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sábado, 16 de julio de 2016

Un especialista (la banalidad del mal)

El film de Eyal Sivan y Rony Brauman sobre el juicio a Adolf Eichmann



por José Miccio *

El protagonista es Adolf Eichmann. Sivan trabajó con 350 horas de filmación del juicio de 1961 al oficial nazi. Como el material no estaba en buen estado y carecía de orden, el director tuvo que hacer la tarea del archivista antes de concentrarse en la del cineasta, que compartió esta vez con Rony Brauman. La manipulación de las imágenes es radical: todos los travellings y los reflejos – del público, de los testigos, de las proyecciones fílmicas usadas como pruebas - sobre la cabina donde está encerrado el acusado fueron generados digitalmente. No se trata de una intervención entre otras: ataca el estatuto mismo del registro, su primacía ontológica. Hay una segunda operación, también destinada a remover certezas. Verdugo de la imagen, Sivan va en busca de la imagen del verdugo. Una vez más (...) el problema es cómo hacer visible lo que se ha mostrado demasiado. Si el nazismo se ha convertido en una serie de tópicos (o peor aún: en un álbum de postales del horror), y los espectadores ya no sentimos nada frente a ellos, tal vez sea necesario, para reencontrar la inquietud que reclama el hecho de que todo eso que vemos haya efectivamente sucedido, retirarlos de la pantalla o quitarles su aire familiar y doméstico. La sustracción de los campos, y especialmente la presentación de un nazi que parece un oficinista son las formas que Sivan propone como antídotos. Para él, esto constituye una certeza. Para nosotros, una posibilidad [*].


Un especialista es también – y no hay que ruborizarse por ello - la ilustración de un libro: el célebre ensayo de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. El plano de apertura corresponde al juzgado, pero su semejanza con una sala teatral o cinematográfica permite a los directores establecer, desde el comienzo, el dominio de la representación. El recurso es muy usual, y Sivan, que confía en las virtudes de un vínculo a cierta distancia entre espectador y película, acostumbra llamar la atención sobre el carácter no inmediato de las imágenes. Acerca del lugar del juicio escribe Arendt: “Quien diseñó esta sala (…) lo hizo siguiendo el modelo de una sala de teatro, con platea, foso para la orquesta, proscenio y escenario, así como puertas laterales para que los actores entraran e hicieran mutis”. Del hecho de que el juicio fuese una puesta en escena oficial y David Ben Gurion [**] su director en las sombras, Sivan no señala más que su dimensión dramática. Tampoco parece preocupado por la verdad de los testimonios ni la justicia de la condena. Su interés es ese hombre pequeño que, en una cabina de cristal, rodeado de papeles, parece repetir en escena aquello que lo llevó ahí: la dedicación, la eficiencia, la operatividad del burócrata.



La obediencia es el mayor talento de Eichmann, y las frases hechas son su lenguaje. Hay un horror nuevo en la sala, distinto del que se vio en Nüremberg. “Cumplía órdenes” es su estribillo. Como retrato audiovisual de un nazi, el documental es bastante curioso. Conocemos bien el estereotipo: es el de las películas de Leni Riefenstahl o el del consenso antifascista de posguerra. En efecto, el cine ofreció de los nazis imágenes que los nazis se habían ofrecido a sí mismos. Olímpicos o infernales, sobrehumanos o inhumanos, eran, de cualquier modo, titánicos. Eichmann no es así. Lo vemos en pantalla tal como Arendt lo describe: como un hombre “de estatura media, delgado, de media edad, algo calvo, con dientes irregulares, y corto de vista, que a lo largo del juicio mantuvo la cabeza, torcido el cuello seco y nervudo, orientada hacia el tribunal (ni una sola vez dirigió la vista al público), y se esforzó tenazmente en conservar el dominio de sí mismo, lo cual consiguió casi siempre, pese a que su impasibilidad quedaba alterada por un tic nervioso de los labios, adquirido posiblemente mucho antes de que se iniciara el juicio”. Este hombre no es un monstruo, y sin embargo es responsable directo de la muerte de millones de personas. Lo que vemos, hay que decir, es en verdad horrible. Tiene las características de lo cotidiano y se parece un poco a nosotros.


NOTAS

[*] Hacemos en general caso omiso de lo que hubo antes de las películas que nos enseñaron que mostrar es dar lugar a un vínculo falso entre el espectador y las imágenes. Nada de archivos, decía Lanzmann. Nada de pornografía concentracionaria, decía, desde un lugar opuesto, Syberberg. Sin embargo, antes de que esa interdicción se volviera lugar común, fue necesario mostrar, y nadie dio a ese mandato una forma más genuina que un mal director de cine a cargo de un institucional tardío. En 1961 – el año del juicio a Eichmann, justamente - Stanley Kramer dirigió El juicio de Nüremberg y dejó al menos un momento extraordinario: ese en el que nos hace ser testigos, junto con los personajes reunidos en la sala, del parto de unas imágenes y una mirada. Spencer Tracy muestra (exige ver) al público (no casualmente en el lugar del juicio) lo que luego se creería necesario escamotear, tal como hace Sivan al dejar de esas imágenes sólo una huella digital en la cabina de Eichmann. En Ciudadano Welles, el libro de entrevistas con Orson Welles que publicó Peter Bogdanovich, se hace referencia al uso en El extraño de tomas documentales de los campos de concentración. Sobre el tema dice Welles: “En principio yo estoy en contra de ese tipo de cosas, de explotar la verdadera miseria, la agonía o la muerte, para un espectáculo de entretenimiento. Pero en este caso pienso que cada vez que se le dé al público la oportunidad de ver tomas reales de un campo de concentración con la excusa que sea, es un paso más hacia delante. La gente no quiere saber que esas cosas ocurrieron”. El tiempo de los tópicos llegaría luego y la sustracción o el tratamiento lateral de los temas contestarían esa explotación de la miseria a la que Welles hace referencia pero que él subordina todavía a una necesidad pedagógica. El problema no ha terminado aún, y no hace mucho Godard y Lanzmann polemizaron acerca de la imagen o su negación. Es importante reponer esta dialéctica de las formas. Suena evidente, pero el ruido de las frases célebres suele taparla. Existe el riesgo de que las maneras de no ser abyecto – al igual que la idea misma de lo abyecto - se vuelvan protocolares, si tal cosa no ha sucedido ya. Quitar la imagen solo tuvo sentido después de Noche y niebla, que es la película que ha ganado la batalla de la moral, pero también después de lo grabado por las cámaras aliadas, su incorporación casi secreta en El extraño y su escena de nacimiento público en El juicio de Nüremberg, que puede ser vista como la película que despide - unos años después de Resnais - una cierta idea sobre la representación del horror.

[**] El juicio tuvo, según Arendt, razones políticas claras, aunque su desarrollo siguió otros caminos. En palabras del propio Ben Gurion: “Queremos que todas las naciones sepan…que deben avergonzarse”. Arendt sigue su exposición incorporando en ella las citas del premier israelí: “Los judíos de la Diáspora debían recordar que el judaísmo, ‘con cuatro mil años de antigüedad, con sus creaciones en el mundo del espíritu, con sus empeños éticos, con sus mesiánicas aspiraciones’, se había enfrentado siempre con un ‘mundo hostil’; que los judíos habían degenerado hasta el punto de dirigirse obedientemente, como corderos, hacia la muerte; y que tan solo la formación de un Estado judío había hecho posible que los judíos se defendieran, tal como lo hizo Israel en su guerra de Independencia, en la aventura de Suez, y en los casi cotidianos incidentes de las peligrosas fronteras israelitas. Y si bien los judíos que vivieran fuera de Israel tendrían ocasión de ver la diferencia entre el heroísmo israelita y la abyecta obediencia judaica, también era cierto que los judíos de Israel aprenderían una lección distinta. ‘La generación de israelitas formada después del holocausto’ estaba en peligro de perder su sentido de vinculación al pueblo judío y, en consecuencia, a su propia historia. ‘Es necesario que nuestra juventud recuerde lo ocurrido al pueblo judío, y en consecuencia a su propia historia’”.

NOTA DEL EDITOR: Este texto es un fragmento de la nota Eyal Sivan: A contrapelo, que se puede leer completa en el blog Un Largo, clickeando acá.

Y clickeando acá se puede ver el film completo con subtítulos en francés.

jueves, 14 de agosto de 2014

Israel en Palestina: borramiento y reescritura de la historia

Jaffa, la mecánica de la naranja (una película de Eyal Sivan) online



por Pablo Taskar

No vamos a venir a descubrir ahora que lo que llamamos "realidad" es una construcción que se hace desde algún lugar ideológico, y no hace falta ser Roland Barthes para comprender que tanto las imágenes como las fotografías que nos atosigan desde los medios son mensajes nada neutrales emitidos para crear un efecto social o político.

Jaffa, la mecánica de la naranja (Eyal Sivan, Israel, Francia, Bélgica.Alemania, 2009) despliega con actitud didáctica cómo el sionismo construyó, a partir de la apropiación simbólica de ciertas naranjas, un relato fundacional que nunca se cuestionó:

"Había una vez una tierra desprovista de cultura laboral, desaprovechada y árida que, a partir del establecimiento del Estado judío y su voluntad pionera, logró ser trabajada y entregar al mundo las más preciadas naranjas".

Pero ocurre que la naranja de Jaffa, famosa en Occidente unas cuantas décadas antes de 1948 (el año en que se fundó Israel), era cosechada para su exportación por emprendedores árabes, judíos y palestinos trabajando en armónica convivencia. Como lo prueban testimonios, melodías, viejos poemas y filmaciones de archivo en este documental impecable que, por una cuestión biográfico personal, fue lo que más me movilizó del Bafici 2010.

Cuando mis hermanos y yo íbamos al colegio (a la mañana, castellano, a la tarde hebreo), la idealización de esas comunas agrícolas socialistas denominadas kibbutzim (hoy devenidas en empresas hipercapitalistas), era un potente gancho propagandístico que instaba a un deber desear establecerse allí para todos los judíos del mundo. Y uno, calado por el entusiasmo de las maestras, con la ilusión de vivir como un adolescente independiente y -también esto- imaginándose a salvo de todos los antisemitismos, compraba el blindado discurso institucional. En el que tenían gran preponderancia las dichosas naranjas. Los jóvenes israelíes se veían felices recolectándolas, y sus fotos enviaban el metamensaje de que estaban contribuyendo a generar la riqueza de un país que -no cabía otra- era necesariamente nuestro.

La flecha educativa marcaba como corolario una experiencia vivencial a los 15 o 16 años: el Plan Tappuz (o sea, Plan Naranja), que te llevaba por dos meses a un kibbutz para convivir y trabajar con gente de todos lados. Una aventura gozosa de la que solías regresar con incrustaciones de ideario sionista ad hoc.

Eyal Sivan reconstruye el derrotero del cítrico, primero mostrando la coexistencia pacífica de las razas que con él hacían su negocio, luego con su expropiación (junto a las tierras) por parte de Israel, y posteriormente con los boicots árabes a su distribución mundial, en tanto emblema estratégicamente estatuído de la nación hebrea.

A diferencia de otros documentales sobre palestinos e israelíes repletos de checkpoints, soldados, lanzamiento de piedras o atentados suicidas, Jaffa... se enfoca en estas naranjas tan reivindicadas por unos y por otros, para proponer una tarea ardua, pero de beneficio muy concreto: restituirlas como símbolo común y unificador, tornarlas imagen-fuerza cuya sola evocación subraye que la convivencia es posible porque, sencillamente, ya aconteció hace no demasiado tiempo. (Publicado originalmente en el blog Viviendo dos veces).

La película se puede ver acá completa y en castellano:


jueves, 20 de octubre de 2011

Jaffa, la mecánica de la naranja

Este sábado a las 19:30 en Lambaré 873









































por Pablo Taskar

No vamos a venir a descubrir ahora que lo que llamamos "realidad" es una construcción que se hace desde algún lugar ideológico, y no hace falta ser Roland Barthes para comprender que tanto las imágenes como las fotografías que nos atosigan desde los medios son mensajes nada neutrales emitidos para crear un efecto social o político.

Jaffa, the orange's clockwork ((Eyal Sivan, Israel, Francia, Bélgica.Alemania, 2009) despliega con actitud didáctica cómo el sionismo construyó, a partir de la apropiación simbólica de ciertas naranjas, un relato fundacional que nunca se cuestionó:

"Había una vez una tierra desprovista de cultura laboral, desaprovechada y árida que, a partir del establecimiento del Estado judío y su voluntad pionera, logró ser trabajada y entregar al mundo las más preciadas naranjas".

Pero ocurre que la naranja de Jaffa, famosa en Occidente unas cuantas décadas antes de 1948 (el año en que se fundó Israel), era cosechada para su exportación por emprendedores árabes, judíos y palestinos trabajando en armónica convivencia. Como lo prueban testimonios, melodías, viejos poemas y filmaciones de archivo en este documental impecable que, por una cuestión biográfico personal, fue lo que más me movilizó del Bafici 2010.


Cuando mis hermanos y yo íbamos al colegio (a la mañana, castellano, a la tarde hebreo), la idealización de esas comunas agrícolas socialistas denominadas kibbutzim (hoy devenidas en empresas hipercapitalistas), era un potente gancho propagandístico que instaba a un deber desear establecerse allí para todos los judíos del mundo. Y uno, calado por el entusiasmo de las maestras, con la ilusión de vivir como un adolescente independiente y -también esto- imaginándose a salvo de todos los antisemitismos, compraba el blindado discurso institucional. En el que tenían gran preponderancia las dichosas naranjas. Los jóvenes israelíes se veían felices recolectándolas, y sus fotos enviaban el metamensaje de que estaban contribuyendo a generar la riqueza de un país que -no cabía otra- era necesariamente nuestro.


La flecha educativa marcaba como corolario una experiencia vivencial a los 15 o 16 años: el Plan Tappuz (o sea, Plan Naranja), que te llevaba por dos meses a un kibbutz para convivir y trabajar con gente de todos lados. Una aventura gozosa de la que solías regresar con incrustaciones de ideario sionista ad hoc.

Eyal Sivan reconstruye el derrotero del cítrico, primero mostrando la coexistencia pacífica de las razas que con él hacían su negocio, luego con su expropiación (junto a las tierras) por parte de Israel, y posteriormente con los boicots árabes a su distribución mundial, en tanto emblema estratégicamente estatuído de la nación hebrea.

A diferencia de otros documentales sobre palestinos e israelíes repletos de checkpoints, soldados, lanzamiento de piedras o atentados suicidas, Jaffa... se enfoca en estas naranjas tan reivindicadas por unos y por otros, para proponer una tarea ardua, pero de beneficio muy concreto: restituirlas como símbolo común y unificador, tornarlas imagen-fuerza cuya sola evocación subraye que la convivencia es posible porque, sencillamente, ya aconteció hace no demasiado tiempo. (Publicado originalmente en el blog Viviendo dos veces).

domingo, 28 de marzo de 2010

Bafici Anticipos I


por oac

(Aclaración: no se trata de recomendaciones, ya que no vi nignuna de estas películas: son mis propias anotaciones a la hora de elegir. Clickeando en los títulos se encuentran las salas y los horarios de cada película).

Visage: el último largo de Tsai Ming-liang. Tsai es un ejemplo del cineasta al que conocemos exhaustivamente gracias a la existencia del BAFICI. El BAFICI es más suyo que de Wolf, Peña o Quintín. La nueva pelícua viene con críticas dispares. Parece tratarse de la que lleva más lejos el "afrancesamiento" del estilo de Tsai. De hecho, está filmada en Francia en gran parte de su metraje. El elenco está integrado por Fanny Ardant, Laetitia Casta, Mathieu Amalric, Nathalie Baye, Jeanne Moreau y Jean-Pierre Léaud, pero por supuesto que no faltan los actores orientales que forman parte del universo Tsai: Lee Kang-sheng, Norman Atun, Lu Yi-Ching y Chen Shiang-chyi. Se trata, otra vez, de universos paralelos que, de pronto, irrumpen el uno en el otro, como en The hole, The wayward cloud, What time is it there?. Según los comentarios que puede leer, es tanto un homenaje a los 50 años de la nouvelle vague como una referencia autobiográfica de Tsai por la muerte de su madre. La recepción que la película tuvo en la crítica internacional es dispar. Veremos.



Jaffa, the Orange’s Clockwork: la nueva de EyaL Sivan. El cineasta israelí es el más agudo crítico de la política del estado israelí; y es una referencia insoslayable para empezar a comprender las aristas menos difundidas del conflicto palestini-israelí. Acá, la "naranja mecánica" a la que alude en el título son las naranjas que se cultivan en la zona de Jaffa. Estas naranjas condensan significados políticos que exceden las propiedades nutritivas del cítrico. Parece que el film recorre todos los modos de representación -mitológicos y tecnológicos- de estos frutos de la tierra, que también se vuelven un campo de batalla por la disputa del sentido del conflicto de medio oriente.



Reading Book of Blockade: es el nuevo film de Alexander Sokurov, realizado en video en 2009 (mientras esperamos Doktor Fuastus, el final de su tetralogía sobre el poder). Esta también viene con críticas divididas. Sokurov parte del Libor del Bloqueo que narra historias de los 900 días del sitio de Stalingrado, durante la segunda guerra mundial. Sokurov convocó en un estudio a artistas, estudiantes, militares, niños y ancianos para que lean pasajes del libro. Film político, entonces, para seguir pensando la compleja relación entre arte e ideología que nos plantea el cine de Sokurov.



The white ribbon: la película de Michael Haneke que fue derrotada por El secreto de sus ojos en la última entrega de los Oscars; muchos de los que la vieron dicen que The white ribbon es notablemente superior; la de Haneke, en cambio, ganó la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. Filmada en un blanco y negro deslumbrante, la película de Haneke se sitúa en una aldea protestante del norte de Alemania, en los días previos a la primera guerra mundial. Haneke parece encontrar en la violencia y la crueldad latente en esta comunidad la prefiguración del horror que va a estallar con el nazismo.



Les Beaux Gosses: esta película francesa del historietista Riad Sattouf podría ser una de las revelaciones; en todo caso, hay que arriesgarse. Se trata de una comedia sobre el despertar sexual y las angustias que conlleva. Los protagonistas son chicos de 14 años. Dice el director: "Es una película sobre el mundo secreto de los niños tal y como yo lo viví con mis amigos. Muchos niños no son capaces de expresar la crisis de la adolescencia porque cuando dejan atrás la infancia están desconcertados. Nuestras voces eran muy afeminadas, nuestros nombres ridículos y éramos unos enclenques. No quería hacer una película sobre los códigos de los adolescentes de hoy, de su forma de hablar o su arsenal tecnológico, sino de la violencia de sus emociones. No quería adolescentes como los que salen en los anuncios, guapos y salvajes, sino a unos incautos maliciosos". Está en la competencia internacional.

martes, 29 de septiembre de 2009

Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel



En 2002, Sivan y el director palestino Michel Khleifi filmaron las escenas de Ruta 181, el extenso documental que estrenarían un año después. Para Sivan, esta película es en cierto modo la síntesis de su largo proyecto. Su título completo incluye el comentario habitual: Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel. El guión que une -y separa, pero ese es otro problema- los nombres propios es por supuesto una inscripción de orden ideológico. Sivan ha hablado siempre de un Estado binacional como alternativa a las soluciones etnocráticas que se promueven para la región. No hay muchos analistas políticos que consideren viable tal opción, pero al cine le corresponde otra tarea –la crítica de ese consenso-, y los directores la llevan adelante con una furia que terminó en un juzgado.

Después de ver Ruta 181 en el canal francés Arte, el filósofo Alain Finkielkraut declaró en una entrevista radial que Sivan era un judío antisemita y que Ruta 181 era un llamado a matar judíos para permitir “la emancipación de todos los hombres”. Dijo también esta curiosa frase: “Cuídense aquellos que hayan cosido una esvástica en sus pechos y deseen reclamar para sí una estrella amarilla”. Sivan llevó a Finkielkraut a juicio por difamación. Ante el juez, el filósofo declaró, entre otras cosas: “Hamas tiene escrito en su charter: ‘Cada judío es un blanco’. La película dice sí, cada judío es un blanco, porque Israel es un largo crimen”. Claude Lanzmann declaró como testigo de la defensa.

A continuación algunos fragmentos del proceso judicial:


Finkielkraut: Vi esta película en Arte y me resultó insoportable. Descansa enteramente en una analogía entre el destino de los palestinos desde 1947 al presente y el destino de los judíos bajo el régimen nazi. Es un constante plagio a la película de Lanzmann [Shoah]. Propone una representación del sionismo como un fraude gigantesco y una empresa genocida, y los ataques suicidas como actos de resistencia contra una política de humillación diaria. Llegué a la conclusión de que una lógica asesina trabaja en este film.

Hamas tiene escrito en su charter: “Cada judío es un blanco”. La película dice sí, cada judío es un blanco, porque Israel es un largo crimen. Esto legitima el paso a la acción. Es responsabilidad de los cineastas y de Arte dirigir las emisiones, en vez de circular este film sin el menor debate, sin oponentes, sin discusiones. Este documental es presentado como la realidad histórica. Ésa es una responsabilidad extremadamente seria. Desde [la Conferencia Mundial contra el Racismo del 2001 en] Durban, ha habido un brote del odio anti-racista contra los judíos, a quienes se los caracteriza como racistas: “El Estado judío es un estado racista y todos los que lo apoyan son racistas y nazis”.

Al principio de la película, un palestino – encantador y presentado como una víctima – dice: “Los palestinos vivían del pan y el olivo, tenían corazones buenos y puros; los judíos, por el contrario, viven por el trabajo y el dinero…” Los únicos personajes positivos en el film son judíos sefardíes que han sido estafados/engañados por Israel. Todos los demás son expuestos al ridículo, diseñados por el odio, todo esto mientras estamos en este periodo de paso a la acción [en efecto, están ocurriendo en este contexto actos verdaderos de anti-semitismo].


Fiscal: En su opinión, ¿la obra del querellante legitimaría el paso a la acción?

Finkielkraut: Estamos viviendo en tiempos de paso a la acción en Israel, pero también en Francia. Si Israel es un crimen, entonces los israelíes son cómplices del crimen, en consecuencia, la violencia es inexcusable. Éste es el paso a la acción al que me refiero. Vea una opinión de Sivan de unos meses atrás…

Presidente del Jurado [a Sivan]: Según usted, ésta es una crítica que va más allá de la crítica al trabajo intelectual y que lo afecta a usted personalmente.

Sivan: Enseño cine en Israel. Esta película fue exhibida en mi universidad en Israel. Abrió el año académico. Nunca nadie se atrevió a expresarse en esos términos. He vivido los últimos veinte años entre Francia e Israel y he filmado películas sobre mi país. Mis films provocan polémicas, debates. Ese es el sentido de mi trabajo como cineasta, como luchador. No hubiera planteado este juicio si hubiera habido oportunidad de debatir, de expresarse. Alain Finkelkraut decidió no discutir, por ello es mejor asesinar a alguien cuando no se está de acuerdo.

Vengo aquí a defender mi honor, pero también el honor de mi familia. Ser llamado anti-semita es el peor insulto, proviene de un deseo de hacerme a un lado, de echarme de la comunidad humana. He aguantado muchos ataques, al punto de haber recibido amenazas de muerte.

Me gustaría llegar al problema subyacente: la confusión con la Shoah [el Holocausto sufrido por el pueblo judío bajo el régimen nazi]. Crecí en Israel bajo la memoria de la Shoah y sus lecciones. En 1989, durante la primera Intifada [1987, levantamiento popular de los palestinos en los territorios ocupados por las fuerzas israelíes], yo estaba viviendo en Jerusalén, justo enfrente de una población palestina. Un día, hubo disparos, luego intentos de escape y lanzamientos de gases lacrimógenos. Había viento y el gas entró por nuestra ventana abierta. Mi madre la cerró y lloró. Ella dijo: “Ahora entiendo cómo nuestros vecinos alemanes cerraban sus ventanas.” Empecé con este marco, esta tradición judía de otorgar voz a los discursos repudiados.

Testimonio de Claude Lanzmann. Nacido el 27 de noviembre de 1925 en Bois Colombes, Francia. Cineasta, director del célebre film Shoah, escritor, director editorial del periódico Les Temps Modernes:



Laval [abogado de Finkielkraut]: El señor Lanzmann es el director del film Shoah, una obra maestra acerca de la exterminación de los judíos. ¿Cuál es su reacción ante el punto de vista que afirma que la película de Sivan y Khleifi es un plagio o una caricatura de la suya?


Lanzmann: Vi la película nuevamente ayer como preparación para esta audiencia, y fue una experiencia infinitamente dolorosa, aún más dolorosa que la primera vez que la vi. Traté de medir la enormidad del insulto hacia mí, como autor de un trabajo que ha tocado corazones y mentes en todo el mundo. (...). Yo pienso que se burla de los palestinos, no siente compasión por ellos. Es una película mala, fastidiosa, irritante, negadora del Holocausto, profundamente inmoral y deshonesta, y está centrada en un hilo conector/conductor, la ruta 181, que nunca existió. Él omite decir que el 15 de mayo de 1948, el día de la creación del estado de Israel, cinco ejércitos árabes invadieron el país y hubo 6.000 muertos entre los 600.000 israelíes que formaban el país. Las señales de la deshonestidad: nunca sabemos dónde estamos, en terrenos baldíos, en tierra de nadie, nunca vemos Israel, no sabemos quién está hablando, no se da ningún nombre en la película. En los films del señor Sivan, los testigos no firman sus testimonios.

Esta es una película-trampa, la cámara en sí misma es una trampa – en esas locaciones remotas, se convierte, por su sola presencia, en un instrumento de la falsedad (la gente desea presumir ante la cámara). Además, Sivan no dice quién es él, jamás se presenta. Se expresa en hebreo: el lenguaje como un instrumento del engaño. A veces un entrevistado se da cuenta de eso; uno de ellos dice: “Deje de decir estupideces”, y la película corta y sigue su camino. Toda la película está centrada en esto: ya sabe todo, no descubre nada. Tiene una idea fija desde el inicio hasta el final: la inversión maligna, para citar a Michel Tournier. Para él, los israelíes son los nazis de hoy, y los palestinos, los judíos de hoy. El alambre de púas, las torres de control, los ghettos, la masacre de Lod. Por eso es que digo que esta película niega el Holocausto. Cuando Alain Finkielkraut habla de coser esvásticas, eso es exactamente lo que este hombre está haciendo, constantemente. Es lo opuesto a un film pacifista, es un film de guerra. El pecado original es la creación del estado de Israel, es la sentencia de muerte de un estado, que significa sangre. Sangre que ya ha sido derramada, que todavía se sigue derramando, y que se llama a seguir derramando. Hay escenas horrendas, como una en el puesto de control –él ama frecuentar esos puestos de control– donde filma sin presentarse, sin autorización. Algunos jóvenes soldados interrumpen: “Ey, no tienes derecho a seguir filmando”. Él responde: “Soy periodista, tengo todos los derechos”. “Muestra tus papeles”. “No tengo papeles”. La conversación continúa y él le pregunta al soldado: “¿Por qué haces esto?”. El joven soldado responde: “Estoy haciendo mi trabajo, sirvo a mi país”. Entonces él dice: “¡Todos los ejércitos dicen eso al cometer atrocidades!”.

Alain Finkielkraut tiene razón, existe un anti-semitismo muy real: los judíos anti-semitas existen y han existido desde hace mucho. Este hombre es anti-semita. No veo por qué se indigna cuando se lo dicen, ya que es la verdad. Él interpreta lo que uno de los entrevistados [judío israelí] dice para dar a entender “Sólo me interesa el dinero”. Éste es un viejo cliché.


Comte [abogado de Sivan]: Existen muchas maneras de hacer cine. ¿Quién le otorga a usted el derecho de decir que esa gente fue engañada?


Lanzmann: No tienen nombre, ni los palestinos ni los israelíes. ¿Por qué? La ética del documental es la ética de la verdad. Para él – tiene esta idea fija –, Israel es un fabricante de alambre de púas, un guardia de una prisión nazi.

Comte: ¿Acepta usted que un cineasta israelí pueda tener una visión alternativa de su propio país?

Lanzmann: Por supuesto.

Comte: Y entonces, ¿hay que ir tan lejos como decir que Sivan quiere asesinar a todos los judíos?

Lanzmann: Yo nunca dije eso. Yo digo que él dijo que Israel debe ser barrido, y para barrer Israel, usted tiene que matar un montón de judíos. No sé si todavía podemos considerar israelí a Sivan.


Testimonio de Haïm Nachman Bresheeth. Nacido el 6 de agosto de 1946 en Roma, Italia. Reside en Londres. Profesor de cine y medios.

Comte: ¿Qué razones personales lo motivaron a testificar hoy?

Bresheeth: Soy hijo de dos sobrevivientes del Holocausto. Mis padres estuvieron en Auschwitz. Nací en 1946 en un campo de refugiados en Roma. Como resultado de ello, me siento capaz de entender a los refugiados y siempre he estado interesado en el Holocausto y en los genocidios. No conozco a los dos cineastas [Sivan y Khleifi], pero admiro su trabajo. Cuando viví en Israel, participé de un buen número de jurados de selección y siempre admiré la calidad y el coraje de sus trabajos cinematográficos.

Un miembro palestino del Knesset israelí [Parlamento] afirmó en una publicación cuán importante es que los palestinos entiendan el Holocausto, porque de lo contrario, jamás entenderán a los israelíes, y si no entienden a los israelíes, nunca podrán lograr la paz. Él dice que comprender el Holocausto es esencial. Lo que esta película hace es entender el otro lado del problema. Diez mil libros han sido publicados sobre el Holocausto, yo mismo escribí uno, porque estamos obligados a explicarlo para que no ocurra otra vez, pero existen menos de veinte libros que traten la catástrofe sucedida a los palestinos en 1948. Esto ha sido invisible por casi cincuenta años. Si los israelíes no comprenden la situación de los palestinos, no tendrán oportunidad de lograr la paz. Cuando leí por primera vez las palabras de Alain Finkielkraut, no las entendí, me resultaba incomprensible que un intelectual razonable y respetado pudiera decir semejante cosa acerca de esta película. Me sentí avergonzado como judío, como israelí, de que alguien de su importancia pudiera decir lo que dijo sobre el film.

A lo largo de muchos años cada lado ha formulado su punto de vista sin la menor consideración por el punto de vista del otro. La película es muy fuerte pues nos dice: “Necesitamos entendernos y luego hablar del Holocausto y de la tragedia palestina”. Diciendo esto, no digo que sean la misma cosa, pero sí que son hechos decisivos y formativos para ambos lados. Es verdad que los judíos se molestan y enojan cuando alguien insiste en negar el Holocausto. Del mismo modo puedo entender lo que un palestino siente cuando nosotros negamos su propia tragedia. Es muy raro para un israelí y para un palestino hablar juntos de sus tragedias, también porque los israelíes son responsables de la tragedia de los palestinos y no a la inversa. Estos dos cineastas nos recuerdan que los israelíes son responsables por lo que les pasa a los palestinos desde 1948. François Truffaut decía que “un cineasta es un autor, no un periodista.” Podríamos decirles a Zola o Dickens: ¿Por qué no muestran los lados buenos de Francia e Inglaterra?” Zola y Dickens tienen una historia para contar, una historia social, política que está relacionada con las responsabilidades de los intelectuales. Es así como yo interpreté esta película. Es diferente de los que interpretó Alain Finkielkraut.


- La trascripción del juicio se puede encontrar aquí.


- La traducción al castellano de los fragmentos que publicamos ha sido realizada por Candelaria Naveyra © 2009.

José Miccio ha escrito un estudio muy completo sobre la filmografía de Eyal Sivan que está publicado en el número 21 de revista La otra.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Palestinos e israelíes

El nuevo ciclo de cine de La otra
Comienza el próximo sábado
Hoy lo anticipamos en la radio




Sábado 3 de octubre: Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel (2002), dirigida por Eyal Sivan y Michel Khleifi.



Sábado 10 de octubre: Z 32 (2008), dirigida por Avi Mograbi.



Sábado 17 de octubre: Cómo aprendí a vencer el miedo y amar a Arik Sharon (1996) dirigida por Avi Mograbi.



Sábado 24 de octubre: Vals con Bashir (2008), dirigida por Ari Folman.

Medio oriente: esa zona caliente del mundo donde los conflictos son no necesariamente otros que los que nosotros vivimos. Quizá sean los mismos, sólo que más explícitos.

La televisión no puede ayudarnos a comprenderlo. El cine contemporáneo puede: no para contar la cantidad de cadáveres, no para reproducir los discursos de ocasión de los líderes mundiales, sino para sumergirnos en la vida cotidiana de los territorios ocupados, un espacio y un tiempo donde la guerra y la paz ya no son discernibles.

Hoy en
La otra.-radio anticipamos el ciclo en diálogo con José Miccio (ver nota en revista La otra 21). FM La Tribu, 88.7. Medianoche.