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jueves, 12 de febrero de 2015

Antojo Poesía

Con Lilián Cámera, Javier Galarza y Neil Young. Un programa para escuchar clickeando acá 


ausente

ahora que tus manos se deshacen en niebla
y no hay perdón posible a esa mirada última

¿cómo harás para dejar mis sueños de cuerdas
que bajan por frías ventanas de infancia?

¿y qué voy a hacer con tu corona de Reina de Diamantes
cuando la tarde gire en balcones desconsuelo?

donde se perdieron las palabras y se guareció el miedo
ecos de tus pasos atravesando luz de letargo

Lilián Cámera, Clausura




LA HENDIDURA

Algo en la alternancia
entre los colores de la tinta
y la hendidura certera
de la pluma sobre el papel,
lo blanco. Sea la pluma,
el canto o la voz, como el eco
que vuelve con el viento,
y sea esta luz también
que alumbra las aperturas
del mundo, aún en la noche,
el estilo o estilete que rasga
el blanco de la hoja.

Javier Galarza, Lo atenuado

After the Gold Rush


Well, I dreamed I saw the knights
In armor coming,
Saying something about a queen.
There were peasants singing and
Drummers drumming
And the archer split the tree.
There was a fanfare blowing
To the sun
That was floating on the breeze.
Look at Mother Nature on the run
In the nineteen seventies.
Look at Mother Nature on the run
In the nineteen seventies.

I was lying in a burned out basement
With the full moon in my eyes.
I was hoping for replacement
When the sun burst thru the sky.
There was a band playing in my head
And I felt like getting high.
I was thinking about what a
Friend had said
I was hoping it was a lie.
Thinking about what a
Friend had said
I was hoping it was a lie.

Well, I dreamed I saw the silver
Space ships flying
In the yellow haze of the sun,
There were children crying
And colors flying
All around the chosen ones.
All in a dream, all in a dream
The loading had begun.
They were flying Mother Nature's
Silver seed to a new home in the sun.
Flying Mother Nature's
Silver seed to a new home.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Lo atenuado

Javier Galarza (Poesía)


Una palabra –un fulgor, un vuelo, un fuego
una llamarada, una ráfaga estelar-,
y de nuevo oscuridad inmensa,
en el espacio vacío alrededor de mundo y yo.
George Trakl – Poemas estáticos

por Lilián Cámera

-¿Viste cómo está temblando el mundo? -pregunta Javier Galarza en su poema "Penitente"- ¿A qué volvería quien tuviera una historia o hiciera patria en el presente?

Dícese de lo atenuado como aquello que disminuye la intensidad, la gravedad o la importancia de algo. En medicina se aplica a la cepa de virus debilitados que se emplea para fabricar vacunas.

¿La palabra como herida que invoca un remanso? “Descansan las sendas que transitamos en silencio”

Pienso este libro de Javier como un camino en medio de la espesura, donde las sombras remarcan el vacilar de la luz, esa que apenas permite un “parcial cobijo, como una tienda de campaña,/que pronto debe hacer lugar a otra cosa. / Para que ningún sentido se cristalice. / O permanezca.”

En esa travesía están las marcas de un ejercicio en la adversidad que no se deniega, por el contrario se afirma en las preguntas, cuando intuimos que la escritura se prepara para el silencio. "¿Qué puede tu corazón contra los poderes del mundo?… Qué te dolió más. El primer golpe. O la primera caricia…¿Qué hacemos con todo esto?”.

Y la pasión por el exilio, como apuesta contra un tiempo feroz que no concede ni olvido ni perdón. “Ante la vastedad de la intemperie/… se transita “Como si se tratara de perder una ficción / Por no perderse dentro de esa ficción.”

Porque hay en Javier un habitar poético, una forma de estar en el mundo y es tiempo de resistir, de armar una morada con “Apenas restos de palabras como bujía o cerillas o tazas y candelabros”.

Entonces el poema es la cifra del extravío “cada letra como una llave,/un código o una trampa,/ que aumenta / la magia y el error/” artefacto luminoso que atenta contra “Esa morosa/fidelidad a una costumbre/sin la altura de la vida” que despliegan los que no pueden bucear en la profundidad de la piel.

Caminos, no obras al decir de Martín Heidegger. Derrotero del que se dispone a un andar sin tregua “Te dolieron los pies lejos de los pies / Casi en otra persona.” A través de andenes, en los márgenes donde “Crecen los bordados de la niebla. / Entre cada día y su misterio”. La tarea quieta que acontece para quien “No se salva porque no quiere perpetuar,/no teme perder porque está perdido,/ se da porque no se tiene."

Velar cierto dolor ante la potencia del texto que desnuda (pienso en esa detonación que fue su primer libro El silencio continente) no para conformarse ni para desandar la huella sino para llevar la vida más allá de ese lugar donde no es posible vivir, esa frontera de la que hablaba Marina Tsvetáieva en su Poema del fin y que Javier transforma en “Que ni tu vida te pertenezca es ya de por sí una liberación”.

Porque ha llegado el momento de tensar la lona y el desierto se asoma como territorio posible del naufragio: “Esta es la canción/ de los que vivimos/en el borde de la ciudad. / Y aprendemos a perder”.

Porque “un poeta venera el aullido de sus lobos” y “lo solo y desprovisto / debe seguir probando formas, / posando la yema de los dedos en la belleza, / para aprender a perderla”.

“Porque pobre puedo escucharte. / Sólo en otro puedo mirar”.

Y la nostalgia es una comarca para fundar otro resguardo “Vuelve aún el mundo, como un espía, / a la casa de tus mañanas olvidadas”.

Restituir el silencio, regenerar ese espacio de lucidez para enfrentar la noche, “Cargado / como quien despierta/ con rastros del alba en el calibre”. Donación de ese claro en la espesura que es mundo y también velo.

Entonces sí, adelgazamiento que propicia un nosotros, “morir en alguien más”, fragmentos de la guerra que “rasga el blanco de la hoja” para decir que “quedan los poemas, / eso abierto que mantiene / el pulso animal de nuestra vida”.

En el transcurso de ese viaje habrá tiempo para “la maleta con tu espejo” para preguntarse “Qué ruido hace un hombre al romperse / Cuánto tarda en caer”. Para callar porque “Decimos cosas como las tormentas arrecian porque qué podemos/saber de todo eso. O de estar a salvo".

En el transcurso de ese viaje es posible calibrar el ojo de quien ha bordeado el abismo y necesita templar las armas para seguir. En los dobleces de esa senda nos es dado el encuentro con la palabra que guía, con el Maestro que llenó su “atado de mañanas / entre las piedras” para no olvidar al cuerpo que tiembla “tocado de miradas/hacia donde acaso / toda escritura sea sagrada.

Y en el final cifrar el canto del “un animal viejo que se aparta de la manada” como un acto de fe en esa espera, para alzar la voz en toda su dimensión de resistencia:

qué venga la ceguera, qué venga
qué entre la noche, qué entre


Javier Galarza es poeta. Nació en 1968 en Buenos Aires. Entre 1997 y 2000 dirigió la revista Vestite y Andate. Publicó los libros Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades (2001) con arte de Gastón Pérsico, El silencio continente (2008), Reversión (2010, Tropofonía, Belo Horizonte), Refracción (añosluz, 2012) y Cuerpos textualizados (Letra Viva, 2014, en coautoría con Natalia Litvinova). Desde el año 2004 es Profesor Asociado de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, donde dio cursos sobre Hölderlin, Rilke y Paul Celan. Escribió notas y ensayos sobre Osip Mandelstam y Alejandra Pizarnik. Se dedica a la enseñanza y a la investigación literaria.

miércoles, 21 de enero de 2009

Apuntes sobre El silencio Continente de Javier Galarza



Por Liliana Piñeiro

Algo huye del lenguaje pero deja allí su rastro: este libro lo encuentra entre el murmullo del mundo. Poesía que asoma entre líneas, sonido de los márgenes, respiración sobre el abismo.
A través de sus cinco libros, El Silencio… nos lleva a los confines de un territorio inacabado. Geografía de continente. Se despliegan el amor y la pérdida, la disolución y el advenimiento, y en este desplegarse se le pide a la palabra que aceche, con paciencia de cazadora, eso que se escurre. Aunque siempre queda el recurso de “hacerle trampas a la lengua” (esa feliz expresión de Barthes) y recuperar en ella la fusión inicial.

Libro I

Temblorosos son los Cuerpos del Amor. Cavado en profundidad, el secreto de una mujer vestida es el mejor guardado del crepúsculo. El deseo sigue una huella antigua y hay un gemido en la penumbra: si fuera en ti si pudiera no serme. Pero al alba, sólo quedan los pliegues de tristeza que prolongan cada desvestir. El amor se disuelve en desencanto y el malentendido se filtra en la tibieza de los cuerpos.

Libro II

La claridad posterior a la noche de los colgados ilumina las Texturas neogóticas. Es el tiempo del miedo, esa huella atroz de una dentellada. Una hechicería de mujeres pende de los árboles, desnudez expiatoria de una conjura posible. Hay avidez de corazones profanados y en los ojos de los niños, la luz de los candiles arroja fantasmas.
¿Habrá que redoblar la guardia? La pregunta es hamletiana: ¿será la materia de los sueños/ la sombra eterna de una duda?

Libro III

Deshacerse de Los cuerpos del amor en un área de catástrofe es una estampa de melancolía que abre sus variaciones. Ora se pide, en voz baja, un gesto amoroso: por esta noche sólo por esta noche/cierra con dulzura los ojos de mis muertos; ora el poema toma la forma de los lamentos, porque si nada enseña la distancia y el olvido, ¿será el temblor la medida del desamparo?
Como sea, la infancia tiene el sonido de campanas lejanas, y si el amor es un vano refugio, sólo queda la palabra creadora. el verbo como último amparo en un paisaje desolado.

Libro IV

En este libro hay canciones de Disolución que se presentan con la estructura de cajas chinas: soy otro cuando callo/soy otro cuando hablo/soy otro que nunca soy (…) detrás de mi olvido hay otro olvido.
Caja tras caja, la de Pandora entreabre su tapa y los versos se despeñan sin coordenadas de rescate. A esta altura, todo salto es mortal, como cuando dejas de mirarme y no me veo. Demandado en lo que no se es, sujetado a un deseo, el poeta busca guarecerse bajo un nombre en la tiniebla.

Libro V

El Advenimiento surge a partir de la resistencia de lo impronunciable. Ya no se puede retornar a casa: no se cesa de no partir y el padre tiene ojos de color indescifrable.
Se añoran los gestos del amor, se dividen los bienes sin saber cuál es el exacto momento en que un cuerpo amado entra en el pasado. Excedido el alfabeto, un lenguaje agrietado sirve de morada.

El silencio continente nos deja ecos de una travesía que ignora su trama. Desde la fusión: qué importa dóndeterminadóndempieza el otro / hombremujer / pronuncian grandes palabras, a la disolución: nada / que me limite o delimite / apenas / algo de buen dolor, perdición y magia de antaño, este libro nos interpela.

Porque

se crea o se ama desde la muerte contra la muerte
para afirmarse en la belleza de cada tibieza posible
mientras nos dure esta sangre


nada en él habrá que nos sea ajeno.

sábado, 3 de mayo de 2008

Es otoño, muchachos...


Es Otoño, muchachos. Salid a caminar.
Otoño en su momento inicial, más hermoso.
¿No os engañará este azul casi alegre?
¿Alegre?
¿La profundidad tiene alguna vez alegría?

¿No os engañará este verde joyante por momentos?
¿O esta invitación alada de la tarde ?
No, una honda presencia deshace las azules sombras
y apaga la alegría del campo
—un luminoso, puro sueño que tiembla—.

¿Cómo, y la tarde no se corona de flores
como de un fuego quieto de ángeles guardianes?

Ya está el viento, muchachos, el viento del otoño, del otoño,
violento o suave casi como un suspiro,
una enfermiza alma
de qué oscuros reinos?
que revela en las cosas
un herido pensamiento
de sorprendidas criaturas.

El viento,
niño fúnebre que juega con las últimas ilusiones del cielo
hasta darle una aguda limpieza de extraña agua final.

El viento, muchachos, el viento infinito.


Juan L. Ortiz (El alba sube . . ., 1933-1936)