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lunes, 3 de diciembre de 2012

El filósofo, el festival y el veneno del cine (final)

Mar del Plata 2012 - Parte III
por José Miccio


Diamond Flash

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Pude ver dos películas de la numerosa representación española, también discutibles e interesantes, como parece haber sido la regla del festival. Diamond Flash es un fenómeno muy propio de nuestro tiempo y otro anuncio de lo que tal vez ocurra con parte del cine menos comercial en los próximos años. Su director, el español Carlos Vermut, convocó un casting de actores por internet, filmó la película con ellos (todos desconocidos y estupendos) y una cámara de fotos de última generación, se hizo cargo de la casi totalidad de las tareas técnicas y la estrenó online gracias a un premio, además de mostrarla en algunos festivales españoles y lanzarla luego en DVD como resultado de su pequeño hype virtual. En cierto sentido, las salas y al soporte físico existen para Diamond flash porque tienen todavía el peso suficiente como para confirmar un éxito alternativo e impulsar una carrera; resta imaginar qué ocurrirá cuando un sistema de validación completo consiga imponerse por fuera del circuito de festivales, qué imagen será aquella que exista solo por y para ese sistema, y en última instancia, qué relación tendrá con el cine tal como todavía lo entendemos.

El cartel de Diamond Flash parece el de un giallo psicodélico, y su título el de una historieta de superhéroes; la película, sin embargo, no cumple con las expectativas que promueve su presentación. Vermut toma elementos de varios géneros pero filma a contramano de ellos; sucede así sobre todo con la historieta, cuya importancia queda en claro desde el comienzo: lo primero que vemos es, como dicen en España, un tebeo; y como su lectora pasa algunas hojas podemos leer un clímax narrativo: la abducción de un hombre por unos extraterrestres. Es casi toda la acción en sentido convencional que tendremos; una vez fuera de las viñetas lo que queda es, fundamentalmente, un conjunto de escenas elaboradas con planos largos y preferentemente fijos, sin énfasis cromáticos ni señalamientos musicales, todas ellas dedicadas a un intercambio verbal, en general cara a cara. La cuestión del parlamento es tan importante que incluso algunos momentos de transición se desenvuelven de esta manera: cuando una de las protagonistas (de acento argentino y un aire a Lucrecia Martel) viaja sola en su coche, un locutor anuncia en la radio que acaba de pasar una canción de El Niño Gusano; cuando otra come en su casa sus judías con chorizo, mira en la tele un dibujo animado en el que conversan dos curiosas criaturas.

En uno de los mejores momentos del film, una mujer llamada Angustias pinta un angelito de mazapán mientras le indica a su ejecutora las acciones a seguir; es una figura asimilable a algunas de Darío Argento o David Lynch, una psicovengadora o un tentáculo del Mal, cuya cara permanece oculta y su voluntad inexplicada. Tal vez se trate de la archienemiga del justiciero Diamond Flash, que aparece una sola vez y no produce exactamente calma, ya que no lo vemos rescatar víctimas ni entregar delincuentes a la justicia sino ejercer una violencia que pasa demasiado pronto de la defensa al sadismo. El lugar secundario de la villana y el héroe, y su nunca establecida condición de tales, le permite a la película concentrarse en sus mujeres protagonistas, especialmente en los lugares que ocupan dentro de un tapiz de violencias que incluye el abuso, el secuestro y la tortura.

La estructura narrativa que elabora Vermut no es sencilla, y bien puede ocurrir que el vínculo entre sus capítulos permanezca oscuro o dé lugar a extravagantes especulaciones; pero de algún modo todas las historias de Diamond Flash tratan sobre la manera en que se sobrelleva la carga de una vida cotidiana violenta, y de lo complicado que resulta huir de ella. Ciertos diálogos brillantes, alguna línea especialmente inspirada (“Son los animales prehistóricos los que deciden el destino de los hombres”) y la firme y bienvenida voluntad de extrañeza son los activos más importantes de Vermut. En el debe cabe consignar una inconveniente: el rigor no es por sí mismo un buen argumento a la hora de convencer a la paciencia.

El foso

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Si hay algo que no se le puede negar a Diamond Flash es convicción: tiene una idea, un método y el coraje de respetarlos durante 130 minutos. Algo similar ocurre con El foso, el nuevo documental de Ricardo Íscar, que nada tiene que ver con la película de Vermut. En Tierra negra, su largometraje de 2005, Íscar retrató con gran cariño a un grupo de mineros en su trabajo y sus momentos libres; ahora hace lo mismo con los músicos de la orquesta del Liceo, el gran teatro de ópera barcelonés. El criterio es similar: se trata de poner en el centro de la escena a un grupo humano que cumple una labor poco reconocida y destacar dentro de él las individualidades que lo conforman.

La mina y el foso son lugares que comunican directamente la falta de visibilidad de las personas que trabajan en ellos; por eso los documentales de Íscar pueden verse como viajes al mundo de la labor olvidada. Estos viajes implican la asunción del punto de vista de los nativos, algo especialmente claro en El foso. Enfáticamente situado en la orquesta, Íscar decide rodear el escenario durante las dos horas de su documental: todo debe mostrase desde el margen. Vemos los laterales cuando el reparto espera por su ingreso y el techo cuando van las mujeres de limpieza; del proscenio solo cabe algún contrapicado, como aquel en el que los músicos miran hacia arriba mientras los aplausos del público premian a los cantantes líricos, apenas entrevistos.

Pero las cosas no terminan ahí: también hay mundo más allá de la orquesta. Y así como el brillo de la ópera tiene uno de sus sostenes en los músicos que nadie ve, hay en el teatro otras capas desatendidas, otras personas y otras labores aún menos visibles: un foso del foso al que Íscar también se dirige. De los vestuaristas al restaurador, de los tramoyistas al personal de limpieza, todos los que trabajan en el Liceo tienen un papel en esta red profunda y objetivamente solidaria que es el teatro en su totalidad. Es el laburo lo que se percibe antes que nada en el documental. Por eso, si hubiese que buscar en El foso un plano emblemático sería el de las manos. Íscar filma decenas de manos haciendo cosas – tocar, limpiar, cocinar, tejer, pintar - y termina su película con uno de ellos, justo cuando la sinfonía concluye, sostenida no por el genio de su compositor sino por la mano de una de las cellistas. En esta entramado de labores, la cuestión no pasa por borrar las diferencias entre la actividad creativa y las actividades menos especializadas sino por reconocerles a estas últimas un papel en la posibilidad de las primeras. Es una filosofía generosa: le permite a Íscar acercarse de manera profunda a sus personajes y al espectador reconocer el valor de las tareas que cumplen.

Quizás por sentir que también nosotros podríamos ser personajes de sus películas resulta difícil no simpatizar con Íscar. Pero, más allá del atractivo indudable de su documental, el modo en que pone en escena la intimidad y los deseos peca en algunas ocasiones de sobrecarga retórica, por no hablar del prólogo de los caballos, decididamente feo. Aunque parezca extraño, es en los momentos en los que Íscar se toma más libertades cuando El foso pierde interés. No es un problema nuevo; desde hace tiempo es notorio que hay algo que no funciona bien en la idea misma de Documental de Creación, como si su prédica hubiese acabado por generar prontamente un manual de heterodoxias y unos incumplimientos obligados, genéricos y programables.



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Por último, un poco de cine argentino. Iván Fund y Eduardo Crespo presentaron películas con varios elementos en común pero muy distintas en sus objetivos y logros. Las dos transcurren en un pueblo de casas bajas y mucho espacio vacío, completamente horizontal, entre perros y personajes de vida humilde pero no pobre. Comparten, además, el uso de la cámara en mano, el gusto (más pronunciado en Crespo) por demorarse en los objetos, una textura visual parecida y el cartel de Hubert Bals.

Me perdí hace una semana – la película de Fund – combina sus apuntes de cámara con reflexiones en off de sus actores acerca de la experiencia del rodaje. El trabajo de Crespo es más interesante. Su título - Tan cerca como pueda - no se traduce en planos cortos sino en afecto por el mundo representado. La película está actuada por la gente del pueblo, y a su calidez dedica Crespo toda su atención: una cámara curiosa y gentil descubre un rico mundo de signos y un mundo de buena gente en el que la amabilidad y el afecto no impide que sus dos protagonistas - uno adulto y uno joven - anden sueltos, sin lazos firmes, en medio de un desconsuelo sin énfasis (apenas un montaje paralelo sobre el final subraya un poco la coincidencia anímica).


En un film tan cariñoso con las personas, resultan especialmente buenos los momentos dedicados a las cosas, sobre todo una hermosa toma en la que la cámara recorre la vida simbólica de una habitación, desde el poster de El Otro Yo al juguete viejo, pasando por algunos casetes, el cartel rutero de los Clash, los puchos y la ropa. Además de decir algo sobre su dueño – lo que hay en una habitación es un cardiograma del que duerme ahí -las cosas tienen su propia integridad, y Crespo las ausculta con delicadeza, se trate de un hombre araña, de un sanguchito o del pelo recién decolorado de un pibe.


Fango

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En la presentación de Fango, la nueva película de José Campusano, Martínez Suárez dijo que la huella de su director era siempre visible, y que quien hubiese visto Vil romance y Vikingo sin dudas se daría cuenta de la afinidad que existe entre las tres películas. Tiene razón. Lo primero que dijo Campusano luego de agradecer y recordar al Flaco Aroldi en Los chantas fue que el trabajo que hizo en el rodaje con sus no actores buscó borrar cualquier tipo de marca autoral. También él debe tener razón.

El argumento de Fango surge de un hecho real ocurrido en Floresta: un apriete que se fue de mambo, ajustes de cuentas, muertes. Quien esté interesado en confirmar la fidelidad de la historia con el caso que le sirve de base podrá revisar las páginas policiales. Quien esté interesado en otro tipo de fidelidad, más cinematográfica, deberá ver la película, porque la verdad que interesa en Campusano es la de la escena, no la de los hechos.

Despojado de ley pero no de una moral estricta que cobra muy caro el incumplimiento de sus normas, el mundo de Fango es un Conurbano de caballos muertos y peros flacos, sin canas, sin políticos, sin fábricas y sin escuelas. Los vínculos fundamentales son los que presuponen la horizontalidad: el trato, la pareja, la alianza y, antes que ninguno, la amistad. En la primera escena, un gesto gauchesco pone al Indio y al Brujo fuera de cualquier gramo de jerarquía. El Brujo llega y escucha el arpegio de balada heavy que toca el Indio; cuando este termina, toma la guitarra y hace su propio arpegio. Esta reciprocidad absoluta es la clave íntima del film. Se apoya en un código de conducta que exige confianza y respeto y salta por los aires cuando alguno de los implicados en el vínculo comete una falta. Por eso, más allá de los tiros, Fango es la historia de dos rupturas: la de los amigos de la banda de tango trash, y la de las amigas (y ex amantes) que mantienen a la esposa del Brujo en cautiverio. La ruptura de las mujeres ocurre por la decisión de una de ellas de liberar a la secuestrada. La de los hombres por un error que el código no admite: no darse cuenta que es obligación de amigo saber hasta dónde involucrar al otro.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Filmoteca en La otra.-radio

Fernando M. Peña & Fabio Manes en la medianoche del domingo en La Tribu


Sobre el último Festival de Mar del Plata muchos coincidieron en que la sección Filmoteca en vivo, una extensión del ciclo que Fernando Martín Peña y Fabio Manes hacen todas las semanas en el Sindicato de Operadores (Viamonte 2045), fue uno de sus momentos culminantes.

El 22 de noviembre escribía Peña en Facebook: "Es impresionante la respuesta del público de Mar del Plata a las funciones de FILMOTECA EN VIVO y también a las de la retrospectiva dedicada a Román Viñoly Barreto, realizada con películas de nuestra colección. La vigencia de estas películas y la pertinencia de exhibirlas queda sobradamente probada en el entusiasmo con que el público las recibe. Los críticos, con la notable excepción del prócer Isaac León Frías, que por algo no es argentino, han evitado tenazmente todos estos films, seguramente porque ni Manny Farber ni Serge Daney ni mucho menos André Bazin escribieron nada sobre ninguno de ellos".

Y Roger Koza dijo: "Salvador Savarese me insiste siempre sobre los ciclos de Filmoteca que se realizan en Buenos Aires y muchos alumnos suelen decirme que el ciclo televisivo es excelente. No tengo dudas. Sucede que no veo televisión desde 1991 y que vivo en La Cumbre. La presentación de Fernando Martín Peña y su compañero de aventuras fue muy divertida, cinéfila y precisa, y me dio una idea de qué va esta fiesta cinéfila; una sección importante del festival, junto con los coreanos y los 'gallegos'".

José Miccio escribió en nuestro propio blog: "una zona marginal para la cinefilia más festiva y reventada a cargo de Fernando Peña y Fabio Manes, responsables del genial ciclo televisivo Filmoteca, que programaron varias películas extravagantes para las trasnoches. Una de las mejores funciones fue la proyección de la copia restaurada de Vida en sombras, la única película dirigida por Llorenç Llobet-Gràcia, en 1949".

Por otro lado, no hace falta que explique lo extraordinario que es el ciclo Filmoteca, de las medianoches de la TV Pública (afortunadamente no están los domingos, así que no tenemos que competirles con nuestro programa de radio), en el que Peña y Manes son capaces de pasar de una semana dedicada al maestro Ozu a I Married A Monster From Outer Space (1958) del olvidadísmo Gene Fowler Jr, o de un ciclo de Sarli/Bo presentado por la propia Coca a estrenar en la televisión abierta Yo te saludo, María de Godard, para terminar diciendo, al cabo de la exhibición, que la película les parece un bodrio.

El secreto del éxito de Peña y Manes parece residir en su combinación de una colección de títulos de una calidad y cantidad sin igual más el desenfado y la gracia con que trasmiten su cinefilia para públicos masivos. Sus presentaciones de cada medianoche son un valor agregado a las obras maestras que suelen pasar.

Este domingo a la medianoche Peña y Manes vienen a los estudios de FM La Tribu a hacernos pasar un rato seguramente genial. 88,7. Online.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El filósofo, el festival y el veneno del cine

Mar del Plata 2012 - Parte II
por José Miccio

Bleak Night

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Es un buen momento para hablar de cine latinoamericano. Una película de la competencia internacional que no se llevó ningún premio pero fue bien recibida es la brasileña O som ao redor, del debutante Kleber Mendonça Filho. No consigo entender las razones de sus defensores. Memories look at me se maneja dentro de la historia social de su país sin convertir cada comentario en un ejemplo y cada situación en un caso; en O som ao redor ocurre todo lo contrario: no hay nada que no responda a una grilla preestablecida. Cuando se habla de guiones de hierro se suele pensar en un tipo de narración hipercontrolada, comúnmente atribuida a Hollywood; pues bien, el de Mendonça Filho es un guión de hierro que se pretende alternativo al otro, algo muy frecuente en cierto cine de pretensiones críticas e inclinado al énfasis y la tesis.

O som ao redor

O som ao redor es un retrato de la burguesía brasileña de Recife, de sus previsibles miserias y mezquindades. El edificio donde pasan la mayor parte de las cosas es propiedad de una familia de terratenientes liderada por un viejo canchero y desagradable que se baña de noche en un sector de la playa visitado por tiburones. No hay en la escena otro riesgo que la metáfora: entre predadores hay códigos. Efectivamente, el nieto que anda noviando con chica nueva puede ser un pibe más o menos piola, un burguesito presentable; pero el viejo es distinto, porque sabe perfectamente de dónde viene la guita y qué significa tenerla en abundancia; una secuencia en el campo sirve para poner en relación la tierra y el lujo urbano: en ella un salto de agua se transforma en sangre.

La exposición de O som ao redor es tan esquemática que no es difícil imaginar el repertorio de ideas que las escenas vienen a ilustrar; de hecho, y a pesar de sus planos contundentes, las escenas son tan flojas, tienen tan poca autonomía, que parecen los cuadros de la casa de un guionista. Por ejemplo: las burguesas que permanecen en el hogar mientras su esposo trabaja son sexualmente insatisfechas: que una se haga una paja usando de vibrador el lavarropas (en Mad Men Betty Draper hace lo mismo). Los burgueses piensan en futuros abstractos en los que sus hijos podrán moverse bien si manejan determinadas herramientas: que los pibes estudien chino. Los burgueses están locos por la seguridad: rejas, rejas y más rejas (y alguna cámara). Hay burgueses jóvenes que se sienten vacíos: que uno robe estéreos. Pero hay también burgueses livianos y bien pensantes: entonces que uno defienda en una reunión de consorcio al empleado que se duerme pero se vaya a encontrar con su chica antes de votar. Así todo, hasta el martillazo final.

Post Tenebras Lux

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Palabras oídas en la cola del cine, en distintos días y horario: miserabilismo, puesta en escena, relleno, larga, gratuito, preciosista, deconstrucción, autoindulgente, rigurosa, desafiante. Es casi imposible hablar sin caer en ellas; en cierto sentido trabajan solas, y quién duda que de ahí procede su efectividad a la hora de comunicarse con rapidez o hacerse el rana. Aparecían en todas partes, sin método; pero en los comentarios sobre la última de Reygadas se pisaban por ver cuál primereaba. Sucede que si hubo en Mar del Plata una película para el agite, esa película fue Post Tenebras Lux. Otros adjetivos para ella: irritante, arrobadora, potente, pueril, inolvidable.

La primera escena es increíble. Una nena – la hijita de Reygadas – camina en medio de una tormenta eléctrica por una llanura embarrada en la que van y vienen vacas, caballos y perros. Verdadero antídoto contra O som ao redor, la escena tiene que ver con el desamparo y la fragilidad (también con la vida recia y sin culpa) no porque sus formas sean ilustrativas sino porque son absolutamente incitantes. La clave es la riqueza sensorial. Cuando la película se entiende, cuando del caldo de imágenes y sonidos el sentido asoma su cabeza, las cosas empiezan a andar mal. Por el contrario, mientras la oscuridad permanece y los lazos entre escena y escena resultan inexplicables la película es fascinante. Incluso algunos de sus riesgos más notorios se sobreponen por descaro a la gravedad y el profundismo. Un fauno fosforescente que camina con valijita de plomero o doctor, un tipo que se arranca la cabeza con las manos, la falta de conectividad: hay que bancarse las burlas de los superados.

Y hay que bancarse a Reygadas, que no deja de frecuentar malos lugares. Hay en el cine heraldos de la espuria trascendencia: el Malick de El árbol de la vida, el Von Trier de Dogville. Reygadas parece siempre a punto de sucumbir a esa misma petulancia. Por eso, si alguien pregunta de qué va su nueva película tal vez convenga recurrir a su tema más a la vista y decir que trata de la vida en la ciudad y la vida en el campo. Es un modo de proteger su sensualidad de los huracanes teológicos que inspira. Pero con todo derecho se puede decir: trata de la falta de calma. O del pecado.

Las tres opciones son legítimas y llevan a las mismas conclusiones, pero tengo la impresión de que si se llega a ellas desde los temas más hondos la película empeora notablemente. En cualquier caso, hay algo cierto: el mundo de Post Tenebras Lux es un mundo inhóspito, desespiritualizado, duro como la piedra; y el lugar que el hombre ocupa en él no es superior al de los otros seres. La equivalencia entre plantas, animales y seres humanos que la película propone es notable: son iguales frente a los elementos, no frente a Dios, que permanece ausente.


Romance Joe

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Una sección interesante, irregular pero bien curada, fue la de los nuevos directores surcoreanos, que estuvieron en Mar del Plata presentando sus películas. Dos de ellas mostraron cierta inclinación por el existencialismo: Bleak Night, un preciso estudio de adolescentes angustiados, muy serio y riguroso, y la deliciosa Romance Joe, una comedia de medio tono que se mueve durante dos horas con la gracia del conejo blanco de su gran final. En la línea del mejor Hong Sang-soo, la película debut de Lee Kwang-kuk, que supo ser su ayudante, consigue unir tristeza y levedad sin recurrir a escenas de compensación ni a contrastes de laboratorio. Uno de sus principales encantos es el poco interés que muestra por señalarles a sus espectadores las razones de cada cambio de tiempo y nivel narrativo; Romance Joe es difícil de seguir si se pretende salir del cine con un mapa de sus caminos, pero no si uno se deja llevar por el ritmo de sus planos y sus cortes, tan fluidos que parecen surgir de nuestra respiración.

Hanaan

También resultó atractiva Hanaan, una película barata y sin actores profesionales que trata de un policía surcoreano que trabaja en Uzbekistán como agente de narcóticos. Cultora del hiperrealismo de cámara en mano y editada con destreza, la película no carece de virtudes: tiene garra, un gran prólogo y la suficiente convicción como para escapar de su único plano bonito como de la peste (la foto del catálogo es justamente la de ese plano fundamental y despreciado: una traición de pressbook).

Dangerously Excited

Existen estadísticas miserables que pretenden medir la felicidad. En El relojero de Saint Paul, aquella película de 1973 con la que Tavernier llegó al cine (tal vez para poco), un locutor radial dice apenas al comienzo: “Las encuestas afirman que el 89% de los franceses son felices”. En Dangerously Excited, segundo largo de Koo Ja-hong, el protagonista dice, conforme, que su índice de felicidad es de 49. Las dos películas, que no se parecen en absolutamente nada, tratan de la falsedad de la estadística, de su retorcida estupidez. La pretensión del director coreano es menor que la de Tavernier: no alcanza a un país entero sino a su protagonista, el empleado público que descubre gracias a unos pibes que su vida ordenada y segura es un desastre. Los pibes hacen rock, y el empleado, que no escucha música, termina arrastrado hacia un Woodstock personal que tiene su clímax en la visita que Bob Dylan – con cara coreana - le hace en sueños.


Le Grand Soir

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Otra comedia: Le Grand Soir, de la dupla Benoit Delépine y Gustave Karvem, los mismos de Aaltra, Louise-Michel y Mammuth. En esta ocasión no hay carreteras; todo gira alrededor de un Carrefour que parece haber tomado posesión del espacio y el tiempo, además de haber reconfigurado la totalidad de los vínculos sociales. Europa como hipermercado: un páramo moral.

Los protagonistas son dos hermanos. Uno, totalmente invadido por el mundo del tener, vende colchones. El otro, un punk nihilista autobautizado Not, vive en la calle con su perro y es la referencia anarquista obligada del cine de Karvem y Delépine (además del primer personaje que se aleja del mundo laboral por decisión propia). Recordemos. En Aaltra hay una mención y una dedicatoria a Albert Libertad, un agitador tullido de fines del XIX y comienzos del XX. En una escena de Mammuth se escuchan sonidos parecidos a la palabra “Proudhon” en medio de una pesadilla burocrática telefónica. Louis-Michel remite desde su título a la anarquista francesa de la Comuna. Ninguna de estas alusiones constituye necesariamente un compromiso ideológico, pero su alta frecuencia va de la mano con una constante del cine de la pareja: la total recusación del trabajo.

Ahora bien, a diferencia de los anarquistas del vino como Otar Iosseliani, que le devuelven placer y percepción a sus desocupados, Karvem y Delépine los mantienen en un estado de conciencia semibárbaro. Siempre queda claro que los primeros responsables de la vida alienada son los patrones y la burocracia, pero los débiles incomodan, por pesados, por sacar provecho de sus taras, y sobre todo por su parquedad y su muy dudosa inteligencia. Este es el gran problema de las películas de Karvem y Delépine: tanta falta de atributos las lleva al borde del cinismo cool.

Por supuesto, que la sociedad descargue su crueldad burocrática sobre unos idiotas inexpresivos no la exime de nada; y hasta es posible argüir que la impugnación de su funcionamiento es así más afectiva. Es la idea del personaje como caja de resonancia, que se suele utilizar para hablar de cineastas tan distintos como Elia Suleiman, Aki Kaurismäki y el padre de todos los impertérritos del mundo: el gigante Buster Keaton. Según esta idea, la falta de luces podría ser – como la bondad completa, la inocencia o la extranjería – un modo de dejar en evidencia a los garcas y de restituirle al mundo su indeterminación.

A pesar de todo (de lo bien que queda decir deadpan, por ejemplo) hay algo poco convincente en esta forma de entender el problema: los personajes de Karvem y Delépine no son Bouvard y Pecuchet. El mejor de ellos - el Depardieu de Mammuth - se destaca con claridad porque el actor que lo interpreta es un monstruo del cine y porque al final de su viaje habla y escribe. Es más: se convierte en un inocente filósofo. Ese descubrimiento de la palabra anunciaba un refinamiento en el retrato de los personajes que Le Grand Soir no confirma. La primera mitad de la película presenta una venenosa descripción del chotomundo Carrefour. Después, cuando los protagonistas deciden despertar al pueblo del sueño inducido por el trabajo y el confort, todo deviene edulcorado, fácil, utopista y pavote: arengas, consignas y una pequeña antología de travesuras contra la propiedad y las costumbres. Se sentía la falta de palabras, pero puestos a hablar Karvem y Delépine resultaron ñoños y discursivos.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El filósofo, el festival y el veneno del cine

Mar del Plata 2012 - Parte I
por José Miccio


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Hace unos meses, Manantial editó en Argentina Las distancias del cine, un libro notable de Jacques Rancière que reúne ensayos sobre cineastas y temas diversos, entre ellos Hitchcock, Bresson, Pedro Costa, Minnelli, la política, el arte, la pedagogía y el entretenimiento. (Escribí sobre él para Bazar Americano; si tienen ganas y un poco de tiempo libre pueden leer la nota acá: http://www.bazaramericano.com/resenas.php?cod=293&pdf=si). Si bien todos los capítulos son excelentes, lo más sorprendente del libro es el prólogo, una propuesta neocinéfila que suspende los imperativos teóricos y le permite a la lectura moverse por entre todas las acepciones posibles de la palabra cine. Rancière, que es cualquier cosa excepto un cinéfilo termita, procede en su prólogo termitamente: se define como amateur, reniega de los sistemas y declara en contra de la autoridad de los especialistas. Sus mismos argumentos reivindican, sin necesidad de mencionarla, la mejor de las tradiciones intelectuales de su país, la más libre y menos sentenciosa, que es la del ensayo; de ella procede la preferencia de Rancière por las unidades pequeñas, su voluntad descriptiva, el reconocimiento de la película que cada espectador se hace en secreto como parte fundamental del cine, y en última instancia su convicción más ardiente: la que dice que de las tareas que se atribuyen comúnmente al trabajo intelectual la recusación de los expertos es la única indispensable.

Un festival de cine es un viaje en su sentido más común, un recorrido más o menos interesante por distintos lugares, en general turísticos, que presenta las dificultades de todos los viajes seguros: el cansancio, el tedio, el amontonamiento, el apuro, la incomprensión, el olvido rápido. Pero es también un viaje en su sentido drogón, un trip, una sacudida sensorial multiplicada con el correr de los días por la acumulación de horas de pantalla y reconocible por algunos síntomas frecuentes, como la mezcla de argumentos, la persistencia inconcebible de algunas imágenes sueltas y la sensación de habitar un mundo que se ha quedado sin asideros. Hace algunos años, el trip era más virulento, porque la costumbre era menor y flotaba sobre los cinéfilos quemados la idea de que había en la ciudad películas que nunca volveríamos a ver, y que dejarlas pasar por razones superfluas como el trabajo y la salud era barbárico, propio de tibios o herejes. Ahora, con internet a nuestras espaldas, las cosas son distintas, y la cuestión, si no se tienen compromisos profesionales, pasa por aprovechar la única posibilidad de ver en cine películas que de todos modos conseguiremos, o que conocemos bien pero nunca pudimos disfrutar en una pantalla grande. De ahí el grandísimo problema que una mala proyección significa, y el enojo que la mala información provoca. Dos ejemplos: Demonios (Lamberto Bava, 1985) estaba anunciada en 35mm pero se pasó en Blu-ray; según el catálogo la duración de Faraón (Kawalerowicz, 1966) era de 180’, lo que indicaba que se trataba del corte polaco, pero la versión que se dio fue la bien conocida de dos horas y media, que es fabulosa pero no la que el festival prometía.

Entre el filósofo Rancière y un festival de cine sobrecargado como el de Mar del Plata no hay más vínculo que este: la idea de que la experiencia multiforme puede oponerse al orden teórico, o que la cinefilia no tiene por qué dar cuenta de sus razones ante un tribunal presidido por la coherencia. Es cierto: el filósofo y el festival están muy lejos uno de otro. Pero también es cierto que a ninguno traiciono si digo que, aunque diferentes y jamás reconciliados, ambos pertenecen a una misma superficie extensa, no a órdenes opuestos. Digámoslo así: para el sacudimiento propio del festival Rancière es demasiado mesurado y demandante; para la tranquilidad que exige la lectura de Las distancias del cine el festival es demasiado vertiginoso y volado; y sin embargo, un mismo viento sopla en los extremos; la cinefilia lo conoce bien porque es el viento que agita su única bandera inconmovible: sin la posibilidad de ir y venir por su territorio con libertad, y sin la posibilidad de entregarse simultánea o alternativamente al goce y al argumento, el cine sería muy pobre, y nuestro vínculo con él irremediablemente falso.


Vida en sombras

2

Las secciones del festival mostraron por sí mismas una amplitud de criterios obligada y bienvenida. Obligada porque no existe para un evento de trescientos largos otra posibilidad que el eclecticismo; bienvenida porque el repertorio de experiencias que puede promover el cine es generoso, y no hay virtud en reducirlo a un patrón único. Sin películas deslumbrantes –el mayor inconveniente de esta edición del festival - pero con muchas de real interés, Mar del Plata ofreció un programa rico y caótico. Hubo títulos de cineastas consagrados como Resnais, Ruiz, de Oliveira y Mekas, cine experimental español, comedias indies, un ciclo de nuevos directores surcoreanos, cine de terror, películas sobre textos de Jorge Amado, documentales, un foco dedicado al skate, otro dedicado a Viñoly Barreto, una sección de temática musical, seis comedias de la Ealing, todo Bonello, cine para chicos (con la inexplicable inclusión de las películas de los superagentes y el también inexplicable repaso por los largos de García Ferré), películas con Sandrine Bonnaire, y una zona marginal para la cinefilia más festiva y reventada a cargo de Fernando Peña y Fabio Manes, responsables del genial ciclo televisivo Filmoteca, que programaron varias películas extravagantes para las trasnoches. Una de las mejores funciones fue la proyección de la copia restaurada de Vida en sombras, la única película dirigida por Llorenç Llobet-Gràcia, en 1949. En ella, el enorme Fernando Fernán Gómez vive sus mejores y sus peores días en relación con el cine; como él mismo dice una vez, tiene encima su veneno. Imagen feliz y vergonzante: cada película una dosis.


In the fog

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Comencemos por tres dosis de cine europeo serio. In the fog es una de esas películas virtuosas, graves y marrones que los rusos (o bielorrusos) presentan cada tanto en los festivales de cine y que parecen destinadas a llevar como epígrafe de cada comentario unas palabras de Dostoievski. Quizás estas, del relato Vlas: “Creo que la más importante, la más enraizada necesidad del pueblo ruso consiste en el sempiterno e insaciable sufrimiento, en todo y por todo. De esa ansia de sufrimiento parece estar contagiado por los siglos de los siglos”. Es una exageración, claro. Y posiblemente un error; al fin y al cabo todo lo que sucede en la película de Sergei Loznitsa depende de una situación histórica precisa, no del alma rusa (al menos hasta cierto punto). In the fog transcurre durante la ocupación nazi de Bielorrusia, en dos planos temporales: el del presente, que reúne a tres hombres en circunstancias horribles, y el del pasado, no menos horrible, que explica el motivo de esa reunión. La primera parte es intensa; hay en ella una materialidad del bosque, de las botas y la madera que fortalece el drama de los dos partisanos y el presunto traidor. Luego, cuando los flashbacks y el correr de los minutos reducen el vigor de la primera media hora, la película deja de desprender emoción de sus planos largos; entonces solo queda admirar su virtuosismo y esperar la niebla.

La memoria es caprichosa; borra aquello que fue hecho para merecerla y retiene los accidentes y los detalles. A pesar de ello, sospecho que todos los que vieron In the fog recordarán durante mucho tiempo su plano secuencia de apertura, difícil y memorable, además de falto de invención. Como indican los libros, la cámara de Loznitsa aprovecha el movimiento de los actores; los toma como postas para pasar de un lado a otro y describe, mediante elementos bien elegidos, un drama y el espacio físico y social del que surge; en este caso, se trata de la ejecución por parte de los alemanes de tres empleados del ferrocarril que - luego sabremos - sabotearon el paso de un tren. En el camino de la cámara se cruzan los invasores, las familias de los condenados, los animales de granja y el clima agresivo de la Rusia blanca; sin cortes, todo un mundo surge ante nosotros. No es un mérito cualquiera. Pero como ocurre en muchas películas de tono alto, Loznitsa termina su majestuoso plano poniendo el punto final con tinta negra, atando el sentido, señalando todo: el movimiento se detiene frente a una carretilla que carga huesos de vaca, y el sonido informa que los saboteadores acaban de ser colgados fuera de campo.


Student

4

Hablando de Dostoievski (y de planos saturados de sentido), hubo en competencia una adaptación de Crimen y castigo. Se trata de Student, del kazajo Omirbayev. Uno de los problemas del cine dostoievskiano es que suele carecer de la intensidad salvaje del escritor ruso; de hecho, es curioso que la mejor adaptación cinematográfica de un relato de Dostoievski sea Una mujer dulce, en la que Bresson procede al revés que su fuente literaria y hace de La sumisa (un relato que incluye exclamaciones como “¡Viva la electricidad del pensamiento humano!” y “¡Estamos malditos, y en general la vida de los hombres está maldita!) un estudio frío y distante sobre el suicidio. Como si hubiese tenido esto en cuenta, Omirbayev filma a Dostoievski con Bresson en la cabeza: Student tiene varios puntos de contacto con Pickpocket. Pero ahí donde Bresson despoja, Omirbayev subraya, y en cada subrayado borronea sus aciertos. La cuestión pasa por poner a nuestro Raskolnikof kazajo en función del capitalismo posoviético, y por establecer entre sus acciones y los valores de la nueva sociedad un vínculo no arbitrario: los motivos del asesinato no son (solamente) privados.

Omirbayev, que había intentado filmar en Killer las modificaciones producidas en Kazajistán después de la caída del muro (sus mafias nuevas y la carrera especulativa), encuentra en Crimen y castigo una historia del presente; fue Dostoievski el que escribió, lamentándose, que el dinero es “la más dulce de las mieles”. Cierto es que la grandeza de la novela no pasa por su denuncia social, pero es perfectamente legítimo que Omirbayev elija ese camino; el cine no le debe respeto a la literatura sino al cine, y hasta Dostoievski debe ajustarse a las generales de esta ley. El gran problema de Student no es la adaptación sino su necesidad de dejar todo en claro. El protagonista deambula por la ciudad con cara de piedra, habla poco y no se conmueve más que por la hija muda de un poeta desdichado, que toma el lugar de la puta Sonia de Crimen y castigo (obviamente los cambios respecto del libro son muchos: el estudiante no asesina a una usurera sino a un almacenero; usa un revólver en lugar de un hacha; el sueño del mujik que mata a su caballo se convierte en el episodio real del ricachón que mata al burro). La inexpresividad del personaje va de la mano de la sobreexpresividad del contexto; todo lo que ocurre ilustra una misma idea. Una docente joven defiende la competencia y el darwinismo social, uno más viejo duda de esas razones, un compañero de universidad lee parte de un ensayo sobre el posmodernismo, dos pibes roban una cartera, un hombre envidia la carne que compra para los perros del patrón, la televisión muestra enfrentamientos callejeros, el asesinato de Kennedy y documentales de leonas que cazan jirafas. Todo está servido para que, por medio de una inferencia heroica, pasemos por encima de esos signos y lleguemos hasta el fondo de la cuestión: el famoso capitalismo salvaje.

No era necesario tanto apoyo, pero parece que Omirbayev no confía mucho en sus espectadores; si hasta necesita comunicarles su idea del cine por medio de una pobre ironía. En la primera escena de Student - que es, dicho sea de paso, un prodigio de elipsis y montaje - el propio Omirbayev afirma, en el rol de un director exitoso, que el cine existe para disfrutar y descansar. Es una palmada en la espalda del espectador serio y juicioso. Una vez Pasolini dijo que Antonioni le daba a su público lo que su público quería; Omirbayev participa de esta demagogia para finos (que en realidad no existía en Antonioni). Por eso su película es tan fácilmente apreciable en determinados contextos, como los festivales de cine.


Beyond the hills

5

El Astor de Oro fue para la rumana Beyond the hills, de Christian Mungiu, el mismo de 4 meses, 3 semanas y 2 días. Es un premio indiscutible, lo que no habla necesariamente bien de la película ni del jurado. Su primera hora es muy buena. Mungiu filma sus planos con gran profundidad de campo y aprovecha la falta de electricidad para que las velas tengan en la iluminación un papel digno de su belleza. Pero esta plasticidad no se destaca solo por sí misma sino porque envuelve a los personajes sin que estos queden atrapados en ella como muñecos distribuidos en el cuadro para dibujar simetrías y contrapesos. Durante esta primera parte la película aprovecha un recurso clásico y siempre atractivo: la presentación de un mundo desconocido a través de la llegada de un extranjero.

Ese mundo desconocido es un convento ortodoxo en el que viven, rezan y trabajan varias monjas, la madre superiora y el máximo responsable, un sacerdote al que las jóvenes consagradas a Dios llaman Papi. La extranjera es Alina, que vuelve de Alemania en busca de su amiga más querida, ahora monja. Mungiu presenta la información con habilidad, y mientras conocemos quién es quién y qué vínculos tienen entre sí, conocemos también una institución, sus reglas, su división del trabajo, sus espacios, su ritmo y los valores que profesa.

Mientras hay descubrimiento, la película es muy buena; los problemas empiezan cuando toda la información ha quedado bien establecida y la crisis de Alina pasa definitivamente al centro de la escena. Posesión o histeria o angustia insoportable: la interpretación abierta es un clásico del cine conventual. Kawalerowicz filmó en Santa Juana de los Ángeles su versión más rica; Ken Russell montó su circo en Los demonios; Mungiu se resigna a terminar su historia sin correr ningún riesgo y con un plano retórico.


Memories look at me

6

Loznitsa, Omirbayev, Mungiu. Es como si el festival solo hubiera ofrecido películas virtuosas que son menos de lo que pretenden. No fue así, de manera que lo mejor es hablar pronto de un film realmente bueno: el film chino Memories look at me, que mereció algunas opiniones condescendientes y una mención del jurado. Es un film pequeño y triste, producido por Jia Zhang-ke pero cercano al cine de Hou Hsiao-hsien (y por su intermediación al de Ozu), tal como dejan entender sus encuadres, su tempo y su precisión microhistórica. Su argumento es sencillísimo: una joven – la misma directora, Song Fang - retorna por unos días a la casa de sus padres, pasa el tiempo con ellos y otros familiares, conversa y registra en cada cosa una partícula de historia familiar e historia social, sin levantar nunca la voz ni obligarse a ilustrar ideas.

Además de filmar estupendamente el departamento en el que sucede casi todo, y de aprovechar al máximo las ventanas y las puertas, Song consigue que un paseo en auto por el barrio y un par de apuntes sobre negocios y arquitectura basten para establecer todo un panorama histórico, que entre las escenas haya crecimiento y no mera adición, y que la tristeza cale hasta el hueso. La única revelación que Memories look at me tiene para ofrecer es que no hay manera de recuperar lo perdido, o que solo es posible recuperar los signos de la pérdida, y sentir su peso. El último plano, de los padres viejos, es extraordinario.