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lunes, 23 de abril de 2012

BAFICI: Joy Division


por Alan Dorfman

Fue una banda tan buena que ni el documental ni la ficción la pudieron reflejar. Al hablar de ficción me refiero a Control, la película en la que Anton Corbijn, fotógrafo de la banda en su época, puso en escena los momentos más trágicos de la banda; y es que al hablar de lo trágico me refiero a Ian Curtis, una persona (hoy parece un mito) que opacó a gran parte de la banda, tanto por sus extravagancias arriba del escenario, como por su voz más oscura que la de Jim Morrison, por su conocida epilepsia y sus depresiones que lo llevaron a la más 'trágica' muerte.

El documental Joy Division fue presentado este sábado en el BAFICI por su director, Grant Gee. Ciertamente dijo que Control es una buena película (sin resaltarla demasiado demasiado) pero que, en la etapa de post-producción de la ficción, se les informó a los miembros vivos de la banda (mejor conocidos como New Order) que iban a quedar como unos estúpidos, como un relleno de ÉL, del cantante, del genio, del grosso, del... pibito epiléptico. Y tenía razón: por eso empezaron a mover fichas para armar un documental que, dicho por el director, no tenía mucho archivo, footage, grabado. Había que mostrar a una banda de rock, de punk rock, de post-punk en su máximo esplendor con, aproximadamente, dos temas en vivo. como mucho. Todo lo demás era vinilo, disco, iPod, incluso discos de pasta del propio Grant Gee (él mismo lo dijo, desencadenando un 'uaaaau' en las adolescentes más ardientes).

Técnicamente y narrativamente el documental está impecable, pero lo demás... bien. Si algo está 'bien' es porque algo anda mal. Un trabajo audiovisual no puede estar 'bien', tiene que ser algo más allá, incluso más allá de ese 'bien' y más allá del mal: ese mal es el eje para desglosar la película.

No sé si queda claro qué es lo de más fuera de lo narrativo y lo técnico (refiriéndome más que nada a la fantástica edición): creo que lo que le falta es una buena dosis de música en vivo, reflejándose en los cortes de las secuencias (la ciudad en la que nació la banda, los comienzos, el primer EP, el primer LP, el segundo, la depresión, la muerte, el futuro). Si bien hay música en vivo, es poca. Lo mejor de Joy Division (la banda), a mi forma de ver, son los dos discos de estudio y la recopilación Substance, junto a lo poco que posee la banda en vivo (tanto video como audio). Para escuchar están los discos: en cualquier tienda o para bajar. Acá en el film nos encontramos con un relato que simplemente no refleja a la banda, ni a los discos que escuché veinte mil veces. Me hace pensar que hasta Control la refleja mejor: quizá no desde la realidad de la banda, pero sí desde la poética, la poesía que el mismo Ian Curtis cantaba, aquellas letras que los demás miembros no sabían qué significaban, porque no escuchaban lo que él cantaban, y hoy, viendo el documental, los escucho con una voz triste, lamentando no haberlo ayudado. Soy fiel creyente de que hoy hubiesen hecho lo mismo. No lo ayudaron, no sabían qué estaba cantando su propia banda... digo, no por hacerlos sentir culpables, de hecho no lo son, pero hoy, dos días después de la función, me doy cuenta de que Control es mejor. Sí, es verdad, opaca al sector instrumental de la banda, pero se trata de la poesía, de lo poético: en la ficción se refleja de una manera fría y seca cómo es que murió; en el documental nos limitamos a no saber cómo murió, si es que de verdad importa.

Típico, típico caso de la realidad de la ficción y la terrible ficción del documental.Quizá 'lo real' no debería ni haber existido, prefiero quedarme con la ficción, una auténtica, y no un capricho, para no quedar como un boludo.

viernes, 6 de marzo de 2009

In-Edit: Los Rodríguez


(Nota: ni las imágenes ni el sonido pertenecen a la película comentada)

Por Oscar A. Cuervo

Y se largó el festival de documentales musicales In-Edit. De las dos funciones de apertura empecé por ver 100 pájaros (Argentina, Sergio Belloti). La otra película de la gala de apertura es NY 77, The coolest year in hell, que la dejé para mañana.

100 pájaros es un registro bastante crudo de la última gira que realizaron en Argentina Los Rodríguez, la banda de Andrés Calamaro y Ariel Roth, a mediados de los 90. Belloti toma al grupo en el momento posterior a su explosión popular con el mega-hit Sin documentos. Calamaro dice en la película que esta situación de éxito estaba obligando a los miembros de la banda a repensar los roles de cada uno, porque una cosa es empujar todos cuando un proyecto necesita ser empujado y otra distinta es encarar algo que ya ha sido aceptado, se trata de destrezas diferentes. En la película se nota que el éxito ya había llegado pero aún no había tanto dinero para repartir. Incluso se los ve todavía muy pendientes de la difusión previa que consiguieran sus shows en los diarios porteños o de la cantidad de entradas vendidas en algún recital en el interior.

Dije que se trata de un registro crudo y no me refería a situaciones dramáticas, sino a la calidad de imagen y sonido: sub-standard para lo que podría esperarse de una banda de tamaña popularidad. Un sonido apenas aceptable y una imagen low tech, descolorida y de poca definición. Sin embargo, de algún modo estas deficiencias documentan, precisamente por ello, el amateurismo que aún conservaba el negocio del rock local a mediados de los 90. Además, una banda como Los Rodríguez, con sus hits incandescentes, nunca estuvo muy pendiente de la imagen y su sonido siempre conservó una factura artesanal. Quizá porque las canciones fueran suficientemente poderosas como para prescindir del design que ya habían alcanzado en nuestro medio bandas más “calculadas”, como Soda Stéreo o Babasónicos. Por eso es que la rusticidad técnica de 100 pájaros funciona muy bien con el objeto documentado.

Además, la película de Belloti cuenta con uno de los más extraordinarios elencos jamás reunidos por el cine argentino: además de Calamaro y Roth, están Charly García, Fito Páez, Cecilia Roth, Fabiana Cantilo, Bebe Contemponi, Marcelo Tinelli, Diego Armando Maradona. Ah, ¡y Fernando Bravo! Como detalle curioso, en la habitación del hotel donde Calamaro departe amablemente con el realizador mientras toma mate aparece, como por descuido, encima de la cama... un chumbo. Y Andrés comenta con simpatía: “todo esto es muy argentino: mate, fasos y fierros...”. 100 pájaros responde con bastante eficiencia al concepto de documental musical y, en su modestia, es mucho más interesante que el veleidoso Babasónicos x Melero.

En el festival hay varias películas que puedo recomendar:

- Joy Division es un documental que tiene, respecto de Control (la ficción sobre la misma banda que se vio en el último BAFICI), una enorme ventaja: la impresionante mirada azul líquida del auténtico Ian Curtis. Viéndolo sacudirse en escena de modo epiléptico se comprende perfectamente qué significa el concepto “rock depresivo”.

- The U.S. vs. John Lennon: dentro de la archiconocida vida de Lennon, uno de los aspectos menos difundidos es su militancia política de principios de los 70 y el pleito y la vigilancia que el estado norteamericano sostuvo contra el beatle John y su esposa Yoko.

- Kurt Cobain: About a son. No es una película extraordinaria y, curiosamente, no incluye música de Nirvana, pero se destaca porque la vida de Kurt está narrada en off por él mismo, e ilustrada por imágenes de los lugares donde Cobain vivió: Aberdeen, Olimpia y Seattle.

Y hay una película argentina que parece que se las trae: La cocina, del novato Jorge Villar. Seguramente volveremos a hablar de ella.

jueves, 15 de enero de 2009

Ian Curtis: Ese oscuro objeto del deseo

Por Fernando Velazco

El nombre de Rob Gretton es muy familiar para todo aquel que se considere a sí mismo “fan" de Joy Division. Porque Robert Leo Gretton no sólo fue el manager de Joy Division y New Order, y consiguió que la banda firmara para Factory Records, sino que junto con Anthony Wilson, fue el creador del club nocturno The Hacienda. Esto nos permite considerarlo una especie de “quinto Joy Division”.

Gretton durante durante dos años apuntó en sus cuadernos todo lo referido a su más preciado tesoro: la música de Ian Curtis. Estos escritos podrían haber quedado inéditos si no fuera por una viuda que decidió hacer de ellas otro merchandising más, a pesar de que no fueron escritas para ser publicadas. Ahora se publicaron y es impensable que algún fanático se quede sin tenerlas.

1 Top Class Manager es el nombre del libro que la viuda de Gretton, Lesley Gilbert –no confundir con la tecladista de New Order, Gillian Lesley Gilbert– acaba de publicar. El libro reproduce más de 20 cuadernos de notas escritos por Gretton entre 1978 y 1980. Hay cartas, notas de estudio y hasta una lista de nombres alternativos que los Joy Division pensaron para denominar a su banda luego de la muerte de Curtis. Ahí figuran Man Ray, Radical Jesuits, Arab Legion, Sons Of God y finalmente el nombre de New Order.

Otro dato no menor, 1 Top Class Manager fue publicado en una edición limitada de 1500 copias y estas solo pueden ser adquiridas mediante la página www.1topclassmanager.co.uk/book/order.php .

Con motivo de esta rara pero seductora publicación, Lesley Gilbert accedió amablemente a ser entrevistada para La otra. A esta altura, donde lo privado de una estrella trágica pasa a ser público, uno se pregunta: ¿qué más queda por mostrar? ¿Tendrá Curtis, al igual que Kurt Cobain, un diario íntimo que algún día su mujer, Deborah, decida publicar?

- ¿Cómo y cuándo conociste a Rob Gretton?

Conocí a Rob cuando ambos teníamos 20 años. Solíamos trabajar juntos para una compañía de seguros. Rob no estaba metido en la música aún. Dejamos nuestros trabajos y trabajamos en un kibutz en Israel por seis meses. Después viajamos a Grecia por dos meses. Fue cuando volvimos a casa que Rob quedó enganchado con las bandas.
- ¿Cómo era Ian Curtis?

- Ian era joven muy agradable, tímido. Siempre muy cortés, pero su epilepsia lo deprimía. Pienso que es una gran pena que Ian se haya suicidado, podría haber seguido haciendo grandes cosas.

- ¿Cómo podes describirme la relación entre Ian y Rob?

- Rob y Ian se llevaban muy bien, como con el resto de la banda, pero Ian era una persona muy privada. Si hubo algún conflicto entre ellos, se arregló rápidamente.

- ¿Qué me podés contar sobre tu libro, 1 Top Class Manager?

- Quise hacer algo en honor a la memoria de Rob, especialmente para nuestros hijos Benedict y Laura. La idea original del libro vino de Mat Norman en el Manchester District Music Archive.
Jon Savage que es amigo mío también pensó que los cuadernos de Rob eran realmente interesantes. Él utilizó algunas páginas en el documental de Joy Division que realizó con el director Grant Gee. Yo quería tener el control total sobre el proyecto, porque tenía una idea muy clara de cómo quería que luciera, por eso decidí editarlo yo misma.

- En el libro figura una lista con los nombres que los otros Joy Division habían pensando en ponerle a su nueva banda. ¿Qué podés decirme de esto?

- Cuando Ian murió, el resto de la banda obviamente quería continuar con un nuevo nombre. No pienso que algunos de los nombres de la lista fueran sugerencias serias.

jueves, 10 de abril de 2008

BAFICI: primera jornada

Por Oscar A. Cuervo

Mi BAFICI empieza musical y depresivo famoso: Joy Division de Grant Gee. No está mal: el documental sobre la banda liderada por Ian Curtis no va a cambiar la historia del cine. Pero incluye algunos registros en vivo en los que impresiona la mirada acuosa del cantante epiléptico y finalmente suicida. A pesar de las disquisiciones de Pablo Schanton en SIN ALIENTO (el diario del BAFICI) acerca de los pormenores del suicidio de Curtis, no es en los detalles biográficos donde puede descollar una película así: el cantante no tiene un suicidio más interesante que el de cualquier otro. Lo que sí puede deslumbrar es la atonía emocional que exhibía Curtis en el escenario y la aspereza de una música que captura el desaliento de una época y una ciudad: Manchester, fines de los 70.

La primera película del BAFICI siempre se beneficia por la adrenalina acumulada por días de grilla y catálogo y la incertidumbre de haber optado o no por lo correcto. En la segunda película viene el relajamiento y el sueño. Para una ocasión así no es aconsejable elegir Fengming, a Chinese Memoir del prestigioso Wang Bing. Son 3 horas y 4 minutos en los que monologa la escritora He Fengming, relatando todas las persecusiones sufridas por ella y su esposo a lo largo de tres décadas del comunismo chino. Film programático donde los haya, la determinación inflexible de Wang Bing consiste en no dejar a su protagonista ni a sol ni a sombra (literalmente), en planos medios fijos que acompañan el tono monocorde que ella emplea para contar sus penurias. Es una obra que asume su carácter de documento al pie de la letra, sin interferencias estéticas más que un montaje ínfimo. Tanto rigor me cansó y el sueño me venció en más de una ocasión. Fengming es una película que en todo caso merece verse después de haber dormido bien y fuera del contexto frenético de un festival.

Mi tercera fue: Chacun son cinéma, la de los 33 cineastas top del nuevo milenio rindiéndole tributo a los 60 años del festival de Cannes. La acumulación de situaciones desarrolladas en el contexto de una sala cinematográfica termina por volverse fatigosa. Muchos de los cortos no pueden esquivar un look de spot publicitario, con remates de ingenio y glamour incluidos. La vanidad de algunos de los realizadores convocados los hace auto-homenajearse (tribute yourself, diría Charly): es el caso de Lelouch, Youssef Chahine o Lars von Trier. Del lote se destacan con toda comodidad unos momentos fulgurantes de David Lynch y el lirismo de Tsai Ming-liang.

Donde el BAFICI empieza a tomar forma es con En la ciudad de Sylvia . Es que José Luis Guerín toma riesgos, busca por zonas del cine no demasiado transitadas, y en lugar de hacer un film redondo y perfecto de acuerdo con normativas probadas, ensaya nuevas posibilidades en cada secuencia. Su película contiene tantos links al cine clásico (Vertigo, Rebecca) como al moderno (el Antonioni de El eclipse) y al contemporáneo (la exploración del espacio visual y sonoro de las ciudades que practica, por ejemplo, Hou Hsiao Hsien en Cafe Lumiére). No es que la película esté plagada de citas: es que discurre y zigzaguea entre los límites de la narratividad y la experiencia no narrable.


No vaya a creerse que se trata de un ejercicio intelectual: es un goce de formas y movimientos, pleno también de caras muy hermosas.