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viernes, 15 de agosto de 2025

Menem, farsa y tragedia


Análisis de la serie Menem, el show del presidente (Ariel Winograd, Prime Video, 2025), a cargo de Oscar Cuervo, en conversación con Maximiliano Diomedi, en Patologías Culturales, FM La Tribu, 9 de agosto de 2025.

 
"Es entretenida" dicen los sagaces comentaristas, como si pudiéramos distraernos con nuestra tragedia.
 

Menem no fue un personaje farsesco o no fue solo eso. Fue quien encabezó un proceso de destrucción de la soberanía popular y el PJ de hoy todavía se debate en esa agonía. Como sujeto histórico, no fue solamente un pícaro o un farsante, fue además un trágico, que perdió toda dignidad al traicionar. Lo que estaría a la altura de tal personaje sería un relato sobre la traición, encarnada por un tipo que fue renunciando a todo respeto por su historia y su origen. Pero no se trata solo de un personaje, también hubo una dirigencia política acoplada a esa traición, hasta hacer que el peronismo ya no signifique nada, como lo muestra la foto.


Ninguna de estas complejidades preocupan a los productores y el realizador de la serie: declaran desde la placa inicial su desentendimiento por el rigor histórico, ya que, dicen, todo está al servicio del interés dramático. Pero el drama tampoco funciona. Winograd elige respetar el género farsesco con que el menemismo de los 90 se narró a sí mismo. Pero la farsa menemista era sólo un recurso para manejar la conversación -la mentada pizza con champán- mientras se procedía a la tragedia social y la traición histórica. Entonces lo que podría haber sido un desafío formal, agazapar la traición y la tragedia detrás de la farsa, termina siendo un acople inconsistente de episodios rendidos a la retórica televisiva noventista. Quizá el menemismo algún día dé lugar a un relato a la altura de nuestra tragedia. Mientras tanto, seguiremos repitiendo los síntomas sin apropiarnos del significado.

jueves, 27 de marzo de 2025

Adolescence overrated

Y bien, ¿qué es esto de "la última maravilla" de Netflix de la que todos están hablando? Facebook funciona como red social para compartir entusiasmos y efusiones sentimentales. Del tipo: "es la película que todo padre debería ver para entender a sus hijos". La idea que verbalizan y que indica que el producto se instaló con eficacia es esta: "si sos padre, sos un poco culpable de algo a lo que no le prestaste atención en tus hijos". Adolescencia refiere a la vida en las redes sociales, específicamente en usuarios infantojuveniles, como dimensión que escapa a la mirada de los padres, quienes presuntamente no prestan suficiente atención a lo que sus hijos hacen. La serie deja aflorar cierta jerga ("incels", "nudes", "acoso") asociada a los intercambios de las redes y a las formas de opresión que reproducen. Adolescencia sobrevuela estas temáticas sin plantear ninguna pregunta seria ni incomodar demasiado a nadie, más allá de "la vi con mi hijo y me sentí muy conmovido", conmoción que se olvidará el mes próximo cuando Netflix lance otro producto.

La psiquiatra parece estar interesada en comprender la subjetividad del chico pero en un giro muy artificioso de pronto parece que lo único que quiere es comprobar si es imputable. Después de tres largas y reiterativas charlas que terminan más o menos parecidas en las que ella parece estar conmovida, ella se muestra fría y distante al haber comprobado su imputabilidad, pero el relato no le dedica suficiente tiempo a entender si ella es una sádica que quería hacerlo caer en la trampa o en algún momento la experiencia del pibe la interpela. La serie decide que ya es hora de dejar a ambos personajes, como si lo que nos mostraron durante una hora no tuviera importancia. Entonces: ¿es un femicida que merece ser castigado o es objeto de violencia institucional por parte del dispositivo jurídico psiquiátrico? Creo que la serie da lugar a que unos y otros entiendan lo que mejor les va, poniéndose de un lado y del otro. No sé si se trata de una campaña para bajar la edad de la imputabilidad o como dicen otros "una denuncia de la violencia patriarcal en las redes sociales", o una apelación a que los padres sepan mejor en qué anden sus hijos. La serie es suficientemente superficial en sus sentimientos como para dar lugar a que cada uno entienda lo que le conviene. En Gran Bretaña, donde suceden los hechos, los chicos son imputables desde los 10 años, por lo que no se ve que la detención del pibe plantee en sí ninguna rareza, cosa que acá si pasaría. 

El yeite del plano secuencia es totalmente disociado del conflicto. No se trata de exigir la máxima tensión y atención temporal y espacial, sino de una cámara movediza que muestra que ningún salto de lugar o distancia le resulta inaccesible a la tecnología actual. Es decir, una forma sometida totalmente al tour de force, que no interroga o mediatiza el conflicto narrado. La continuidad de la toma de cámara que sube y baja, entra y sale, se acerca y se aleja no responde a ninguna perspectiva que revele algo diferente de lo que se podría narrar en un dispositivo formal con cortes.

Tampoco se apuesta al realismo porque es absolutamente irreal que un punto de vista pueda salir del interior de un auto y elevarse hasta sobrevolar la ciudad, después bajar en el punto exacto donde otro personaje secundario dice algo relacionado con lo que se está narrando. Solo se logra trasmitir la idea de un mundo cerrado en el que la cámara puede estar cada vez en el lugar más apropiado para seguir un guión omnisciente. El alarde narrativo le da a los espectadores un plus de destreza que la narración con cortes no proporciona. Lo que se dice a la vez que el drama del joven asesino y el padre devastado es: "usted está viendo algo importante, admirelo, que nos costó un gran esfuerzo". Las actuaciones están muy bien y quizá sea lo único que está muy bien en un relato lleno de clises y estímulos sentimentales.

domingo, 26 de febrero de 2023

División Palermo y la incorrección política: el larretismo cultural

Algunos amigos celebran la calidad de la serie de Netflix sobre la policía metropolitana y/o guardia urbana (la confusión entre ambos dispositivos es promovida por la serie).

La risa con que algunos celebran el particular humor de la serie (principalmente destinado a burlarse a la corrección política) merece un análisis más detenido.

Vi solo dos capítulos y al detectar estos mecanismos y confusiones, además de no apreciar una progresión narrativa sino una mera acumulación de gags, la reiteración me produjo fatiga, por lo que abandoné la serie. Los que me la recomendaron me dijeron que al cuarto capítulo mejora, frase que se escucha siempre en la boca de los que te recomiendan series. A veces los cuatro capítulos se prorrogan hasta dos temporadas: "la tercera temporada mejora".

El mecanismo de División Palermo es un cúmulo de variaciones de chistes mayormente basados en provocar gracia en base a la transgresión de las normas de corrección política. No soy defensor de las falsas prácticas de inclusión mediante las paráfrasis (no decirle ciego a un ciego, por ejemplo) o las normas de inclusión positiva (que haya un marrón o una paralítica entre los blancos hegemónicos), pero creo que la gracia que causan esos gags deriva de una ridiculización del problema.

Ese aire transgresor en esta época es una forma del acatamiento de la discriminación (la otra, más franca y brutal, es el desprecio desembozado de la ultraderecha). Esta diferencia la considero una analogía entre halcones y palomas del sistema neoliberal: los fachos declarados y los que se ríen de los marrones y paralíticos con conciencia de la incorrección política. Además de no haber mérito artístico en la repetición del recurso, habría que analizar el sentido político del consumo irónico de la corrección política. La nueva comedia americana se basa esencialmente en burlarse de la corrección política. En la vieja comedia argentina de los 70 y 80 se bastardeaba a mujeres, gays y enanos.

El humorismo machista de los 70 hoy no sería eficaz, entonces se apela al sarcasmo sobre la corrección política. No nos reímos del enano sino del que le dice persona pequeña al enano. Además el enano, el marrón y la paralítica no son personajes con espesor dramático sino solo la función "enano", "paralítica" o "marrón", propicia para los chistes contra el estereotipo.

Quien como yo no encuentra gracioso ese gag reiterado es tildado de puritano, falto de humor o -lo peor- burlado como políticamente correcto. En el mecanismo fascista directo de los 70/80 y en el metalenguaje humorístico de la actualidad la discriminación subsiste. El mecanismo es tan coercitivo que ahora hay personas que se avergüenzan por no discriminar o por no burlarse de quienes no quieren discriminar, aunque más no sea a través de una paráfrasis. La burla a la corrección política no altera la discriminación ni cuestiona el statu quo ni los modelos hegemónicos. Esta burla es una variante light del ataque brutal de Viviana Canosa o Baby Etchecopar.

De hecho gran parte de los sketches humorísticos celebrados por el mainstream consisten en burlarse de la corrección. Es una aviesa y oblicua forma de consolidar los estereotipos y complacer al sistema. A mí gracia no me causan, ni me revelan una construcción artística valorable.

Esto es el larretismo cultural y la gracia que causa en mis amigos progres en parte explica por qué el macrismo gobierna la ciudad desde hace 16 años.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Netflix es la iglesia evangélica de la pequeñoburguesía ilustrada

El Reino, la serie de los Piñeiyro que traza un retrato burdo y estigmatizante de las religiosidades populares, logra el milagro de que hasta algunas muy buenas actrices actúen muy mal  


La serie de Marcelo Piñeyro y Claudia Piñeiro El Reino es analizada en nuestra columna radial en Patologías Culturales, el programa que sale los sábados a las 18 conducido por Maximiliano Diomedi. En esta columna se analizan la pobreza estética y la estigmatización política de un producto típico para el consumo de las pequeño-burguesías ilustradas que acceden a la industria cultural a través de Netflix. El fenómeno de las iglesias evangélicas es dibujado en la serie con trazos burdos y sin internarse en la heterogeneidad de la religiosidad popular. Piñeyro y Piñeiro logran el milagro de que aún actrices y actores muy buenos estén todos muy mal en El Reino. Escuchen la columna de Oscar Cuervo acá.
 

A Marcelo Piñeyro lo conocemos porque a principio de los 90 adulteró el relato de los inicios del rock argentino en la mediocre Tango Feroz. Claudia Piñeiro aduce persecución solo porque la torpeza con que ejecutó el guión de la serie recibió críticas por su visión estigmatizadora del campo heterogéneo de las iglesias evangélicas.

Las denuncias que hicieron los Piñeiyro sobre los "intentos de censura" fueron en realidad parte de la campaña promocional del producto de Netflix. La serie sigue exhibiéndose sin ningún problema y la autovictimización de sus autores logró que incluso la izquierda troskista se montara en la operación estigmatizadora contra sectores religiosos populares que ofrecen una complejidad sociológica que merecería un tratamiento más serio. 

La autovictimización de Claudia Piñeiro, alegando un intento de censura que no existe, nos hace recordar que ella es la pareja de Ricardo Gil Lavedra, el autor intelectual del lawfare contra Milagro Sala. ´Hay un patrón político común en ambas operaciones: la condena anticipada que sufrió la dirigente de la Tupac y la condena mediática que desde una plataforma trasnacional denigra con un trazo grueso a un conjunto de iglesias muy heterogéneo. Los públicos de clase media evangelizados espiritualmente por Netflix son volubles a la distorsión mediática que demoniza a los luchadores populares y se burla de formas de religiosidad no establecida. No importa la verdad sino una verosimilitud diseñada para públicos autocomplacientes y distraídos. La demonización, mediática o jurídica, se hace siempre en nombre de valores republicanos y en salvaguarda de la libertad de expresión. La barbarie de la televidencia ilustrada, en fin.

jueves, 14 de enero de 2021

Mi película favorita de 2020: We are who we are


Luca  Guadagnino, el director de Call me by your name, hizo su mejor película, We are who we are... y salió como serie en ocho episodios en HBO. Dice que no ve series porque no le gustan. Iba a estrenarla en la Quincena de los realizadores de Cannes en una proyección de ocho horas seguidas pero la pandemia la mandó directo a las pantallas hogareñas. De todas formas, el planteo de We are who we are es enteramente cinematográfico, alejado de los procedimientos de las series que enucnian los conflictos narrativos por medio de los diálogos de sus personajes. En Guadagnino rige el movimiento, el corte, los acercamientos, las distancias, la simultaneidad, los saltos, los desvíos, los bordes del cuadro, las miradas, los enfoques, la luz, las sombras, la vibración de los colores, las cadencias, los planos sonoros, las palabras que no se dicen o se dicen pero no se escuchan, el suspenso generado por la forma y no por la peripecia. 


Los primeros capítulos despliegan cantidad de cruces que no se subordinan a un eje argumental. Lo curioso es que se ubica en una base militar yanqui en Italia pero lo bélico solo está latente, como una bomba haciendo tic tac debajo de la mesa mientras miramos otra cosa. La bomba tarda seis capítulos en explotar y, cuando explota, no se ve. Guadagnino esquiva expectativas y hábitos narrativos. Es un intruso en el mundo de las series que usa armas del cine: tiempo, espacio, fuera de campo, deseo de espiar.


En el trasfondo se están desarrollando las elecciones que darían el triunfo a Trump sobre Clinton. Ese hilo entra como un rumor de fondo, historiza una mirada que parece apuntar a otra cosa: el primer amor del hijo de una oficial del ejército yanqui.


¿Qué dirían quienes quisieran contar la obra con una sola premisa argumental? ¿Es un coming of age? ¿Una historia de amor de ocho horas que termina con un beso o con cuatro? ¿Retrata a una familia queer? ¿A un joven snob neoyorquino en el extranjero? ¿La liberalidad de costumbres en un contexto militar? ¿Las grietas del imperio? 


El episodio seis, el más romántico de la serie, termina con un discurso de Trump anunciando que no va a aceptar un fraude en las elecciones. Un giro desconcertante que llevará a la jefa militar a decir "el mundo ahora requiere decisiones fuertes" y a enfrentar una crisis de mando y también en la relación con su hijo. Entre las capas menos evidentes, lo más interesante de We are who we are es su forma de plantear las relaciones no explícitas entre el cine y el dispositivo bélico  Desde el principio instala tensiones eróticas no verbalizadas, pero Guadagnino crea una forma que piensa las tensiones del cine actual: cine, series, eros, guerra.

Hizo mi película favorita del año que pasó.


jueves, 3 de mayo de 2018

Netflix, el deseo y la compulsión


por Lidia Ferrari

Los productos del cine y la televisión se modifican, pero el cambio actual más importante es la manera en la cual tenemos acceso a ellos, correlativa a cómo se nos presentan las “cosas” en el mundo. Cada vez más se elimina la intermediación entre nosotros y las cosas del mundo, si es que sigue siendo posible delimitar esta separación.

Existe una clara diferencia entre ver una película que dura dos horas en el cine y la posibilidad de ver 15 horas seguidas al adicto de una serie favorita. Lo que lo hace posible es el dispositivo tecnológico que le permite a alguien obtener de manera inmediata el objeto que anhela. Comprando los DVD o abonándose a una proveedora como Netflix puede elegir (o cree que está eligiendo) ver lo que quiere y cuando quiere, sin mediación alguna. ¿Qué es lo que se juega en esta inmediatez de acceso al objeto? En primer lugar, habría una relación más directa entre ese ser hablante y el objeto de su deseo. ¿Podemos caracterizar a este objeto (una serie, un film) como un objeto de deseo? La misma película o serie puede oscilar entre ser algo deseable o transformarse en un objeto de la compulsión. Ahora bien, el sujeto está inerme frente a esta capacidad tecnológica puesta a su servicio. Inerme en tanto la pulsación temporal necesaria para que haya un espacio entre el deseo y su objeto se elimina o se dilata; espacio que debe soportar un vacío para sostener precisamente su estatuto de deseo. El objeto se presenta de tal manera que no aparece una escansión entre el sujeto y el objeto. De allí que alguien no estará sólo determinado por su estructura y su posición subjetiva, sino que sufrirá la impronta del acceso directo al recurso tecnológico. Así es que podemos pensar que esta tecnología fomenta la producción de un sujeto compulsivo. Ahora bien, este sujeto se encuentra inerme frente a los dispositivos tecnológicos. Una de las pocas operaciones con que puede responder a este carácter invasivo de lo tecnológico es la abstinencia. Así, en la abstinencia, dar lugar a la separación con ese objeto de goce.

¿Cuál sería una pérdida infringida con este nuevo sistema de consumo ilimitado de series en el living de la casa, a la medida del consumidor (una de las ficciones que ofrecen es esta idea de “a medida del consumidor”)?

La pérdida del «rendez-vous». Se pierde la cita en un tiempo establecido por el Otro. Durante un tiempo esperaba con anhelo la cita de los domingos a las 19:30 de la serie Columbo o la de los sábados la tarde con el Inspector Morse. Había allí la promesa de un encuentro con algo o alguien que no me había faltado “en sí”, sino que había producido la falta de ese “rendez-vous”.

Era el momento donde mi fantasma se tomaba una pausa y se dejaba conducir por los fantasmas que creaba el film. En la actualidad falta el momento en el que uno “se hace la película”. Ya no te hacés ninguna película, pues las encontrás hechas y, con su potencia tecnológica, se imponen. La cita con Columbo era promesa de un momento de reclusión en la intimidad de la casa, con ese personaje con el cual convivir una experiencia de hora y media para luego seguir con la vida cotidiana, es decir, recuperar los propios fantasmas y la propia realidad. Este rendez-vous suponía que entre el sumergirme en los fantasmas que me propone la serie y yo había un tiempo de espera, un tiempo de deseo, un tiempo para que se reconstituyan las ganas.

No sólo se trata de una diferencia en la cantidad del tiempo cronometrado. El estatuto de esa temporalidad es bien diferente, porque esperando al Inspector Morse algo se impone del lado del Otro que me barra en tanto me obliga a esperar. Esa condición estructural de la cita es la que me alivia de la posibilidad de sumergirme en un goce sin límite alguno.


La satisfacción de ver el film en el día y hora en que se da en el cine y no en cualquier momento proviene del encontrarse con una ficción en la cual entro y también salgo a una hora determinada. Es una satisfacción ligada al principio del placer que empieza y termina en esa cita, que precisamente porque termina me hace desear volver a tenerla. Cuando puedo ver la serie en cualquier momento, las ganas se opacan. No hay la pulsación temporal del deseo como insatisfecho.

Estas posibilidades tecnológicas no tienen acceso directo a la singularidad inconsciente del sujeto sino que lo interceptan, le imponen tiempos que incidirán en sus síntomas y por qué no, en sus fantasmas. Será un sujeto permanentemente interceptado por fantasmas de formato establecido. Formato que también engaña cuando impone series y películas que “denuncian” este mismo formato. La crítica a estos dispositivos está presente en el contenido de muchas series y películas. Se trata de una reflexión crítica seguramente pensada para captar a todo el espectro del público, es decir, también dirigida a personas esclarecidas y críticas del sistema. Pero el problema no es el contenido de la serie o película, pues su potencia radica en el formato que anula la experiencia de la distancia con el objeto de goce.

El rendez-vous con Columbo [1] se aproxima a la experiencia del ritual. Adolecemos de rituales colectivos que nos convoquen desde ese Otro que nos podría llamar periódicamente a una reunión para restablecer el sentido de nuestros lazos.

El ritual de la sala de cine y de la serie semanal conservan el estatuto de ese lugar en el cual nos sumergimos en una experiencia virtual ficcional, pero lo hacemos de modo acotado.

En la maratón de series, ese atracón sin parar, el objeto puede devorar al sujeto [2]. Como en toda ficción, uno se sumerge en el relato que le oferta la identificación con los héroes y personajes para olvidarse por un rato quién es, para jugar a ser otro. Pero si se trata de un atracón de 15 horas, la separación entre ese objeto virtual y el sujeto se aplaza tanto que podríamos preguntarnos cómo se recupera el sujeto después.

La ficción es uno de los más ancestrales modos de huida de los propios fantasmas neuróticos y también de la realidad que angustia. Pero con el atracón de series aparece una manera de ser otro que no nos obliga a retornar a la realidad. Quizá algo similar a las experiencias terapéuticas del siglo xix donde se proponían curas de sueños que podían durar días, esto es, escapar a los propios fantasmas productores de sufrimiento y reposar de ellos por bastante tiempo, ininterrumpidamente. Una pregunta permanece: ¿qué es lo que resta del sujeto cuando está inmerso en estas ofertas fantasmáticas intensivas y sin cortes?

Estas reflexiones se entrecruzan con algo que dice Jorge Alemán [3] en una entrevista donde preconiza practicar el ascetismo, pues frente a lo esperpéntico de la manipulación mediática debemos hacer un ejercicio de renuncia, nos dice, para poder sustraernos a ella. Creo que hay otras renuncias que podemos y debemos realizar. Cristian Salmon habla de cómo miles de jóvenes indios quieren ser empleados de call centers para clientes de Inglaterra y Estados Unidos, porque su modelo identitario son los yanquis o ingleses, aunque nunca hayan estado en esos países. Una de las formas por las cuales se produce esta identificación es, dice Salmon, a través de las series. Considero que no sólo los jóvenes de los call centers de la India están siendo intervenidos por las series. Creo que una gran parte del mundo está bajo la misma influencia. Me temo que Netflix sea una de las caras visibles de esa operación. De hecho, en los nuevos televisores “smart”, el control remoto tiene un botón central que dice Netflix.

Vengo pensando sobre estos nuevos formatos tecnológicos desde hace tiempo. Pensando en la posibilidad de resistir a través de la abstinencia, recordé que mi amigo Acho Manzi, durante varios años, me enviaba sus mails con una frase como firma final: "vivir es aprender a abstenerse". Nunca la entendí y no sé por qué nunca le pregunté la razón de esa frase. Creo que hoy es una frase iluminante para mí, porque se trata de preservar la vida y nuestros singulares fantasmas vitales en esa abstinencia.




NOTAS

[1] Podemos poner como ejemplo cualquier otra serie de la televisión. Esta es muy antigua, por cierto. Sin embargo, aún hoy se retransmite en la televisión italiana y francesa.

[2] Sabemos que el sujeto dividido del psicoanálisis dificulta pensar esta tajante separación entre sujeto y objeto, pero la operación de separación es necesaria para producir la posibilidad de la propia pérdida para el Otro.

[3] ¿Cómo no volvernos locos? –le pregunta Cynthia García a Jorge Alemán y J. A. responde: “Tenemos que hacer un ejercicio de renuncia para nosotros mismos y por ejemplo no seguir escuchando tonterías, no prestarnos y condescender a ser parte de las tonterías que se pronuncian. Hay que hacer como un ejercicio de ascetismo, de estudio, de trabajo, de sostener las experiencias que valgan la pena, de prestar atención a aquellos discursos que necesitamos más que nunca sostener, de sostener a todos los compañeros y compañeras que están trabajando por transmitir otra cosa, es decir, no hay que prestarse al baile esperpéntico que está organizando la corporación mediática en este momento. Esa sustracción me parece importantísima”.

jueves, 10 de agosto de 2017

Cristina y Game of Thrones: liderazgos y pruebas personales

Martín Piqué en La otra.-radio


Apertura del programa
Primera parte
Segunda parte

Hace 50 años se formaba en Gran Bretaña una banda de rock que atravesó décadas, el Atlántico, rotundos giros estilísticos (del áspero blues británico al pulcro pop-rock californiano), formaciones, romances, conflictos, albums de divorcio convertidos en notables hits y un puñado de grandes canciones: Fleetwood Mac empezó en Londres en 1967 como un desprendimiento de The Bluesbrakers, integrada inicialmente por el guitarrista Peter Green, el baterista Mick Fleetwood y el bajista John McVie. Los apellidos de los dos últimos le dieron el nombre a la banda y ellos fueron los únicos dos que permanecieron a lo largo de décadas, mutaciones y continentes. Pero se hicieron muy famosos después de cruzar el charco, en California (todo un cambio), cuando Green ya se había ido y se sumó la pareja formada por la cantante Stevie Nicks y el guitarrista Lindsey Buckingham y la tecladista y cantante Christine Perfect, que iba a terminar formando pareja con John McVie y haciéndose famosa como Christine McVie. Durante sus años de mayor popularidad las dos parejas fueron el eje artístico de la banda, tanto en sus períodos de relación armoniosa como en sus crisis, de las que extrajeron material para sus discos más exitosos -particularmente Rumours, de cuya salida se cumplieron 40 años. Después de muchos discos, una carrera zigzagueante y varias disoluciones, en 2003 se reunieron para grabar su último disco en estudio: Say you will. Hicieron una gira en 2014 y anuncian sacar un disco con nuevas canciones "en un par de años". El domingo en La otra.-radio debutó el columnista Marc Perilli, un fan de la banda, que nos ayudó para desenredar esta madeja pop y con quien nos dedicamos a escuchar canciones de su período más fructífero (1968/1987).



La otra tuvo este domingo como invitado especial a Martín Piqué, un periodista que pasó entre varios otros medios por Página 12, Radio América y ahora sigue en Tiempo Argentino y conduce Vayan a laburar en la madrugada de AM 750. Con Piqué y Perilli hablamos de su pasión compartida por Games of Thrones, cuyo episodio 4 de la séptima temporada -que le quitó el aliento a sus seguidores y estalló el domingo en las redes sociales- acababa de emitirse cuando hicimos el programa. Los dos hicieron mucho para convencerme de que la vea.



Con Piqué también hablamos de este último tramo preelectoral que tiene en vilo al país entero, siguiendo una conversación que habíamos iniciado semanas atrás en su propio programa:

"Pasaron las semanas y ya nadie se pregunta por las internas del PJ -dice Martín-, que era tema de apasionada conversación hace no tanto tiempo, lo cual muestra que no había una gran demanda social, como planteaba Randazzo, por dirimir una primaria entre él y Cristina. Yo estoy convencido de que la decisión de Cristina fue correcta. Si se hubiera equivocado, hoy la sociedad estaría diciendo: 'no, Cristina, queremos unas PASO con Randazzo'. Por el contrario, me da la sensación de que, como dicen algunos estrategas políticos, cuando tenés a casi todos los medios en contra, en ese escenario podés incluso tirarte a ganar las elecciones si lográs conectar con un sustrato de emociones, frustraciones y desencantos de gran parte de la sociedad. Creo que Cristina está logrando conectar con eso y está a las puertas de una muy buena elección".

"Incluso en relación con Game of Thrones -linkea Martín una cosa con otra-, está el tema del liderazgo, de cómo hacés que te sigan. Tenés que pasar una prueba personal que demuestre que sos vos. Cuando muchos decían que Cristina se tenía que preservar, que no fuera candidata, yo creo que si ella quería que esta experiencia histórica perdure -porque el peronismo, además de ser un montón de cosas es un partido de poder-, tenía que demostrar que quiere seguir peleando. Si no seguís peleando... Incluso había sectores cercanos, te hablo de hace ya bastante tiempo, algunos de la propia Cámpora que decían: 'hasta último momento tiene que jugar a que va a ser candidata y después cederle ese espacio a otro'. Hay que esperar, porque todavía esto no terminó, pero creo que la experiencia de un peronismo que recupera sus banderas históricas -algunos dicen que es el peronismo de izquierda de esta etapa-, en el complejo mundo del panperonismo, de la gran familia del justicialismo, por lo menos de su dirigencia, si ella no jugaba en persona, iban a considerar, hasta alegremente, que esta era una etapa terminada".

"Yo hace un tiempo le hice una entrevista a Oscar Parrili -sigue Piqué-, todavía faltaba bastante para las definiciones de las candidaturas de las PASO; y él me citó una frase del dirigente colombiano Jorge Eliécer Gaitán [1903-1948] cuyo asesinato desencadenó el Bogotazo. Cuando a Gaitán en un momento le preguntaron si quería ser presidente, él dijo: 'No es que yo quiera, es que me empujaron' [La frase textual de Gaitán: "Yo no me siento a la cabeza de la multitud, me siento empujado por ella"]. Y yo creo que con Cristina pasó eso. Porque en la supuesta reunión que tuvo hace unos meses con Pérsico y Navarro quizás veía las cosas de otra manera, pero los flojos resultados económicos del macrismo y la torpeza de gran parte de la dirigencia opositora la empujaron a presentarse. Vos fijate que la primera que instaló en la agenda el tema de las tarifas, de la pérdida del poder adquisitivo, de los recortes de derechos, fue ella en su discurso en Comodoro Py, en abril de 2016. Esto lo suele decir Máximo Kirchner y yo estoy de acuerdo, ella ahí dijo cosas que nadie decía. Hasta ahí era todo oposición amigable con el macrismo, especulando si todavía seguían los 100 días de la luna de miel. Pero ella ahí planteó los temas que al final terminaron siendo las claves de esta elección. El vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera dice que cuando se produce una victoria o una derrota electoral siempre está precedida por una victoria o una derrota política y cultural. Primero ganás o perdés políticamente, en el debate cotidiano, y después eso se ratifica en una victoria o una derrota electoral. Se relaciona con el tema de quién instala los ejes de la campaña: claramente el macrismo intentó que esta campaña tuviera como eje las cuestiones de ética pública, la supuesta honestidad de los dirigentes, con un doble estandar evidente, poniendo el acento solo en el período anterior. Lo trataron de imponer a través de sus medios amigos. El otro eje lo quiso imponer Massa: la seguridad. Trajo al republicano Rudolph Giuliani, ex-alcalde de New York, con su slogan de tolerancia cero y mano dura. Pero el tercer eje era la cuestión económica, el deterioro del poder adquisitivo, el alza enorme del desempleo... Y Cristina quedó asociada a eso. También la izquierda, pero por falta de potencia y de representatividad social, porque la izquierda está creciendo pero por ahora no le alcanza ,la que quedó asociada a esa cuestión claramente fue Cristina".

Con Piqué también hablamos de la posición peronista que "a diferencia de la izquierda que te propone un proyecto emancipatorio para el futuro, el peronismo no te convoca a hacer un sacrificio para un mañana mejor, sino, como dice el artista Daniel Santoro, vamos a socializar el goce en tiempo presente: vos tenés que comer bien, que disfruten también los grasitas de los juguetes de calidad, que vayan a los lugares donde van a veranear las clases medias y altas. Y esto conspira con el afán de distinción que tienen los sectores medios y altos, a quienes les genera una neurosis de angustia sentir que el negro, el laburante, el grasita, el pardo estén veraneando al lado tuyo y tengan patrones de consumo que se te acercan. El peronismo no propone esperar, es distribución del disfrute ahora, la felicidad tangible". ["El materialismo histórico de la heladera llena", dice Jorge Asís].

Otro de los temas que tratamos es uno que Piqué conoce por dentro, porque ha trabajado en medios importantes en diversos momentos de intensidad política: el riesgo de las audiencias redundantes, por el que cada medio queda cercado a hablar solamente con un sector social que de antemano está de acuerdo con su línea editorial y busca confirmar lo que ya cree. ¿Cómo saltar ese cerco y llegar más allá, a oyentes y lectores que no tienen posiciones tan definidas, que a la larga son los que inclinan la balanza para un lado u otro? Martín Piqué se pregunta por esta cuestión, pone en práctica esa pregunta diariamente, trata de comprenderlo y resolverlo de cierta manera, que explica durante nuestra charla.

Todo sazonado por las sabrosas canciones de Fleetwood Mac. Y "El Aguante".

Apertura del programa, descargar acá.
Primera parte, acá.
Segunda parte, acá.

jueves, 20 de julio de 2017

Lynch, el extremo

Extremos II: Eraserhead - David Lynch - Sábado 19:30 (puntual) en Alvarez Thomas 1093 - Red Colegiales




Si hacemos un ciclo de cine sobre la exploración de los extremos, no podría faltar David Lynch, la gran anomalía del cine americano del último medio siglo. Y ya también de la televisión. El capítulo 8 de Twin Peaks 3 es el evento más anómalo de la historia de la televisión o de como sea que se llame ahora eso que sale por Netflix.

Hay que decir que existe una generación cuya sensibilidad narrativa fue moldeada por Netflix. Probablemente muchos de ellos no sepan que las actuales series televisivas no habrían sido posibles sin la preexistencia de las dos temporadas noventistas de Twin Peaks. Aquellas temporadas ya estaban empujando el arco, obligando a alterar las nociones usuales sobre la relación entre cine americano, televisión americana, series, narrativa, artes plásticas, industria cultural, política de los autores, etc. Todas las taxonomías caducan ante las dos primeras temporadas de TP.

Es cierto: hay algo de postmoderno y muy post-ochentista en el gesto lynchano, pero eso que puede confundirse con las diversas modalidades del consumo irónico, los nichos de consumo, la retromanía, el pastiche, se arruga ante la deformidad de Twin Peaks. Yo los comparo con la forma de la caja del vinilo de Artaud que no entraba en las bateas ni en las discotecas. Si les gusta la comparación, bien. Si no, jódanse.

También creo que hay una camada de lyncheanos que formateó su sensibilidad vía Twin Peaks. Y que muchos de ellos, cruzados con el hábito del consumo de Netflix, estarían esperando una tercera temporada que de alguna manera afianzara sus certezas acerca del objeto de su culto.

Pero Lynch no es solo Twin Peaks, ni tampoco solo Blue Velvet + Twin Peaks.



¿Cuántos fans de Twin Peaks conocerán los recovecos más oscuros de la obra de Lynch? ¿Cuántos habrán visto Inland Empire, su último largometraje, o Eraserhead, el primero que hizo hace ya 40 años?

Bueno: El ya famoso capítulo 8 de la temporada 3 de Twin Peaks tiene más que ver con Eraserhead que con la serie. Lo inaudito no es que Lynch haya recurrido a procedimientos típicos de las vanguardias del cine y las artes plásticas del siglo 20, sino que ponga los diversos dispositivos por los que se cuela en un estado de acople desquiciante. Un fotograma aislado del TP3 - 8 se puede parecer a cierta película del año 27, así como otro plano puede remitirnos al cine B de los 50. Lo que descalabra la máquina es ese juego de cajas donde nada encaja; en ese no-encajar está la revulsión. Lynch parece perfectamente consciente de este reto -político, puesto que el animal político hoy devino animal televidente- al poner en el primer capítulo de esta nueva temporada a un chico que se pasa las horas mirando fijo una caja de vidrio en la que nunca vio nada, pero que también sabe que el que estuvo haciendo esa misma tarea antes que él le parece haber visto algo alguna vez. Poco después de esa acotación, un ente salido del cubo de cristal va a arrancarle la cabeza al chico tele-no-vidente.

Si un capítulo de Twin Peaks modelo 2017 produce estupor, desorientación y regocijo, ¿cómo habrá sido recibida su primera película, cuando todavía no gozaba del actual prestigio cimentado por décadas de intransigencia artística?

El primer largo de David Lynch llevó más de cuatro años de realización, bajo el auspicio del entonces recién fundado Advanced Film Studies del American Film Institute en California, donde Lynch comenzó a trabajar a principios de 1972 con su guión original de 21 páginas: "Mi punto de partida era la imagen de la cabeza de un hombre que rebota en el suelo, que era recogida por un niño y la llevaba a una fábrica de lápices". Lidiando con un presupuesto de u$s 10,000, módico para el contexto del cine norteamericano, Lynch fue productor, director, guionista y editor de su ópera prima. Quería completar una película de 42 minutos en seis semanas. El cast y el equipo técnico se fueron modificando y los problemas de presupuesto prolongaron el rodaje. La postproducción se completó en abril de 1976 y la primera proyección pública de la película se hizo aproximadamente un año después, hace 40 años, el 19 de marzo de 1977, en el Festival de Cine Filmex en Los Angeles, después de haber sido rechazada por los festivales de Cannes y Nueva York.




La recepción inicial se polarizó. La película tuvo defensores entusiastas y detractores acérrimos. Jack Nance describió la noche del estreno: "Se hizo un silencio de asombro. Luego comenzó el aplauso. El público simplemente se levantó, fue precioso". Variety, en cambioo, le dedicó una crítica negativa, aduciendo que a pesar de sus logros tecnológicos la película era un ejercicio de repugnante mal gusto que ofrecía poca sustancia y sutileza. Algunos críticos prominentes, como Pauline Kael en The New Yorker y Richard Combs en The Guardian aprobaron el clima de la película y su lógica onírica, así como su capacidad de inquietar con sus imágenes perturbadoras y ambiguas. La película se transformó pronto en un fenómeno de culto y se mantuvo durante meses en proyecciones semanales en salas del circuito alternativo.

El fenómeno de culto de Lynch fue creciendo de a poco sin detenerse hasta hoy. Su capacidad para seguir sorprendiendo, aterrorizando y desorientando a los espectadores no sufrió un efecto de acostumbramiento. En Twin Peaks 2017, que ya lleva emitidos la mitad de sus capítulos, azora su arquitectura torcida, su inagotable imaginería visual, su personalísimo diseño sonoro y ese humor dadaísta que en cualquier momento vira hacia un shock de horror. Cuarenta años de Lynch no lograron hacerlo previsible. Su sola presencia en el circuito mainstream del siglo xxi, su visible anomalía en medio de ese conexto, refuerzan el peso altamente político de su mirada pesadillezca de la trama norteamericana y ahora global, alejada de la infantilización irremisible del cine de Hollywood.

Ver Eraserhead 40 años después permite comprobar que todo esto ya estaba ahí entonces. Este sábado 22 de julio a las 19:30 la vemos y la debatimos en Red Colegiales, Alvarez Thomas 1093, 19:30 horas, puntual. Mientras esperamos el capítulo 10 de Twin Peaks.



Mientras llega el sábado, propongo hacer, en vista de los ardidos debates que TP hoy provoca, una encuesta hot:

Twin Peaks es serie?
Es cine?
Es serial?
Es cereal?
Es Quaker?
Es GOT?
Es Kaka?
Es genre?
Es enerc?
Es Lynch?
Es Hitchcock?
Es chill?
Es tango?
Es punc?
Es opart?
Es peronista?

jueves, 29 de diciembre de 2016

Shut Eye (adivinos fraudulentos)

Reseña de la serie creada por Les Bohem (Hulu, 2016)


por Luis Arias *

“El destino mezcla las cartas y nosotros las jugamos” 
Arthur Schopenhauer

¿Quién no siente curiosidad por saber qué le deparará el futuro? Desde el comienzo de los tiempos, desde que iniciamos nuestro sendero en este planeta como humanos, buscamos de mil modos y formas saber qué nos traerá el nuevo día. Esa inquietud, esa fascinación que toca en algunos el temor y la reverencia, es lo que hace que, incluso en esta sociedad (en teoría, moderna y global), las “artes adivinatorias” conserven ese halo de misterio que intriga, invita y atemoriza a tantas personas.

Shut Eye nos meterá en un mundo de tarotistas, adivinos y toda clase de personajes que viven de decirnos “qué nos depara el futuro”, el mundo de las “mancias”. La historia se centrará principalmente en Charlie Haverford (interpretado por Jeffrey Donovan), un personaje tan carismático como cuestionable. Charlie -y la gente que veremos- está más bien lejos de cualquier secreto místico sobre los designios ocultos e inescrutables del cosmos y el destino. Es, en cambio, lo que llamaríamos un “artista del engaño”, sí, ¡un estafador!

Charlie es un ilusionista que en algún punto del sendero fue seducido por el “lado oscuro” y vio que haciendo uso de sus habilidades, sobre todo de los recursos del mentalismo (una rama del ilusionismo, o bien un arte totalmente distinto, depende de a qué entendido lean), podía ganar mucho más dinero (diciendo poseer poderes, en vez de presentarse como un artista para entretener y asombrar).

Charlie parece tener, a simple vista, una vida normal. Tiene una esposa (Linda) que sabe muy bien lo que hace su marido y que incluso lo estimula a progresar en ese mundo. Es decir, le señala “marcas” (víctimas) y nuevos “trabajos” (estafas).

En el medio, hay un hijo de ambos (Nick) que intentará la compleja tarea de vivir una vida “normal” rodeado de sus padres tan poco convencionales.

Charlie es, como dije, carismático. De un modo más retorcido y oscuro, nos recuerda un poco al personaje de Patrick Jane (The Mentalist, CBS, 2008-2015). Es una de esas personas que, como suele decirse, sería capaz de venderle hielo a los esquimales. Pero su vida no es nada simple. Tiene que rendir cuentas ante su jefe, Fonso (un mafioso con todas las letras), y ante Rita, la madre de Fonso (interpretada por Isabella Rossellini), ambos miembros de una de las principales familias mafiosas que controlan el negocio de la “adivinación” en la ciudad.

Charlie deberá lidiar con un jefe peligroso e impredecible, con las tradiciones de los gitanos y con una gran sorpresa que le deparará, justamente, ¡el destino!

A raíz de un “accidente”, luego de sufrir un fuerte golpe en la cabeza, Charlie comienza a tener visiones, sí, visiones reales (¿lo serán?).

Parece, después de todo, que es cierto que el destino disfruta de las ironías. Pero, ¿son realmente aquellas visiones del futuro? ¿Por qué las recibe? ¿Qué debe hacer con ellas?

Nuestro atribulado personaje no la tendrá fácil, porque, como es sabido, parece que las fuerzas del destino, si las hubiese, tienden a utilizar un lenguaje extraño, lleno de -en el mejor de los casos- alegorías o -en muchos otros- de metáforas más bien difíciles de interpretar.

Charlie no está contento con su nuevo don y buscará ayuda profesional para quitárselo de encima. Allí tomará contacto con la particular Doctora Nora White que intentará, con métodos muy poco convencionales, ayudarlo.

Charlie padecerá en carne propia la maldición de poseer aparentemente de verdad, lo que simuló por tantos años. Pareciera como si en el fondo flotase la maldición de Casandra.

Shut Eye es una serie entretenida y que engancha. Los personajes secundarios tienen también peso en la historia y son, cada uno a su modo, memorables. Las actuaciones son muy sólidas y la historia tiene un buen ritmo. Sin ser una obra de arte, está bien hecha. Mi única objeción se refiere al papel que desempeña la hipnosis en la serie. Es cierto que si las películas y series mostraran lo que la hipnosis realmente es, serían mucho menos entretenidas y espectaculares. Ahora bien, en una serie que justamente nos muestra el “detrás de bambalinas” de estos titiriteros del engaño, quien ignore sobre el tema podría llegar a pensar que los adivinos son falsos pero que, sin embargo, los hipnotistas sí tienen poderes. Mi objeción a esto no es del tipo “cientificista”, sino artística. No quiero decir nada más para no spoilear la serie. Pero la manera inadecuada (además de falsa, si hablamos de modo objetivo) en que está tratado el tema del hipnotismo es lo que genera inconsistencias en la trama, cosas que “no cierran”. Reitero, mi objeción es artística. Ese elemento daña la trama y abre agujeros argumentales obvios.

Si quieren aprender un poco del detrás de escena de los numerosos personajes y charlatanes que dicen tener contacto con otras “fuerzas” y con el “más allá” y entretenerse con personajes carismáticos e interesantes, no saldrán defraudados.

Para terminar, les dejo un breve video del genio del cine, Orson Welles, que habla sobre el significado de la expresión “Shut Eye”, que da nombre a la serie.



NOTA: La siguiente es una traducción más bien conceptual: algunas líneas por la velocidad y pronunciación, o por las risas del público, no pude traducirlas textualmente. De todos modos el texto es fiel en cuanto al contenido y sentido de la conversación.

- Welles: Sabés, soy mago... Y me interesé en lectura del pensamiento y adivinación... falsa adivinación. Llegué a conocer a muchos falsos adivinos, retirados y millonarios. Y me contaron sus secretos, algo que llaman lectura en frío. Una lectura en frío consiste en que vos enganchás a un incauto diciéndole cosas que harán que la persona se pregunte “¿cómo diablos sabía eso de mí?”. Decís cosas como: “entre la edad de los 13 y los 15 años tuviste grandes cambios”. ¡Les sucede a todos! Pero el incauto dirá; “me dijo cosas que ni yo recordaba, me dijo que tenía una cicatriz en la rodilla”. Todos nos hemos caído alguna vez y tenemos alguna clase de cicatriz o marca en la rodilla. Esas son lecturas en frío.

Periodista: Yo tengo una cicatriz en mi rodilla, ¿Cómo sabés eso? (risas).

Welles: ¿Ves? ¡Es algo más grande que yo! (risas). El sentido de todo esto es que luego de haber enganchado a las personas ¡están asombradas! y comienzan a decirte cosas. (En este punto, señala que los “videntes” utilizan las reacciones físicas de las personas para ajustar lo que dicen y también que la información que la persona da cuando habla la devuelven bajo la forma de “información sobre ellos”). Una vez estaba aburrido, interpretaba Kansas City con Katharine Cornell y no teníamos ninguna matiné el miércoles, así que alquilé un cuarto y puse un cartel: “Dr Swami Adivino: lecturas del futuro de 2 dólares". Y durante todo el día me transformé en él. Al final de cada lectura, porque me sentía culpable, les decía que no les cobraría. Durante todo el día fui adivino… fingiendo. Pero luego me empezó a pasar algo, algo que les sucede a los adivinos, que es una enfermedad laboral de los psíquicos fraudulentos. Hay un nombre para eso, se llama “shut eye”. Ese término, en el argot de estos ladrones, se refiere a que la persona comienza a creer en sus propios poderes. Empezás a hacer estas adivinanzas, una manera de explicarlo es esta: imaginate que sos un conserje de hotel y cuando viene un huésped empezás a ver cuán bueno es su equipaje, cuán buenos son sus zapatos; y en base a eso respondés -cuando te pregunta si hay buenos cuartos o no, basándote en fragmentos de evidencia. Si estás un tiempo, percibís todo con sólo una mirada pero, si estás más tiempo, no necesitás mirar, en realidad lo viste, pero “la computadora” (señala su cerebro) hizo todas esas deducciones sin que seas consciente de eso. Es así como el adivino hace lo mismo y termina creyendo que es verdad. Hacia el final de mi carrera como adivino fraudulento (risas) entró una mujer, con un vestido con estampados brillantes, luciendo perfectamente bien, y yo le dije: “usted perdió a su marido la semana pasada”. Y ella rompió en llanto, ¡lo había perdido! ¡Entonces renuncié! Sí, es una de esas cosas, sin duda, no es algo psíquico, había señales de esa tragedia, sin duda, que entraron en “la computadora” y fueron procesadas sin que yo estuviera pensando conscientemente en qué le diría, así es como funciona.


* El autor de este post es mentalista, ilusionista y aficionado a la hipnosis.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Las series de 2015

por Julieta Eme

(El orden de aparición no necesariamente indica un orden de preferencia).

The Knick
(Estados Unidos. Dirección: Steven Soderbergh. Protagonista: Clive Owen. Cinemax).


La mejor serie de 2015, sin ninguna duda. No es una serie de médicos, aun cuando sus protagonistas son los médicos y las enfermeras del hospital Knickerbocker. Transcurre en el 1900. Muestra el nacimiento de la medicina moderna y los conflictos raciales, de clase y de género de esa época en Estados Unidos. La serie es una joya, en todos los niveles. Una mención especial merece la música.

Show Me a Hero
(Estados Unidos. Creadores y guionistas: David Simon y William F. Zorzi. Director: Paul Haggis. Protagonista: Oscar Isaac. HBO).


Estrictamente, no es una serie, sino una miniserie de 6 capítulos. Está basada en la historia real de Nick Wasicsko, un joven político, mostrando su ascenso y trágico final. Se centra en los conflictos raciales de la sociedad norteamericana, pero esta vez de la década de 1980. El problema que tiene que enfrentar Wasicsko, apenas es elegido como alcalde, es la construcción de unas viviendas sociales para personas negras en un barrio blanco. Excelente, en todo sentido.

True Detective
(Estados Unidos. Creador y guionista: Nic Pizzolatto. Protagonistas: Colin Farrell y Vince Vaughn. HBO).


Tres policías, cuyas vidas no son fáciles ni sencillas, tienen que investigar un asesinato. La investigación se irá complicando, así como las vidas de los tres protagonistas. A mi juicio, esta segunda temporada fue muy buena y no me defraudó. Más aún, creo que los diálogos declamativos y forzados fueron más bien los de la primera temporada y no los de la segunda. Y, si bien puede ser que el final sea un poco simple, a mí me gustó bastante.

Luther
(Reino Unido. Creador y guionista: Neil Cross. Protagonista: Idris Elba. BBC One).


La serie trata acerca del detective John Luther, cuyo trabajo es investigar los crímenes más horribles. Luther es inteligente (resuelve todos los casos gracias a su poder de deducción) pero a la vez autodestructivo. Es muy buena la relación de enemistad y luego de amistad (e incluso amor) con Alice Morgan, interpretada por Ruth Wilson, una genia de la astrofísica y una mente criminal que lo ayudará más de una vez.

Hannibal
(Estados Unidos. Creador: Bryan Fuller. Protagonistas: Mads Mikkelsen y Hugh Dancy. NBC).


Una serie totalmente atípica, morosa, preciosista, con unos diálogos perfectos y unas imágenes terribles y magníficas. Y, por supuesto, con el mayor psicópata que ha dado el cine y ahora la televisión, Hannibal Lecter, interpretado magistralmente por el gran actor danés, Mads Mikkelsen. Es una pena que la serie haya terminado, luego de tres temporadas, debido a su poca audiencia.

Les Revenants
(Francia. Creador: Fabrice Gobert. Canal+).


Una serie de zombis francesa, aunque más que zombis son muertos que vuelven, luego de varios años, a sus casas y a sus vidas, como si nunca se hubieran ido. Cada episodio trata acerca de algún personaje, mostrando su historia y/o sus motivaciones. La primera temporada es de 2012 y a mi juicio es la mejor. El personaje más llamativo es el de un nene llamado Víctor, tan extraño como querible.

Historia de un clan
(Argentina. Director y guionista: Luis Ortega. Protagonistas: Alejandro Awada, Chino Darín y Cecilia Roth. Telefe).


La serie (estrictamente, una miniserie de 11 capítulos) está basada en la historia real de la familia Puccio, aunque tiene vuelo propio y no pretende ser una ilustración del caso policial. El padre de la familia lidera una banda de secuestradores y asesinos, con la colaboración de sus dos hijos y la complicidad de su esposa. Uno de los hijos tiene cierta lucha moral interna. El guión es realmente muy bueno y todas las actuaciones son excelentes.

Dos históricas para terminar:

Vikings
(Estados Unidos. Creador: Michael Hirst. Protagonista: Travis Fimmel. History).


Se centra en la figura histórica de Ragnar Lothbrok, desde su nombramiento como rey de los vikingos hasta sus conquistas en territorio europeo. Está muy bien hecha y la reconstrucción de las batallas está muy buena. Vale la pena verla. Destaco el personaje de la mujer de Ragnar, Lagertha (interpretada por Katheryn Winnick), una guerrera que combate de igual a igual con los hombres.


Marco Polo
(Estados Unidos. Creador: John Fusco. Protagonistas: Lorenzo Richelmy y Benedict Wong. Netflix).


Se basa en las historias de Marco Polo durante su servicio en la corte del rey mongol Kublai Khan, nieto de Genjis Khan. Tiene una producción muy importante y sobresalen la fotografía y los paisajes: la estepa, las montañas nevadas, los templos y los palacios. También están muy bien hechas las escenas de artes marciales. Si bien la primera temporada es de 2014, Netflix hizo un episodio especial, para ser emitido en diciembre de 2015, sobre uno de los personajes principales: el monje y maestro de Kung-fu, Cien ojos (interpretado por Tom Wu).