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martes, 19 de diciembre de 2023
jueves, 15 de noviembre de 2018
Amor táctil (segunda jornada de las películas de ¿amor?)
La mano (Wong Kar-wai) y Un tiempo para el amor (Hou Hsiao-hsien): este sábado a las 19:30 en RED Colegiales, Álvarez Thomas 1093
El sábado pasado, por esas delicias de la argentina macrista, con las grandes inversiones de las compañías eléctricas que tan poco nos cobran, en medio de la tormenta se cortó la luz en muchos barrios de la ciudad de la furia. Entre las distintas zonas, nos quedamos sin luz en la sala donde íbamos a pasar dos preciosas películas en la segunda jornada de películas de ¿amor? Las vamos a pasar este sábado a las 19:30 pero ¡atención!: en RED Colegiales, Álvarez Thomas 1093.
Siempre fue mi anhelo pasar juntas dos películas que se vinculan tanto se diferencian. Las dos se hicieron a mediados de la década pasada, en el marco de películas de tres episodios, las dos duran un poco más de 40 minutos y se prestan a armar un programa único, ambas vienen del extremo oriente, de dos de los cineastas de los que más felicidad me dieron en una sala de cine. Ambas me parecen sublimes, cada vez que las veo floto varios a centímetros del suelo. Las dos se ubican en un tiempo pretérito e irremisiblemente perdido, y comparten ese sabor de los amores tan intensos como inasibles que en la vida se viven casi siempre una sola vez. Las dos tienen otras cosas en común más: un tratamiento exquisito de la imagen, en la que cada autor logra ir más lejos en lo que mejor le sale. Y ambas se valen de canciones hermosas que impulsan el relato. Por último, ambas comparten un joven actor chino: Chang Chen. AL situarse a mediados del siglo pasado en distintos puntos del litoral asiático (Taiwán, Hong-Kong), las dos dan cuenta de ese peculiar punto de cruce de corrientes culturales orientales y occidentales, de modernidad y un cierto arcaísmo. Ese aire retro se combina con la vocación vanguardista de ambos autores.
Ahí se acaban las coincidencias. Wong Kar-wai, director de La mano, hace explotar en esta, su última obra maestra hasta el momento, todo su barroquismo, en una apoteosis de color, ritmo, voltaje erótico y sentimental y una puesta de cámara obsesiva como nunca. Hou Hsiao-hsien, con su habitual sobriedad expresiva, da una lección de como la distancia de cámara puede ir preparando un climax emotivo en Un tiempo para el amor.
Un tiempo para el amor de Hou es una relato breve impregnado de una emoción delicada y a la vez arrebatadora. Hou filma el espesor de las distancias espaciales en el inicio del vínculo amoroso, hasta que la distancia queda abolida cuando los cuerpos se rozan. Quizás se trate del momento en el que el taiwanpes se permitió una mayor soltura emotiva en toda su obra. Esta intensidad lo acerca a Wong, aunque la sobriedad de los recursos con que Hou logra ese resultado se diferencia del barroquismo desatado de Wong.
En La mano, Wong cuenta la historia de Zhang, un sastre joven de mano prodigiosa, que se inicia en su oficio y en las artes amatorias con la fatal Miss Hua (Gong Li en su máximo explendor). Habrá también una mano de Miss Hua que va a tomar el deseo de Zhang por el punto menos esperado. A partir de entonces él va a intentar canalizar su pasión erótica en los vestidos que diseña para ella. Trabajar sobre la silueta ausente de Hua, en la tela destinada a rozar la piel de ella, es una forma de acariciarla. Zhang toca el cuerpo de ella cuando le toma las medidas para hacerle los vestidos y después, cuando está solo, prolonga su tacto en el dibujo de los modelos, la elección de las texturas, el corte exacto de cada retazo.
Después de pensar en el deseo de pasarlas juntas me di cuenta de la principal coincidencia de La mano y Un tiempo para el amor: son dos películas sobre el amor en un sentido táctil. Dos películas sobre cuando el amor se toca.
jueves, 8 de noviembre de 2018
El amor hecho a mano (o el espacio entre los dos)
Un tiempo para el amor (Hou Hsiao-hsien, 2005) - Este sábado a las 19:30 en IWO (Ayacucho 483) - Se exhibirá en doble programa con La mano de Wong Kar-wai
Un tiempo para el amor puede tomarse como un estudio cinematográfico sobre la distancia que todo encuentro amoroso necesita atravesar. La cámara con la que Hou Hsiao-hsien sigue las idas y vueltas de la pareja antes de tocarse por primera vez se desliza con una ligereza aérea, con esa ingravidez que exhalan los romances juveniles en su momento de mayor dicha. El principio organizador del relato, conformado por elementos mínimos que van retornando continuamente, asume la capacidad específica del cine para filmar la emoción del espacio, la distancia y la cercanía entre dos personas movidas por el trance romántico. "El espacio entre los dos" podría ser un buen título [1]. Los desplazamientos geográficos, fruto de la inestabilidad laboral y existencial de los jóvenes protagonistas, llevan a la pareja a encontrarse y desencontrarse, a cruzarse, perderse y volver a verse. Su exposición cinematográfica sigue la cadencia de los versos, las rimas, los estribillos y repeticiones con variaciones de las canciones pop. Precisamente, en el uso narrativo y climático de un par de canciones románticas de los años 60 ("Smoke gets in your eyes" por The Platters y "Rain and tears" por Aphrodite's Child) cifra Hou buena parte del voltaje emocional de este pequeño prodigio. Son años en los que los escarceos amorosos siguen ritos de exploración que hoy pueden parecernos cándidos. A principios del siglo xxi, el taiwanés Hou se conecta con aquel tiempo con una mirada empañada de delicada nostalgia a causa de una vivencia pretérita e irrepetible. La cámara guarda una distancia pudorosa, típica del estilo de Hou, que se permite un único plano detalle: el que sostiene la arquitectura de toda la película.
En 2005 el taiwanés Hou Hsiao-hsien filma una película en tres episodios, conocida en occidente con el título de Three times (Tres tiempos o Tres épocas), aunque una traducción literal del original chino podría ser El mejor de los tiempos. En estos tres episodios Hou usa a la misma pareja de actores (Chang Chen y Shu Qi) protagonizando sendas historias de amor situadas en tres diferentes momentos de la historia taiwanesa: "Un tiempo para el amor", el primer episodio, sucede durante 1966; "Un tiempo para la libertad", el segundo, se sitúa en 1911; "Un tiempo para la juventud", el último, ocurre en el presente. Vistos dentro de esa estructura, puede leerse en ellos la preocupación del cineasta por una historización de los lazos amorosos que resalta la diversidad de contextos y prácticas sociales en los vínculos sentimentales. La historia de Taiwán es uno de los motivos constantes de su filmografía. Pero cada uno de ellos puede verse también como una obra autónoma. Es la decisión que tomamos al escoger Un tiempo para el amor para exhibirlo este sábado en el ciclo 6 películas de ¿amor? (Fundación IWO, Ayacucho 483, 19;30), en doble programa con La mano, que un año antes había filmado en Hong Kong Wong Kar-wai (ver acá).
Wong y Hou son dos de los más grandes cineastas que haya dado el cine oriental contemporáneo; también podría decirse que durante dos décadas se situaron en la vanguardia del cine mundial y que a principios de este siglo alcanzaron una madurez artística que los hizo dar sus mejores películas. Que casi en simultaneidad ambos hayan filmado La mano (WKW como parte de Eros, cuyos otros episodios, notoriamente inferiores, fueron dirigidos por Antonioni y Soderberg) y Un tiempo para el amor (en el contexto de Three times, con todos los episodios dirigidos por HHH), en los dos casos con una duración casi idéntica (alrededor de 40 minutos), y que se trate de dos pequeñas obras maestras sobre la experiencia amorosa, invita a vincularlos en su momento de mayor proximidad y también en sus diferencias notorias.
Un tiempo para el amor es una relato breve impregnado de una emoción delicada y a la vez arrebatadora. Quizás se trate del momento en el que Hou se permitió una mayor soltura emotiva de toda su obra (de hecho, los otros episodios de Three times apelan a procedimientos más distanciadores). Esta intensidad lo acerca a Wong, aunque la sobriedad de los recursos con que Hou logra ese resultado se diferencia del barroquismo desatado de Wong.
Hay todavía algunos motivos para acercar La mano y Un tiempo para el amor y verlas juntas y a trasluz: las dos tienen al mismo actor protagónico, Chang Chen, una estrella del cine oriental contemporáneo. En ambas la juventud de los personajes que Chen encarna y el tiempo pretérito en el que se desarrollan adquieren una entonación evocativa. Se muestran en los dos casos esos amores iniciáticos que no se olvidan nunca. El tratamiento retro de dos directores caracterizados por procedimientos fuertemente vanguardistas y su situación geográfica en el litoral asiático, punto de circulación y colisión de las culturas oriental y occidental, entre lo arcaico y lo moderno, las dota de un aire de familia, aún con las notorias marcas autorales que las diferencian. Y finalmente y por sobre todo, Un tiempo para el amor y La mano son dos películas sobre el tacto en la experiencia erótica. En ambas, las manos de los enamorados juegan escenas decisivas, aunque esos toques no podrían ser más diversos. En esta segunda jornada de películas de ¿amor? veremos cómo el cine filma el amor hecho a mano.
[1] La espacio entre los dos es el título de una película argentina de Nadir Medina (2012)
miércoles, 7 de noviembre de 2018
La mano ahí
La mano (The hand, 2004, 55 minutos) es uno de los puntos culminantes de Wong Kar-wai. Tiene una concentración de estilemas por segundo que extasía por su belleza, una emoción visual tan ajustada a su brevedad que no tiene nada que envidiarle a Con ánimo de amar. Después de La mano, Wong nunca volvió a ser tan bueno (al menos hasta hoy, el cine siempre te da revanchas).
WKW diseña una estructura clásica y la llena de cine. Una película de amor en el sentido más clásico, melodrama desatado. Otra vez una historia de amor imposible. Un ardiente eros iniciático al que no le alcanza el tiempo de toda una vida para extinguirse. Pero no es simplemente una recreación del género melodramático del siglo xx a comienzos del xxi: es su paroxismo. Wong pulsa un ritmo de espacio, tiempo, movimiento y color como una música exquisita (además de la partitura del genial Peer Raben). En La mano WKW se muestra como un maestro consumado del arte del montaje.
Zhang (Chang Chen) es un sastre joven de mano prodigiosa, que se inicia en su oficio y en las artes amatorias con la fatal Miss Hua (Gong Li en su máximo explendor). Habrá también una mano de Miss Hua que va a agarrar el deseo de Zhang por el hueco menos esperado. A partir de entonces su pasión erótica va a intentar canalizarla en los vestidos que para ella diseñe. Trabajar sobre la silueta ausente de Hua, en la tela destinada a rozar la piel de ella, es una forma de acariciarla. Zhang toca el cuerpo de ella cuando le toma las medidas para hacerle los vestidos y después, cuando está solo, prolonga su tacto en el dibujo de los modelos, la elección de las texturas, el corte exacto de cada retazo.
Este juego de manos, la sustitución del cuerpo ausente por el vestido, es el principio que metaforiza la forma cinematográfica que practica el propio Wong con el cine. El montaje deviene en un acto erótico. Movimientos de cámara, diseños visuales, cambios de cadencia, planos detalles, ritmos y rimas visuales no hablan del erotismo sino que hacen cine. Habrá un encuentro tardío con su coreografía de manos, de una emoción, sensualidad y tristeza terminales. En esos minutos se condensa una fe en la capacidad del cine para producir experiencias insustituibles. La historia que cuenta parece la letra de un tango triste, si el tango asumiera sin inhibiciones su fervor más erótico. Pero La mano es cine: encuadre, foco, movimiento, corte, fuera de campo. La palabra off-scena encuentra aquí su realización más precisa.
jueves, 14 de julio de 2016
Las flores crecen en su estación, los bandidos son menos previsibles
por José Miccio
Necesitamos de los pioneros para ordenarnos. Los deseamos, al punto de tropezar con alguno siempre. Wong Kar-wai podría ser su contracara: sus películas no se pretenden primeras de nada pero amenazan siempre con ser el fin de alguna cosa. No lo logran, a pesar de llevar los géneros a su hervor. Con ánimo de amar, que se quiere la última gran historia del último gran amor, ha hecho más por el melodrama que cualquier película desde que Fassbinder decidió buscar en Sirk lo que no encontraba en su Europa culta y olvidadiza. Ashes of Time Redux –revisión de su película de 1994 – es un momento decisivo en la historia del Wuxia, puede que el más importante desde que Tsui Hark lo llevó al infierno en The Butterfly Murders. A nada le teme Wong. Ni siquiera a su talento para los planos inolvidables. Sus historias de espadachines, de compleja y estricta estructura temporal, prefieren el melo antes que el drama. Lo dice el epígrafe, tal vez con otras palabras: “Está escrito en el canon budista: las banderas quietas, el viento en calma; es el corazón del hombre el que se agita”. (...) su camino es el exceso y la desvergüenza, los contrapicados del viento, la música que sube y sube hasta hacer de nuestra sonrisa distante una mueca de pez. Alguien lanza un plato hacia arriba y el plano siguiente encuentra la luna llena. En el desierto alguien muere bajo la espada, y las aves levantan vuelo en el lago donde su esposa acaricia un caballo. Así, noventa minutos. Esto que se dice en la película podría hacer referencia a Wong: “Las flores crecen en su estación, los bandidos son menos previsibles”.
sábado, 22 de agosto de 2015
Crespo, Entre Ríos / Hong Kong
Mi amigo Mauricio Percara desde hace más o menos un año se consiguió un trabajo como locutor... ¡en China! Y desde allå edita un blog que se llama Mate in China. Ayer posteó esta nota, que me hizo acordar de mi viaje a la provincia de Entre Ríos en invierno de 2010:
En compañía de calor y humedad, un turista en Hong Kong se puede sentir acosado ante la venta de copias de relojes. Pero la vida va más allá de eso en la isla. Apreciar su Buda Gigante es una opción más amena, ver esa magnánima construcción que parece tan antigua pero que no se acerca siquiera al siglo de existencia. Pero si algo verdaderamente golpeó a las puertas de mi atención, fue lo menos esperado.
A escasos metros de mi hospedaje se emplaza la Avenida de las Estrellas. Y ahí estuve, por un rato. Jet Li, Bruce Lee, caras conocidas con forma de estrella. Y la sorpresa. Y el recuerdo. Y la película de mi vida dirigida por Wong Kar-wai.
Aparece ante mi mirada perdida una pareja, de esas que no se miran ni se tocan, de las que se hablan con cierta distancia. Dos personas que se unen ante la necesidad de unirse para no estar solos en una vida de caminos que siempre se pierden en la noche o en los días salvajes. Dos humanos que se reconocen crédulos ante el amor, pero que jamás se animarán a practicarlo como las bestias que caminan por su espalda.
Y recordé una noche de gloria. Esa velada en que me acerqué a este director, que se presenta ante mí en este suelo isleño como la simplificación de un cuerpo celeste. Oscar Cuervo habla acerca de un director de cine de Hong Kong y la ciudad de Crespo lo observa, como a un extraño que se pierde ante la vastedad de lo invisible en una ciudad gigante de unos veinte mil habitantes. Oscar trajo una película para compartir con el pueblo y él mismo ve con curiosidad la pantalla que le presenta, quizás por centésima vez, Con ánimo de amar.
La pareja no se besa y tampoco se ama, pero la mujer me sonríe con sus ojos de sufrimiento, ese que está siempre guardado en un rincón del armario más viejo.
Publicado por Mauricio Percara
Sólo quiero agregar que esa noche que estrenamos Con ánimo de amar en la ciudad de Crespo hacía en la sala un frío de cagarse, pero de todos modos nos quedamos un rato largo hablando de la película con aquella amable concurrencia, fascinada por Wong Kar-wai. Y a raíz de esa charla escribí el texto que pueden leer clickeando acá.
jueves, 7 de noviembre de 2013
El arte de la guerra
Wong Kar Wai tiene el síndrome de hubris
Wong Kar Wai hizo a principios de los 90 pequeñas películas imperfectas y adorables (yo me pasaría mil tardes de mi vida volviendo a ver Fallen angels). Después vino a la Argentina para escaparse de una situación densa en Hong Kong y para buscar los rastros de Manuel Puig en estos aires. De ese encuentro no salieron indemnes ni el cine argentino ni Wong Kar Wai. Happy together es su película más áspera y marcó a los nuevos cineastas argentinos, desde el momento en que capturó la atmósfera visual y sonora de Buenos Aires como nadie lo había hecho antes. Wong puso a esta ciudad en el cine contemporáneo.
En el 2000 hizo una película triste y perfecta sobre un romance perfecto y triste: In the mood for love (La flor de la edad sería el título original chino). Uno de los grandes melodramas de todos los tiempos. ¿Cómo seguir después de eso?
En el 2000 hizo una película triste y perfecta sobre un romance perfecto y triste: In the mood for love (La flor de la edad sería el título original chino). Uno de los grandes melodramas de todos los tiempos. ¿Cómo seguir después de eso?
Esa pregunta Wong la respondió filmando: 2046 es el tiempo del anonadamiento que sobreviene después de haber vivido un romance hermoso y trunco. Y es una película que se pregunta cómo seguir haciendo películas después de haber rozado la belleza. Su desmesura, su ejecución vacilante y su sabor resacoso se gozan en toda su melancolía.
Tardó tanto en terminar 2046 que Wong estaba empezando a avisarnos que no sabía cómo seguir.
Hasta ahí todo bien.
Hizo todavía otra genialidad: La mano, el primer episodio de Eros. Y ahí dejó ver que la concisión podría ser una buena consejera para un cineasta con síndrome de hubris.
Después, la terrible decepción; My blueberry nights es una película indigna de su filmografía: como si un chapucero publicista americano pretendiera sacarse el gusto de imitar con torpeza a Wong Kar Wai.
Quedamos esperando el movimiento siguiente: tratando de pensar que My blueberry nights fue solo el mal paso de alguien que en seguida se recompondría. Mucho tiempo esperamos hasta que llegara El arte de la guerra.
Acá están todos los yeites de Wong, el foco crítico en los PPP, la lluvia filmada en picados, los ralentis, los carteles en esa tipografía china tan atractiva, carteles que funcionan como uno de los puntos de enunciación de sus relatos, porque también apela a la voz en off evocadora del protagonista que recuerda en primera persona. Siempre nos queda la pregunta de en qué tiempo se ubica la voz narradora, siempre parece estar evocando los sucesos muchos años después de haberlos vivido.
Todos esos procedimientos están, como para que uno se dé cuenta de que la película es de Wong. Y están esos planos perfectos, ese luz dorada que inunda la pantalla, esos verde azulados, esos planos que uno quisiera capturar para llevárselos a su casa de tan lindos.
El arte de la guerra está llena de esos planos súmamente lindos, pero de una lindura que empalaga. Sobre todo porque sus personajes no nos despiertan el menor interés. Ya no nos trasmiten ese ánimo de amar de 13 años atrás. Decir que son personajes es ya decir demasiado: son construcciones hechas de palabras y primerísimos planos con foco crítico y luz dorada, con voces que los narran. Pero a través de esos procedimientos ya no circula la vida. El perfeccionismo que se le atribuye a Wong (que alguna vez ejerció) ahora es más bien engolosinamiento por hacer planos lindos que flotan en un archipiélago de linduras, todo anegado.
No importa: le debemos tan buenos momentos que lo seguiremos esperando. Capaz que algún día Wong Kar Wai vuelve.
martes, 20 de septiembre de 2011
Con ánimo de amar
Este viernes a las 20:30 en Humberto Primo 775
por Oscar Cuervo
por Oscar Cuervo
花樣年華: "La flor de la edad" podría ser la traducción del chino tradicional del título original de Con ánimo de amar. Se refiere al punto exacto de la vida en el que el amor florece con toda su frescura y en su plenitud irrepetible. Se trata de un momento necesariamente efímero, aunque nadie ha sabido decir cuánto puede durar exactamente ni a qué edad se produce. Es probable que no haya medidas universales y que cada caso sea distinto. Pero el concepto es que hay un tiempo preciso en el que el manjar está a punto, que nadie puede disponerlo a voluntad, ni acelerarlo ni prolongarlo más allá de su ciclo vital. Y que una vez que pasa, ay, sólo cabe recordarlo.
Ese mood delicioso y destinado al recuerdo es lo que se propone y logra filmar Wong Kar-wai en Con ánimo de amar. Es la etapa del escarceo y la aproximación amorosa, que puede empezar primero en uno y luego en otro de los posibles amantes, un período poblado de signos, de conjeturas, de reflejos engañosos y de brillos genuinos. En algunos instantes preciosos los enamorados quedan a la par, sienten lo Mismo, pero a la vez habitan un tiempo de inestabilidad en el que ningún gesto resulta suficiente. Es una tortura, pero es la tortura más suave que se conozca. Es la posición estética a pleno, en su momento más agradecido. Supongo que ni la posición ética ni la religiosa son capaces de llegar a esas alturas.
Wong Kar-wai tiende el tapiz de tremenda experiencia con el cuidado y el fervor de un estilista alucinado. Hace que su pareja protagónica quede detenida en ese escarceo y que, por motivos argumentales, no pueda salir jamás de él. La pasión no conoce explosiones eróticas, sólo se consuma en roces, silencios y palabras acariciantes. El punto de vista de cámara, los delicados movimientos, la luz que destella de modo casual en el brillo de la mirada, los ojos húmedos, el tacto de manos y la indecible atmósfera musical tienden a sumergirnos en el ensueño amoroso.
Se trata de un melodrama de un romanticismo furibundo. Realizado a comienzos del siglo XXI, guarda una relación tensa con el melodrama clásico y con su relectura moderna. Es una película de todas las épocas.
En Con ánimo de amar Su Lizhen (Maggie Cheung) y Chow (Tony Leung) –la pareja más bella jamás reunida en el cine contemporáneo- son vecinos. Cada uno está casado por su lado y de alguna manera ambos se dan cuenta de que sus respectivas parejas, el marido de ella y la mujer de él, son amantes. Entre ambos se inicia un vínculo equívoco, porque juntos intentan imaginar cómo empezó la infidelidad de la que son víctimas. Pero esta “reconstrucción del hecho” se transforma pronto en amor entre ellos. ¿Se permitirán traspasar el límite? El pudor de Su y Chow, su decisión de distinguirse de los adúlteros, le confieren a la película una energía tensa. Pero esa inhibición no hace sino potenciar la pasión hasta el infinito. El resultado es un relato de extrema concentración.
Wong Kar-wai ha llegado, en Con ánimo de amar a impregnar cada molécula de su cine, cada reflejo de luz, cada textura, hasta el sonido, el aroma y el tacto de sus superficies, de pasión amorosa. Una película perfecta.
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Wong Kar-wai
jueves, 16 de septiembre de 2010
Angeles caídos, amores líquidos


por oac
Wong kar Wai es uno de los nombres claves de la renovación estética del cine contemporáneo llevada a cabo en la década del 90. Después de unos deplorables años 80 para el cine mundial, la renovación vino de países periféricos. Wong Kar-wai llegó desde Hong Kong, un punto de cruce de tradiciones culturales diversas: oriente y occidente, películas industriales y películas de autor. El cine de Wong abreva en todas las fuentes posibles (cine de género, melodrama clásico, noir, nouvelle vague, música pop, folletín, Manuel Puig) pero la combinación es tan singular que su estilo es reconocible en unos pocos minutos de cualquiera de sus películas.

En Buenos Aires se hizo conocido por un par de películas que representan claramente las dos vertientes de su filmografía:
1) Happy together (filmada en Argentina a mediados de los 90, collage urbano contemporáneo, de estética low fi, alrededor de vínculos amorosos precarios e insatisfactorios);
2) poco después se estrena su obra maestra: Con ánimo de amar (melodrama retro impregnado de sensualidad y boleros, de imagen pulida y puesta en escena preciosista, elegida por La otra como una de las películas de la década 00).
Ambas vertientes tienen elementos temáticos y formales en común:
- el tema de los amores imposibles, siempre frustrantes, más pasionales en los films retros y más descomprometidos en las películas urbanas contemporáneas;
- una distorsión del tempo narrativo, con bruscas aceleraciones y ralentis que responden a procesos interiores de los personajes;
- una manierismo visual que diseña la imagen hasta en sus más mínimos detalles, jugando con texturas, colores, movimientos y formas; este tratamiento visual determina siempre el mood de sus películas, que combinan sensaciones muy precisas con líneas narrativas más vaporosas. Wong es un consumado sensualista del cine, en el que, por sobre la desdicha inevitable de sus personajes se impone el goce estético de la mirada.

Fallen angels pertenece a su vertiente contemporánea urbana y puede considerarse el "lado B" de Chunking Express; de hecho su trama doble (dos historias de des-amor que en determinado momento se cruzan) es un desprendimiento de la trama también doble de Chunking Express. No cuesta mucho trabajo pensar ambas películas como una unidad, si bien es cierto que Chunking... es más ligera y optimista, más cercana al género comedia, y Fallen angels es más melancólica y más cercana al noir (lo que bien corresponde a un auténtico "lado B").

Los personajes de Fallen angels se hallan en un momento de detención existencial (que puede durar días o años), tratando de salir adelante sin acertar los caminos, heridos de amor, desconfiados, con miedo a entablar vínculos fuertes, enredados en una inercia afectiva que aceptan como algo habitual. Son jóvenes de empleos tan precarios como sus afectos, que se mueven en el espacio ajeno y abigarrado de la ciudad posmoderna. Muchas veces las canciones son el único remanso de sus jornadas.
jueves, 12 de agosto de 2010
Ese calor tan adorable
Angeles caídos

Piensa Michelle:
"No estoy acostumbrada a este clima.
El invierno parece volverse interminable.
Aunque todos los días me alimento bien,
igual siento frío.
Tengo que acostumbrarme a trabajar sola,
de vez en cuando lo hago con otros
pero no de manera regular.
Aprendí que tengo que ser más cuidadosa,
por ejemplo, no trabajaré en hoteles nunca más
y no revisaré más tachos de basura.
Creo firmemente
que una no debe involucrarse sentimentalmente con sus parejas".
Piensa He Qiwu:
"Uno se roza con mucha gente cada día,
algunos pueden llegar a ser tus amigos o confidentes,
por esa razón es que yo siempre soy optimista.
A veces uno sale herido,
paciencia, yo trato de estar contento.
Ahí está otra vez la mujer de la vez pasada,
sé que nunca seremos amigos o confidentes,
no hubo demasiadas chances de que nos entendiéramos,
no pasó nada, no hubo química.
Debe ser por el clima
pero esta noche me parece muy atractiva".
.jpg)
Piensa Michelle:
"Estoy a punto de irme,
le pido a él que me lleve a casa,
hace mucho que no me llevan en el asiento trasero
y hace tanto que no estoy cerca de un hombre...
El trayecto a casa no es demasiado largo
y sé que pronto voy a tener que bajarme
pero durante este momento siento ese calor tan adorable..."
por oac
Una de mis escenas favoritas de una de mis películas favoritas de uno de mis directores favoritos. Fallen angels, de Wong Kar-wai. En la filmografía de Wong hay dos vertientes: una más retro, de melodramas intensos, bolerísticos y húmedos; la otra más urbana y contemporánea, de comedias agridulces. Fallen angels pertenece a esta vertiente. En unas y en otras se trata de seres desvalidos que buscan, en la medida que pueden, amar y ser amados; y casi nunca pueden. La tristeza que exhalan sus películas se suaviza por la tersura de las imágenes y la emoción de las canciones. Las canciones de las películas de Wong son lo mejor que hay.
En este caso, es un tema del grupo vocal The Flying Pickets que se llama Only you. Como la secuencia de Youtube no incluye los títulos del final, acá dejo la canción para ponernos un poco in the mood for love.
Looking from a window above
It's like a story of love,
Can you hear me?
Came back only yesterday,
Moving further away,
Want you near me?
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
Sometimes when I think of your name,
And it's only a game,
And I need you
Listening to the words that you say,
It's getting harder to stay,
When I see you.
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
This is gonna take a long time
And I wonder what's mine
Can't take no more.
Wonder if you'll understand,
It's just the touch of your hand
Behind a closed door.
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.

Piensa Michelle:
"No estoy acostumbrada a este clima.
El invierno parece volverse interminable.
Aunque todos los días me alimento bien,
igual siento frío.
Tengo que acostumbrarme a trabajar sola,
de vez en cuando lo hago con otros
pero no de manera regular.
Aprendí que tengo que ser más cuidadosa,
por ejemplo, no trabajaré en hoteles nunca más
y no revisaré más tachos de basura.
Creo firmemente
que una no debe involucrarse sentimentalmente con sus parejas".
Piensa He Qiwu:
"Uno se roza con mucha gente cada día,
algunos pueden llegar a ser tus amigos o confidentes,
por esa razón es que yo siempre soy optimista.
A veces uno sale herido,
paciencia, yo trato de estar contento.
Ahí está otra vez la mujer de la vez pasada,
sé que nunca seremos amigos o confidentes,
no hubo demasiadas chances de que nos entendiéramos,
no pasó nada, no hubo química.
Debe ser por el clima
pero esta noche me parece muy atractiva".
.jpg)
Piensa Michelle:
"Estoy a punto de irme,
le pido a él que me lleve a casa,
hace mucho que no me llevan en el asiento trasero
y hace tanto que no estoy cerca de un hombre...
El trayecto a casa no es demasiado largo
y sé que pronto voy a tener que bajarme
pero durante este momento siento ese calor tan adorable..."
por oac
Una de mis escenas favoritas de una de mis películas favoritas de uno de mis directores favoritos. Fallen angels, de Wong Kar-wai. En la filmografía de Wong hay dos vertientes: una más retro, de melodramas intensos, bolerísticos y húmedos; la otra más urbana y contemporánea, de comedias agridulces. Fallen angels pertenece a esta vertiente. En unas y en otras se trata de seres desvalidos que buscan, en la medida que pueden, amar y ser amados; y casi nunca pueden. La tristeza que exhalan sus películas se suaviza por la tersura de las imágenes y la emoción de las canciones. Las canciones de las películas de Wong son lo mejor que hay.
En este caso, es un tema del grupo vocal The Flying Pickets que se llama Only you. Como la secuencia de Youtube no incluye los títulos del final, acá dejo la canción para ponernos un poco in the mood for love.
Looking from a window above
It's like a story of love,
Can you hear me?
Came back only yesterday,
Moving further away,
Want you near me?
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
Sometimes when I think of your name,
And it's only a game,
And I need you
Listening to the words that you say,
It's getting harder to stay,
When I see you.
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
This is gonna take a long time
And I wonder what's mine
Can't take no more.
Wonder if you'll understand,
It's just the touch of your hand
Behind a closed door.
All I needed was the love you gave,
All I needed for another day,
And all I ever knew - only you.
jueves, 5 de agosto de 2010
El estilo de Wong Kar-wai
Con ánimo de amar y otras películas

por Lucas Carrizo
La apuesta de Wong Kar Wai en Con ánimo de amar es el moderado encuentro de lo clásico con lo moderno. Nos narra una historia clásica. El señor Chow (Tony Leung) y la señora Chan (Maggie Cheung) son vecinos. Se los muestra casi siempre solos, tristes, hasta que, entrando en contacto, descubren que sus respectivos cónyuges son amantes. El dolor y la soledad los unen. Entre ellos nace la atracción de esos amantes que nunca terminarán estando juntos.
Wong nos presenta una narración con las huellas modernas de su estilo. Ya no elige el modo fragmentado que utilizó en su anterior película, Felices juntos, donde también nos mostraba una historia de amor. En ella, la fragmentación del relato sumaba sentido al modo frenético de ser y de desencontrarse de los dos personajes principales. En Con ánimo de amar el ritmo es bien diferente. Tiene la cadencia de esas cuerdas que acompañan los momentos en que la señora Chan y el señor Chow se perciben, se cruzan. Hay una connotación del detalle, de lo pausado, la cámara lenta lo propone así. La música acompaña el ritmo, y los actores, capturados por la cámara, lo consuman.

Existe un complejo desarrollo de la repetición y la condensación de recursos. Wong repite muchas veces el mismo fragmento de cuerdas acompañado por la imagen en cámara lenta. El plano puede ser similar o diferente: cuando suben y bajan las escaleras, cuando se cruzan las miradas. Lo que logra con ambos recursos es sumergirnos en una contemplación, en un trance del poético deseo de los personajes. Cada vez que suenan las cuerdas, se evocan inevitablemente los encuentros anteriores. Otra de las evidencias son las escenas donde ambos ensayan la forma en que ella encararía a su marido por su infidelidad o la de la despedida de ambos. Tanto una como otra nos proponen una distancia respecto del relato clásico. A la vez nos envuelven emotivamente con el llanto a secas de la señora Chan y la mirada triste de su nuevo compañero.
Con respecto al leitmotiv musical, algo similar ocurre en La caída de los ángeles, pero en este caso con otro tono. En cada escena que el personaje principal, el asesino por encargo, se prepara a realizar sus tareas, aparece la imagen en cámara lenta entrecortada y el fondo musical de pop-rock pesado. Estas escenas se repiten a lo largo del film y condensan en el momento de la muerte del protagonista.

En las tres películas anteriores a Con ánimo de amar (La caída de los ángeles, Chungking Exppress y Felices juntos) la propuesta del director era narrarnos historias en forma fragmentada.. Todos estos fragmentos formaban el cuerpo de la película; a través del nexo conductor que era la voz en off. Cada uno de los personajes, hasta el mudo de La caída de los ángeles, nos ampliaba y componía su universo por medio del off. Los puntos de vista del film también estaban indicados por el mismo recurso. En Con ánimo.... el relato está regido en su mayor parte por un relator omnisciente. Sólo al comienzo y al final aparece explícitamente a través del texto escrito. No hace falta agregar más de lo que se muestra. Las imágenes son bellas, y Wong Kar Wai lo logra porque su mirada es así. Las señora Chan es sensual. Su vestuario también. Pero no alcanza con describirlo. El director nos ofrece algo más: la percepción de esas imágenes, la poesía del mundo de esos amantes.
Otro de los recursos que utiliza es el fuera de campo. Hay muchos detalles sólo insinuados. Nosotros nunca conocemos los rostros de los cónyuges de los protagonistas, apenas escuchamos sus voces o vemos el revés de sus siluetas. Todo esto genera que la tensión narrativa se deposite por completo en el devenir de la relación del señor Chow y la señora Chan.
La película nos propone reflexionar sobre los valores puestos en las relaciones matrimoniales y su contracara, la infidelidad. A medida que van sucediendo los primeros encuentros de la pareja, aumentan los encuadres fijos sobre espejos. Nuestra mirada se vuelve un reflejo, o lejana, a través de ventanas. La cámara nos coloca en la situación de voyeurs. Esto suma sentido a la sensación de encontrarse observados de los protagonistas. Hay una mirada moral que los condena y por eso las escenas son en completa soledad o en lugares cerrados. Algo los oprime y se distancian y justifican con ese terrible “no vamos a ser como ellos”. Ya a esa altura del film es inevitable hablar de amor. Ellos lo saben. Lo saben cuando comienzan con el juego en el restaurant, de pedir el plato que pediría cada uno de sus cónyuges. Lo saben cuando ensayan como enfrentaría la señora Chan a su marido. Y lo saben cuando intercambian roles, como si fueran sus respectivas parejas, queriendo rearmar la situación de quién habría seducido a quién. Hay algo allí flotando, como una imposibilidad por parte de la señora Chan de percibir al señor Chow por completo.
Siempre surge como referencia su relación matrimonial y la condena social. Esto se pone en evidencia con la propuesta del protagonista de irse juntos. Su larga espera es genialmente presentada con el “Quizás, quizás, quizás” o con ciertas frases de ella como “Él (su esposo) no lo hubiera hecho así”.

En Chungking Express el personaje del policía, Tony Leung, actúa de una forma similar, pero menos convencional. Hasta cierto momento del film, él no puede ver, niega lo que sucede a su alrededor. Faye Wong, la vendedora del puesto de comidas, hace lo imposible para que él le preste atención; hasta roba las llaves de su casa y limpia y ordena su departamento. Él no lo nota hasta que pone punto final a su relación anterior. Ahí comienza a registrar a Faye. A esa altura Faye, luego de la cantidad de veces que escucha “California dreaming”, parte hacia California. Se produce el desencuentro y así la tensión dramática por lo que no pudo ser.

Hay algo clave en las películas de Wong Kar Wai, que fue poéticamente presentado en Felices... con el personaje de Chang, aquel que tenía aguda audición y que, por la voz de los otros, percibía sus estados de ánimo. El director nos dice con las voces de los protagonistas y con sus silencios. Pero sobre todo nos comunica con la banda de sonido. No es casual que en muchos planos fijos de Felices... y Con ánimo... los personajes no emitan sonido alguno y queden suspendidos por instantes en el tiempo. No sucede así con la banda sonora que, sumada a las imágenes, nos da el sentido completo.
Se podría pensar a Con ánimo... como conformada por dos partes. La primera, más extensa y poética con un relato clásico. Centrada en la revelación del adulterio y en el desarrollo de los encuentros de los protagonistas. Ésta apela, en cierta medida, a nuestra identificación con los personajes. Como segunda parte estaría el relato, luego de la partida del señor Chow. El mismo tiene varios fundidos a negro con cortes, que nos proponen distancia de la narración. Allí el director nos lleva a un universo más amplio. No están ellos solamente, hay signos claros del mundo que los rodea. Dentro de todo ese mundo, ellos son una historia más. Ahí nos pone a nosotros como testigos e instaura, en contraste con lo universal, el momento de lo íntimo y singular. El secreto que sella en el monasterio el señor Chow.

por Lucas Carrizo
La apuesta de Wong Kar Wai en Con ánimo de amar es el moderado encuentro de lo clásico con lo moderno. Nos narra una historia clásica. El señor Chow (Tony Leung) y la señora Chan (Maggie Cheung) son vecinos. Se los muestra casi siempre solos, tristes, hasta que, entrando en contacto, descubren que sus respectivos cónyuges son amantes. El dolor y la soledad los unen. Entre ellos nace la atracción de esos amantes que nunca terminarán estando juntos.
Wong nos presenta una narración con las huellas modernas de su estilo. Ya no elige el modo fragmentado que utilizó en su anterior película, Felices juntos, donde también nos mostraba una historia de amor. En ella, la fragmentación del relato sumaba sentido al modo frenético de ser y de desencontrarse de los dos personajes principales. En Con ánimo de amar el ritmo es bien diferente. Tiene la cadencia de esas cuerdas que acompañan los momentos en que la señora Chan y el señor Chow se perciben, se cruzan. Hay una connotación del detalle, de lo pausado, la cámara lenta lo propone así. La música acompaña el ritmo, y los actores, capturados por la cámara, lo consuman.

Existe un complejo desarrollo de la repetición y la condensación de recursos. Wong repite muchas veces el mismo fragmento de cuerdas acompañado por la imagen en cámara lenta. El plano puede ser similar o diferente: cuando suben y bajan las escaleras, cuando se cruzan las miradas. Lo que logra con ambos recursos es sumergirnos en una contemplación, en un trance del poético deseo de los personajes. Cada vez que suenan las cuerdas, se evocan inevitablemente los encuentros anteriores. Otra de las evidencias son las escenas donde ambos ensayan la forma en que ella encararía a su marido por su infidelidad o la de la despedida de ambos. Tanto una como otra nos proponen una distancia respecto del relato clásico. A la vez nos envuelven emotivamente con el llanto a secas de la señora Chan y la mirada triste de su nuevo compañero.
Con respecto al leitmotiv musical, algo similar ocurre en La caída de los ángeles, pero en este caso con otro tono. En cada escena que el personaje principal, el asesino por encargo, se prepara a realizar sus tareas, aparece la imagen en cámara lenta entrecortada y el fondo musical de pop-rock pesado. Estas escenas se repiten a lo largo del film y condensan en el momento de la muerte del protagonista.

En las tres películas anteriores a Con ánimo de amar (La caída de los ángeles, Chungking Exppress y Felices juntos) la propuesta del director era narrarnos historias en forma fragmentada.. Todos estos fragmentos formaban el cuerpo de la película; a través del nexo conductor que era la voz en off. Cada uno de los personajes, hasta el mudo de La caída de los ángeles, nos ampliaba y componía su universo por medio del off. Los puntos de vista del film también estaban indicados por el mismo recurso. En Con ánimo.... el relato está regido en su mayor parte por un relator omnisciente. Sólo al comienzo y al final aparece explícitamente a través del texto escrito. No hace falta agregar más de lo que se muestra. Las imágenes son bellas, y Wong Kar Wai lo logra porque su mirada es así. Las señora Chan es sensual. Su vestuario también. Pero no alcanza con describirlo. El director nos ofrece algo más: la percepción de esas imágenes, la poesía del mundo de esos amantes.
Otro de los recursos que utiliza es el fuera de campo. Hay muchos detalles sólo insinuados. Nosotros nunca conocemos los rostros de los cónyuges de los protagonistas, apenas escuchamos sus voces o vemos el revés de sus siluetas. Todo esto genera que la tensión narrativa se deposite por completo en el devenir de la relación del señor Chow y la señora Chan.
La película nos propone reflexionar sobre los valores puestos en las relaciones matrimoniales y su contracara, la infidelidad. A medida que van sucediendo los primeros encuentros de la pareja, aumentan los encuadres fijos sobre espejos. Nuestra mirada se vuelve un reflejo, o lejana, a través de ventanas. La cámara nos coloca en la situación de voyeurs. Esto suma sentido a la sensación de encontrarse observados de los protagonistas. Hay una mirada moral que los condena y por eso las escenas son en completa soledad o en lugares cerrados. Algo los oprime y se distancian y justifican con ese terrible “no vamos a ser como ellos”. Ya a esa altura del film es inevitable hablar de amor. Ellos lo saben. Lo saben cuando comienzan con el juego en el restaurant, de pedir el plato que pediría cada uno de sus cónyuges. Lo saben cuando ensayan como enfrentaría la señora Chan a su marido. Y lo saben cuando intercambian roles, como si fueran sus respectivas parejas, queriendo rearmar la situación de quién habría seducido a quién. Hay algo allí flotando, como una imposibilidad por parte de la señora Chan de percibir al señor Chow por completo.
Siempre surge como referencia su relación matrimonial y la condena social. Esto se pone en evidencia con la propuesta del protagonista de irse juntos. Su larga espera es genialmente presentada con el “Quizás, quizás, quizás” o con ciertas frases de ella como “Él (su esposo) no lo hubiera hecho así”.

En Chungking Express el personaje del policía, Tony Leung, actúa de una forma similar, pero menos convencional. Hasta cierto momento del film, él no puede ver, niega lo que sucede a su alrededor. Faye Wong, la vendedora del puesto de comidas, hace lo imposible para que él le preste atención; hasta roba las llaves de su casa y limpia y ordena su departamento. Él no lo nota hasta que pone punto final a su relación anterior. Ahí comienza a registrar a Faye. A esa altura Faye, luego de la cantidad de veces que escucha “California dreaming”, parte hacia California. Se produce el desencuentro y así la tensión dramática por lo que no pudo ser.

Hay algo clave en las películas de Wong Kar Wai, que fue poéticamente presentado en Felices... con el personaje de Chang, aquel que tenía aguda audición y que, por la voz de los otros, percibía sus estados de ánimo. El director nos dice con las voces de los protagonistas y con sus silencios. Pero sobre todo nos comunica con la banda de sonido. No es casual que en muchos planos fijos de Felices... y Con ánimo... los personajes no emitan sonido alguno y queden suspendidos por instantes en el tiempo. No sucede así con la banda sonora que, sumada a las imágenes, nos da el sentido completo.
Se podría pensar a Con ánimo... como conformada por dos partes. La primera, más extensa y poética con un relato clásico. Centrada en la revelación del adulterio y en el desarrollo de los encuentros de los protagonistas. Ésta apela, en cierta medida, a nuestra identificación con los personajes. Como segunda parte estaría el relato, luego de la partida del señor Chow. El mismo tiene varios fundidos a negro con cortes, que nos proponen distancia de la narración. Allí el director nos lleva a un universo más amplio. No están ellos solamente, hay signos claros del mundo que los rodea. Dentro de todo ese mundo, ellos son una historia más. Ahí nos pone a nosotros como testigos e instaura, en contraste con lo universal, el momento de lo íntimo y singular. El secreto que sella en el monasterio el señor Chow.
martes, 3 de agosto de 2010
Con ánimo de amar
花樣年華


"La flor de la edad" podría ser la traducción del chino tradicional del título original de Con ánimo de amar. Se refiere al punto exacto de la vida en el que el amor florece con toda su frescura y en su plenitud irrepetible. Se trata de un momento necesariamente efímero, aunque nadie ha sabido decir cuánto puede durar exactamente ni a qué edad se produce. Es probable que no haya medidas universales y que cada caso sea distinto. Pero el concepto es que hay un tiempo preciso en el que el manjar está a punto, que nadie puede disponerlo a voluntad, ni acelerarlo ni prolongarlo más allá de su ciclo vital. Y que una vez que pasa, ay, sólo cabe recordarlo.
Ese mood delicioso y destinado al recuerdo es lo que se propone y logra filmar Wong Kar-wai en Con ánimo de amar. Es la etapa del escarceo y la aproximación amorosa, que puede empezar primero en uno y luego en otro de los posibles amantes, un período poblado de signos, de conjeturas, de reflejos engañosos y de brillos genuinos. En algunos instantes preciosos los enamorados quedan a la par, sienten lo Mismo, pero a la vez habitan un tiempo de inestabilidad en el que ningún gesto resulta suficiente. Es una tortura, pero es la tortura más suave que se conozca. Es la posición estética a pleno, en su momento más agradecido. Supongo que ni la posición ética ni la religiosa son capaces de llegar a esas alturas.
Wong Kar-wai tiende el tapiz de tremenda experiencia con el cuidado y el fervor de un estilista alucinado. Hace que su pareja protagónica quede detenida en ese escarceo y que, por motivos argumentales, no pueda salir jamás de él. La pasión no conoce explosiones eróticas, sólo se consuma en roces, silencios y palabras acariciantes. El punto de vista de cámara, los delicados movimientos, la luz que destella de modo casual en el brillo de la mirada, los ojos húmedos, el tacto de manos y la indecible atmósfera musical tienden a sumergirnos en el ensueño amoroso.
Se trata de un melodrama de un romanticismo furibundo. Realizado a comienzos del siglo XXI, guarda una relación tensa con el melodrama clásico y con su relectura moderna. Es una película de todas las épocas.
En Con ánimo de amar Su Lizhen (Maggie Cheung) y Chow (Tony Leung) –la pareja más bella jamás reunida en el cine contemporáneo- son vecinos. Cada uno está casado por su lado y de alguna manera ambos se dan cuenta de que sus respectivas parejas, el marido de ella y la mujer de él, son amantes. Entre ambos se inicia un vínculo equívoco, porque juntos intentan imaginar cómo empezó la infidelidad de la que son víctimas. Pero esta “reconstrucción del hecho” se transforma pronto en amor entre ellos. ¿Se permitirán traspasar el límite? El pudor de Su y Chow, su decisión de distinguirse de los adúlteros, le confieren a la película una energía tensa. Pero esa inhibición no hace sino potenciar la pasión hasta el infinito. El resultado es un relato de extrema concentración.
Wong Kar-wai ha llegado, en Con ánimo de amar a impregnar cada molécula de su cine, cada reflejo de luz, cada textura, hasta el sonido, el aroma y el tacto de sus superficies, de pasión amorosa. Una película perfecta.
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