Mostrando entradas con la etiqueta Músicas del mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Músicas del mundo. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de julio de 2018

Majestuosos edificios de aire

Especial Doudou N'Diaye Rose en La otra.-radio del domingo pasado, primera parte, clickeando acá  



La música de Doudou N'Diaye Rose es asombrosa y algo de ese asombro se transfundió en la emisión radial del domingo pasado de La otra. Cristian Bonomo, nuestro magister sapientissimus en el arte de la escucha, lo considera uno de sus maestros. Doudou es la eminencia del ritmo proveniente del Senegal, pero se hizo mundialmente famoso cuando Peter Gabriel editó en su sello musical Real World su disco más conocido, Djabote. Fue a través de ese disco que Cristian lo escuchó por primera vez, quedó fascinado con él y asumió el desafío de comprender su poderosa arquitectura musical, cosa que no resulta posible si uno permanece en los esquemas que regulan la música occidental. Bonomo dice que las composiciones que escuchamos habitualmente se rinden a la tiranía del compás, que es el lecho de Procusto que respeta la música de origen europeo para organizar el arte del sonido y de la escucha. El poder hipnótico de los tambores de Doudou se basa en la tensión que logra el flujo imprevisible de sus dibujos rítmicos, la combinación vertiginosa de las repeticiones y las rupturas, la abrupta y fluida coexistencia de ritmos binarios y ternarios, pum-chácata-pum-pum-pum------chaca-chácatatata pum... Los acentos inesperados y la alternancia de silencios de duraciones cambiantes y golpes precisos necesitan ser pensados con otro léxico que el habitual.

Bonomo construyó una notación especial, liberada de la tiranía del compás:


Al hacer el programa, dejándome llevar por la escucha creativa de Bonomo, descubrí la virtud específica del lenguaje radial, que ningún otro soporte puede alcanzar. En uno de los momentos más disfrutables de toda la historia de La otra.-radio para mí, mientras sonaba el combo de los 50 tambores y las 80 voces que responden majestuosamente a la inspiración del senegalés, la voz de Bonomo se cuela entre la música y construye un metalenguaje que va marcando la construcción formal que miles de palabras no podrían explicar. Es un momento mágico de la radio, inaudito, de una gracia irrepetible. ¡Escúchenlo! Nadie como hizo Cristian en el aire gélido de la trasnoche porteña podrá trasmitir con más exactitud y claridad de qué está hecha la música de Doudou N'Diaye Rose. Una vez que lo hayan hecho van a querer seguir escuchando a Doudou por siempre.

Para completar la experiencia, acá pueden ver la película documental que registra la grabación de Djabote.



En la primera parte del programa del domingo escuchamos también a un par músicos occidentales que se apropiaron -en la medida en que eso fuera posible, es decir: simplificándolos- de algunos pasajes musicales del senegalés: el ya mencionado Peter Gabriel y Trent Reznor. Y marcamos el fin de esta parte del programa con una bellísima composición del barroco François Couperin, cuya música será apreciada en la segunda parte, que voy a subir más tarde.

En esta primera parte también hablamos del ciclo de cine La otra, "Cuerpos capturados", de la película que vimos el sábado pasado, Into the abyss (Werner Herzog) y de la que vamos a ver el sábado que viene, Paris is burning (Jessie Livingston). También hicimos un repaso de la dislocada coyuntura política-económica del macrismo descoyuntado que desafina el tiempo y el compás. Esta primera parte la pueden escuchar y disfrutar clickeando acá.

lunes, 20 de octubre de 2014

Cumbia y Psicodelia

Músicas del Mundo: Los Chapillacs



por Sebastián Duarte

Del tradicional Barrio del Solar de la mágica ciudad de Arequipa, en el sur de Perú, Los Chapillacs nos inundan, desde 2005, de cumbia psicodélica. O más bien lo suyo es un derivado directo del estilo chicha, que está recuperando un espacio que supo difundirse en la década del sesenta, con agrupaciones como Chacalón y la Nueva Crema o Los Destellos. El grupo peruano está conformado por Jean Paul Quezada, Yawar Mestas, Renato Rodriguez, Maicol Medina y los hermanos Gabriel, Marcos y Jorge Infantas, quienes fundaron a Los Chapillacs, amalgamando la rimbombancia del título de un lujoso modelo de autos y aludiendo, a su vez, a la veneración del pueblo arequipeño a la Virgen del Chapi. “Nos presentábamos en eventos donde habían performances artísticas. Era la Asociación de Músicos Peruanos, en una casa antigua, con patio grande. Allí armábamos una movida de teatro, pintores, poetas que se subían al escenario. Así nació la idea de recuperar la cumbia peruana del sesenta, influenciada por el surf instrumental: la chicha”, cuenta Renato, el baterista. Esos encuentros fomentaban exposiciones de arte amazónico. Y eran comandados por un pintor de la selva, que luego se radicó en Lima. “Cristian Bendayán fue el que nos ayudó. El es de Iquitos, en el norte. A su ciudad natal el único acceso es por via fluvial o por avión, no hay carretera. Allí hay mucho folklore, gente muy alegre. No hay autos, es otra realidad. Ahí lo importante es lo visual y sonoro. Para nuestro grupo fue muy importante el pintor, porque nos introdujo en lo espiritual. Nuestra música está cargada de muchas experiencias, hemos experimentado con ayahuasca”. ¿Cómo fue la experiencia? “No me pegó tanto físicamente, sino espiritualmente -explica Renato-; para ellos es una planta maestra. Me alivió el espíritu. Dentro del mundo chamánico, el San Pedro es el papá y la Ayahuasca es la mamá. El San Pedro genera un viaje muy profundo, para entender mejor a la naturaleza”. En Perú, los que abordan músicas regionales tienen mucha afinidad con las experiencias naturales. En esa movida entraron Los Chapillacs también. “Tanto grupos importantes como Juaneco y su Combo y Los Mirlos también contaban con interés en las plantas ancestrales, en los contextos de la gente. Nosotros respetamos todas las religiones y plantas. Incluso tocamos un tema llamado 'La marcha de Chullachaqui', que es un instrumental cuya melodía te lleva".

"El Chullachaqui es un demonio de la selva que se hace pasar por conocido y te pierde en la selva. Cuenta la leyenda que tiene una pata de cabra y una de humano. Por eso cojea. Luego de crear esa canción decidimos implementar su imagen en la tapa de nuestro disco”, explica el baterista. “La chicha es una expresión bien popular en Perú. Con sonidos de guitarra, percusión, lírica. Habla de experiencias de inmigrantes que se van a trabajar a Lima, con historias pesadas. Nuestros referentes son Los Destellos. Músicos reconocidos de Perú nos dicen que lo nuestro no suena ni a chicha ni a cumbia pura. Es que en realidad nosotros fusionamos con nuestro aprendizaje de grupos de rock y punk, tales como Los Soikos, Los Belkins y Los Holis”, cuenta Renato, fuma una pitada del cigarrillo y retoma. “No participamos dentro del circuito de bandas de chicha tradicional, más populares. Solemos movernos más dentro de ambientes artísticos. (Seguir leyendo acá)


NOTA DEL EDITOR: Esto es un fragmento de una nota aparecida en la primera edición digital de la revista Músicas del Mundo, que de esta forma comienza su nueva etapa. Dice su director, Sebastián Duarte: "Nuestra página, a la que pueden acceder todos los ávidos de información musical, tiene muchas novedades. Por ejemplo, a diferencia de la que hacíamos en papel, ahora contamos con secciones nuevas: Videos, Fotografías, Gourmets del Mundo, Agenda (los grupos pueden enviarnos por mails sus fechas, para que publiquemos cada quinces días), Coberturas de conciertos y la sección de Rock. El resto sigue igual a como venimos realizando desde el inicio del proyecto: Nota central, Informes, Destacados, Literatura, Viajes, Comentarios de discos, Cine del mundo y los más variados reportajes a músicos, cuyas costumbres y realidades de sus regiones de origen son reveladas. De verdad que estamos felices con ésta nueva etapa que arrancamos. Creemos que esto generará mayor contacto entre vos y nosotros, en definitiva esa es la idea principal, la de siempre, pero ahora desde aquí. Pensamos, más adelante, implementar este nuevo trayecto con algún que otro Especial, en formato papel, sin estar sujetos a tiempos determinados de aparición. Te avisaremos a través de este medio cuando suceda".

Yo desde el inicio tengo a mi cargo la sección "Cines del mundo", de la que ahora pueden leerse dos notas acá.

Es muy recomendable frecuentar esta página, porque Músicas pone en práctica una apertura a la diversidad musical bastante infrecuente. Frente a un mercado cada vez más segmentado, esta revista abre las orejas a los sonidos del mundo sin prejuicios.

lunes, 25 de abril de 2011

Amo lo extraño

El cine de Apichatpong Weerasethakul


por oac
(Ahora que acaba de estrenarse El hombre que podía recordar sus vidas pasadas -Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives-, con gran consenso de la crítica y controversias entre el público no habituado a un planteo cinematográfico inusual, quiero reproducir la nota que sobre su director, el tailandés Apichatpong Weerasethakull escribí hace unos meses para el número 1 de la revista Músicas del Mundo):

Si me preguntaran por el nombre de un cineasta que sintetice el espíritu de esta época, un director plenamente instalado en el siglo XXI, no dudaría en mencionar al tailandés Apichatpong Weerasethakul. Sé que la mayor parte de las veces que digo esto consigo miradas azoradas, porque parece un chiste que el nombre de un artista insoslayable sea tan extraño y difícil de pronunciar. ¿Hace falta que la vanguardia suene tan raro? Lo primero que hay que hacer es aprender a deletrearlo, yo mismo tuve que hacerlo (a ver: A-pi-chat…); pero ¿valdrá la pena? Respuesta: sí, definitivamente. Hay otros cineastas importantes de este tiempo que se apellidan Costa, Alonso, Rodrigues o Martin. Pero se da el caso de que el que hoy está en la primera línea de la vanguardia cinematográfica y que goza de un amplio consenso crítico, el que mencionan con respeto incluso sus propios colegas de la misma generación, es Apichatpong. El hecho de que nuestro director provenga de Tailandia nos provee del toque exótico que el mismo título de esta sección requiere. ¿Quién ha visto algo de cine tailandés? No es que tal cine no existiera, por el contrario, ha existido una industria muy prolífica pero con algunas características que la hacen de difícil acceso: por un lado, los tailandeses desarrollaron un sistema de películas industriales a imagen y semejanza del de Hollywood, con películas de género y estrellas populares, pero totalmente orientado al gusto del público local y difícil de asimilar fuera de ese contexto; por otro, los tailandeses no se mostraron muy proclives a conservar su cine como un patrimonio cultural, de modo que es poco lo que se conserva y no precisamente lo más interesante. Por último, quizá esto tenga algo que ver con una historia política turbulenta, con sostenidas intervenciones militares, continuas persecuciones políticas y la consiguiente censura de las expresiones artísticas. El propio Apichatpong nos contó, en un reportaje concedido a Pablo Ratto para revista La otra: “En Tailandia gobierna una dictadura militar, pero además toda la vida social, no sólo el gobierno, está regida por los militares. Y el uniforme militar representa un símbolo de ascenso social". Este dato parece explicar también que en varias de sus películas personajes de condición marginal vayan vestidos con uniforme militar.

Para que a comienzos del nuevo siglo apareciera un cineasta tailandés que se ubique en la primera línea internacional tuvo que producirse una serie de sucesos afortunados, pero también un cambio en las formas de producir y hacer circular las películas a nivel global. La parte de este proceso que nosotros aquí podemos comprender mejor es la siguiente: en las últimas décadas, paralelamente al agotamiento artístico del cine hollywoodense hubo un desplazamiento de la atención hacia países periféricos, como Irán (Kiarostami), Taiwán (Tsai Ming-liang), Hong Kong (Wong Kar-wai, Johnnie To), China (Jia Zhang-ke), Corea (Hong Sang-soo, Park Chan-wook), Portugal (Pedro Costa, Joao Pedro Rodrigues, Miguel Gomes) y, por qué no, Argentina (Lucrecia Martel, Lisandro Alonso).

Estos son años de un crecimiento del llamado cine independiente, de bajo presupuesto, libre de los condicionamientos industriales, realizado con recursos técnicos mínimos pero a la vez con audacia y conceptos estéticos muy elaborados. No se trata entonces de un cine “pobre”, igual al que vemos en las carteleras pero con menos dinero, sino de un cine muy libre. Por momentos pienso que cierta insolencia que en estas décadas perdió el rock está siendo ejercida por los jóvenes cineastas independientes. La edad promedio de los cineastas debutantes bajó considerablemente: el propio Apichatpong tiene hoy 40 años recién cumplidos, con seis largometrajes realizados y una bocha de premios en los principales festivales internacionales. Entonces, no se trata sólo de directores jóvenes de nombre impronunciable, provenientes de países exóticos, sino de artistas libres, que nos invitan a desarrollar miradas alternativas sobre el mundo, miradas que no estén contaminadas por la forma de mostrar la realidad a la que estamos acostumbrados por nuestro consumo indiscriminado de televisión, lo cual constituye tal vez una de las maneras más perniciosas de poluir el mundo en que vivimos. Por eso, cineastas como Weerasethakul abren hendijas de aire fresco en un ambiente enrarecido.


El escollo que un cine tan vital encuentra, dado que filmar películas ya no es, por las innovaciones de la tecnología digital, tan difícil ni tan caro, es cómo hacer llegar esta variedad de películas a un público también nuevo. La distribución es el cuello de botella, dado que, efectivamente, las grandes salas siguen respondiendo a los dictados del cine comercial. Así que películas como las que hace Apichatpong y otros cineastas mencionados se dan a conocer a través de festivales de cine independiente (como el BAFICI en Buenos Aires) y luego uno se lanza a rastrearlas en la web, para hacerse de una copia en dvd. Y el equivalente a esos garajes donde se gestaba el rock más alternativo de las buenas épocas quizá sean las pequeñas salas independientes, cineclubs, centros culturales donde se programan estas gemas del nuevo cine.

Así fue como conocimos a Apichatpong entre nosotros: en el BAFICI 2003 se exhibió su segundo largo, titulado Blissfully tours. Cuando asistí a verlo no tenía ninguna idea de qué se trataba. Entré a la sala y me sumergí en un mundo misterioso: dos mujeres, una madura y otra más joven, parecen disputarse la atracción de un muchacho joven que no habla el mismo idioma de ellas y parece tener alguna enfermedad en la piel. Los personajes hablan siempre en un tono muy suave, van de un lado a otro de un suburbio que podría recordarnos a alguna localidad del segundo cinturón del conurbano bonaerense, una zona donde la ciudad limita con un espacio más agreste. Las explicaciones no abundan, pero hay algo indefinible en la pantalla que nos va seduciendo. A los 40 minutos de comenzada la película, los protagonistas se suben a un auto y se lanzan a recorrer una ruta, suena un tema pop, una especie de bossa nova, pero cantada en tailandés; aparecen los títulos del film. En ese momento mi desconcierto es total: ¿este trance en el que me fui sumergiendo sin entender demasiado si había un conflicto dramático va a terminar así? Pues no. Todavía queda media película, pero al director le pareció que la exacta mitad era el lugar adecuado para insertar los créditos. ¿qué vendrá de ahí en más? Los personajes se escapan del trabajo en plena jornada laboral, aduciendo cualquier pretexto, y se internan en una zona selvática (digamos, para tener una referencia cercana: algo parecido a las islas del Delta). Es una tarde de calor, lo que se nota en los cuerpos de los personajes y en una especie de modorra que gana a la película, con los rayitos del sol filtrándose por entre las ramas de los árboles. Los protagonistas meten las piernas en el agua de un arroyo, pero además, junto con esa especie de modorra aparece una excitación erótica, sus cuerpos se rozan, entredormidos. Uno de los recursos más eficaces que tiene Apichatpong para sumergirnos en estos estados indefinibles es su uso magistral del sonido ambiente, no sólo por esa tersura de las voces (no sé si todos los tailandeses son tan suaves para hablar o si se trata de un rasgo de estilo de nuestro director), sino también por el uso de una música pop indefinible y, sobre todo, por las tramas sonoras que arma para hacernos sentir en medio de la jungla.


Supuestamente habría mucho contexto histórico y cultural a tener en cuenta para comprender el sentido de lo que vemos en la pantalla: dictaduras militares, difíciles condiciones de los inmigrantes birmanos en Tailandia, super-explotación y más. Todo esto forma parte de la tonalidad visual y sonora que despliega Api. Pero no hace falta conocer el contexto para disfrutar de esta inmersión en un mundo misterioso Es mejor entregarse con cierta inocencia a la majestad de un cine que se libera de las obligaciones literarias de tener que contar una historia y que lo hace con armas inobjetables: sonidos y color.

Con las películas de Apichatpong el cine llega a su punto crítico, allí donde se tienta al espectador para que abandone todas sus pobres certezas de televidente. Un cine que está encontrando su territorio propio, de una sensualidad que hace olvidar todos los lugares comunes acerca del erotismo. Eso se puede reafirmar siguiendo su corta pero interesante carrera. En Tropical Malady se nos cuenta una historia romántica entre dos hombres jóvenes, uno de los cuales está (inexplicablemente) vestido con uniforme militar sin serlo. Los personajes caminan por un espacio selvático, se acercan (otra vez) a la orilla de un arroyo, se hacen mimos, uno le regala al otro un casete con un tema de The Cure. Al rato anochece y, nuevamente, el film tiene una especie de fractura. La inmersión en la jungla parece reclamar siempre, en sus películas, el pasar desde el mundo cotidiano a otra dimensión. Ahora la historia de amor muta, en lo que resta de la película, en la relación entre un cazador y un animal salvaje, en medio de la noche en la selva oscura y llena de rumores. ¿Es un sueño de uno de los personajes? ¿Es una leyenda ancestral? Puede ser tanto una cosa como la otra, pero a la vez tenemos la sensación de que lo importante no es llegar a una certeza absoluta, sino entregarnos a la extrañeza de las sensaciones. La enfermedad tropical a la que alude el título puede ser el amor, algo tan atractivo como peligroso.

Con sus películas posteriores, Síndromes y una centuria y la recientemente estrenada El hombre que podía recordar sus vidas pasadas  -Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives- (que en el último festival de Cannes se llevó todos los premios y los elogios de la crítica internacional) terminaron por confirmar todas las premoniciones sobre el genio cinematográfico de Apichatpong: Con cada película parece haber dado un paso más en la exploración de un territorio nuevo para el cine, repitiendo algunas constantes, como el cuidadoso tratamiento de la banda sonora, la forma no lineal de narrar y las películas partidas al medio. Y siguen las referencias más bien elípticas a las guerras civiles y al estado represivo. También incorpora elementos fantasmales, que parecen responder en la creencia de la religión tailandesa en las reencarnaciones. Eso nutre a sus misteriosas escenas de ciertas “presencias” que no son explicadas racionalmente.


Por último, podríamos hallar una posible clave de la fascinación del cine de Apichatpong en la mixtura que logra entre elementos arcaicos, propios de una civilización que apenas ha salido de la jungla, y otros elementos ultramodernos, como si Tailandia hubiera pasado abruptamente desde el primitivismo a la posmodernidad, y los hombres que hoy viven en esta zona extraña del mundo (o de la imaginación del director) tuvieran, en medio de sus opacas vidas cotidianas, un universo legendario y maravilloso a pocos pasos.

miércoles, 6 de abril de 2011

La comicidad es cosa seria

El cine de Tsai Ming-liang
(Músicas del Mundo)


por Oscar Alberto Cuervo

¿Vieron que hay personas que parecen muy serias porque jamás se las vio sonreír y por su manera sumamente sobria para expresarse, pero que, en cuanto se las conoce, se descubre que debajo de esa superficie seria se esconde una gracia demoledora, que se expresa en gestos mínimos, capaces de hacer desternillar de risa al que los comprende? Bueno: hay cineastas que son como esas personas. Tsai Ming-liang, nativo de Malasia y taiwanés por adopción es uno de ellos. No el primero, ciertamente. La idea de que un rostro impávido ante todo tipo de catástrofes puede encerrar una forma de humor sublime ya se encontraba en el genial actor y cineasta norteamericano Buster Keaton, ese grán ícono de la comicidad de la época del cine mudo. El malayo-taiwanés Tsai es, secretamente, heredero de Buster Keaton. Sus películas describen la existencia en las grandes ciudades posmodernas, una vida atravesada por catástrofes de todo tipo: climáticas, laborales, edilicias, afectivas, familiares, sexuales. En la obra de Tsai hay sequías, diluvios, ríos contaminados, cuerpos contracturados, gente sola, familias disfuncionales, departamentos que se caen a pedazos, actrices porno que se mueren en medio de una filmación, padres e hijos que se encuentran accidentalmente en un sauna gay, plagas de insectos, humo tóxico, personas que no se atreven a declarar su amor El catálogo de desgracias a las que se ven sometidos sus personajes es variado y agobiante. Y sin embargo, ese panorama catastrófico está observado por una mirada cómica. Claro que esa comicidad no está subrayada, lo que hace que a muchos espectadores y críticos inadvertidos se les pase por alto, porque sólo acostumbran a reírse cuando una película es vendida como una comedia, o mejor aún, cuando la película indica que hay que reírse, como en esas sit-coms televisivas que vienen con las risas pregrabadas. Las películas de Tsai no se venden como comedias y no tienen actores histriónicos que induzcan a la risa con gesticulaciones y morisquetas. Justamente: en la tradición de Keaton, muestran a gente seria a la que le pasa cosas atroces. Y sin embargo, la comicidad es su elemento.

Y esa comicidad tampoco desmiente ni aligera las tragedias que muestra. El taiwanés consigue trasmitir malestar a pesar de su vocación cómica, y esto quizá se deba a que su comicidad no lo lleva a resolver las escenas mediante gags que provoquen carcajdas. Sólo puede sonreír ante sus películas quien logre distanciarse de semejante condensación de desdichas. Distanciarse ante lo habitual, para verlo con una mirada distinta, hasta que lo que pasa ante nuestras narices sin que nos llame la atención nos muestre su carácter absurdo: esa parece ser la clave de su cine. Porque las cosas que pasan en las películas de Tsai son estrictamente reales. Que una ciudad se llene de humo, que los ojos se enrojezcan y uno tenga necesidad de toser, que la gente vaya por la calle con barbijos, que en medio del humo se desarrolle un triángulo amoroso entre personas con dificultades para ganarse el mango y para conseguir un lugar donde dormir, que esos personajes sufran discriminación por ser inmigrantes o por su condición sexual, no es nada del otro mundo, ni producto de una imaginación estrafalaria. Al contrario, cualquier habitante de Buenos Aires puede haber presenciado o vivido alguna de estas situaciones. Y todas ellas juntas les pasan a los protagonistas de su película I don’t want to sleep alone (No quiero dormir solo), una coproducción entre Malasia, China, Taiwán, Francia y Austria. (Esta nota se puede leer completa en el número2 de la revista Músicas del Mundo).

Ya salió el número 2 de Músicas del Mundo, revista de arte y culturas. En tapa, la peruana Eva Ayllón, antes de sus shows en abril en Argentina. En contratapa, el cantante reggae argentino Dread Mar I, antes de su Luna Park. Además: Hip hop francés, Ana Prada, Paulinho Moska.