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sábado, 7 de septiembre de 2013

No cambies nada



Rose dit I’ill be your wild thing
Happiness is happening
Remember lovers never lose
L’anglais dit comme nous les choses

Ne Change Rien (no cambies nada) es una película de Pedro Costa sobre una cantante, Jeannne Balibar, y su banda (comandada por el extraordinario guitarrista Rodolphe Burger) filmados en el trabajo de modelar sus canciones. Costa filma la música de manera totalmente diferente a como se lo había hecho hasta ahora. Hay una serie de restricciones en su procedimiento que se muestran desde el principio: planos fijos, secuencias enteras sin corte, un reino de sombras del que emergen escorzos iluminados: por esta estrecha rendija nos está permitido espiar el trabajo interno de la canción. El tono que se impone Costa es severo con el cine, arte u oficio que cuenta con pocos recursos para registrar el mundo que nos presenta y los debe aprovechar al máximo. Un arte de la escasez. 

Es sabido que las canciones albergan mundos en lapsos secamente acotados, disponiendo de un conjunto breve de variables: una serie de ritmos, una serie de acordes, una serie de palabras organizadas por la repetición, el grano de la voz que recortan los bordes interiores de un cuerpo, la exhalación, el espacio invisible en que las ondulaciones rebotan. Nada más.

Uno de los inventos más prodigiosos, inexplicables e inútiles la canción. La canción es la mejor amiga del hombre.

Yo creo en la amistad entre el hombre y la canción.

Una mujer canta, tres hombres la envuelven de sonido. Pedro Costa se aproxima con devoción al misterio de las canciones. Lo hace con el vehículo que mejor conoce: el cine. Hay un emocionante diálogo entre dos oficios: cine y canción. Es inevitable pensar en uno mientras se filma el otro, piensa Costa. Ajustar cuentas con el cine es la mejor manera de acercarse a un oficio amigo. Ya lo dije, creo: creo en la amistad entre el cine y la canción.

¿Qué puede contener el plano cinematográfico?  Sombras y luz, netas, blancas y negras, figuras afantasmadas. El rostro anguloso de Jeanne moviéndose en la oscuridad, buscando el tempo una vez, otra vez, otra. Después el cine tiene ese otro elemento milagroso que es el sonido. El sonido existe porque hay aire y el aire no está en la pantalla sino en la sala. Las figuras de la pantalla son fantasmas bidimensionales y el fuera de campo que el cuadro recorta es inexorable, hay un límite imposible de traspasar. Pero la vibración de la música, el cuerpo de la voz, tocan el cuerpo del espectador/oyente y vibran juntos. Entonces el cine de Costa rinde homenaje a la realeza de la música mediante una extrema concentración de los sentidos. La cantante y los músicos están buscando con esmero cuidado la forma exacta de la canción, el filo sobre el que deslizarse, el color preciso de las consonantes y el volumen de la distorsión. El cine debe simplemente obedecer, no querer agregar nada más, no hacer ruido, hacer silencio, sustraerse.

La música de Balibar y Burger es íntima y nocturna y sensual e hipnótica. Es blues y también chanson. Las letras narran la entrega amorosa de una mujer, el júbilo de la tristeza amorosa, la razón por la cual existen las canciones, o al revés: la tristeza amorosa existe para hacer canciones jubilosas.

La música es tan linda, cuando la voz de Jeanne se presenta desnuda, insegura, frágil, tanto como cuando la guitarra eléctrica la recoge y la eleva en un viaje por el cielo de la noche, esa noche poblada de fantasmas de la canción que es el cine de esta película.

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