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domingo, 26 de diciembre de 2010

Fellini y la angustia

en revista La otra 25


La angustia a 24 cuadros por segundo


por Eduardo Fernández Villar

A sus 33 años, edad cabalística si las hay, Fellini estrena Los inútiles. En él, como lo haría en otros films, nos narra en clave autobiográfica la fugaz juventud de cinco amigos en un pequeño pueblo de provincia. Presentar una sinopsis como ésta en los 50 era referir a una película neorrealista. Pero no, hay algo nuevo en este joven director: es el surgimiento de ese “neorrealismo sin bicicletas” que pedía Cocteau, el advenimiento de la imagen cristal de la que habla Deleuze. No se trata de presentar trabajadores en busca desesperada de un empleo o ex-trabajadores en busca de un lugar en una sociedad de posguerra. Muy por el contrario, se trata de meros inútiles, vagabundos que van de un lado a otro en busca de sus equívocos destinos. Repasemos brevemente la secuencia posterior a la fiesta de carnaval: todo ha terminado, ya es bien entrada la mañana, sólo tres personas se mueven con pasos tambaleantes por el amplio salón antes poblado de la más variopinta multitud. Una trompeta en desafinada sordina repite una y otra vez las mismas notas (lo cual torna la situación a un tiempo alucinada y exasperante), un magistral Alberto Sordi arrastra una enorme cabeza de fantoche. En un momento, se detiene y eleva su mirada hacia otra enorme cabeza (la cabeza de un payaso que pende en las alturas). La cámara de Fellini nos muestra la mirada de Alberto en el instante mismo en que se cruza con la inerte mirada de esa gigantesca cabeza de payaso. Es una mirada desesperada, que se siente sojuzgada por esa sonrisa que de pronto se nos torna demencial. Es la angustia entendida como desesperación, ante el paso del tiempo y la urgencia de una decisión: la decisión que mueve a la acción, la que habrá de instaurar la interminable cadena de los actos. “Nos tenemos que casar”, le dirá una y otra vez a su amigo al encontrárselo en la calle en el cuadro siguiente. (fragmento; la nota completa en La otra 25)


El mundo, después de Fellini


por Alejandro Ricagno

Si hay angustia, diría Fellini, que se baile frente a un monstruo marino que nos mira. Si hay muerte, que después haya una fiesta; si hay decadencia, que por lo menos haya habido una orgía.
Es notable cómo a partir de La dolce vita se establece cada vez más este movimiento doble que sobrevive en obras tardías: aquello que parece criticar, entra en una zona ambigua de fascinación. Las muchedumbres decadentes, el circo mediático, que previó antes que nadie, hasta darle forma y nombre, emergen -antes de entrados los años 70, al menos- bajo la mirada de un asombro cómplice. Hoy en día, creo, es más evidente esta ambigüedad.

Me detengo un poco en un film tan excepcional como Fellini-Satyricon que al usar la Roma de Petronio como excusa para hablar de “la decadencia de la Roma post 68” exhala un goce de alegre reviente que se impone por sobre su tono, solo en apariencia sombrío. Satyricon es uno de los casos más raros de su filmografía, es una superproducción, pero de índole experimental -como también lo es Fellini-Roma, pero en menor medida. Satyricon es el film de la piscodelia y del control absoluto, el del “todo adentro del plano” y el del horror al vacío. Un film casi contra el fuera de campo. Los espectadores jóvenes que la veían por primera vez alucinaban. ¿Cómo hacer hoy algo así? ¿Quién se atreve? Un film espectacular con características de antiespectáculo. Este antipeplum -cuya grandiosidad escenográfica marca una época, y en ese sentido sí es datado- se revitaliza ante cada nueva visión, porque desconcierta. No rinde pleitesía ni siquiera a la narración de empático caos alla Fellini, instalado a partir de Ocho y medio. Entonces, tenemos un film que hace espectáculo de sus características de antiespectáculo, de su empatía-antipatía con el trío protagónico, su ambigua moralidad y su ambigua visión sobre la homosexualidad, y la no menos ambigua reinterpretación histórica. (Fragmento; la nota completa en La otra 25)

sábado, 20 de febrero de 2010

Fumate Lost

Una aproximación a un fenómeno de masas



por Eduardo Fernandez Villar

Ante todo, una petición de principio: esto no pretende ser una condena –a bulto cerrado– de toda la variada (pero no por eso menos homogénea) oferta del género "series de tv". Sino, simplemente, un llamado a la reflexión sobre un fenómeno –apenas uno más– de los que produce esta globalización unidireccional en la que estamos inmersos.

Son tantas y tan ostensibles las similitudes que hay entre la célebre Isla de Gilligan y estos muchachos de Lost que una probable volanta a estas palabras bien pudiera haber sido: el día que Gilligan se volvió pretencioso. Justo es decir, en favor del susomentado personaje, que sale ampliamente favorecido con la comparación. De todo punto de vista, Gilligan’s Island supera a Lost. Si bien ambas series mueven a la risa, la primera de ellas lo hacía de un modo directo y simple. Tal vez la distancia que se da entre estas dos series sea la misma que la que media entre sus respectivos espectadores. Hoy, que nos sabemos sofisticados y postmodernos, nos resultaría naïf una remake lisa y llana de la serie que hiciera furor en los sesentas. Varios reajustes se vuelven menester para que funcione. Dichos reajustes pueden englobarse en diferentes órdenes; cuantitativos: en lugar de ser solo siete los náufragos habrán de ser cuarenta y siete (acorde con una sociedad que se quiere democrática y pluralista); cualitativos: no se tratará propiamente de un naufragio (los barcos están demodé), sino de un accidente aéreo; lo cual nos lleva a otra de las variantes (cómo denominarla, ¿geográfica?): la isla no es propiamente una isla, sino que se trata de una suerte de vórtice espacio-temporal (como corresponde a una era que conoce palabras como cuántico o quark), diríamos incluso, parafraseando al sr. Locke, que es una isla milagrosa (ya que no ‘milagrera’, que es cosa de negros) donde la gente puede llegar a sobrevivir después que un avión cae a tierra, sin mayores traumatismos ni –lo que es mucho peor– reflexiones al respecto. No olvidemos las variantes estéticas: mientras que en La isla de Gilligan había personas de edades diversas y físicos que podríamos denominar corrientes, en esta pretenciosa secuela, sólo vemos ninfas y adonis. Abandonando rápidamente toda pretensión de verosimilitud, el casting da clarísimas muestras de aquello a lo que apunta todo: a no ser más que un producto de consumo masivo. Así, encontramos una peligrosísima delincuente que ganaría cualquier concurso de belleza; un médico cuyo físico hercúleo no se muestra siquiera mínimamente acorde al desarrollo de su actividad profesional; un guardavidas que parece más próximo al seguro recorrido de las pasarelas que a lo escabroso y mareante de las mareas (de hecho, no puede salvar a una de las sobrevivientes –¡y ni tan siquiera a sí mismo!– de las cálidas aguas del Pacífico); un sapientísimo "anciano" que, con igual detreza, es tan capaz de acuñar una frase lapidaria como de ultimar un jabalí al trote… y así.

Leamos lo que la tan exhaustiva como inconstante Wikipedia tiene para decirnos respecto de este esperpento:



El complejo y críptico desarrollo de Lost da pie a numerosas teorías posibles para explicar los enigmas de la serie, como en su día ocurriera por ejemplo con Twin Peaks. Estas teorías se refieren no sólo a las respuestas fundamentales del argumento, relativas a la isla y a los supervivientes, sino a todos los detalles sin respuesta que se van acumulando con el transcurrir de los capítulos. Los creadores afirman que los diversos enigmas tienen una explicación y que esta será eventualmente mostrada en el transcurso posterior de la serie…

Esta última frase me resulta particularmente reveladora: "Los creadores afirman que los diversos enigmas tienen una explicación y que esta será eventualmente mostrada en el transcurso posterior de la serie.” Lo cual equivale a decir que no tienen nada escrito y lo irán viendo sobre la marcha. De hecho, ese parece ser el nudo vertebrador de toda la serie: ir viendo qué es lo que vende más y seguir las cosas por ese lado (de ahí la acumulación de ‘detalles sin respuesta’ a los que se hace mención en el texto de marras). Todo esto nos lleva a dudar, por decir lo menos, de la pertinencia de los adjetivos con los cuales se valora el dearrollo de la serie. ¿Por qué llamar "complejo" a algo que es meramente complicado? Si bien el calificativo de "críptico" suena bien, ¿por qué aplicárselo a algo que apenas si llega a ser "confuso"?

Se me ocurre que debemos estar bastante mal si es que productos de este tipo nos resultan filosóficamente reveladores. Insisto, no es porque se trate de una serie estadounidense (Six feet under también lo era y sin embargo su factura y la densidad de sus temas, merecen otro tratamiento); tampoco se trata de una cuestión de formato (por citar solo un ejemplo, la serie Twin peaks era muy superior en cuanto a suspense se refiere). ¿De qué se trata entonces? Dicho brevemente, se trata de su baja calidad. De la atomización constante pero inconsecuente de su trama argumental; de la remanida y afectada forma en la que está narrada; del modo desaforado y groseramente comercial con el que fue llevado a cabo el casting. Se trata de lo escasamente originales que resultan ser las ideas que se nos quieren vender –precisamente– como las más novedosas; más aún, llama la atención que los herederos de Stanislaw Lem no iniciaran acciones legales a los productores. Eso por citar sólo alguno de los ‘homenajes’ más obvios en lo que respecta al guión. Hablar del aspecto visual, nos supondría nombrar desde Spielberg hasta Tarkovsky (tomando de este último solo alguna parte de Solaris, desde luego). Al parecer, hay gente para la cual el sólo expediente de nombrar personajes con apellidos de filósofos conocidos, bastaría para considerar "filosófica" per se a toda la propuesta.

Tras escuchar cientos de voces –cientos de veces– hacer mención a las muchas y muy diversas virtudes de esta serie, decidí que tenía que ver el prodigio con mis propios ojos… Vuelvo a preguntarme –una vez más– por qué extraña razón un millón de moscas no deberían estar equivocadas.