vez al castellano por Ana Fioravanti, habla de un sentido posible y olvidado por casi todos. Pero lo mejor que tiene es que habla de un momento en el que estás presente.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

«Ama al prójimo como a ti mismo»: Lo imposible de Freud


Quizá hallemos la pista en uno de los pretendidos ideales postulados por la sociedad civilizada. Es el precepto «Amarás al prójimo como a ti mismo», que goza de universal nombradía y seguramente es más antiguo que el cristianismo, a pesar de que éste lo ostenta como su más encomiable conquista; pero sin duda no es muy antiguo, pues el hombre aún no lo conocíaen épocas ya históricas. Adoptemos frente al mismo una actitud ingenua, como si lo oyésemos por vez primera: entonces no podremos contener un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca por cualquier título. (Descarto aquí la utilidad que podría reportarme, así como su posible valor como objeto sexual, pues estas dos formas de vinculación nada tienen que ver con el precepto del amor al prójimo.) Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. En cambio, si me fuera extraño y si no me atrajese ninguno de sus propios valores, ninguna importancia que hubiera adquirido para mi vida afectiva entonces me sería muy difícil amarlo. Hasta sería injusto si lo amara, pues los míos aprecian mi amor como una demostración de preferencia, y les haría injusticia si los equiparase con un extraño. Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?

Examinándolo con mayor detenimiento, me encuentro con nuevas dificultades. Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio. No parece alimentar el mínimo amor por mi persona, no me demuestra la menor consideración. Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona. Más aún: ni siquiera es necesario que de ello derive un provecho; le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona, y cuanto más seguro se sienta, cuanto más inerme yo me encuentre, tanto más seguramente puedo esperar de él esta actitud para conmigo. Si se condujera de otro modo, si me demostrase consideración y respeto, a pesar de serle yo un extraño, estaría dispuesto por mi parte a retribuírselo de análoga manera, aunque no me obligara a ello precepto alguno. Aún más: si ese grandilocuente mandamiento rezara «Amarás al prójimo como el prójimo te ame a ti», nada tendría yo que objetar. Existe un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible y que despierta en mí una resistencia más violenta: «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero.

Llegado aquí, creo oír una voz que, llena de solemnidad, me advierte: «Precisamente porque tu prójimo no merece tu amor y es más bien tu enemigo, debes amarlo como a ti mismo.» Comprendo entonces que éste es un caso semejante al Credo quia absurdum.

Sigmund Freud, El malestar en la cultura, V

viernes, 21 de agosto de 2020

Las hayas y el bosque


por Pablo Navas

El año pasado tuve la oportunidad de revisitar el Museo del Prado en el marco de la celebración por sus 200 años. Uno de los recuerditos que me traje es esta imagen que reproduce el cuadro Cristo abrazando a San Bernardo.

Entiendo que el filósofo alemán W. Benjamin me advertiría acerca de la pérdida del aura a causa de la reproductibilidad técnica que sufrió la obra. Sin embargo me permite tener presente un trabajo de Francisco Ribalta (1565- 1628) de gran belleza. Y por otro lado ayuda a pensar mejor en ese 20 de agosto de 1153 en el cual el monje cistirciense fallecía.

Resuena aquello que los biógrafos de Bernardo marcaron sobre él: "las palabras reveladas que había aprendido en su celda las iba a rumiar en sus ocupaciones". Otros testimoniaron que lo escucharon decir que "la soledad del bosque, las hayas y las encinas habían sido sus principales maestros. Jamás tuve otros maestros que las hayas y el bosque".

Ribalta fue un artista importante del barroco español e influyó mucho la pintura Valenciana. Dedicó obras a otros hombres de fe como el Pobre de Asís, sobre el cual hizo Abrazo de san Francisco al Crucificado. Pero hay uno que me impacta muchísimo y es el que trata al fundador de la gran orden de los cartujos: s. Bruno.

En el Prado hay varios cuadros que retratan escenas de la vida del melifluo doctor, incluido Aparición de la Virgen a San Bernardo de Esteban Murillo.

viernes, 14 de agosto de 2020

Spoiler alert: el final del libro "Escuchar una voz"

Y unas pocas cosas más


Hoy se cumplieron 10 años de que salió de imprenta mi libro Kierkegaard: una introducción, también conocido como Escuchar una voz. Recuerdo perfectamente cómo estaba cuando salió el libro. Mal. Lo presentamos en San Telmo, una tirada supongo pequeña, se agotó, no se reeditó. La editorial me pagó veinte guitas y veinte ejemplares para repartir. Después pasaron cosas, un día veo que en España venden mi libro por miles de Euros en una edición que *yo habría publicado en Madrid en 2018* con una editorial que no sé cuánto, cosa que no hice. Averigüé, me dijeron que no sé qué. Aunque queda algún libro rondando por las librerías de AMBA como se dice ahora, y en mi casa debo tener tres ejemplares, en 2018 decidí encargarle a Ediciones del Fortín una reedición corregida y aumentada para que se descargue gratuitamente de internet. Si algún madrileño está embolsando euros con mi libro, yo se lo regalo a cualquiera.

Pero, bueno, esto es otra cosa. La primera cosa es que hoy se cumplen 10 años de la edición original, recordando perfectamente cómo me hallaba yo al ser publicado, mal, he resuelto espoilear acá el final del libro. También les dejo un link para que lo descarguen gratis entero acá. O le pagan una fortuna al gallego. O no hacen nada.

Espoileo el final y después agrego algo:

El amor al prójimo, a diferencia del amor de preferencia, no se determina por el objeto amado, es decir, mientras el objeto de nuestro amor sea así o asá, porque nos haga bien o nos dé placer. Al prójimo se lo ama por amor y por nada más:

“El simple amor se determina por su objeto, la amistad se determina por su objeto, sólo el amor al prójimo se determina por el amor mismo. La razón de esto radica en el hecho de que el prójimo es cada humano, de suerte que todas las diferencias quedan eliminadas del objeto y por eso cabalmente es reconocido este amor en cuanto su objeto no admite ninguna determinación aproximativa por parte de las diferencias, o dicho con otras palabras: que este amor solamente se reconoce por el amor. ¿No es esta la más alta perfección? Pues cuando el amor puede y tiene que reconocerse por alguna otra cosa distinta, entonces esta otra cosa representa en la misma relación como una sospecha contra el amor, como si este no fuese lo suficientemente abarcador, y en consecuencia, no hubiese infinito en el sentido de la eternidad; esa otra cosa representa para el amor mismo una cierta predisposición enfermiza. Y, consiguientemente, en esa sospecha habita escondida la angustia que hace que el amor y la amistad dependan de su objeto, la angustia capaz de encender los celos, la angustia capaz de llevarnos hasta la desesperación”.
Søren Kierkegaard, Las obras del amor

En este pasaje aparece la desesperación que produce el amor estético, tal como ha sido planteado en La repetición, es decir, el amor amenazado por el hastío, que puede derivar fácilmente en rutina y finalmente en odio cuando el objeto amado, por las razones que fueran, ya no nos gusta. La clave para que exista el amor al prójimo consiste en romper con el amor de preferencia. Este último es un vínculo entre un amante y su objeto amado. Esa relación establece un circuito que lo único que hace es alimentar un egoísmo recíproco: nos amamos en tanto nos satisfacemos mutuamente. Es una relación entre dos, y por lo tanto una relación especular, de reflejo, en la cual uno busca anclar el amor en el otro y, por eso, su amor depende del otro, y el amor del otro depende de uno. Un amor regido por el amado, que espera que el amado dicte la ley del amor, es amor de finitud, es decir, un amor condicional e infinitamente insatisfecho: por ello enciende la angustia, los celos y, en definitiva, la desesperación. Esta acepción del amor de preferencia puede remitirse sin demasiado forzamiento a la lucha a muerte de las autoconciencias contrapuestas por el reconocimiento del otro, que deriva, como desarrolló Hegel en la Fenomenología del espíritu, en una dialéctica del señor y el siervo. El amor al prójimo es cosa muy distinta.

¿Cómo se rompe el círculo de la preferencia y la desesperación? La clave está en la instancia de un tercero que sea Otro, un des-semejante que rompe con este juego de espejos. Este tercero es el amor mismo. Además del amante y del amado está el amor. La relación del amante y el amado se ancla en el amor. A la pregunta por quién es el Jesucristo de Kierkegaard no podemos responder con una fórmula especulativa ni con un aserto teórico: la apertura que plantea Las obras del amor es de índole práctica: el amor es el tercero que quiebra el juego especular entre dos amantes que tan sólo se prefieren hasta que se aburren, dejan de hacerlo y pasan a odiarse. El prójimo es el insignificante, al que vas a amar no porque sea especial, sino porque es; es decir: por amor.

El amor al prójimo no es amor al semejante, porque no se asienta en una identificación. La identificación es el amor propio, el mecanismo por el cual cada sujeto busca el reconocimiento del otro; el yo que necesita del otro para reconocerse a sí mismo, que se ve a sí mismo en el espejo del otro. Esta búsqueda del reflejo de un reflejo (de dos reflejos recíprocos) desencadena una inquietud infinita que deriva fácilmente en odio. Lo que puede romper con ese encierro es un otro, es decir: des-semejante de los amantes. El amar al prójimo como a ti mismo viene a romper con el más conocido amor al semejante. Así es como se plantea en el Evangelio. Cuando Cristo manda: ama al prójimo como a ti mismo está citando un pasaje del Antiguo Testamento [Levítico, 19, 16-18]. Se lee:

“No andéis difamando entre los tuyos; no demandéis contra la vida de tu prójimo. Yo Yaveh. No odiéis en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues por pecado por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En ese pasaje, el Antiguo Testamento parece referirse a una relación de proximidad: “los tuyos”, “tu hermano”, “los hijos de tu pueblo”. Amar al semejante, al amigo, al hermano, al que es como yo. ¿Esto implica que la necesidad de amor se agota en los míos, los cercanos, los próximos? Se trataría entonces de un amor de preferencia: prefiero a mi hermano antes que a un desconocido, prefiero al hijo de mi pueblo antes que al extraño, a mi amigo antes que a mi enemigo. Así el prójimo sería solo el próximo y el parecido a mí.

Pero unos renglones más abajo el Antiguo Testamento dice:

“Cuando un forastero resida junto a ti, en vuestra tierra, no lo molestéis. Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”.

Ahora se trata de amar al forastero como a uno de los tuyos. Uno podría entender que esa obligación radica en que el forastero ahora “reside junto a vosotros”, es decir, que se volvió un vecino y en razón de esa vecindad está cerca y por eso se lo debe amar. Sin embargo, el motivo que alega Yaveh es que “forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”. Es decir: que la razón para amarlo no sería exactamente la cercanía en que se encuentra el forastero, sino el hecho de que forasteros somos todos.

En el Nuevo Testamento estas relaciones de proximidad y lejanía se alteran de una manera paradójica y escandalosa. Se transfiguran. Jesús vuelve sobre esas antiguas palabras pero trastorna los significados lineales de proximidad y lejanía, introduce la ajenidad entre los que se encuentran cerca, la extrañeza entre los conocidos, la discordia entre los parientes y el amor entre los enemigos. ¿Niega de esta manera lo que decían las escrituras antiguas? Más bien diría que hace estallar, mediante el uso de paradojas, el sentido habitual de estas palabras:

“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él”. [Mateo 10, 34-36]

El cercano, el hermano, el próximo se vuelven de pronto enemigos. Hay un pasaje que constituye la ruptura radical con el amor de preferencia:

“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? ¿Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo los gentiles?”. [Mateo 5, 43-47]

La piedra de toque de cualquier amor fundado en las ventajas comparativas del objeto amado o el bien que el amado pueda hacernos está en el mandato de amar al enemigo, es decir, a aquel cuya presencia no me representa ninguna ventaja interesada, al que amo solo porque lo amo, aunque sea mi enemigo. En esta figura del enemigo amado está cifrado una vez más el problema ya planteado en Ejercitación del cristianismo: ¿por qué razones habría que amar a Jesús? ¿porque es elocuente? ¿porque hace milagros? Anticlimacus [pseudónimo de Kierkegaard, autor de Ejercitación del cristianismo] dice que Cristo es el incógnito, el hombre insignificante, que no tiene ningún atributo exterior por el cual pueda ser reconocido como el amor. Y sin embargo este prójimo es el amor. No hay manera de reconocerlo sino amándolo. No se trata de ningún reconocimiento por el cual “yo me doy cuenta de lo que vos sos y entonces te amo”. El acto de amor invierte la condición: el amor está puesto antes. Si lo amás, entonces aparece el prójimo. El amor precede al amante y al amado.

El análisis de la experiencia amorosa encuentra en Las obras del amor un despliegue y una riqueza que no se pueden suplir por una breve síntesis. Pero se hace evidente que esta problemática es un punto de confluencia de toda la obra kierkegaardiana. No es que este libro resuelva todos los dilemas que en el resto de la obra de Kierkegaard quedan como asuntos pendientes, porque el amor al prójimo no alcanzaría la densidad que presenta aquí si no fuera porque en las llamadas "obras estéticas" firmadas con diversos pseudónimos el autor exploró el callejón sin salida de la angustia ante la nada, la finitud, el enamoramiento, el tedio, las reglas comunitarias, el egoísmo, la desesperación y la percepción del sinsentido de la existencia. No es para anular esta problemática de la finitud que se apela a una sencilla fórmula del amor. La obra kierkegaardiana despliega todo el repertorio de los motivos por los cuales hay que desesperarse y deja en manos de cada lector la posibilidad de encontrar una puerta que está abierta sólo para él o que se cerrará para siempre.

* Espoileado el final, agrego algo. Alguien me dirá que por qué tanto Cristo de aquí y Cristo de allá, si acaso soy cristiano. Es un tema que hoy me suscita preguntas a las que cuando salió el libro no les daba mucha importancia. Sin embargo, diez años después, me parece que valdría la pena decir algo al respecto. Lo dejo para otro post.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Feinmann, el bruto de los dos



por Oscar A. Cuervo

Se sabe: José Pablo Feinmann ha escrito muchas cosas durante demasiado tiempo. Una lectura que vaya más allá de la cantidad de lo escrito constata que además escribe una alta proporción de tonterías por página.

Ayer sin ir más lejos se puso a hablar de los padres tiránicos de algunos músicos célebres y  eso lo habilita para hacer consideraciones teológicas y exégesis bíblicas. Pero Feinmann haciendo teología es un dolor de huevos: quiero decir, bajo y rotundo .

Dice por ejemplo esta soberana pavada:

Sin embargo, ¿quién fue el Creador del Mal? Dios. ¿No debía contener Dios una gran parte de esa sustancia (el Mal) para crear al Diablo? Desde luego. Satán es creado con sólo una parte del Mal que radica en Dios. “Luego de Aschwitz”, dirá Karl Löwith, “es imposible imaginar una divinidad por completo bondadosa”.  



Problematizar la idea de una divinidad "por completo bondadosa", señalando la existencia de la muerte y del mal en el mundo, eso lo ha hecho la antigua tradición judaica y después la cristiana, mucho antes de que Feinmann escribiera sus 10 primeras zonceras. Feinmann supone que los escritores de la Biblia no sabían lo que eran la guerra y la maldad. "¿Cómo es posible que Dios exista si un chiquito se muere de hambre?". Es como «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie» de Adorno, una banalidad con aires de importancia. Así se trivializa tanto la poesía como la guerra, la injusticia y la muerte. Los autores de estas acotaciones podrían hacer una lectura atenta al pasaje del Génesis donde se relata la historia de Abraham y su hijo Isaac. O más explícito aún, el Libro de Job, donde el protagonista discute estos problemas con el mismo Dios. De pensar un rato sobre el asunto, Feinmann podría seguir escribiendo pavadas ya sin tanto énfasis.

Otra que dice:

Esta figura del Padre no es cuestionada en el Nuevo Testamento, que acepta en bloque al Antiguo.

¿Por qué se habrá propuesto hacer una exégesis de textos cuya complejidad lo excede? Si se detuviera a analizar el pasaje del huerto de los olivos, o la drástica reformulación que hace Jesús del precepto del amor al prójimo que aparecía en el Antiguo Testamento, se habría evitado otro papelón.

José Pablo; aparta de mí ese cáliz.

lunes, 11 de agosto de 2014

Quintíntuits: Día kirchnerista de mierda como todos los que se avecinan. ¿En nuestras vidas?




Alejandro Ricagno deja un comentario en mi post anterior con los tuits de Quintín.

Dice Ricagno: "Aun teniendo mis diferencias y hasta diría mis grandes diferencias con O Cuervo, como ex miembro de La otra, y ex critico de EL Amante, sumo mi mas profundo repudio por las opiniones inclasificables, del "clasificable" Quintín. Me reservo la clasificación que merece porque no quiero caer en el nivel de su bajeza moral y humana, cuyo origen no alcanzo a entender en términos mediamete humanos. Sus Tuits con respecto a este tema han superado con creces los parámetros del resentieminto y el odio. Y eso q ha ha habido otros de ese tenor (recuerdo el caso Noble, en su blog y el de la muere de Videla).... Mientras tanto elijo brindar con Amor por el reencuentro de Guido y Estela. Y por muschos rencuentros màs, por todos los que faltan, y van llegar, y van llegar...
Atte Alejandro Ricagno".

El comentario tiene interés por diversos motivos, entre ellos porque Ricagno trabajó varios años con Quintín, antes de que Q se transformara en un fake de sí mismo.

Alguien me pregunta para qué darle más espacio a Quintín, para qué ayudar a difundir sus tuits. Tengo varias respuestas. Lo primero que se me ocurre es cierta fascinación que me producen. Yo discutí mucho con Q en su propio blog durante el 2007 y 2008, cuando todavía lo respetaba. La discusión siempre se da en la medida en que uno ve en el otro un ser posible. Apostamos a acercarnos en el terreno de la conversación, cuando reconocemos que algo nos distancia. Está claro que a partir de cierto momento ya no me resultó posible discutir con Q. Ahora me divierte leerlo, no sin morbo. No creo que esté tan loco como parece, se hace un poco más el loco de lo que está. Cuando tiene que participar en una mesa redonda sobre cine no actúa todavía con una demencia total. El loco es alguien que está fijo en una posición de la que no puede salir. Ergo: Q no está totalmente loco. Pero por otro lado hay cierto anegamiento en su historia personal. Desde hace al menos 7 años dice todos los días, todo el día "día kirchnerista de mierda como todos los que se avecinan". Esa monotonía es un rasgo de cierta cercanía a la locura.

No tengo cuentas personales pendientes con Q. No trabajé nunca con él, no me debe nada, no le debo nada. La única vez que hice algo con él fue reivindicarlo como crítico de cine y como director del BAFICI cuando lo echaron a la vez del BAFICI y de revista El Amante. Le dediqué la tapa del número 8 de revista La otra. Lo hice por eso de la de simpatía con el tipo caído en desgracia y porque él había hecho algunas cosas valiosas.

Ahora, creo que lo más interesante no es nada de esto. Quintín es un condensado de algo que lo excede. Supongo que en Argentina hay muchas personas (no la mayoría, por supuesto, ni muchísimas, pero sí muchas) que viven cotidianamente en este estado o casi, un poco menos. El kirchnerismo se especializó en hacerlos aflorar. Pero es claro que siempre han estado. Podemos escuchar el relato de nuestros padres de cuando los gorilas arrastraban los bustos de Evita en el 55, todos oímos contar del famoso "Viva el cáncer". Somos también el país del "algo habrán hecho". Entre la enfermedad en la piel que le produjo el peronismo a Martínez Estrada y la vivencia border de Quintín hay una continuidad innegable. Pero también hay conexión entre ellos y la escritura punzante de Carlos Pagni, que con técnica periodística y una neurosis más leve puede estilizar esa misma repulsa que lo domina.

Pero esta no es la nación de los quintines. Aunque haya muchos, no debemos olvidarnos de que la sociedad argentina supo elaborar el trauma de la dictadura de una manera quizás inédita en la historia mundial. Primeros fueron unas pocas madres que daban vueltas en torno a la Pirámide de Mayo. Se tomaron todo el tiempo de sus vidas en hacernos percibir las cosas que la mayoría no queríamos ver. Fueron hablando uno por uno. Se sobrepusieron no una sino novecientas mil veces a la estigmatización más potente que pudo intentar el terrorismo de estado y sus continuadores, hasta hoy. La manera en que la sociedad argentina reconstituyó sus zonas desgarradas es admirable: pacífica, paciente, humanista, perseverante, amorosa. Cuando leemos las noticias de la horrible manera en que gran parte de la sociedad israelí respalda el exterminio palestino tomamos nota de a qué extremo puede llegar una comunidad. Dios quiera nunca lleguemos a eso. Nosotros estamos, con la experiencia de las Madres y las Abuelas, decididamente en otro lado. Las ofensas recibidas fueron respondidas con una hermosa construcción colectiva de gran alcance y de gran estilo.

Esta semana la restitución de Guido, el nieto de Estela, precipitó una solución que viene preparándose desde hace décadas. Es el valor social del símbolo.

Los que dicen estupideces sobre el relato parece que desconocieran por completo la función decisiva de la producción simbólica de una sociedad. Por eso quizás, porque desconocen esto, es que no dan pie con bola desde que Claudio Escribano escribió "La Argentina ha resuelto darse gobierno por un año". Tenía razón Escribano: nos dimos gobierno por un año, después por otro año, y por otro, y otro y por varios más. Cada santo día. Esos son los días que cuenta Quintín atormentado. 

jueves, 24 de julio de 2014

Masacres, religiones y racionalidad




por Oscar Cuervo

La masacre en Gaza ha renovado una serie de debates en los cuales se esgrime el lugar común de que la responsabilidad de la violencia es de las religiones, porque a diferencia de la política o la ciencia, la religión es irracional y por ende, propicia la violencia. Apropósito de ello, comparto dos apuntes. El primero me llegó como comentario a un post anterior, el segundo es de cosecha propia.

I

Dice Gustavo Fainschtein:

"Respecto a la faceta religiosa del conflicto entre palestinos e israelíes:

"La cuestión religiosa ha sido y es, sobre todo, tomada y explotada por los intolerantes, los antisemitas, los antiislámicos y, en general, por los ignorantes. Según mi criterio, se trata de un problema colateral del conflicto en sí, aunque, como expresé, explotado por muchos para sus propios fines.

"Si realmente se quisiera introducir la religión en el conflicto, claramente no sería un problema sino, quizá, un principio de la solución (soy consciente de la ingenuidad de mi postura).

"Soy un judío creyente, aunque un practicante en mora para la ortodoxia. Si hay algo que me importa -y mucho- del judaísmo son sus enseñanzas éticas. Es fundamentalmente en ellas que baso mi religiosidad, procurando ser cada vez más un mejor judío, es decir, un mejor ser humano.

"Todo esto viene a cuento de que hay mandatos ("mitzvot" *) que muchos de los que se dicen "religiosos", "creyentes" o "devotos" ignoran amplia e hipócritamente, aún cuando pretenden vivir cumpliendo con el ritual, pero lo hacen "ritualmente", burocráticamente, y, por cierto, también con una gran dosis de hipocresía en la mayoría de los casos.

"El mandato es claro y contundente: nadie que se precie de buen judío puede ignorarlo. Hace muchos años que la cuestión ha sido abordada por el judaísmo y se sintetiza en la conocida leyenda talmúdica * que cuenta que un gentil se acercó al sabio Hillel  * y le manifestó su deseo de convertirse al judaísmo, pero sólo si Hillel le enseñaba toda la Torá * mientras él lograse estar parado en un solo pie. Hillel le respondió: "Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tus semejantes. Esa es toda la Torá, el resto es comentario".

"Esa regla, conocida universalmente como la "regla de oro", puede hallarse -formulada de diversas maneras- en muchas otras religiones, culturas y pensamientos filosóficos. En el islamismo (no es casual mi ejemplo) hay una "hadiz" * que dice: “Ninguno de vosotros habrá de completar su fe hasta que quiera para su hermano lo que quiere para sí mismo”.

"Por todo esto, considero que los mandatos de la religión o, mejor, de las religiones, si fueran seguidos sincera y lealmente, no podrían se utilizados para justificar absolutamente nada del conflicto palestino-israelí y, en todo caso, ayudarían mucho para su solución".

* Para los que desconocen algunos de los términos, incluyo un glosario de definiciones elementales y muy simplificadas:

- Talmúdico/a: del Talmud, un libro que compila discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, narraciones y dichos, parábolas, historias y leyendas.

- Hillel (también conocido como "Hillel, el Anciano" o "Hillel, el Sabio"): eminente rabino y maestro judío que vivió entre el 70 a. C. y 10 d. C.

- Torá: la Biblia hebrea, también conocida como Pentateuco, Primer Testamento.

- Hadiz: en el islamismo, narración o relato referido al profeta Mahoma."

II

Digo yo:

¿A diferencia de la política o la ciencia, la religión es irracional?

Me permito dudar de esa simpleza.

Dice alguien en un foro de debates: "Lo que hace un gobierno es analizable desde un punto de vista estrictamente racional, con datos concretos con los cuales se podrá estar de acuerdo o no. Una religión es una cuestión de fe, es decir totalmente irracional". Equivocado de punta a punta: todo es analizable: lo que hace un gobierno y lo que dice una religión. Los gobiernos pueden ser en sus actos racionales o irracionales.

Creo que quien dice que las religiones son irracionales mientras que la política y la ciencia son racionales confunde el discurso (sea político, religioso, filosófico o científico) con las acciones que se hacen en nombre de ellos, con la posibilidad de analizar cada uno de estos asuntos. Todo se puede analizar y criticar racionalmente, incluso el racionalismo, que no es una filosofía muy racional que digamos.

Actos de fe hay en política, donde uno decide adherir a una posición por motivos tanto racionales como por confianza en un colectivo o es sus líderes.

Actos de fe hay en la ciencia, donde los principios básicos de cualquier ciencia, incluso las que se consideran "exactas" o "duras", son siempre ideales e indemostrables. Hay actos de fe hay en la ciencia, donde nunca son concluyentes las demostraciones de verdad de una teoría ni tampoco las refutaciones. Así que muchas veces hay un mito de la razón que es tan religioso como cualquier religión.

Por otro lado, quiero agregar algo sobre la racionalidad: la racionalidad nunca nos proporciona motivos determinantes acerca de por qué es mejor no matar que matar. Matar no es irracional. Los campos de concentración son racionales. Masacrar es un acto perfectamente argumentable, tanto como no hacerlo. El capitalismo mata con su racionalidad financiera y bélica, así como el comunismo mató con su racionalidad revolucionaria. Cuando uno quiere encontrar motivos para optar por no matar, hay algo que no proviene de la ciencia ni de la política, son mandatos que fueron dichos hace miles de años: No matarás, Ama al prójimo como a ti mismo, Ámense los unos a los otros. Ninguna ciencia ha llegado a formular principios tan rotundos acerca del respeto amoroso entre seres humanos.

Por último, aclaro, por si hay algún cazafantasmas de la secta atea: no practico NINGUNA religión y no me siento superior a nadie por ello.

miércoles, 23 de julio de 2014

La vergüenza

"Nunca estuve tan avergonzado de ser israelí. Nunca estuve tan avergonzado de ser Judío", termina diciendo la nota del rabino Mijael Even David que reproduje ayer.



Creo que la vergüenza es un indicador personal de lo que uno podría hacer y no hizo ni está haciendo. Quizá alguien que asumió la misión de contribuir a un proyecto, un cierto proyecto de nación judía, puede sentir remordimiento por ver lo que terminó haciéndose con eso. En este caso no me parece ni absurdo ni tampoco incuestionable que alguien sienta vergüenza. De todos modos, la vergüenza y el remordimiento son sentimientos personales. Yo no soy judío y no conozco bien el contenido del judaísmo, así que no puedo terminar de comprender del todo qué connota esa vergüenza. Si yo fuera cristiano, me escandalizaría de ver a la iglesia cristiana, no podría compartir el mismo espacio con otros cristianos que consienten las abominaciones de la iglesia. Tampoco soy cristiano, pero comprendo un poco mejor los motivos por los que un cristiano tendría que repudiar a su iglesia.

Pero la vergüenza y el remordimiento son políticamente válidos si eso te lleva a mover algo de tu posición política, si militás por una reparación del bien mancillado. Si solo se reduce a vergüenza o remordimiento, queda en un plano puramente subjetivo.

Dice Mijael Even David: "Hoy perdimos cualquier superioridad moral que queríamos creer que teníamos. Somos exactamente como ellos".

No dice "éramos superiores", sino "queríamos creer que teníamos". "Somos exactamente como ellos" significa: Ellos son como nosotros, nosotros somos como ellos. Hemos matado a un niño por su raza y su etnicidad y eso desbarata nuestra fe. (Todo lo que de aquí en más pongo en itálicas es mi interpretación de los dichos de David).

Lo que para David termina de evidenciar el extravío que él siente como judío es que la comunidad a la que se dirige no comprenda que al matar a un niño palestino pierde razón de ser toda superioridad moral: Somos asesinos como cualquier asesino, no hay atajo de superioridad para justificar lo horrible que hicimos. No digamos que somos superiores porque no estamos a la altura de esas palabras. Somos una sociedad manchada por los brutales asesinatos que cometemos.

Y dice algo más, que para mí es la clave de todo el texto: [matamos] "con odio asesino y salvaje, sin ver al otro, sólo viendo que somos diferentes...". 

No somos capaces de ver al otro: creemos que somos diferentes pero somos iguales, para lo bueno o para lo malo.

Es decir: veamos al otro.

Es un mensaje de amor al prójimo. Y algo más.

Dice: "En el futuro, cuando estudien las leyendas sobre la destrucción de nuestra sociedad, de nuestro Estado, ellos leerán: 'Por el asesinato, la quema, el salvaje homicidio de Muhammad Abu Jdeir, nuestro Templo fue destruido, nuestra Tierra fue desolada y fuimos exiliados entre las Naciones'".

Me impresiona que profetice la destrucción de su Templo y la desolación de su Tierra. Creo que esta profecía demanda una interpretación: no está anunciando un evento futuro, que pueda ocurrir o no. Está diciendo: nosotros, asesinando a ese chico, hemos destruido nuestro templo y hemos desolado nuestra tierra...

"Pero no es sobre ellos, Dios Altísimo, ¡es sobre nosotros! Es sobre perdernos a nosotros mismos".

No conozco a este rabino, no soy experto en la fe judía, pero me conmueve la radicalidad existencial con que asume una responsabilidad comunitaria: por nuestros actos podemos perdernos.

Por último, creo que cuando uno habla, por más desesperado que esté, aún guarda un resto de esperanza. La gravedad de las palabras de Mijael Even-David guardan la esperanza de que sus semejantes lo escuchen y recapaciten.

domingo, 11 de mayo de 2014

Carlos Mugica no era un “cura villero” (El Elefante blanco de Pablo Trapero y las objeciones de Eduardo De La Serna y Horacio Verbitsky)

Hoy a medianoche en La otra.-radio. FM La Tribu. 88,7. Online


por Eduardo de la Serna

En medio de los actos de memoria por los 40 años del asesinato de Carlos Mugica, se me ocurre pensar un poco en “voz alta”.

Mugica no era un “cura villero”.

En realidad, no me gusta demasiado el adjetivo a continuación de “cura” en el sentido de “cura sanador”, por ejemplo. Pero además de eso, sin bien no hay duda que Carlos se jugó la vida en favor de los villeros, eso no me parece un todo. Carlos trabajó con grupos de estudiantes, participó de grupos misioneros, daba clases en la Universidad, escribía notas periodísticas, celebraba misa en San Francisco Solano y el Instituto de cultura religiosa superior, y no era cura misionero, cura capellán, cura universitario, cura periodista… A eso se puede sumar que no vivía –como se sabe- en la villa, y que si algo caracterizaba a Carlos Mugica era no estar quieto. Ir de un lado a otro en múltiples actividades lo caracterizaba sin duda. Era un cura. Así nomás, a secas. Un cura comprometido con los pobres, un cura con un enorme corazón entregado en favor de los pobres.

¿Dónde estaría Mugica hoy?

Obviamente decir demasiado simplistamente “Mugica no haría”, “Mugica estaría…”, “Mugica diría...” es una mera suposición, un “futurible”. Las personas solemos dar saltos adelante, frenos, cambios, conversiones o traiciones, solemos acelerar o frenar, solemos cambiar, para bien o para mal. Y Mugica también podría haberlo hecho. Por eso me guiaré con un criterio fundamental que me parece lógico y razonable. Creo que los más cercanos, aquellos con los que Mugica más se identificaba y se referenciaba eran los curas Alberto Carbone, Jorge Vernazza y Rodolfo Ricchiardelli. Por eso creo que mirar los caminos que ellos dieron, los pasos que siguieron es un buen indicio de suponer dónde estaría hoy Carlos.

Eso me permite suponer que hoy Carlos estaría en la Cofradía de la Virgen de Luján. Creo muy probable que así fuera. Obviamente hay que ver cómo le habría “pegado” la Dictadura, la desaparición de tantos amigos y amigas (tantos queridísimos), los exilios, la democracia y sus “idas y vueltas”, los Gobiernos sucesivos… Y la Iglesia, el invierno eclesial, la evolución e involución teológica, los papas, los obispos, el clero… Muchos curas amigos de Carlos o compañeros acompañaron a los villeros cuando estos fueron erradicados (como Jorge Goñi y Daniel de la Sierra, ambos luego en Quilmes, y ambos luego muertos en accidentes viales). Como “cura en la villa” creo que Carlos sería mucho más parecido a Richiardelli que al cura de la película Elefante Blanco *, por ejemplo (creo que es la antítesis de lo que Carlos y Rodolfo eran).

Además de esa mirada a los curas amigos, creo que algo caracterizó a Carlos y difícilmente hubiera cambiado era su enorme capacidad de dejarse convertir por los pobres. Algo tan profundamente arraigado como su antiperonismo pudo cambiar de raíz cuando supo “escuchar” el clamor de los pobres ante el derrocamiento de Perón. Otro ejemplo, quizás más sutil pero más “teológico y pastoral” fue su actitud frente a los villeros: la actitud inicial de su formación “francesa” como era habitual en la teología de su tiempo, empieza lentamente a cambiar (bajo la evidente influencia de los teólogos Lucio Gera y Rafael Tello) a una teología más popular, más latinoamericana, más nacional y popular. Y eso también se manifiesta en sus actitudes pastorales hacia los habitantes de la villa 31.

Es un paso interesante el que supo dar la teología en Argentina en este caso. La actitud hacia el pueblo de los documentos de Medellín tiene una característica que en cierto modo sigue reflejando esa “teología europea”: el pueblo debe ser concientizado, el trabajo con élites debe ser priorizado, el criterio puede definirse como un “desde arriba hacia abajo”. El documento del episcopado Argentino, aplicando Medellín en Argentina (1969), fuertemente influido –entre otros por Rafael Tello y Lucio Gera- prefirió hablar de un pensar y obrar “desde el pueblo mismo”, lo cual provocó un fuerte cambio. Incluso elementos del maoísmo, o de Camilo Torres (“debemos ascender a la clase popular”) le sirven a Mugica en ese sentido, como se ve en uno de sus últimos actos en la villa (1974) cuando renuncia a su cargo en el Ministerio de Bienestar Social citando expresamente esta frase. De hecho, esta preposición será luego muy tenida en cuenta en las teologías de la liberación (“desde el lugar del pobre”, “desde las víctimas”, “desde la mujer”, “desde los insignificantes”…). Nada se piensa “desde” un lugar de asepsia, y ese “lugar” será clave en el mismo pensar, en las palabras, en la dirección y para qué del hablar. La posición de Carlos Mugica de pensar, actuar y hablar cada vez más “desde” los pobres –y los pobres concretos de la villa 31- nos permiten creer que hoy estaría más cerca de los que ayer en la biblioteca Nacional cantaban cantos cercanos al gobierno Nacional, que a muchos que se presentan como oposición, particularmente desde una perspectiva cercana al capitalismo.

Mugica es mártir.

Teológicamente un mártir no es solamente una bandera que se levanta. Un mártir es una palabra que Dios dice a su tiempo y en un lugar especial. Mugica es una palabra que Dios nos dirige, sobre la Iglesia, sobre el ser cura. Sobre una Iglesia en primavera, Iglesia de diálogo, Iglesia abierta a las realidades humanas. Las palabras de Carlos sobre política, cine, sobre marxismo o psicología revelan una actitud concreta frente a las realidades que nos interpelan a diario, y frente a las cuales “cierto otro modo de ser Iglesia”, una Iglesia del silencio, la “diplomacia” y el invierno, no puede confrontar, dialogar y –por lo tanto- no puede dar respuestas, especialmente porque no tiene preguntas. En Mugica Dios nos habla sobre la Iglesia (quizás por eso se está tan lejos de su canonización). Pero también nos habla de un ser cura, un cura de y para los pobres, un cura que quiere pensar “desde el pueblo mismo”, y dejarse convertir por el pueblo. Pero esto puede suponer un riesgo, el riesgo de presentar un Mugica domesticado, lejos de la palabra profética, encarnada, política, lejos del conflicto social e incluso intra-eclesial, un Mugica que no molesta a nadie.

El Mugica que iba más allá de los márgenes, como expresó María Sucarrat en la Biblioteca Nacional el pasado miércoles 7 no parece encajar en el cura que todos aplauden. Así como Dios es manipulable y podemos transformarlo en un ídolo, no es menos cierto que el Carlos profeta puede manipularse en un “falso profeta”, en una voz que Dios no pronuncia.

«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque edifican los sepulcros de los profetas y adornan los monumentos de los justos, y dicen: «Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!» Con lo cual atestiguan contra ustedes mismos que son hijos de los que mataron a los profetas. (Mt 23:29-31)

Bienaventurados serán cuando los hombres los odien, cuando los expulsen, los injurien y proscriban el nombre de ustedes como malo, por causa del Hijo del hombre. (…) ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de ustedes!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas. (Lc 6:22.26)

Si Carlos Mugica no nos interpela gritándonos dónde estar, qué Iglesia ser, qué clase de curas, pues creo que nos hemos hecho un “cura a nuestra imagen”, hemos hecho una caricatura, un deformado como aquella película de Buñuel que Carlos comentaba hablando de una Iglesia deformada. En sus 40 años de martirio, ojalá que Carlos Mugica nos siga interpelando, nos siga molestando, que su voz nos ubique junto al pueblo y su sangre lave nuestras mediocridades.


***



* A propósito de la diferencia que establece De la Serna entre la militancia cristiana de Mugica y el trabajo eclesial del los "curas villeros" que se muestra en la película de Pablo Trapero Elefante Blanco, acota hoy Horacio Verbitsky en Página 12:

"El asesor eclesiástico de esa película fue Gustavo Carrara, el coordinador designado por Bergoglio para los ahora sí llamados curas villeros y mencionado como próximo obispo. La película presenta el trabajo de los curas como una misión heroica en un mundo de pigmeos. Los únicos personajes definidos son los sacerdotes y una trabajadora social que comparte la tarea con ellos y que miran al resto como un hormiguero, desde muy alto. Todo lo bueno viene de afuera, nada surge de la villa, ni un partido de fútbol, ni una cooperativa. Los habitantes del barrio son vistos como una masa amorfa, sin rasgos que los distingan salvo el consumo de drogas. No participan de organizaciones sociales ni políticas, que sólo aparecen durante la ocupación de un terreno representadas como un grupo tumultuoso del que nada se explica. Lo único que hacen los curas además de impartir los sacramentos es llevar a los chicos de la villa a un centro de rehabilitación. Esa es la principal actividad de la pastoral villera. De la lucha por el pan y el cambio revolucionario a la abstención del consumo de drogas, un abismo.

Al leer las notas de Eduardo de La Serna y de Horacio Verbitsky sobre Mugica y las alusiones a Elefante blanco, vino inmediatamente a mi memoria una nota sobre la película de Trapero que publiqué en este blog el 30 de mayo de 2012. Y me sorprendieron las notables coincidencias, asombrosas para mí, que no soy un conocedor de asuntos eclesiales ni un experto en sacerdotes del tercer mundo. Algo de lo que yo escribía en 2012:

La película está dedicada al cura tercermundista Carlos Mujica, incluye referencias explícitas y homenajes a su figura en un par de escenas y al final propone, en la suerte que corre Darín, una analogía entre el personaje real y el ficticio. De esta manera, Trapero promueve un delicado equívoco: Mujica no era un cura villero y sus héroes de ficción no son curas tercermundistas. La figura de Mujica puede ser admirada o discutida (lo segundo es más provechoso que lo primero); pero es jodido tergiversarla en función del espectáculo. La tarea que desempeñan los curas diseñados por Trapero, Mitre y Fadel es la de una reducción de los daños: siempre están exhortando a los diversos actores del conflicto (los villeros, los narcos, la policía, los sindicalistas, el obispo, el poder político) a que concilien, a que bajen la intensidad del enfrentamiento; en muchas escenas, del principio al fin, se los ve luchar denodadamente para evitar el estallido de violencia. La fría decisión de los guionistas es que los personajes fracasen en el momento decisivo. El pesimismo garpa. También se ve a los curas rezando y llorando compungidos por su impotencia ante la injusticia del mundo. Curiosamente, no se los ve predicando el Evangelio. De hacerlo, los personajes deberían haber optado entre una interpretación conciliadora y otra liberadora de la palabra de Cristo: ese dilema se le planteó a Mujica, a quien el film homenajea, pero los guionistas no se lo permiten a sus criaturas

Los tres personajes principales dialogan profusamente -pedagógicamente, en relación con los espectadores- sobre su tarea en la villa, explican sus problemas psicológicos y sus dificultades logísticas. Pero en ningún momento sus conciencias rozan la dimensión política del conflicto. Más bien todos parecen naturalizar la relación de fuerzas vigente: los pobres siguen pobres, los curas siguen curas, los narcos y la policía hacen lo que se espera de ellos, el obispo intima a los curas a encuadrarse, los políticos prometen y los sindicalistas protestan. Trapero los filma a todos como si la historia no existiera, como si sus personajes respondieran a arquetipos intemporales y la estructura del mundo fuera inmodificable, lo cual no es una opción política neutra, sino reaccionaria. Incluso si nos remitiéramos a la dimensión puramente ética de los personajes, Trapero los filma sin posibilidades, lo cual los priva de libertad. El epílogo es tramposo: Renier, tras el fracaso de su proyecto pastoral, se queda pensando en silencio y solo. Ese silencio podría preanunciar un salto en la conciencia del personaje (¿estará a punto de decir "NO", como el protagonista de El estudiante?), pero esta lectura parece forzada en una película que hasta el momento lo explicó todo mediante diálogos abundantes. 

Los temas "controversiales", como la droga, el narcotráfico, la violencia policial y el celibato sacerdotal, se reducen a condimentar el drama principal. Los narcos parecen brotar del seno profundo de la villa, sin conexión con el exterior; la institución del celibato le otorga un sabor prohibido al romance entre Renier y Guzmán, pero no abre un frente de conflicto con la normativa eclesiástca; la violencia policial queda impune porque sirve a los fines narrativos, para "sacrificar" al protagonista. Se puede hablar de tantas cosas sin decir nada.

¿Por qué un cineasta como Trapero elige hacer una película sobre la villa, después de haber hecho otras sobre la policía, el sistema carcelario o la industria del juicio por mala praxis médica? Esta pregunta puede extenderse a las películas que sus guionistas hicieron sobre la militancia universitaria y la fuga de la reclusión de un grupo de delincuentes juveniles. Hay un tenaz ejercicio de profesionalismo en esa versatilidad para saltar de mundo en mundo. Pero en todos los casos es imposible ocultar la posición desde la cual este sistema narrativo enuncia sus fábulas, el punto de vista desde el que se observa el mundo. En Elefante Blanco los villeros aparecen invariablemente como una masa indiferenciada, objetos sin voz dramática propia, una fuerza natural destinada a hundirse en su fango de miseria, droga y violencia autodestructiva, incapaces de conquistar una conciencia propia, reducidos a su función de marco para que los protagonistas, burgueses o pequeñoburgueses, como los autores, desplieguen sus conflictos existenciales y elaboren sus deseos. ¿Para quién filma Trapero? (Completo acá)