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viernes, 3 de septiembre de 2021

La primera película que se me ocurre



La primera película que vi en la tele, blanco y negro, imaginate, tengo 90 años, fue El romance del Aniceto y la Francisca, posta, nunca había visto una película entera, menos sabía qué era el cine de autor, me llamó muchísimo la atención la escena en el club, termina una cumbia, la pista se vacía, el plano dura un minuto y cinco segundos, una eternidad, empieza un tango y las parejas se van sumando a la pista, Favio la filma en un gran plano general picado (lo aprendí después) y deja ese tiempo muerto que en el club era normal y en el cine se vive larguísimo aunque, como era la primera que veía, yo no tenía idea de los ritmos del cine. Era un pibe de siete años, así que eso fue el cine para mí. Después me impresionó la curiosa manera de morir de Luppi, tomándose del muro, abrazado al gallo, pensé que todas las películas debían ser así, pero acababa de ver una de las mejores películas de la historia, una de las mejores que vi jamás. Desde esa noche en canal 13 b&n el cineasta Leonardo Favio estuvo en mi corazón y mi cabeza hasta hoy, noventa y nueve décadas después. Vi muchas películas pero esa, que vi de casualidad en la tele, sigue siendo la primera película que se me ocurre.










sábado, 2 de enero de 2021

Mi año en películas

2020


por Oscar Cuervo *

Este año solo fui una vez al cine a ver... La dolce vita. Dopo vino el virus y adiós cine. No me distraje siquiera viendo películas, estuve meses pensando en el tiempo que resta y la historia que no espera. Si me lo preguntan, ya no lo entiendo. Sospecho que hace rato todo vino dándose como para que el cine, tal como se conoció en mi siglo, se fuera disolviendo en pantallas táctiles. La pandemia solamente da el golpe semifinal a la vieja cinefilia. No haré duelo, no por esto. El cine va a estar en cualquier lado porque ya no tendrá lugar propio. ¿Cómo distinguir entre todo lo que sale de la notebook, de la tablet o el celular esa cosa que antes llamamos cine? Ahora todo está entrando en mi cuarto por un mismo rectángulo. Decir películas es solo una manera de hablar. 

Se truncó en mí un trayecto de décadas de vida cinéfila para dar lugar a otra cosa, que la supone, de la que quedan rastros en las palpitaciones con que espero la imagen que pueda venir, un corte, un desvío, el suspenso que provoca la forma, el deseo de ver aunque sea un destello o esa ranura obscena que buscaba en lo oscuro, de escuchar una palabra que estuvo a punto de decirse o al menos eso esperaba. Esa huella de la cinefilia quedará durante el tiempo que sobrevivamos nosotros.

1- We are who we are (Luca Guadagnino, ocho episodios, HBO). En los primeros capítulos Guadagnino se complace en triturar todo amague de peripecia y se dispersa en una cantidad indeterminada de posibilidades. Situado en el territorio de cruce trasnacional de una base militar norteamericana en el norte rico de Italia, ninguna guerra se libra ahí excepto la de un sobresalto hormonal en una ducha colectiva, la fluidez de géneros, las familias queers aburguesadas, la coexistencia aparentemente gentil de identidades étnicas y moralidad distendida. Durante varios episodios reina una pax armada, el fisgoneo calentón, una psicodelia permitida y el roce de pieles entre edades y jerarquías imprudentes: una utopía cool, aunque los leds informan que Trump le gana a Hillary porque el mundo quiere liderazgos fuertes

[SPOILER ALERT] Hasta que Guadagnino hace explotar una bomba que destroza literalmente algunos cuerpos de reclutas negros y a la vez define el arco dramático. Sucede justo entre el episodio 6 y el 7 pero nada se acomoda en el orden que instauraría el patrioterismo tardoclásico de un Clint Eastwood. No: la comunidad organizada es engullida por una entropía de la que la atención se desvía para dejarse ganar por la angustia del primer desgarro amoroso de un pibe de 14 que se las sabe todas menos dar un beso. Hay un viaje iniciático hacia el éxtasis musical y al final, claro, un beso. La astucia del cine todavía puede ganar una batalla pírrica, lejos de la Patria y de las salas (se tenía pensado pasar las 8 horas seguidas en la Quinzaine des Réalisateurs de Cannes pero, suspendido el festival por la pandemia, se lanzaron los 8 capítulos por HBO). 

Guadagnino dice no haber visto nunca una serie pero parece conocer bien la parábola que va del Bertolucci de La luna al Van Sant de Paranoid Park. En fin: cine y dispositivo bélico. Cada uno puede extraer las conclusiones que quiera, pero Italia y Norteamérica muestran que todavía saben compaginar la geopolítica y el eros. Es lo más cercano al cine que vi este año.

2- Ópera prima: Dwelling in the Fuchun Mountains (Gu Xiaogang): Si se quiere es el extremo opuesto de We are who we are, quizás porque la gran escala de la civilización china le permite a su autor de 32 años percibir las mutaciones del tiempo con otro temple que el que experimenta occidente: el desgajamiento de una familia, la demolición de los viejos edificios y las cartas que conversan con ya nadie en cajones olvidados, mientras el ciclo de las estaciones fluye con la serenidad de un río profundo. Puede reconocerse en el joven Gu Xiaogang una filiación que remite a cineastas como Hou Hsiao-hsien o Edward Yang. Como si en China todavía hubiera un cine posible.

3- 4TRO V3INT3 (Raúl Perrone) El Perro sigue en Ituzaingó pero no puede salir a la calle, así que envía la cámara a unos pibes que se filman a sí mismos y él espera en su sala de edición para mirar sus miradas en busca de lo que viene persiguiendo hace eras. Este plan de fuga del aislamiento social preventivo más que una ocurrencia pragmática es un gesto simbólico fuerte: cesión momentánea o anticipo de un relevo generacional. 4TRO V3INT3 es la hora de la madrugada en la que los pendejos hacen un rito solo suyo. Hora de nadie, puro presente, borde del instante. Ni día ni noche, un trance en el que el futuro como proyecto está abolido. La improductividad de los pibes es vicio, sonrisas, derroche sin ira. Humo luminoso al que no le faltan –nunca faltan en Perrone- sombras ni fantasmas. Los pibes no saben muchas cosas pero algunas pocas las saben muy bien: cómo habitar un pliegue del tiempo y el espacio en el que no rige el mandato del funcionamiento total. Se deslizan por calles vacías, cruzan el puente de la autopista, surfean a ras del suelo, inhalan, exhalan y algo se guardan. Después Perrone recibe, mira, parte y se lleva la mejor parte.

4- Days (Tsai Ming-liang): A finales del otro siglo, con un pie en la cinefilia, fue Tsai el que supo filmar la que se venía. Hoy andamos por calles que nos recuerdan a esa Taipei postcatastrófica que entonces nos resultaba rara. Basta ver la sala vacía del final de Good Bye, Dragon Inn: él siempre tuvo conciencia de especie que desaparece y la tristeza que eso producía se atenuaba por una leve comicidad que también tomó de su cinefilia. En su última película, estrenada en febrero cuando el virus apenas estaba propagándose, Tsai se permite el realismo. Compone un relato en tercios perfectos, formado por registros documentales que cruzan  a su viejo amigo Kang y su nuevo amigo Anong. Los junta en un cuarto de hotel a vivir el roce más físico y amoroso de toda su obra. Se despoja de lo no esencial y cuando brota el amor tras una espera larga, se mantiene a distancia prudencial para producir un sismo emotivo con un melodía mínima. Limelight (Chaplin) –ya citada al final de I don’t want to sleep alone- es el obsequio que Kang hace con pudor a su chongo y Tsai a nosotros. 

5- Una película argentina: Jardín de piedra (Gustavo Fontán). Este autor fue haciendo con perfil bajísimo una obra que se irá volviendo indispensable por su persistencia para explorar las posibilidades de un cine en disolución. Jardín de piedra es una pequeña película que lleva hasta el límite el alcance de la mirada en situación del confinamiento. Una mirada es también un agujero que escucha. La película dedicada al artista del sonido Abel Tortorelli, asiduo colaborador de Fontán, hace sentir la intensidad de su silencio.

6- Un film revisto durante la pandemia: Soñar, soñar (Leonardo Favio) En estos días de encierro me encontré en YouTube con un hito inicial de mi vida cinéfila, ya que estamos. Soñar, Soñar había sido concebida por Favio en el 75 “como una película chiquita, porque la cosa viene jodida”, es decir, con abierta conciencia de un fin de época. La vi en su estreno durante las primeras semanas de la dictadura, en un cine que ya no existe, semivacío. Terminaban varias cosas pero también la década prodigiosa del más grande cineasta argentino. La seguidilla que produjo entre 1965 y 1975 es una singularidad del universo. Favio fue nuestro barrilete cósmico del cine y todavía nos preguntamos de qué planeta vino. Cuando vi por primera vez Soñar, soñar, con su desconcertante pareja protagónica y su reducción drástica de volumen, después de los fortísimos de Moreira y Nazareno, no supe qué pensar. Nadie supo qué pensar y por las dudas la rechazaron con una dureza hoy imperdonable. Favio había logrado la más paradójica conjunción de sentimiento popular y osadía formal. Cada plano, desde el primero, asombra todavía. No supimos ver que era su obra maestra y por ende la mejor película argentina hasta hoy. Favio tuvo que exiliarse a las pocas semanas y dejó de filmar por 17 años. Después volvió, pero algo ya se había perdido para todos, para siempre.


* Este texto fue publicado originalmente en la Internacional Cinéfila 2020 que convoca Roger Koza desde su página Con los ojos abiertos. Próximamente publicaré en este blog mi comentario sobre los resultados de esa encuesta en la que participaron 161 programadores, cineastas y críticos de diversos países del mundo.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Soñar,

 soñar (Leonardo Favio, Monzón, Pagliaro)


I

Es mañana calurosa y pasé la madrugada viendo Soñar, soñar, la película de Leonardo Favio de 1976. Esa sola frase ya dice un montón, el más grande cineasta es poco, dejar a Favio en el campo de la cinefilia es quedarse con una partecita. Su rol en la historia argentina desborda ese ambiente. Se da el caso de que la primera película  que vi en la tele por iniciativa propia es El romance de Aniceto y la Francisca, el título largo y los largos silencios, el larguísimo plano de la pista de la milonga vacía fueron el cine de mi comienzo. Ver los ojos tentadores de María Vaner y el cabezazo de Luppi para sacarla a bailar fue mi entrada, ninguna ruptura a nada. Antes que ver morir la efigie chueca de John Wayne, el primer personaje que vi morir en cine fue el Aniceto aferrado a su gallo. Por eso nunca entré en el pasaje generacional de Cine de Súper Acción, el gran cañón del colorado, la veneración por los géneros nunca fue lo mío. Es  fruto de  hechos fortuitos, así que no hay mérito en esto, se dio, solo rogaría que no me incluyan en la generación cinéfila que hizo su escuela en las cinco películas por sábado dobladas al gallego o al mexicano, no es mi vida.  De movida, mi clasicismo es la modernidad de Favio. No lloré el ocaso de los Cheyennes ni tuve motivos para forjar un vinculo sentimental con Ford, Capra o Hawks. Sí en cambio para saber que Favio hacía canciones tremendas en las que el personaje dice vos y no tú, que dice pibe y no niño. Todo el mundo cantaba esas canciones sobre el pibe que miraba. Y estuvo en el chárter de Perón y en el palco de Ezeiza. Una figura no abarcable.

Después cuando fui solo al cine por primera vez, fui a ver Juan Morerira dos tardes seguidas en cines de Flores y de Boedo. El mismo autor que antes  me había sumergido en un cine del silencio y la espera fue el que estalló en una épica legendaria, con cielos psicodélicos en los campos de Lobos que sacudieron con belleza la natutalidad de lo que ya se espera del cine. Se estrenó el 25 de mayo de 1973 y eso le agrega un plus a la leyenda. Un día Favio cayó en desgracia y los tontos argentinos se perdieron quien  sabe qué maravilla.





II

La primera vez que vi Soñar, soñar no supe bien qué pensar. Lógico: era el estreno, durante el primer invierno de la dictadura en un cine que ya no existe, el Callao, a metros del Congreso. Me pongo triste al pensar en esos cines que ya no existen en los que pasé horas tan lindas. El Callao estaba casi vacío, lo que viene a romper con el mito de que las películas de Favio congregaban multitudes. Las multitudes habían ido al estreno de Juan Moreira  y Nazareno Cruz y el lobo,  marcadas por el vértigo peronista de los 70. Moreira se estrenó el día de la asunción de Cámpora y logró constituirse en acontecimiento a pesar de que justo era el día del regreso del peronismo al poder después de 18 años de proscripción. Pero el regreso del peronismo era tan intenso que incluía el estreno de Moreira como parte del acontecimiento. Quizás con Favio podría pensarse al revés: su cine era tan intenso que ni siquiera la coincidencia con la vuelta del peronismo podía opacarlo. O capaz hay que ligar tesis y antítesis: Favio en el 73 era el peronismo. 

Juan Moreira es la película que me convenció de que el cine era algo importante para mí y cuando la vi no estaba pensando en Perón, en Cámpora ni en López Rega. Dije que los cielos de los amaneceres de Lobos me alucinaron pero percibí algunas cuestiones formales por las que con esta película aprendí qué es el cine. Favio dota a Juan Moreira de una intensidad que no se funda en la violencia de los hechos, en la psicología de los personajes ni en sus supuestas connotaciones políticas, sino en las distorsiones ópticas que producen el uso de ciertos lentes, el pasaje del gran angular al  teleobjetivo, la brusquedad de algunos cortes, la alternancia de momentos líricos y épicos, el desacople de la voz y las imágenes, las elipsis inesperadas. Experimental y popular, Favio se pregunta cómo se filma una leyenda.

Juan Moreira no era previsible por su trilogía inicial en blanco y negro, favorita de la cinefilia porteña de esa época. Quizá la aparición de cada película suya haya sido desconcertante. Favio gambeteaba expectativas.


III

Los primeros cinco minutos de Soñar, soñar bastan para saber que estamos ante una sensibilidad sobrenatural. Empieza con el detalle de unas frutas envueltas en plástico a contraluz, en medio de un paisaje bucólico. Desde arriba entra una mano, enseguida vemos que es la del Rulo (Gianfranco Pagliaro), descansando al borde de la ruta. Filmado con un brutal teleobjetivo, el Rulo está sentado en ángulo de 90° a la izquierda del cuadro, con el fondo desenfocado. A cine metros se divisa una silueta borrosa: es Carlos (Monzón) que avanza por la ruta en bicicleta. El plano dura todo el tiempo que le toma a Carlos llegar hasta el Rulo y recién ahí entra en foco. Sin música, solo canto de pájaritos, hasta que Carlos le dice al Rulo: "¿Tiene fuego, señor?". "", dice el Rulo con sonrisa pícara. Solo entonces Favio dedica sendos primeros planos a los personajes a los que no abandonará en los próximos ochenta minutos. Las miradas que cruzan muestran que nació entre ellos algo más que una simpatía. Un comienzo anómalo por donde se lo vea: Favio venía del estruendo melodramático de Nazareno Cruz y el lobo, basado en un radioteatro de Juan Carlos Chiappe sobre la leyenda del lobizón, que apabullaba por su desmesura y su tono alegórico. En la que sigue, filmada en 1975 y estrenada en las primeras semanas de la dictadura, cambia el registro de modo que llamaríamos radical, si no fuera peronista. Tono menor, personajes alejados de toda épica, que ni bien se encuentran quedan prendados uno del otro. Desconcierta que Favio ponga en esos roles a Pagliaro y Monzón, dos íconos absolutos de los 70. Aunque no supiéramos nada de ellos, la cámara los embellece para hacernos parte del flirt. No había manera de asimilar este ovni en aquel contexto. Se trata de un repliegue hacia la pequeñez que esquiva las expectativas de quien conociera los antecedentes de Favio. Casi medio siglo después, Soñar, soñar sigue siendo rara.



IV

El Rulo lo bautiza "Charlie": "sos igualito a Charles Bronson". En el cortejo que empieza a hacerle el Rulo a Charlie se cifra su carácter de artista impostor. La inocencia de Charlie se entrega totalmente. Un travelling con gran angular sigue a Carlitos en su bicicleta rumbo a la Municipalidad donde trabaja, que le da todos los años dos trajes, uno en verano y otro en invierno. El contrapicado deja filtrar los destellos del sol entre los árboles. Charlie repite para sí "¡Charles Bronson!", se mira en el espejo retrovisor y se agranda: "¡Okei, baby!", igual que Piolín en Crónica de un niño solo. En seguida viene otra escena de asombro en el club "La Ilusión", un ambiente oscuro, exclusivamente masculino, un poco infernal, en el que Rulo hace su número de fonomímica sobre el disco de Charles Aznavour cantando "Apaga la luz". Un travelling semicircular rodea los movimientos espásticos de Rulo y cruza las siluetas oscuras de unos borrachos vencidos por la noche. El contrapunto de la canción de Aznavour con la voz de Pagliaro deletreando los versos muestra hasta qué punto el autor piensa como músico. De ahí en adelante, cada escena dará lugar a nuevos milagros, hasta el final de derrota transfigurada en victoria: "¡Antes muerto que vencido!". Charlie y el Rulo terminan en cana, haciendo para los presos que ahora los ovacionan el número artístico que durante toda la película intentaron lograr sin éxito. Charlie besa al Rulo en la mejilla. 

Si es la mejor de Favio, como ahora me parece, es la mejor película argentina de cualquier época.


Epílogo

Duró dos semanas en cartel. Los críticos alcahuetes de los milicos dijeron que no tenía pies ni cabeza. El público no se interesó por ver a un Monzón feminizado ni entendió que el artista de la desmesura hiciera una comedia chiquita. Los cines se vaciaron. Monzón ni fue al estreno pensando que era un mamarracho. Pagliaro decía que era regular no más, que no todo lo que hacía Favio tenía que ser genial y el argumento era flojo. A la semana, Favio se exilió y durante diecisiete años no volvió a filmar. Recién en los 90 la critica cambió su mirada y empezó a admitir que quizá fuera la mejor película de Favio.

martes, 13 de octubre de 2020

Lo propio del plan es que falle

 Tercer álbum de laotra21

 

Cristian Bonomo: percusión en 1 y 13.
Lautaro Grimberg: Guitarra en 6, 8 y 12. Batería en 6.
Todos lo demás: Oscar Cuervo
Producción: Regime Spektro
Grabado entre agosto, septiembre y octubre de 2020.
Pinturas: C.zely

Postdata: Este es el cierre de la primera trilogía de laotra21: 

Acá en Bandcamp

Estas piezas sonoras las fui construyendo en medio de la pandemia que asola el planeta, más que una contingencia epidemiológica un default civilizatorio. Estos tres álbums los hice con una oreja puesta en el cine del siglo xx, el gran educador de mi sensibilidad. Cada vez más me cuesta hacer reseñas de películas. Desplazándome del lugar de crítico al que la inercia de la producción de discursos tendió a inclinarme sin haberlo logrado nunca del todo, preferí pensar en este tiempo la música desde el cine y el cine desde la música. Empecé jugando, sin saber adónde me llevaba el juego y todavía no lo sé muy bien. Pero en el juego se me presentaron ocasiones para decidir cuestiones acerca de la organización temporal y de los espacios sonoros. Emotional landscapes, diría Björk, en un state of emergency. Del juego quedaron obras cuyo valor no me interesa ponderar. En cambio, me hizo feliz que este juego me abriera las puertas de la creación cinematográfica de Perrone, Farina y González. Ya lo dije: para mí, entrar en sus mundos es el sueño del pibe, un territorio soñado en el que por mucho tiempo fui solo un espectador. Les agradezco a mis amigos artistas que me hayan abierto la puerta para ir a jugar. Esto solo ya es mucha producción para un año recesivo. No estaba en mis planes, mis planes eran otros. Pero lo propio del plan es que falle.


En estos 14 temas, tanto como en los 13 anteriores (A la música no le importa nadaEn algún momento debe haberse producido un error) se cruzan de manera más o menos velada casi todos mis auténticos maestros: Bresson, Godard, Favio, Sokurov, Fassbinder, Bela Tarr, Tsai, Apichatpong más los ya nombrados. El tema 1, el último en grabarse es mi despedida a Gabo Ferro y mi gratitud por su mirada y su escucha sobre el arte de Leonardo Favio. Favio y Gabo: entre uno y el otro, una época se ha ido. Hay ciclos que se cumplen, empieza otra época. 

Cuando retome este proyecto de laotra21, si eso sucede, trataré de encontrar otra vuelta que aún no me imagino. El que tenga la paciencia suficiente para escuchar estos divagues puede encontrar en ellos una declaración de principios, que solo se expresa cuando el camino recorrido va quedando atrás. Como el búho que despliega sus alas al atardecer.

martes, 16 de diciembre de 2014

Ecos, bordes y espectros

Sobre cuatro películas y algunas cuestiones de la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata



por Guillermo Colantonio

I

Empecemos por los espectros y nada más afín que una sala cinematográfica para evocarlos. La película de apertura fue Pasolini de Abel Ferrara. Se escribió poco sobre ella y se escucharon ecos con posiciones encontradas. No es para menos. La “sombra terrible” del poeta, la presencia insomne del cineasta que uno nunca se cansa de citar, despiertan demasiadas expectativas, a tal punto que se habló mucho sobre el Pasolini que a cada uno le hubiera gustado ver y poco del de Ferrara. Tal vez sea injusto para el modesto propósito: contar las últimas horas de su vida. No obstante, la modestia no debe leerse como parquedad ni como carencia. El nervio del artista está ahí, sus ideas, también. No hace falta narrar una vida, reiterar lo que todos conocen o han propagado hasta el infinito. En este sentido, el director norteamericano adopta una mirada similar a la del narrador de "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz" de Borges: “Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda” Y esa noche para Ferrara es la de su asesinato. No acumula años, sino breves y diversos instantes del entorno cotidiano, encuentros, comidas, reportajes, ideas, es decir, el universo propio de quien vive con intensidad y no para de pensar críticamente la actualidad.

El espectro se reaviva con el parecido físico de Dafoe. Su interpretación, lejos de ser afectada en pos de una búsqueda mimética innecesaria, apunta a lo gestual y a unas pocas palabras para dar vida al escritor (como le gustaba llamarse). Su tono nostálgico parece presagiar el final en todo momento en una Roma donde es imposible vivir. Nostalgia que se refuerza por el tinte marrón y azulado que predomina en la estética acorde a los setenta.

La película incluye recreaciones de los últimos proyectos de Pasolini, literarios y cinematográficos. Hay una película que no llegó a realizar donde vemos en pantalla nada menos que a Ninetto Davoli, uno de sus actores fetiche. Si bien la estructura es ensayística y tiene un carácter fragmentario, Ferrara escoge el camino de la tragedia. Está la madre del poeta y cineasta, un personaje lorquiano, que desde el comienzo aparenta esperar lo peor con su rostro taciturno, atendiendo a Pier Paolo como si fuera un niño. La fatalidad del final, conocido por todos, está a la altura del género, por la manera en que lo muestra y lo musicaliza el director.

Dos son los principales argumentos que se esgrimieron en contra. El primero de ellos alude al carácter lingüístico y el reproche se funda sobre el malestar que produce oír al actor hablar en inglés. Se añade, además, que un intelectual como Pasolini siempre dio batalla contra la hegemonía cultural y la influencia extranjera. Pueden ser atendibles las observaciones, sin embargo, no me atrevería a tomarlas como definitivas. Vale recordar que las adaptaciones más estimulantes y arriesgadas de ciertos clásicos literarios, por ejemplo, no fueron habladas en su idioma original (Hamlet y Don Quijote de Grigori Kozintsev, por citar dos casos). Además, esta decisión confirma que Pasolini también es el universo de Abel Ferrara. Los suburbios de Roma pueden extrapolarse a los ámbitos oscuros de Nueva York, presentes y vistos a lo largo de su filmografía.

También el catolicismo como categoría para pensar asoma en la forma en que su personaje se entrega para ser sacrificado. Lo vemos, en claros gestos de connotación cristiana, dudar acerca de sus ideas y entregarse finalmente con convicción a su verdugo, a la situación que lo llevaría a la muerte, en un cuadro situacional que parece estar planificado.

El segundo argumento en contra se resguarda en la supuesta liviandad por no enunciar explícitamente cuáles fueron los móviles reales de su asesinato ni evidenciar quiénes tomaron la decisión. Creo, pese a la objeción formulada, que la hipótesis del crimen político cobra fuerza sin necesidad de mostrar su gestación: No podía haber otro desenlace (nos sugiere la película) menos cruento que éste para alguien que era comunista, católico y homosexual, que había filmado Saló o los 120 días de Sodoma, y tenía en vistas una historia “porno estelar” donde un cometa que pasa por la tierra es el mesías mientras asistimos a una orgía en los bajos fondos de Roma. El rostro desfigurado es una imagen terrible, de una intensidad escalofriante, que confirma la diferencia abismal entre haberlo escuchado siempre y verlo representado en pantalla.

II


Continuemos por los bordes del Festival. En este tipo de eventos, las salas se llenan de público pero paradójicamente surge como discusión, una vez más, la muerte del cine. Se sabe que el llamado séptimo arte desde su nacimiento siempre llevó el acta de defunción inscripta. Los Lumiere dijeron que el cinematógrafo era un invento sin futuro y levantaron la polvareda de discursos concernientes a ello hasta la actualidad. No pareció escapar a estas diatribas Paul Schrader, el presidente del jurado, quien comenzó su charla programada dentro de un marco inusual: colgó un afiche de su última película (Dying of the Light) con fotos de actores luciendo una remera donde podían leerse reclamos alusivos a un conflicto legal con los productores. Este hecho motivó que el prestigioso guionista e interesante director focalizara su atención (desmedidamente) en las mutaciones que se produjeron en las formas de crear, distribuir y ver cine. Entre sus ideas más relevantes (que sonaron siempre a un pedido desesperado por enfrentar las viejas maneras de hacer negocio con las películas) resonaron diagnósticos terminales sobre las formas “clásicas” de contar historias y en relación con la sala como espacio prescindible hoy de visionado. Schrader cree que estamos regresando al formato de los cortos de los inicios del siglo XX y ratifica las vigentes teorías del cine expandido y la multipantalla (al que hizo honor el sensible spot institucional de Sapir), sostenidas por Gilies Lipovetsky, Jean Serroy y Jean Baudrillard, entre otros. Las palabras de Schrader quedaron flotando, siempre plausibles, aún con su tono excesivamente quejumbroso.

Lo anterior motiva preguntas: ¿de qué estamos hablando cuando nos referimos a la muerte del cine? ¿es la muerte del ritual de la sala?, ¿es la extinción de un lenguaje, de una forma de registro?, ¿de un dispositivo tecnológico?, ¿es el fin de un determinado tipo de imágenes?, ¿es todo lo anterior o nada? Bueno, las películas tienen qué decir al respecto.

FAVULA de Raúl Perrone ha sido probablemente la más estimulante de Mar del Plata 2014. Lo primero que pensé luego de la excelente proyección fue qué ocurriría si no se viera en sala, cuánto se la perjudicaría. Ciertamente, se trata de una experiencia sensorial alucinante. Sensorial porque invita ser vista a partir de un creativo y particular manejo de materiales que remiten al imaginario silente, con personajes y situaciones propios de un territorio maravilloso, con esa sensación de atracción siniestra que encierran sus relatos. Alucinante porque el efecto es hipnótico. Es la clase de films que recuperan cierta idea de ritualidad como condición necesaria para ver cine. Todas las virtudes visuales han sido justamente destacadas en numerosas reseñas.

Pero además, la película de Perrone es notable por la materialidad que adquiere el sonido. Es en este campo donde la experimentación se hace más rica porque sugiere, al mismo tiempo, un nuevo horizonte de exploración en este terreno. Si la historia del cine se ha ocupado (lógicamente) de las imágenes, empecemos ahora a valorar la materia sonora como parte del juego. FAVULA crea una pared cuyos sonidos y efectos, atraviesan la pantalla, se expanden como gases, puntúan y marcan la respiración de esa lente/ojo que parpadea al ritmo de DJ Negro Dub, Che Cumbe y reposa con la exquisita música de Sebastián Wesman. Por momentos, se escuchan resonancias psicodélicas de los sesenta; en otros, las imágenes juegan con el marco auditivo como si de un remixado se tratase. La sensación es sorprendente. Curiosamente, mientras miraba y escuchaba FAVULA  (un film para ser “audiovisionado”, en términos de Michel Chion), no pude dejar de asociar este efecto con una versión del Fausto de Murnau, musicalizada con rock gótico. En ambos casos, la sincronización entre imagen y sonido es amplia y creativa, lo que les otorga un efecto menos naturalista, pero más poético y descansado. Los sonidos en el trabajo que logró Perrone conservan una fuerza tal que persisten, incluso, más allá de la atracción visual. Nunca son estereotipos sino entidades con presencia material (una manera de marcar territorio frente al dominio histórico de la voz y de la música). Me parece una decisión inteligente en la medida que piensa las posibilidades tecnológicas actuales como una forma de pensar, no solo su propio cine sino el que vendrá. En este sentido, la escasez de diálogos (curioso para un director que indagó siempre en pos de una forma de hablar creíble en los personajes) y de una historia en el sentido convencional, expresan una linda paradoja: el cine como narración está agotado, lo mejor ya se contó y se mostró durante la década del 20, pero a la vez está la posibilidad de recrearlo, de reinventarlo. Intuyo que en esa búsqueda está Perrone. La seguridad y la tranquilidad que emanan de sus palabras al final de la proyección quizás sean una respuesta para la nerviosa y vacilante exposición de Schrader (quien dicho sea de paso, premió la peor película de la competencia internacional). La conclusión, nunca definitiva, puede ser que si no hay riesgo no hay película posible (y así sí me animaría a conjeturar, tampoco futuro para el cine).

III-


Más distendido resultó el encuentro con la directora Claire Denis, de quién se proyectó una interesante retrospectiva. El fantasma de la cinefilia recorrió el lugar cuando recordó algunas anécdotas con Daney y los ecos de la teoría del autor se hicieron presentes en la evocación de sus comienzos con Jacques Rivette. A propósito de ello, Denis recalcó una frase del conocido realizador de la Nouvelle Vague: “la clave en el cine es no saber cuál va a ser el plano siguiente”. Fue una buena entrada para desarrollar su propia idea sobre las películas que ella considera valiosas, aquellas que parecen “frágiles” en su apariencia, pero cuya solidez pasa por contener una escena que moviliza, que inquieta, que no se olvida fácilmente. Dio, por supuesto, algunos ejemplos (Apichatpong Weerasethakul, Lisandro Alonso) pero sorprendió a todo el auditorio la mención del gran Leonardo Favio. La anécdota es más o menos así: Denis prende el televisor de la habitación del hotel donde se aloja y engancha en Inca TV la emisión de una película argentina. No entiende lo que dicen. La copia no es buena, el sonido apenas se escucha, pero eso no le impide quedar deslumbrada por una escena. Se trata de Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... (1966). El momento en cuestión se vincula con la impresión que le causó el personaje interpretado por Federico Luppi (actor al que elogió por no reflejar rasgos psicológicos en su rostro) cuando se dirige a su gallo con la expresión “compadre”, indicando que eso es lo que ella siempre buscó en su obra: lo que se oye y se sabe de un cineasta con breves trazos.



Esta idea de la fragilidad aplicada a ciertas películas que no responden a moldes narrativos clásicos, mantienen su propia respiración y generalmente contienen una escena que moviliza fue lo primero que recordé al ver el plano inicial de Cavalo dinheiro de Pedro Costa, a su espectral personaje Ventura caminando en medio de la penumbra hasta que su rostro, y fundamentalmente su mirada, quedan iluminados en pantalla. Es en estos momentos en los que el cine todavía es capaz de forjar un sentimiento, de animar una película, más allá del aluvión tecnológico. Costa es un cineasta que utiliza los avances en materia digital para recuperar ese gesto irracional y pasional de quedar subyugado por una imagen. Película de interiores fantasmales, fuera de tiempo, espectral, con el protagonista encerrado en alguna institución, anclado en el pasado por momentos y de regreso al presente en otros. Por allí transitarán también seres que se cruzan y narran con susurros sus historias. Y si hay algo maravilloso es cómo las voces y las canciones constituyen la banda sonora. La radicalidad y el carácter arduo de la propuesta pueden generar algún escozor en almas inquietas, pero vale la pena ofrecer la mirada a la experiencia que propone Costa, a la escasa iluminación que apenas permite entrever los rostros y mucho los ojos de estas almas en pena encerradas en ese lugar enigmático. El exterior será un fuera de campo o tal vez una ilusión. El inicio con planos fijos de fotografías de experiencias migratorias deviene en una escena que instala el tono de lo que veremos: el pesado andar del protagonista seguido por la lentitud de los movimientos de la cámara, siempre observadora, nunca intrusiva. A partir de ahí, nos sumergimos en esa atmósfera lúgubre donde a su debido tiempo todos tienen algo que decir. En este peregrinaje, siempre hay una búsqueda de ese rostro que mejor exprese el peso de la existencia y soporte la densidad de la memoria. El pasaje final, el diálogo con un soldado en un ascensor, abre, con su extendida duración, más aristas a la complejidad que ya tenía la película. Otro film para ver y escuchar; otro abordaje creativo y original del plano sonoro.


IV


Hay películas que crecen con el tiempo. La fugacidad es uno de los problemas lógicos en el contexto de un festival en la medida que las imágenes se instalan y se sedimentan con rapidez acumulativa. Concluida la vorágine, uno se ve tentado a separarlas, a revisarlas. También a reivindicarlas. Es el caso de No todo es vigilia de Hermes Paralluelo, director que ya había demostrado con Yatasto (2012) una sensibilidad loable para registrar la humanidad de los personajes frente a la cámara. Felisa y Antonio son dos ancianos a los que sigue el joven realizador, primero en un hospital y luego en su casa. Son sus abuelos, pero no importa en principio. El acercamiento es respetuoso, nunca intimidante, desarrollado con encuadres prolijos y con una cámara que apenas se mueve procurando la posición ideal. La primera parte de la película plantea una búsqueda a partir de la observación y planos fijos tomados desde diversos ángulos. Seguimos los exámenes que le hacen a Antonio y la inquietud de Felisa, siempre a su lado. Hay escasos diálogos y algunos relatos que surgen de los personajes pero que son interrumpidos por los médicos, como si se tratara de un contrapunto dialéctico. El estatismo y la sucesión de planos de esta parte instalan un tiempo interno similar al de los personajes en la etapa de la vida que les toca.

A los cuarenta minutos, aproximadamente, una imagen exterior con un campo nevado quiebra el encierro y pasamos a una especie de segundo acto en la casa de la pareja. Paralluelo continúa con la tenue iluminación y los impecables encuadres pero comienza a explotar dramáticamente la potencialidad humana de los ancianos en la pantalla. Para ello, inserta breves dosis de diálogos y movimientos que provocan humor y sana gracia. Hay un momento que escenifica la idea del tiempo, más allá del trabajo formal: Antonio toma el teléfono y llama a alguien para arreglar un artefacto; habla supuestamente con un interlocutor un rato hasta que su mujer le pregunta qué le dijo, y él responde que ha dejado un mensaje en el contestador. El chiste funciona y es gráfico a la vez sobre lo que representa el tiempo para ellos. El andar cansino de sus pasos será respetado siempre con la lentitud de la cámara que los sigue. Y la luz (con un uso muy influenciado por Pedro Costa) es sacrificada para resguardar la intimidad y crear ese ambiente que tantas veces hemos visto en las casas de nuestros abuelos.

Si en el hospital no veíamos la química entre la pareja, en este segmento es evidente. El final es una delicia.

No todo es vigilia es esa clase de películas que pasan por los bordes de un Festival. Pese a ser programada en Competencia, poco y nada se dijo de ella, tal vez por la aparente fragilidad de su propuesta, lo que no quita que pueda reivindicarse su generosidad expresiva en el futuro.

martes, 2 de septiembre de 2014

Yo no sé qué me han hecho tus ojos

Ada Falcón, Francisco Canaro, Luciana Jury, Leonardo Favio, Zuhair Jury, Palito Ortega, Lorena Muñoz y Sergio Wolf. Una conversación con Luciana Jury en La otra.-radio, para escuchar clickeando acá



Luciana Jury, una tremenda cantante, de las mejores que se pueden escuchar en Argentina hoy -creo que ya lo dijimos- está por cantar este domingo en Palermo (ver acá). Y en el programa del domingo pasado de La otra.-radio estuvimos conversando con ella, de su increíble forma de cantar, de su familia de artistas: es la hija de Zuhair Jury, escritor, cineasta, y sobrina de Leonardo Favio. De hecho, su padre ha sido autor de la mayoría de los relatos en los que se basan las películas de Favio. Le teníamos que preguntar por eso. Habíamos empezado el programa escuchando su versión de "Yo no sé qué me han hecho tus ojos". Y entonces nos encontramos con una serie de conexiones inesperadas. La entrevista completa se puede escuchar clickeando acá.

Luciana Jury: ...De hecho la última película que iba a hacer Leonardo, El mantel del hule, que lamentablemente no llegó a concretar, ahí yo iba a tener una intervención justamente con "Yo no sé qué me han hecho tus ojos" porque le había partido la cabeza la canción, mi interpretación, y siempre ha sido muy respetuoso, me ha alentado mucho con la música, me ha aconsejado bien... Teníamos una relación muy linda.

O. C.; Sí, creo que si la memoria no me engaña está en una película de Leonardo Favio, que es El dependiente, en la voz de Palito Ortega. En un momento [Nora Cullen] prende la radio y aparece la voz de Palito cantando "Yo no sé qué me han hecho tus ojos".

LJ.: ¿"Yo no sé qué me han hecho tus ojos"? Ah, mirá, me resulta un poco extraño "Yo no sé qué me han hecho tus ojos" en la voz de Palito Ortega, pero... puede ser, sí. Es que además esa canción es un himno, es muy popular.

OC: Y vos ahí le extraés unos matices muy trágicos. Algo folkórico pero también suena una cosa como árabe, ¿no? Vos tenés algo árabe, bueno, tenés sangre árabe...

LJ: Sí, eso está en el ADN y ya ni pasa por la razón. Pero toda esa tragedia que se presume en la interpretación de la canción... yo no habría hecho jamás "Yo no sé qué me han hecho tus ojos" si no hubiera visto el trabajo [documental] de Sergio Wolf y Lorena Muñoz sobre la vida de Ada Falcón [se puede ver completo acá]. Para mí la vida de Ada Falcón, la historia del amor finalmente no correspondido fue el motor que me hizo a mí darle una vuelta de rosca a "Yo no sé qué me han hecho tus ojos" y poder hacerla. Si no, no la habría hecho jamás.

OC: Es buenísima esa película.

LJ: Sí, porque la canción, si te ponés a pensar, no es trágica. Es una canción de amor dedicada a los ojos del ser amado. Lo que pasa es que había una gran mentira finalmente, un gran engaño. Todo ese amor no fue correspondido. La había compuesto para Ada, para los ojos de Ada, que eran unos ojos preciosos, verdes. Todo bien, pero él se quedó con su esposa. Y ella renunció a toda una vida de halagos, de mismos, de poder desplegar el talento que tenía como cancionista, que era tremenda. A mí me pegó muy fuerte esa historia y si alguna vez yo tengo la posibilidad de decírselo personalmente, sería un placer, se los debo agradecer enormemente.

OC: Bueno, nosotros si los vemos, se lo vamos a decir.



Después del programa fui a chequear que la memoria no me hubiera engañado. Revisé El dependiente, "Un film de Leonardo Favio basado en un cuento de Zuhair Jury". Y efectivamente a los 45:30 Nora Cullen pone la radio y aparece la voz de Palito cantando "Yo no sé qué me han hecho tus ojos". Se puede ver completa acá.

viernes, 14 de febrero de 2014

Nazareno Cruz, el lobo, Favio, Gabo, Enrique Raab, las palomas y los gritos


La otra.-radio para escuchar clickeando acá



Cuando en su momento vi Nazareno Cruz y el lobo, quedé atónito, estupefacto, por la insólita intensidad de sus imágenes, por su puesta en escena de una originalidad radical y peronista, por la insolencia con la que se zambullía en un mar de sentimientos desbordados: era, para mí, demasiado. Y, reconociendo su grandeza, no podía entonces dar cuenta de toda ella. Inmediatamente leí una crítica escrita con mala leche por un periodista de La Opinión, Enrique Raab, al que se le puede reconocer su valor cívico y su prosa incisiva y a la vez advertir sus prejuicios de clase disfrazados de "buen gusto" para protegerse de la estridencia populista de Favio. Fue sencillamente incapaz de apreciar una obra mayor como el Nazareno. Y empeñó toda su destreza para la injuria en demolerla. Raab hizo de su reseña una pieza ingeniosa y mezquina.

Para mi mirada ingenua de entonces, la saña (no la hazaña) de Raab logró hacer tambalear la primera impresión que tuve de la película. Después de leerla, empecé a tratar de persuadirme de que Nazareno no era tan buena como me había parecido. Cuando quise sistematizar mis apreciaciones sobre la filmografía de Favio, Nazareno quedó descolocada y repetí por años que era la más floja de sus películas, lejos de las excelencias de la primera trilogía en blanco y negro (Crónica de un niño solo, El Romance del Aniceto y la Francisa, El dependiente); incluso un paso atrás de las otras dos de su trilogía en color (¡populista!), Juan Moreira y Soñar Soñar. Esta terminó por ser una valoración canónica del Favio cineasta: el bueno era el de las tres primeras, modernistas y minoritarias, y el otro, el desbordado por la euforia peronista, ya no era muy bueno. Como Nazareno quedó pegada al período de Isabel Martínez, fue fácil endilgarle sospechas. Raab llegó a asociar la gritona banda sonora de la película (asumida por Favio desde el mismo subtítulo: Las palomas y los gritos) con los tambores del fascismo. El tiempo pasó, hoy se recuerda a Raab como un tipo refinado y una víctima de la dictadura (había sido militante del PRT), pero su reseña de Nazareno es una curiosidad arqueológica y Nazareno Cruz y el Lobo es una película viva que aguarda nuevas revisiones.

Algo se acomodó en mí esta semana: el viernes en la casa del Bicentenario logré una recuperación propiciada por Gabo Ferro, que presentó la película con una intervención breve, precisa y bella. Me había llamado la atención que él hubiera elegido presentar Nazareno cuando lo invitaron a participar del ciclo. ¿Por qué eligió justo la más floja? -pensé. Lo que Gabo hizo fue sortear las trampas del buen gusto que habían enfadado el juicio de Raab hace 40 años y acercarse a la comprensión de la obra con desenfado. Su mirada de la obra de Favio es amplia, abarca también su faceta de cantor popular y su militancia peronista. No un cineasta que por otro lado es cantante y además peronista, sino un sujeto en el que estos tres aspectos se iluminan en forma recíproca: para entender al peronista que era hay que revisar sus películas y sus canciones, para comprender la compleja unidad de su filmografía hay que tener en cuenta que a través de ella Favio elaboró su traumática identidad política. El trauma histórico -no un trauma privado, sino el producto de una historia que aún podemos comprender y hasta padecer, porque esta historia no ha terminado- al que Favio responde con su obra y su militancia no es pacífico y no podría serlo. Las fracturas de su carrera están puntuadas por la historia argentina: el comienzo anómalo en los 60, el estallido primaveral del 73, el exilio en el 76 y la larguísima pausa hasta volver con Gatica... En los años de Juan Moreira, Nazareno y Soñar soñar, Favio se acerca al núcleo incandescente del peronismo desde una voluntad poética, no primariamente estética ni siquiera ética. Favio es un cineasta superdotado y un peronista atribulado. Ni el artista ni su obra van a salir indemnes de esa cercanía: pero el trauma es tan productivo (como suele pasar con el peronismo) como para ayudar a Favio a forjar las formas cinematográficas más originales que el cine argentino haya logrado. Estoy empezando a pensar que Nazareno es su obra maestra.

Estas ideas que expongo un poco rápido le deben mucho a la mirada que el viernes propuso Gabo. En su charla empezó evocando un recuerdo infantil: su primer contacto con Nazareno fue a los cinco años, cuando escuchó de boca de su hermano mayor -que tenía quince- una canción que al principio de la película canta el personaje de Fidelia, la extraña y hermosa niña que no crece:

Un bichito colorado do do
ha matado a su mujer jer jer
con un cuchillito 
de punta alfiler
le sacó las tripas 
y se puso a vender
a veinte a veinte
las tripas calientes
de mi mujer.

Gabo aprendió la canción a hurtadillas de su hermano y después la llevó a sus compañeritos de escuela. La maestra lo sancionó y citaron a sus padres. Entonces aprendió que había canciones inconvenientes. Desde ese arranque tan personal, Gabo pasó a un análisis que permite comprender Nazareno como la forma que encontró Favio para atravesar la tribulación del peronismo: muerto Perón, con Isabel en la presidencia, López Rega, el Rodrigazo (la película se estrena al día siguiente del plan de Celestino Rodrigo), los sindicatos, las organizaciones armadas, el movimiento vivía una especie de implosión, y la película, desde el rayo que irrumpe en su comienzo estremecedor, da cuenta de ese mundo de inestabilidad y desmesura. No hace falta adherir a la posición política de Favio para comprender la grandeza de su obra ni para admirar la fidelidad de su compromiso.

Compromiso, fidelidad, militancia son conceptos a los que Gabo acude para analizar la película, traspasando cualquier valla que se quiera interponer entre la forma artística y el contenido político. Quizá este mismo vínculo para pensar el rol político de Favio, su condición social y su poderío artístico pueda emplearse para comprender el rechazo estético (no ético ni poético) que Favio despierta en una sensibilidad gorila como la de Raab. Se trata de un trauma histórico al que nadie puede escapar y del que nadie sale con el traje impecable.

Gabo es, además de músico, un pensador agudo, con una conciencia política inusual entre músicos coetáneos. Su mirada de historiador es extramente serena incluso para tratar asuntos tan tortuosos como el peronismo de los 70. Ojalá él quiera publicar por escrito las tesis sobre Favio que expuso el viernes pasado. A mí me sirvieron de aperitivo para el manjar de cine que nos ofrece Nazareno, sobre la que necesito volver a escribir.

En La otra.-radio del domingo hablamos de Nazareno y de la presentación de Gabo, escuchamos canciones de Favio, de Gabo con Miss Bolivia y de Jovanoti. Y conversamos del bluff de Mariano Obarrio en La Nación del domingo. para escuchar el audio del programa, clickear acá.

POSTDATA: En la Casa del Bicentenario se está presentando una exposición sobre la vida y la obra de Leonardo Favio. En el marco de esta exposición, los viernes y sábados de febrero se lleva a cabo el ciclo de cine y música Favio en el patio: una programación que incluye la proyección de algunas de sus películas, y recitales de músicos que abordarán el repertorio del autor desde sus particulares enfoques. Todas las películas tienen una presentación a cargo de invitados especiales; los sábados se hacen recitales donde varios músicos ofrecen sus versiones de Favio:

PROGRAMACIÓN:
Viernes 14 a las 20: Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más… (1966). Presenta: Luis Ortega.
Sábado 15 a las 19.30: Alfonso Barbieri
Viernes 21 a las 20Juan Moreira (1973). Presenta: Miguel Rep.
Sábado 22 a las 19.30Palo Pandolfo.
Viernes 28 a las 20Crónica de un niño solo (1964). Presenta: Cristian Aldana.
Sábado 1º de marzo a las 19.30Pablo Dacal