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martes, 20 de mayo de 2008

AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS...

Fotografía: Willy Villalobos



Ah, mis amigos, habláis de rimas

y habláis finamente de los crecimientos libres...

en la seda fantástica que os dan las hadas de los leños

con sus suplicios de tísicas

sobresaltadas

de alas...



Pero habéis pensado

que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio

de crecida,

desnudo casi bajo las agujas del cielo?



Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo

del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división",

despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus juegos

con el pan que él amasa y que debe recibir a veces

en un insulto de piedra?



Habéis pensado, mis amigos,

que es una red de sangre la que os salva del vacío,

en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,

esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,

a no ser una escritura de vidrio?



Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,

y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto...

Y sé que a veces halláis la melodía más difícil

que duerme en aquellos que mueren de silencio,

corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...



Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía

igual que en un capullo...

No olvidéis que la poesía,

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor...



JUAN L. ORTIZ, De las raíces y del cielo, 1958.

sábado, 3 de mayo de 2008

Es otoño, muchachos...


Es Otoño, muchachos. Salid a caminar.
Otoño en su momento inicial, más hermoso.
¿No os engañará este azul casi alegre?
¿Alegre?
¿La profundidad tiene alguna vez alegría?

¿No os engañará este verde joyante por momentos?
¿O esta invitación alada de la tarde ?
No, una honda presencia deshace las azules sombras
y apaga la alegría del campo
—un luminoso, puro sueño que tiembla—.

¿Cómo, y la tarde no se corona de flores
como de un fuego quieto de ángeles guardianes?

Ya está el viento, muchachos, el viento del otoño, del otoño,
violento o suave casi como un suspiro,
una enfermiza alma
de qué oscuros reinos?
que revela en las cosas
un herido pensamiento
de sorprendidas criaturas.

El viento,
niño fúnebre que juega con las últimas ilusiones del cielo
hasta darle una aguda limpieza de extraña agua final.

El viento, muchachos, el viento infinito.


Juan L. Ortiz (El alba sube . . ., 1933-1936)

miércoles, 30 de abril de 2008

Gracia secreta


Por Liliana Piñeiro

Frente a la propuesta estética de películas como La orilla que se abisma (Gustavo Fontán, 2008) cabría preguntarse qué es el arte. Cuál sería la diferencia, por ejemplo, entre ver un campo de girasoles y contemplarlos en un cuadro de Van Gogh. Evidentemente, algo se agrega: la pulsión de la pincelada, un amarillo fogoso, una vida que se duplica diferente, una manera de mirarla. Un plus que nos emociona porque precisamente es eso: un afecto que arrasa la mirada y la cualifica. Los girasoles desbordan, entonces.

Algo de eso sucede con esta película: nos deja a la orilla de la naturaleza. Y tan pequeños frente al abismo. Fecundo momento en el que todo se aquieta: los enigmas siempre nos detienen.

Gracia secreta de
esta mañana.
El cielo es un vapor
dulce.
Los árboles, la brisa, los pájaros,
sienten esta delicia suspendida.
Se sienten ellos dentro de esta sensitiva
dicha íntima y fresca.
Y apenas si se mueven, tiemblan, cantan,
como guardando el sueño perlado de la luz.*


Y entonces, el cine apela a sus recursos: los sonidos que se ensamblan, cierto montaje, el tiempo de una toma. La cámara es una hendija que nos invita a mirar, a escuchar. En un efecto multiplicador, todo canta y los sentidos se afinan. Texturas: de lo sólido a lo evanescente. Del tronco rugoso de un árbol a la niebla que lo esfuma. Del sonido del río a una pequeña variación de color en el cielo. Del temblor de los árboles frente a la tormenta al fugaz encuentro entre una gota de lluvia y su hoja. Una bruma envuelve al hombre y su barca, y lo deja expuesto definitivamente al paisaje...Maravillas de un guión antiguo, que debemos descubrir cada vez.

De la poesía al cine, lo inefable sigue su curso, resistente a toda traducción. Y en eso consiste la felicidad de los bordes: entrever apenas un misterio que nos excede.

* Juan L. Ortiz, En el aura del sauce.

La orilla que se abisma, el film de Gustavo Fontán que dialoga con la poesía de Juan L. Ortiz, se estrena el viernes 2 de mayo.

lunes, 7 de abril de 2008

La Otra 18 / Anticipo BAFICI: Juan L. Ortiz

Por Oscar A. Cuervo

"En la edición 2008 del BAFICI se conocerá La orilla que se abisma, el nuevo film de Gustavo Fontán, inspirado en la obra poética de Juan L. Ortiz.

"La orilla de la que el título habla es la orilla del río, pero también es la orilla de las palabras y el río es el cine. No se trata por cierto de un documental: es una orilla que se abisma: es decir, que pierde el fondo.

"La experiencia de ver La orilla que se abisma es la de quedarse absorto. Es una película muy, muy bella. Y algo más, porque Fontán logra desatar al cine de sus sujeciones científicas y también de las literarias. Es que un film acerca de un poeta no tiene por qué ser literario. Contra toda previsión, en esta película hay muy pocas palabras: cuando aparecen, la que las dice es la voz afantasmada del propio Juan L. y, más que como palabras suenan como música. También es música el rumor de la lluvia, los grillos, el follaje, los pájaros."

(La nota completa en La otra 18, que ya está en los kioscos. La orilla que se abisma tendrá su estreno mundial en el BAFICI, el miércoles 16 de abril a las 20:00 hs. en el Hoyts 8 del Shopping Abasto.)

martes, 4 de marzo de 2008

Pasto del fuego

acuarela: Juan L. Ortiz

(A propósito de Pasto del fuego, el libro de relatos de Gustavo Fontan recientemente editado y ganador del Primer Premio en el IV Concurso Nacional Macedonio Fernández de Narrativa.)


“Se trata de un sentido brumoso, que disuelve el significado
de las cosas, para hacer sentir la unidad viviente.”
JUAN L. ORTIZ


La primera palabra que se nos aparece es “bruma”.

Después hay otras: “búsqueda”: del Padre, de Dios, del objeto más preciado –un violín, que quizás se traduzca en lo artístico, lo que fuere. Como telón de fondo siempre está presente el fuego y la furia apocalíptica.

Los principios estéticos de Juan L. Ortiz sin duda han signado la obra de Fontán, autor también de la película El árbol, donde lo que se extingue crepitando entre las llamas es la vida de ese árbol. Esa influencia la podremos constatar con certeza cuando veamos su nuevo film, La orilla que se abisma, inspirado en el arte de Juan L.

En Pasto del Fuego nos impresiona el papel que desempeña el amor intersticial, aunque de presencia apabullante, que atraviesa estos cuentos: porque alguna pasión, algún deseo debe haber detrás de la búsqueda incansable, después de la promesa: “Te juro que voy a encontrarlo” (“Ritos de Paso”). Se despliegan allí todos los recursos –todos los mapas- para llegar a la meta trazada. Y eso que se sabe de antemano todo: “Se sabe que es inútil”.

En el segundo relato, el que da nombre al libro, estamos ante la práctica del ascetismo, del despojamiento. No apegarse a lo terreno, ni “servir a señores/ que en gusanos se conviertan”. Los cuerpos que se caen muestran que hay pistas falsas: no hay armonía, hay lucha.

Otra vez el escenario desolado de las viejas pensiones descascaradas aparece en “El violín”, con su protagonista, Benito, acompañado desde su infancia por un violín que le hace evocar a su madre, cocinando entre fragancias y especias, mientras le hablaba de la guerra y los antepasados. Ese violín, tan investido libidinalmente, le será arrebatado en la pensión y tendrá que partir por las calles en su busca. Gasparini , el anticuario, lo desalienta: “El tiempo es feroz”.

Finalmente, “Las imágenes del desierto”, donde un hombre y una mujer, a los que les gustaría creer en Dios, parecen provenir del fondo de un sueño.

A Gustavo Fontan habría que decirle, sin arrepentimiento alguno, aquellas frases de Héctor Tizón: “Es cierto, él tenía ese don reconocido, esa facilidad para acertar con las palabras, o para poner una junto a la otra, sin más sentido que el de su música secreta.”


MARTHA SILVA