viernes, 3 de septiembre de 2021
La primera película que se me ocurre
sábado, 2 de enero de 2021
Mi año en películas
por Oscar Cuervo *
Este año solo fui una vez al cine a ver... La dolce vita. Dopo vino el virus y adiós cine. No me distraje siquiera viendo películas, estuve meses pensando en el tiempo que resta y la historia que no espera. Si me lo preguntan, ya no lo entiendo. Sospecho que hace rato todo vino dándose como para que el cine, tal como se conoció en mi siglo, se fuera disolviendo en pantallas táctiles. La pandemia solamente da el golpe semifinal a la vieja cinefilia. No haré duelo, no por esto. El cine va a estar en cualquier lado porque ya no tendrá lugar propio. ¿Cómo distinguir entre todo lo que sale de la notebook, de la tablet o el celular esa cosa que antes llamamos cine? Ahora todo está entrando en mi cuarto por un mismo rectángulo. Decir películas es solo una manera de hablar.
Se truncó en mí un trayecto de décadas de vida cinéfila para dar lugar a otra cosa, que la supone, de la que quedan rastros en las palpitaciones con que espero la imagen que pueda venir, un corte, un desvío, el suspenso que provoca la forma, el deseo de ver aunque sea un destello o esa ranura obscena que buscaba en lo oscuro, de escuchar una palabra que estuvo a punto de decirse o al menos eso esperaba. Esa huella de la cinefilia quedará durante el tiempo que sobrevivamos nosotros.
1- We are who we are (Luca Guadagnino, ocho episodios, HBO). En los primeros capítulos Guadagnino se complace en triturar todo amague de peripecia y se dispersa en una cantidad indeterminada de posibilidades. Situado en el territorio de cruce trasnacional de una base militar norteamericana en el norte rico de Italia, ninguna guerra se libra ahí excepto la de un sobresalto hormonal en una ducha colectiva, la fluidez de géneros, las familias queers aburguesadas, la coexistencia aparentemente gentil de identidades étnicas y moralidad distendida. Durante varios episodios reina una pax armada, el fisgoneo calentón, una psicodelia permitida y el roce de pieles entre edades y jerarquías imprudentes: una utopía cool, aunque los leds informan que Trump le gana a Hillary porque el mundo quiere liderazgos fuertes.
[SPOILER ALERT] Hasta que Guadagnino hace explotar una bomba que destroza literalmente algunos cuerpos de reclutas negros y a la vez define el arco dramático. Sucede justo entre el episodio 6 y el 7 pero nada se acomoda en el orden que instauraría el patrioterismo tardoclásico de un Clint Eastwood. No: la comunidad organizada es engullida por una entropía de la que la atención se desvía para dejarse ganar por la angustia del primer desgarro amoroso de un pibe de 14 que se las sabe todas menos dar un beso. Hay un viaje iniciático hacia el éxtasis musical y al final, claro, un beso. La astucia del cine todavía puede ganar una batalla pírrica, lejos de la Patria y de las salas (se tenía pensado pasar las 8 horas seguidas en la Quinzaine des Réalisateurs de Cannes pero, suspendido el festival por la pandemia, se lanzaron los 8 capítulos por HBO).
Guadagnino dice no haber visto nunca una serie pero parece conocer bien la parábola que va del Bertolucci de La luna al Van Sant de Paranoid Park. En fin: cine y dispositivo bélico. Cada uno puede extraer las conclusiones que quiera, pero Italia y Norteamérica muestran que todavía saben compaginar la geopolítica y el eros. Es lo más cercano al cine que vi este año.
2- Ópera prima: Dwelling in the Fuchun Mountains (Gu Xiaogang): Si se quiere es el extremo opuesto de We are who we are, quizás porque la gran escala de la civilización china le permite a su autor de 32 años percibir las mutaciones del tiempo con otro temple que el que experimenta occidente: el desgajamiento de una familia, la demolición de los viejos edificios y las cartas que conversan con ya nadie en cajones olvidados, mientras el ciclo de las estaciones fluye con la serenidad de un río profundo. Puede reconocerse en el joven Gu Xiaogang una filiación que remite a cineastas como Hou Hsiao-hsien o Edward Yang. Como si en China todavía hubiera un cine posible.
3- 4TRO V3INT3 (Raúl Perrone) El Perro sigue en Ituzaingó pero no puede salir a la calle, así que envía la cámara a unos pibes que se filman a sí mismos y él espera en su sala de edición para mirar sus miradas en busca de lo que viene persiguiendo hace eras. Este plan de fuga del aislamiento social preventivo más que una ocurrencia pragmática es un gesto simbólico fuerte: cesión momentánea o anticipo de un relevo generacional. 4TRO V3INT3 es la hora de la madrugada en la que los pendejos hacen un rito solo suyo. Hora de nadie, puro presente, borde del instante. Ni día ni noche, un trance en el que el futuro como proyecto está abolido. La improductividad de los pibes es vicio, sonrisas, derroche sin ira. Humo luminoso al que no le faltan –nunca faltan en Perrone- sombras ni fantasmas. Los pibes no saben muchas cosas pero algunas pocas las saben muy bien: cómo habitar un pliegue del tiempo y el espacio en el que no rige el mandato del funcionamiento total. Se deslizan por calles vacías, cruzan el puente de la autopista, surfean a ras del suelo, inhalan, exhalan y algo se guardan. Después Perrone recibe, mira, parte y se lleva la mejor parte.
4- Days (Tsai Ming-liang): A finales del otro siglo, con un pie en la cinefilia, fue Tsai el que supo filmar la que se venía. Hoy andamos por calles que nos recuerdan a esa Taipei postcatastrófica que entonces nos resultaba rara. Basta ver la sala vacía del final de Good Bye, Dragon Inn: él siempre tuvo conciencia de especie que desaparece y la tristeza que eso producía se atenuaba por una leve comicidad que también tomó de su cinefilia. En su última película, estrenada en febrero cuando el virus apenas estaba propagándose, Tsai se permite el realismo. Compone un relato en tercios perfectos, formado por registros documentales que cruzan a su viejo amigo Kang y su nuevo amigo Anong. Los junta en un cuarto de hotel a vivir el roce más físico y amoroso de toda su obra. Se despoja de lo no esencial y cuando brota el amor tras una espera larga, se mantiene a distancia prudencial para producir un sismo emotivo con un melodía mínima. Limelight (Chaplin) –ya citada al final de I don’t want to sleep alone- es el obsequio que Kang hace con pudor a su chongo y Tsai a nosotros.
5- Una película argentina: Jardín de piedra (Gustavo Fontán). Este autor fue haciendo con perfil bajísimo una obra que se irá volviendo indispensable por su persistencia para explorar las posibilidades de un cine en disolución. Jardín de piedra es una pequeña película que lleva hasta el límite el alcance de la mirada en situación del confinamiento. Una mirada es también un agujero que escucha. La película dedicada al artista del sonido Abel Tortorelli, asiduo colaborador de Fontán, hace sentir la intensidad de su silencio.
6- Un film revisto durante la pandemia: Soñar, soñar (Leonardo Favio) En estos días de encierro me encontré en YouTube con un hito inicial de mi vida cinéfila, ya que estamos. Soñar, Soñar había sido concebida por Favio en el 75 “como una película chiquita, porque la cosa viene jodida”, es decir, con abierta conciencia de un fin de época. La vi en su estreno durante las primeras semanas de la dictadura, en un cine que ya no existe, semivacío. Terminaban varias cosas pero también la década prodigiosa del más grande cineasta argentino. La seguidilla que produjo entre 1965 y 1975 es una singularidad del universo. Favio fue nuestro barrilete cósmico del cine y todavía nos preguntamos de qué planeta vino. Cuando vi por primera vez Soñar, soñar, con su desconcertante pareja protagónica y su reducción drástica de volumen, después de los fortísimos de Moreira y Nazareno, no supe qué pensar. Nadie supo qué pensar y por las dudas la rechazaron con una dureza hoy imperdonable. Favio había logrado la más paradójica conjunción de sentimiento popular y osadía formal. Cada plano, desde el primero, asombra todavía. No supimos ver que era su obra maestra y por ende la mejor película argentina hasta hoy. Favio tuvo que exiliarse a las pocas semanas y dejó de filmar por 17 años. Después volvió, pero algo ya se había perdido para todos, para siempre.
* Este texto fue publicado originalmente en la Internacional Cinéfila 2020 que convoca Roger Koza desde su página Con los ojos abiertos. Próximamente publicaré en este blog mi comentario sobre los resultados de esa encuesta en la que participaron 161 programadores, cineastas y críticos de diversos países del mundo.
viernes, 11 de diciembre de 2020
Soñar,
soñar (Leonardo Favio, Monzón, Pagliaro)

I
Es mañana calurosa y pasé la madrugada viendo Soñar, soñar, la película de Leonardo Favio de 1976. Esa sola frase ya dice un montón, el más grande cineasta es poco, dejar a Favio en el campo de la cinefilia es quedarse con una partecita. Su rol en la historia argentina desborda ese ambiente. Se da el caso de que la primera película que vi en la tele por iniciativa propia es El romance de Aniceto y la Francisca, el título largo y los largos silencios, el larguísimo plano de la pista de la milonga vacía fueron el cine de mi comienzo. Ver los ojos tentadores de María Vaner y el cabezazo de Luppi para sacarla a bailar fue mi entrada, ninguna ruptura a nada. Antes que ver morir la efigie chueca de John Wayne, el primer personaje que vi morir en cine fue el Aniceto aferrado a su gallo. Por eso nunca entré en el pasaje generacional de Cine de Súper Acción, el gran cañón del colorado, la veneración por los géneros nunca fue lo mío. Es fruto de hechos fortuitos, así que no hay mérito en esto, se dio, solo rogaría que no me incluyan en la generación cinéfila que hizo su escuela en las cinco películas por sábado dobladas al gallego o al mexicano, no es mi vida. De movida, mi clasicismo es la modernidad de Favio. No lloré el ocaso de los Cheyennes ni tuve motivos para forjar un vinculo sentimental con Ford, Capra o Hawks. Sí en cambio para saber que Favio hacía canciones tremendas en las que el personaje dice vos y no tú, que dice pibe y no niño. Todo el mundo cantaba esas canciones sobre el pibe que miraba. Y estuvo en el chárter de Perón y en el palco de Ezeiza. Una figura no abarcable.
Después cuando fui solo al cine por primera vez, fui a ver Juan Morerira dos tardes seguidas en cines de Flores y de Boedo. El mismo autor que antes me había sumergido en un cine del silencio y la espera fue el que estalló en una épica legendaria, con cielos psicodélicos en los campos de Lobos que sacudieron con belleza la natutalidad de lo que ya se espera del cine. Se estrenó el 25 de mayo de 1973 y eso le agrega un plus a la leyenda. Un día Favio cayó en desgracia y los tontos argentinos se perdieron quien sabe qué maravilla.
Juan Moreira es la película que me convenció de que el cine era algo importante para mí y cuando la vi no estaba pensando en Perón, en Cámpora ni en López Rega. Dije que los cielos de los amaneceres de Lobos me alucinaron pero percibí algunas cuestiones formales por las que con esta película aprendí qué es el cine. Favio dota a Juan Moreira de una intensidad que no se funda en la violencia de los hechos, en la psicología de los personajes ni en sus supuestas connotaciones políticas, sino en las distorsiones ópticas que producen el uso de ciertos lentes, el pasaje del gran angular al teleobjetivo, la brusquedad de algunos cortes, la alternancia de momentos líricos y épicos, el desacople de la voz y las imágenes, las elipsis inesperadas. Experimental y popular, Favio se pregunta cómo se filma una leyenda.
Juan Moreira no era previsible por su trilogía inicial en blanco y negro, favorita de la cinefilia porteña de esa época. Quizá la aparición de cada película suya haya sido desconcertante. Favio gambeteaba expectativas.
III
Los primeros cinco minutos de Soñar, soñar bastan para saber que estamos ante una sensibilidad sobrenatural. Empieza con el detalle de unas frutas envueltas en plástico a contraluz, en medio de un paisaje bucólico. Desde arriba entra una mano, enseguida vemos que es la del Rulo (Gianfranco Pagliaro), descansando al borde de la ruta. Filmado con un brutal teleobjetivo, el Rulo está sentado en ángulo de 90° a la izquierda del cuadro, con el fondo desenfocado. A cine metros se divisa una silueta borrosa: es Carlos (Monzón) que avanza por la ruta en bicicleta. El plano dura todo el tiempo que le toma a Carlos llegar hasta el Rulo y recién ahí entra en foco. Sin música, solo canto de pájaritos, hasta que Carlos le dice al Rulo: "¿Tiene fuego, señor?". "Sí", dice el Rulo con sonrisa pícara. Solo entonces Favio dedica sendos primeros planos a los personajes a los que no abandonará en los próximos ochenta minutos. Las miradas que cruzan muestran que nació entre ellos algo más que una simpatía. Un comienzo anómalo por donde se lo vea: Favio venía del estruendo melodramático de Nazareno Cruz y el lobo, basado en un radioteatro de Juan Carlos Chiappe sobre la leyenda del lobizón, que apabullaba por su desmesura y su tono alegórico. En la que sigue, filmada en 1975 y estrenada en las primeras semanas de la dictadura, cambia el registro de modo que llamaríamos radical, si no fuera peronista. Tono menor, personajes alejados de toda épica, que ni bien se encuentran quedan prendados uno del otro. Desconcierta que Favio ponga en esos roles a Pagliaro y Monzón, dos íconos absolutos de los 70. Aunque no supiéramos nada de ellos, la cámara los embellece para hacernos parte del flirt. No había manera de asimilar este ovni en aquel contexto. Se trata de un repliegue hacia la pequeñez que esquiva las expectativas de quien conociera los antecedentes de Favio. Casi medio siglo después, Soñar, soñar sigue siendo rara.
IV
El Rulo lo bautiza "Charlie": "sos igualito a Charles Bronson". En el cortejo que empieza a hacerle el Rulo a Charlie se cifra su carácter de artista impostor. La inocencia de Charlie se entrega totalmente. Un travelling con gran angular sigue a Carlitos en su bicicleta rumbo a la Municipalidad donde trabaja, que le da todos los años dos trajes, uno en verano y otro en invierno. El contrapicado deja filtrar los destellos del sol entre los árboles. Charlie repite para sí "¡Charles Bronson!", se mira en el espejo retrovisor y se agranda: "¡Okei, baby!", igual que Piolín en Crónica de un niño solo. En seguida viene otra escena de asombro en el club "La Ilusión", un ambiente oscuro, exclusivamente masculino, un poco infernal, en el que Rulo hace su número de fonomímica sobre el disco de Charles Aznavour cantando "Apaga la luz". Un travelling semicircular rodea los movimientos espásticos de Rulo y cruza las siluetas oscuras de unos borrachos vencidos por la noche. El contrapunto de la canción de Aznavour con la voz de Pagliaro deletreando los versos muestra hasta qué punto el autor piensa como músico. De ahí en adelante, cada escena dará lugar a nuevos milagros, hasta el final de derrota transfigurada en victoria: "¡Antes muerto que vencido!". Charlie y el Rulo terminan en cana, haciendo para los presos que ahora los ovacionan el número artístico que durante toda la película intentaron lograr sin éxito. Charlie besa al Rulo en la mejilla.
Si es la mejor de Favio, como ahora me parece, es la mejor película argentina de cualquier época.
Epílogo
Duró dos semanas en cartel. Los críticos alcahuetes de los milicos dijeron que no tenía pies ni cabeza. El público no se interesó por ver a un Monzón feminizado ni entendió que el artista de la desmesura hiciera una comedia chiquita. Los cines se vaciaron. Monzón ni fue al estreno pensando que era un mamarracho. Pagliaro decía que era regular no más, que no todo lo que hacía Favio tenía que ser genial y el argumento era flojo. A la semana, Favio se exilió y durante diecisiete años no volvió a filmar. Recién en los 90 la critica cambió su mirada y empezó a admitir que quizá fuera la mejor película de Favio.
martes, 13 de octubre de 2020
Lo propio del plan es que falle
Tercer álbum de laotra21






















































