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domingo, 22 de diciembre de 2019

Vitalina Varela y el último cine de Pedro Costa


por Carla Maglio *

Algunos rasgos del cine de Pedro Costa aparecen en sus últimas películas de un modo que las aleja y las separa de las anteriores. De un modo que obliga también a mudar de crítica. La oscuridad de la puesta en escena; la rarificación de los espacios; el recorte de los episodios más lacerantes de entre los azarosos y variados hechos de las vidas de los negros, de los inmigrantes, de los pobres; la transformación como por una alquimia defectuosa de ese dolor en puro padecimiento y parálisis, o en vida fantasmal; la disminución progresiva de la palabra se volvieron, desde Juventude em marcha en adelante, rasgos demasiado presentes en las películas de Costa -aunque dude al decirlo, casi en marcas. Si escuchamos las voces de los protagonistas, es solo para oír sus lamentos, quejas febriles que nos llegan apagadas o apagándose. 

Nada de todo esto parece justo con las personas cuyas vidas se entraman hasta confundirse con las de los personajes de estas películas. Y quizá lo que ellas -las películas- pidan sea eso: que deshilemos esas tramas en lugar de condonarlas. Anotemos, comoquiera que sea, cuanto menos, que no es justo con la locuacidad; ni con el particular gusto por la conversación; ni con el talento de esas personas para las descripciones, de una minuciosidad que el mundo casi ha perdido u olvidado. No es justo tampoco con sus voces de cadencias y proliferaciones que deslumbran cuando se las descubre, algo que, creo recordar, se veía y se escuchaba muy claro en Casa de lava, por ejemplo. Es quizá paradójico que con tanta frecuencia se diga que Costa hace, precisamente, justicia. ¿Qué justicia es una que nos borra las fiestas, los bautismos, los matrimonios, las celebraciones colectivas? ¿Qué justicia, la que nos entrega cada vez más muertes, o muerte, y nunca nacimientos? ¿Estas supresiones vienen, entonces, a hacer justicia o violencia?

Desde un punto de vista del todo opuesto al que acabo de sugerir, Miguel Savransky ha escrito para La Vida Útil un artículo especialmente riguroso en el que, se podría decir, responde de antemano a mis malestares.



Vitalina Varela trae nuevas inquietudes que se agregan a estas. A pesar de toda la libertad que se asume en la obra de Costa -por la ausencia de guion, o por el modo de trabajo con los actores, entre otras cosas- sus películas dejan, sin embargo, una sensación de fuerte rigidez. Para esta ética cinematográfica, cada escena y aun cada plano son y deben ser igualmente intensos y comunicar con la misma eficacia una misma idea o emoción. Casi podría decirse que cada plano aspira a sostenerse por sí mismo, incluso separado de la película. De esta exigencia de intensidad pareja y constante, aun más que de aquellos rasgos sombríos que comentamos más arriba, es que viene esa rigidez, ese ahogo, que se siente en la película. Quizá, esa busca de intensidad y de eficacia, esa elisión de mesetas y de dudas mutilen la potencia del virtuosismo de Costa más de lo que colaboren con su despliegue o su transformación en otra cosa. Incluso, si el resultado no puede dejarnos menos que boquiabiertos. Las diferencias internas a las que es capaz de dar lugar una obra, los quiebres, las texturas desparejas, hasta el presentimiento de sus vacilaciones suelen ser inseparables de la belleza, la verdad, o la vida de  películas. 

En Buenos Aires, durante la presentación en Malba de Vitalina Varela, mientras hablaba de su trabajo en la película, Costa se refirió al deseo casi como sinónimo de intensidad. Esa dudosa equivalencia que introdujo al hacer de intensidad y deseo términos conmutables parecería volver más aceptable la exigencia de que cada plano, en el momento de su rodaje, o en el de montar, soportara una intensidad semejante. Sin embargo, aun si se acepta la equivalencia, es difícil de todos modos aceptar también ese mandato o reconocer esa descripción.


Desde Juventude em marcha [2006], el encierro del cine de Costa en un mundo espectral dominado por la pura forma, del que queda fuera toda la potencia -una potencia que sentía en los protagonistas, pero también en los lugares, que eran lugares, no espacios indeterminados- de películas como Casa de lava [1994], Ossos [1997], o No quarto da Vanda [2000] no deja de acentuarse. La distancia es la que va entre aquel travelling de Ossos, en el que, mientras el personaje del padre camina por la calle llevando en los brazos algo que parece un paquete, pero que intuimos o sabemos, ya no recuerdo, que puede ser su bebé (una de las escenas más terribles que pueda imaginarse), una niña del barrio muestra de sesgo su sonrisa pícara y descarada a cámara -entre ese travelling- y los rostros siempre graves o sufrientes de Vitalina Varela. Toda esa imposición, esa clausura, esas exigencias, resultan en una rigidez asfixiante y, peor, resultan en una lamentable confusión. No, acerca de lo que está pasando, claro: una confusión más grave sobre los personajes, sobre las emociones, sobre las vidas.

Para terminar, algo más, aun. No estoy segura de que esa rigidez falte solo a la justicia con los hombres y mujeres pobres, negros, migrantes caboverdianos. Me pregunto también por la historia del cine portugués, tan abierto a todas las inciertas formas de la belleza, de donde le llega su gloria.

jueves, 29 de octubre de 2015

Cavalo Dinheiro, Rabo de Peixe y otras joyas del cine portugués, a partir de hoy

Tercera semana del cine portugués en el MALBA y la Lugones

Cavalo Dinheiro

Entre el día de la fecha y el 1 de noviembre se va a llevar a cabo la 3ª semana de cine portugués en el MALBA (ver programación acá), con una extensión en la Sala Leopoldo Lugones, donde se estrenará la más reciente película de Pedro Costa, Cavalo Dinheiro.

Ya dije muchas veces en este blog que la cinematografía portuguesa viene brindando en las últimas décadas una excelencia notable. La muestra de este año cuenta con varios de los más importantes cineastas de esa nacionalidad. Sólo vi un par de las películas que se anuncian, pero reconozco un enorme interés en el conjunto de estos títulos.

En la sección Panorama se van a proyectar O Velho do Restelo, una de las últimas películas del longevo y recientemente fallecido Manoel De Oliveira;  tambien se verá Rabo de Peixe, la nueva película de Joaquim Pinto y Nuno Leonel, los autores de la extraordinaria E ágora? Lembra-me. De Rabo de Peixe sólo escuché y leí maravillas.

Rabo de Peixe

En la sección de homenaje al director Paulo Rocha (1935-2012), se exhibirán copias restauradas Os Verdes Anos y Mudar de Vida, que en la década del 60, en plena dictadura portuguesa, rompieron y ampliaron las convenciones cinematográficas. Se considera a Rocha uno de los fundadores del movimiento Cinema Novo.

La muestra va a contar con la presencia de Catarina Mourão, quien viene a presentar su película A Toca do Lobo y a dialogar con el público. Mourão es nieta de Tomaz de Figueiredo y ella indaga la historia de su abuelo a través de films hogareños y memorias.

Respecto de Cavalo Dinheiro, que se estrena en la Lugones en simultaneidad con esta muestra (ver horarios acá), se trata de una de las películas del año. Cuando la vi en el BAFICI, escribí: 

"[es] de esas películas en las que puede reconocerse que una voluntad de estilo ha llegado a consumarse. Con una filmografía no muy extensa, en estos años Pedro Costa logró eso: tener un estilo reconocible, depurar sus recursos hasta la perfección, hallar el tono, el ritmo, lograr planos y climas inmediatamente memorables. La visión de Cavalo Dinheiro induce a una especie de trance, porque Costa sabe extraer de la sustancia cinematográfica sus propiedades hipnóticas. Sus personajes hablan, o más bien susurran, con una cadencia tan afinada que se acerca a la poesía y a la música. Son voces alejadas de cualquier realismo, que cautivan por su precisión y su delicadeza.

El manejo de la imagen que logra Costa es igualmente magistral. Pocos realizadores en la historia del cine lograron hacer de la oscuridad una materia tan sutil e inquietante.Todo transcurre como en un sueño o una serie de sueños que fluyen con tempo exacto. Los personajes se mueven como fantasmas por pasillos sombríos. Son inmigrantes de Cabo Verde que viven en los barrios pobres de Lisboa y hacen los trabajos que nadie quiere. Los negros de Europa. Se hallan física y espiritualmente dañados: se caen de los andamios, pierden sus dedos, pierden la memoria, o quedan fijados a momentos de un trauma insanable. Su negritud tiene algo de los zombies de Jacques Tourneur.

El cine de Costa es eminentemente político por hacer visibles a los damnificados de la historia. El triunfo de su estilo consiste en invocar asuntos graves, que interpelan a la conciencia social, con trazos refinados: reuniendo en un solo gesto lo mejor de la tradición humanista y la elegancia formal más admirable". 

El reconocimiento de sus excepcionales virtudes estéticas no me impide reconocer algunos reparos de orden político, que desarrollo más extensamente en la nota que pueden leer completa acá. Pero creo que merece que haga una segunda visión para pensarla mejor. Como sea, la recomiendo ampliamente.


La Semana de Cine Portugués luego seguirá itinerando por Rosario (El Cairo Cine: 
5, 12, 19 y 26 de noviembre), Córdoba (Cineclub Municipal Hugo del Carril: 26 al 29 de noviembre) y Montevideo (Cinemateca Uruguaya: 5 al 8 de noviembre).


Rabo de Peixe - trailer - INDIE from Joaquim Pinto Nuno Leonel on Vimeo.

sábado, 25 de abril de 2015

BAFICI. Cavalo Dinheiro: una poética de la derrota

Cavalo Dinheiro (Pedro Costa, Portugal, 2014)


por Oscar Cuervo

Sin duda uno de los puntos altos del BAFICI, de esas películas en las que puede reconocerse que una voluntad de estilo ha llegado a consumarse. Con una filmografía no muy extensa, en estos años Pedro Costa logró eso: tener un estilo reconocible, depurar sus recursos hasta la perfección, hallar el tono, el ritmo, lograr planos y climas inmediatamente memorables. La visión de Cavalo Dinheiro induce a una especie de trance, porque Costa sabe extraer de la sustancia cinematográfica sus propiedades hipnóticas. Sus personajes hablan, o más bien susurran, con una cadencia tan afinada que se acerca a la poesía y a la música. Son voces alejadas de cualquier realismo, que cautivan por su precisión y su delicadeza.

El manejo de la imagen que logra Costa es igualmente magistral. Pocos realizadores en la historia del cine lograron hacer de la oscuridad una materia tan sutil e inquietante.Todo transcurre como en un sueño o una serie de sueños que fluyen con tempo exacto. Los personajes se mueven como fantasmas por pasillos sombríos. Son inmigrantes de Cabo Verde que viven en los barrios pobres de Lisboa y hacen los trabajos que nadie quiere. Los negros de Europa. Se hallan física y espiritualmente dañados: se caen de los andamios, pierden sus dedos, pierden la memoria, o quedan fijados a momentos de un trauma insanable. Su negritud tiene algo de los zombies de Jacques Tourneur.

El cine de Costa es eminentemente político por hacer visibles a los damnificados de la historia.  El triunfo de su estilo consiste en invocar asuntos graves, que interpelan a la conciencia social, con trazos refinados: reuniendo en un solo gesto lo mejor de la tradición humanista y la elegancia formal más admirable.

Quizás por todo esto hay algo que no me cierra en su maestría. No tenemos por qué no creer en la tristeza masiva y terminal que sus películas, y sobre todo Cavalo Dinheiro, exhalan. No parece haber margen para mantenernos indiferentes a las voces que desde su cine nos interpelan. ¿Entonces? Me da la sensación de que tanta belleza triste produce un efecto paralizante. Cuanto más perfectos son los logros artísticos de sus películas, más se acerca Costa a delinear una poética de la derrota. Y eso viene junto con una delectación que me hace partícipe de lo sublime que yo puedo experimentar. ¿A quién se dirige Costa cuando elabora su refinadísima pintura de la derrota irremisible de un sector social? Doy por sentada su excelencia artística y precisamente a partir de ella me pregunto por ese plus político que la misma película estimula.

Pienso en otra película que vimos en el BAFICI pasado: Stray Dogs, de Tsai Ming Liang. Parecida desolación, otro retrato terminal de los perdedores del sistema social. Salvando sus diferencias estilísticas, ambos se mueven por paisajes desoladores de una catástrofe post-industrial. Ambos nos llevan a asomarnos a un abismo, no imaginario, no soñado, sino aterradoramente real. Creo encontrar una diferencia: los cuerpos de los personajes de Costa lucen vencidos, con una vitalidad exangüe. En las películas de Tsai también vemos deambular a personas moral y anímicamente quebradas.. Pero no así sus cuerpos, que siguen supurando humores, vibran, se tuercen, transpiran, lloran, eyaculan, mean, manifestando una pulsión que no declina ante la catástrofe. Nunca diría de los personajes de Tsai que son zombies o fantasmas; más bien parecen plantas o animales mutantes. ¿Es esta diferencia políticamente significativa? No estoy seguro, pero creo que sí. Se trata de dos cineastas que guardan con el realismo una relación tensa. En ambos hay huellas fuertes de la historia pero también hay elaboraciones, condensaciones, desplazamientos, en el sentido freudiano de estos términos. Indudablemente estos procesos tienen como fin producir una experiencia artística de lo real, en la que lo doloroso va acompañado de alguna forma del goce. La diferencia que encuentro entre Tsai y Costa radica en el hecho de que el segundo parece ubicarse a dos grados de separación de lo real. El portugués filma a sus personajes cuando ya fueron derrotados, mientras que en Tsai asistimos a su momento agónico. Allí donde en el director de Stray Dogs nos muestra la tensión de una lucha presente, el autor de Cavalo Dinheiro los captura replegados hacia un momento terrible del pasado. En estas dos últimas películas de ambos cineastas hay momentos donde los personajes cantan; y en la forma en que cantan Lee Kang-Sheng en Stray Dogs y los personajes de Costa en Cavalo Dinheiro pueden registrarse sus parecidos y sus diferencias. Son momentos magnìficos del cine en los que el canto es la expresión más honda de una conmoción íntima y a la vez social. Pero en Stray Dogs el canto de Lee manifiesta una poderosa rebelión que ya no encuentro en los personajes de Costa.



Pienso también en Perrone filmando en Ragazzi a esos pibes carreros debajo del puente, mientras por arriba pasan los autos de la clase media a toda velocidad. Esos son chicos a los que desprecian o temen los que manejan los autos. Parecería que nadie puede verlos, excepto el autor de Ragazzi, que va a buscarlos en su lugar. El los encuentra en momentos de pleno estallido vital. No se trata de una negación maníaca de la muerte ni de una idealización de la pobreza. La cámara capta una pulsión de los cuerpos que no se puede simular. Lo que vemos es algo que el cine casi no muestra: en estos cuerpos vulnerables hay una inmensa capacidad de goce y ese goce no oculta su vulnerabilidad. Supongo que puede establecerse una filiación pasoliniana en este hallazgo de Perrone.
El temple sombrío de Cavalo Dinheiro parece dictado por la asunción de la derrota. ¿No habría que pensar políticamente en eso? ¿no clausura Costa toda posibilidad a sus negros de Cabo Verde? Pensar a Costa políticamente es también honrar su grandeza artística.

David Walsh hace un duro cuestionamiento político al cine de Costa en "Cavalo Dinheiro, de Pedro Costa, el mal izquierdismo de Jean-Marie Straub y otros temas".

"En su mejor momento -dice Walsh- este es el cine de la total pasividad social, que acepta a los oprimidos tal como los encuentra, hace estética su condición y, tal vez sin querer, convierte en una virtud lo que es en verdad una transitoria y efímera ‘necesidad’ social".

No necesariamente coincido con la impugnación completa que hace Walsh del cine de Costa, pero creo que sus objeciones merecen pensarse.

Converso sobre este tema con Roger Koza, un entusiasta de Cavalo Dinheiro. Me dice: "El realismo pasivo es la forma en la que Walsh cuestiona a Costa. Aún así, creo que Cavalo Dinheiro traspasa esa categoría. Me parece que es Ranciere quien entiende cómo leer políticamente a Costa. En Las distancias del cine y en El espectador emanciapdo él consigue entender bien qué hace Costa. Hay veces que no nos imaginamos cuán solos están los cineastas. Es un asunto que no sé cómo expresar".

No leí a Ranciere. Tendré que hacerlo. Me quedo pensando.

sábado, 7 de septiembre de 2013

No cambies nada



Rose dit I’ill be your wild thing
Happiness is happening
Remember lovers never lose
L’anglais dit comme nous les choses

Ne Change Rien (no cambies nada) es una película de Pedro Costa sobre una cantante, Jeannne Balibar, y su banda (comandada por el extraordinario guitarrista Rodolphe Burger) filmados en el trabajo de modelar sus canciones. Costa filma la música de manera totalmente diferente a como se lo había hecho hasta ahora. Hay una serie de restricciones en su procedimiento que se muestran desde el principio: planos fijos, secuencias enteras sin corte, un reino de sombras del que emergen escorzos iluminados: por esta estrecha rendija nos está permitido espiar el trabajo interno de la canción. El tono que se impone Costa es severo con el cine, arte u oficio que cuenta con pocos recursos para registrar el mundo que nos presenta y los debe aprovechar al máximo. Un arte de la escasez. 

Es sabido que las canciones albergan mundos en lapsos secamente acotados, disponiendo de un conjunto breve de variables: una serie de ritmos, una serie de acordes, una serie de palabras organizadas por la repetición, el grano de la voz que recortan los bordes interiores de un cuerpo, la exhalación, el espacio invisible en que las ondulaciones rebotan. Nada más.

Uno de los inventos más prodigiosos, inexplicables e inútiles la canción. La canción es la mejor amiga del hombre.

Yo creo en la amistad entre el hombre y la canción.

Una mujer canta, tres hombres la envuelven de sonido. Pedro Costa se aproxima con devoción al misterio de las canciones. Lo hace con el vehículo que mejor conoce: el cine. Hay un emocionante diálogo entre dos oficios: cine y canción. Es inevitable pensar en uno mientras se filma el otro, piensa Costa. Ajustar cuentas con el cine es la mejor manera de acercarse a un oficio amigo. Ya lo dije, creo: creo en la amistad entre el cine y la canción.

¿Qué puede contener el plano cinematográfico?  Sombras y luz, netas, blancas y negras, figuras afantasmadas. El rostro anguloso de Jeanne moviéndose en la oscuridad, buscando el tempo una vez, otra vez, otra. Después el cine tiene ese otro elemento milagroso que es el sonido. El sonido existe porque hay aire y el aire no está en la pantalla sino en la sala. Las figuras de la pantalla son fantasmas bidimensionales y el fuera de campo que el cuadro recorta es inexorable, hay un límite imposible de traspasar. Pero la vibración de la música, el cuerpo de la voz, tocan el cuerpo del espectador/oyente y vibran juntos. Entonces el cine de Costa rinde homenaje a la realeza de la música mediante una extrema concentración de los sentidos. La cantante y los músicos están buscando con esmero cuidado la forma exacta de la canción, el filo sobre el que deslizarse, el color preciso de las consonantes y el volumen de la distorsión. El cine debe simplemente obedecer, no querer agregar nada más, no hacer ruido, hacer silencio, sustraerse.

La música de Balibar y Burger es íntima y nocturna y sensual e hipnótica. Es blues y también chanson. Las letras narran la entrega amorosa de una mujer, el júbilo de la tristeza amorosa, la razón por la cual existen las canciones, o al revés: la tristeza amorosa existe para hacer canciones jubilosas.

La música es tan linda, cuando la voz de Jeanne se presenta desnuda, insegura, frágil, tanto como cuando la guitarra eléctrica la recoge y la eleva en un viaje por el cielo de la noche, esa noche poblada de fantasmas de la canción que es el cine de esta película.