El malestar en la cultura es un dato que va reconfigurándose de una era histórica a la otra: llámese "que se vayan todos", "la crisis causó dos nuevas muertes", "la grieta" o "las vacunas van a traer un chip para inocularnos el Nuevo Orden Mundial". Por más veloz que sea el tiempo, por más que en estas décadas previas a la pandemia la tecnociencia nos engolosinó con un montón de apps para envaselinarnos el pesar, lo más difícil de correr de la escena es este malestar. Desesperados por querer ser sí mismes, desesperados por no querer ser sí mismes, el sufrimiento no es un problema psicológico sino político y civilizatorio. Frente a ese fondo asordinado de dolor lo digno es pensar. A pesar de los espectaculares resultados de la eficacia tecnológica que la aparición del CoVid19 hizo tambalear hasta que aparezca la vacuna, hasta que el malestar vuelva a librarse de los barbijos y el distanciamiento social para instaurar una nueva normalidad, con más virtualidad en nuestros vínculos, con más teletrabajo y menos derechos de los trabajadores, con más Botox y rictus goyescos, con más Tinder y TikTok, con más crueldad contra los débiles y desinterés por la verdad, con más complacencia por la mentira como ficción útil, nadie puede decir que en el nuevo siglo el dolor humano esté registrando una curva descendente.
El mundo es ahora incluso más horrendo que durante Auschwitz, Hiroshima, el Gulag, Chernobyl o Tiananmén.
En la escala de una vida humana es imposible conservar alguna fe en el progreso. Esta creencia terminó volviéndose el opio de los pueblos.
El tiempo pasa rápido y sin embargo pareciera que estamos cada vez más hundidos en el pasado. Algo más sobre Sábato y los amantes regresivos de la oscuridad en La otra.-radio del domingo pasado, clickeandoacá
La segunda parte de La otra.-radio del domingo la dedicamos principalmente a hacer un poco de historia acerca del video Sabato y los amantes regresivos de la oscuridad (ver acá), que hicimos en 1995 en el Taller de Pensamiento Científico del CBC de la UBA, sede Paseo Colón, y que la semana pasada descubrimos accidentalmente que andaba circulando en la web.
El Taller de Pensamiento tuvo una actividad de casi una década y media, pasó por diversas etapas, en algún momento se autonomizó de la materia IPC e incluso del CBC. En nuestro recorrido pasamos por el Centro Cultural Rojas, por la Facultad de Ciencias Sociales y por Puan. Del Taller salió nuestra primera revista -cuando ya estábamos en Puan-, Parte de Guerra y, al disolverse el taller empezó a aparecer La otra.
Es decir: aquel taller del CBC contiene el germen de lo que hoy es La otra. Algunas cosas cambiaron en estos años, por supuesto. Para empezar, el grupo de personas que fueron colaborando en las diversas etapas, así como el clima social en el que trabajamos. El Taller se inició el año de la caída del Muro de Berlín, atravesó todo el menemismo y tuvo su cimbronazo con la crisis de 2001. La otra es nuestra identidad desde 2003 en adelante y ya hemos atravesado la era kirchnerista y este tiempo sombrío del macrismo. En contextos cambiantes y con algunos integrantes actuales que ni siquiera habían nacido cuando el Taller empezó a funcionar, el espíritu que me anima a hacerlo es el mismo.
El pensamiento es una necesidad imperiosa porque, contra las apariencias de hiperconectividad, la información cuantiosa, el ajetreo político y el acelerado desarrollo de las tecnologías de la comunicación, el pensamiento sigue siendo una flor rara en este paisaje. Desde que fundamos el Taller en el 89 siempre tuvimos la certeza de que el pensamiento de ningún modo es una contemplación teórica, sino una de las tareas más hondas, poderosas y liberadoras que el ser humano puede hacer.
El malestar en la cultura es un dato que va reconfigurándose de una época política a la otra: puede llamarse "que se vayan todos" o "la crisis causó dos nuevas muertes"; puede llamarse "la grieta" o "mirá lo que estamos logrando juntos". Pero por más veloz que sea el tiempo y por más que en estas décadas la tecnociencia nos haya mostrado la impresión de una mutación aceleradísima de nuestra cotidianeidad, lo más difícil de correr de la escena ha sido este malestar. El sufrimiento no es un problema psicológico sino político y civilizatorio. Frente a ese fondo asordinado de dolor lo digno es pensar. A pesar de los espectaculares resultados de la eficacia tecnológica, no creo que nadie pueda decir que en el último cuarto de siglo el dolor humano haya registrado una curva descendente. El mundo es ahora incluso más cruel que cuando cayó el Muro. En la escala de una vida humana es imposible, por lo tanto, conservar alguna fe en el progreso. Esta creencia termina volviéndose el opio de los pueblos.
La persistencia del dolor no es de ningún modo un destino. Esto es lo que nos separa de la religión. Lo único que la sociedad de consumo le puede ofrecer al dolor colectivo son productos farmacológicos y promesas incumplidas. En todo esto, la tecnociencia hizo un aporte decisivo.
Redes sociales, viagra, drogas de diseño, anabólicos y botox.
Pero ni la medicalización del dolor ni el diseño tecnológico de las percepciones - proyecto intentado en la era de la postverdad- alivian el sufrimiento masivo; al contrario, estos recursos tecnológicos, frutos de la férrea alianza de las llamadas ciencias "duras" y las "blandas" -que hoy operan articuladamente, como nunca antes en la historia- solo han variado las muecas del dolor sin ser capaces de suprimirlas.
Lo que el progreso tecnológico hace es reemplazar una cara arrugada por el sufrimiento por otra cara entumecida por el botox, hasta perder la elasticidad expresiva del rostro humano. Quizá era esto a lo que se refería Nietzsche como "la era del nihilismo", antes de abrazarse al caballo.
Lo que las actuales tecnologías del sarcásticamente llamado "cuidado de sí" están logrando es transformarnos en cyborgs desdichados de rictus payasescos. Pensar sigue siendo la única puerta abierta hacia la libertad. Ojo: no estoy hablando de la libertad de pensamiento, uno de los inventos más mentirosos de la modernidad. El pensar nos libera ante todo de la mentira que continuamente se regenera mediante procesos de laboratorio social.
Así es como veo a la distancia el debate que quisimos rozar en el video sobre Sábato y sus adversarios.
No planteó bien el asunto Mariano Grondona cuando preguntó al escritor si eran más importantes los sentimientos o la inteligencia. Es un falso dilema que no puede responderse bien sin impugnar sus términos. Sábato, por ánimo de provocación o por su simpatía con el tardoromanticismo, exageró la capacidad de los sentimientos frente a la razón. Cuando fuimos a consultar al filósofo Juan Samaja, él dijo bien que el sistema económico en el que vivimos es capaz de manipular tanto la razón como los sentimientos. Esa frase es ahora más cierta que cuando Samaja la dijo. Lo que significa que, si hubo algún progreso, fue el de la manipulación tecnológica de nuestra existencia: hoy somos más manipulables que en 1995, cuando hacíamos el video.
Después Sábato tenía razón acerca del deterioro ambiental, del crecimiento de las montañas de basura, de los pesticidas cancerígenos y de la peligrosidad de los líderes del mundo en cuyas manos se entrega ciego el sistema científico. Duele ver ahora esa posición que no sé si atribuir a la ingenuidad o al cinismo con que el divulgador Leonardo Moledo nos aseguró que había sido mucho mejor que los EEUU tuvieran la bomba antes que los nazis y que, al fin y al cabo, solo se tiraron dos bombas en Japón, mientras el arsenal bélico "más complicado" solo se fue acumulando. Que lo dijera un defensor acérrimo del progreso como Moledo, durante años director del suplemento Futuro de Página 12 es una prueba patética de la indigencia del pensamiento progresista.
La pregunta por el sentido del paso del tiempo de la historia, la sospecha acerca de la idea del progreso, son asuntos sobre los que no creo que se haya avanzado un milímetro desde la caída del Muro o desde el momento en que hacíamos el video Sábato y los amantes regresivos de la oscuridad.
Hoy ya no está Klimovsky para decirnos si este mundo le parece mejor que el que él abandonó con promesas de futuro. El tiempo pasa rápido y sin embargo pareciera que estamos cada vez más hundidos en el pasado.
De un poco de todo eso hablamos el domingo en la radio. Clickear acá.
¡Sea de él lo que fuere, temo a los griegos hasta en sus dones!"[1]
por Lidia Ferrari
Temamos los dones del neoliberalismo. Después de habernos vendido el confort de lavarropas, automóviles, refrigeradores, de los cuales no podríamos prescindir, nos ofrece diseños atractivos en cosas que no sirven para nada y artefactos suntuosos que dan prestigio a sus poseedores. Pero no son dones, debemos pagar por ellos. Así como esos dispositivos que llevamos a nuestros espacios más íntimos, que deslizamos en nuestras ropas y acariciamos más que a un bebé o a nuestra mascota. Pero hay dones añadidos a estos dispositivos. No son tangibles. El neoliberalismo nos regala narraciones. Nos cuenta los cuentos que deseábamos escuchar. Aquellos más insólitos, los más anhelados. A un pobre ciudadano que desea adornarse con oropeles monárquicos le regala la fantasía de haber alcanzado el trono cuando se compró su primer O KM. A todos, absolutamente todos, nos han regalado Google y nuestros correos electrónicos gratuitos. ¡Éramos tan felices los que nos suscribimos primeros a Gmail! Nos sentíamos los más avanzados del reino. Por fortuna nuestro celular ya viene con esas aplicaciones que antes teníamos que descargar, porque decidíamos si tenerlas o no. Por fortuna ahora ya nos las regalan y, si bien nunca las pedimos, no podemos dejar de usarlas. Hasta los televisores y su control remoto ya vienen con Netflix incorporado. Los dones son allí puestos para cada uno de nosotros, sin tener que hacer nada para obtenerlos.
Estos contemporáneos “caballos de Troya” se introdujeron amablemente en nosotros como ofrendas de un Dios generoso y desinteresado. Visión paranoica de la realidad, se dirá. Es lo de menos, como les sucedió a Laocoonte o a Casandra, los gritos encendidos a los troyanos ya no se escuchan porque es tarde. El caballo ya lo hicimos propio y los soldados griegos trabajan en nuestro interior. Lo que traen consigo estos caballos de Troya hi-tech no son armas de fuego y violencia guerrera, nos ofrecen las narraciones que queremos oír. Nos acercan una heroína de 15 años que lucha contra los grandes demonios patriarcales neoliberales por la defensa del ambiente. ¿Qué relato más acorde a nuestros deseos de emancipación que el de una niña adolescente luchando contra los trogloditas neoliberales? Organizan huelgas planetarias para la salvación del planeta y vamos contentos por la causa. A los defensores acérrimos de causas emancipadoras nos advierten de los infames fascistas que quieren adueñarse de nuestra voluntad. A los ávidos de orden, seguridad y statu quo del reino los azuzan contra los militantes de la emancipación. A los custodios de la propia avaricia los aguijonean con los inmigrantes y delincuentes. Dones por doquier para todos los gustos. Así, las puertas de Troya, que son las de nuestra casa, las de nuestra intimidad, se abrieron para dejar entrar dócilmente los relatos que mejor nos vengan. Si coincide con nuestra ideología es una causa venturosa y nos alivia el alma. ¿Cómo va a ser un caballo de Troya si coincide con nuestras ideas, con nuestros deseos?
Nada nuevo bajo el sol si ya Homero y Virgilio nos relataban astucias legendarias de ese tipo en las guerras antiguas. Por cierto, hay diferencias con nuestra época, marcada por uno de los maestros de las astucias narrativas para vender: Edward Bernays. Bernays, el sobrino de Freud por parte de padre y madre, fue nominado como “padre de las relaciones públicas”, para no decirle “padre de la propaganda”, porque le bajaba el precio. No es tan famoso, aunque debería serlo, ya que su influencia ha sido muy superior a la de su tío Sigmund para la gestación del mundo en que vivimos. Un ejemplo entre cientos de la astucia publicitaria de Edward Bernays ocurrió en marzo de 1929. La American Tobacco Company contrató a Bernays para aumentar sus ventas. Como era mal visto que las mujeres fumaran, Bernays diseñó una estrategia para recuperar ese potencial 50% de consumidores femeninos de tabaco. En 1929, en el tradicional y muy celebrado evento de Pascua en Manhattan, pergeñó un asalto por parte de un grupo de jovencitas que, en cierto momento, encenderían sus cigarrillos como reivindicación de la potencia femenina y acto de restitución de derechos. Hábilmente, Bernays había advertido a la prensa que iba a suceder una manifestación feminista en la tradicional procesión, por lo cual, cuando las jóvenes encendieron sus cigarrillos estaba allí toda la prensa para mostrarlo al mundo. Las jóvenes de clase alta que participaron lo hicieron como un gesto libertario del derecho de las mujeres a fumar y, por lo tanto, como reivindicación feminista. El evento fue llamado “Antorchas de libertad”. La prensa lo difundió ampliamente, las mujeres comenzaron a fumar y las ventas se multiplicaron. Innumerables campañas publicitarias fueron diseñadas por el habilísimo sobrino de Freud, algunas muy perniciosas, pero siempre en nombre de la Libertad. Si bien ya no existe Edward, que lucidísimo y audaz llegó a cumplir 103 años, ha dejado discípulos que continúan su tarea. A veces creemos estar transitando un sendero libertario cuando han sido ellos en trazarlo.
[1] Virgilio, Eneida. Buenos Aires, Hyspamerica, 1987. pag. 34.
-o "Mirando el 24 de marzo desde el futuro"- La otra.-radio con Martín Pont Vergés y Santiago Mitnik, que se puede escuchar clickeando acá
El enigma de la historia no se encuentra en ningún pasado enterrado, esperando que algún explorador intrépido lo exhume. El enigma de la historia se agazapa en el presente y se llama futuro. Podés morirte cualquier día pero cuando sos muy joven no lo pensás. Cuando viviste los años suficientes como para avistar en algún horizonte la muerte propia, empezás a preguntarte por la historia, mirando no hacia atrás sino hacia ese tiempo inconcebible que ya no vas a ver. Entonces te viene un black out, tu experiencia ya no sirve para nada y todo se te vuelve metafísica. No siento curiosidad por lo que pase conmigo después de mi muerte, porque no va a pasar nada: no espero el Juicio. Me inquieta pensar en el mundo que siga, eso que mi propio fin, cuya cara todavía no conozco, me niega de manera absoluta. Si hay algo drástico, es mi imposibilidad de saber el sentido hacia el que se arroja el tiempo.
A pesar de eso, primero las religiones mesiánicas y después las filosofías del progreso indefinido se dedicaron a sostener que la marcha de la historia nos conduce indefectiblemente hacia lo mejor. No hay evidencias de lo que vaya a ser, no podría haberlas.
Soy un hijo del siglo xx al que se le permite espiar algo de lo que va a traer el xxi. Tuve la suerte de vivir en el planeta junto a los Beatles, Borges, Hitchcock, Bresson, Godard. Por la calle me crucé a Charly y a Spinetta, conversé con Horacio González y con Lucrecia Martel, estuve a metros de Dylan y Leonardo Favio. Viví un tramo considerable de mi vida bajo el gobierno kirchnerista y pude involucrarme con entusiasmo en sus gestas.
También estuve esa noche en la ciudad en la que Videla, Massera y Agosti tomaron la conducción de un estado terrorista que masacró a muchos de mis compañeros. Podría haber muerto yo en esos días de espanto pero en cambio me tocó verlos desaparecer, rehacerme, soportar lo insoportable, convivir con los que mentían que no pasaba nada. La dictadura me agarró fresquito, en ese momento en que a uno le toca tratar de entender cómo viene la mano. El terrorismo de estado fue mi gran pedagogo y creo que nada de lo que yo haga o deje de hacer puede deshacerse de ese aprendizaje. Eso es el 24 de marzo para mí, no la fecha de mi cumpleaños ni la de mi deceso, sino la de mi graduación como habitante de la polis. Todo lo que percibo pasa por ese filtro, cuando leo a Nietzsche o a San Pablo, cuando veo El diablo, probablemente o escucho La hija de la lágrima, cuando camino al lado de mis padres o en las calles me persigo sin razón, siempre soy un cuerpo y un alma marcados por la dictadura. No me estoy quejando. Acá me tienen. También al escribir este posteo o al hacer el programa a la medianoche del domingo soy el que ha sido moldeado por la dictadura.
[Creo que no hay nada que me guste más que hacer radio en la medianoche del domingo, sobre todo cuando llega el otoño, hay algo mágico para mí en ese momento cuando paso una canción que sale por algún parlante y rebota en el aire de la noche casi dormida o insomne, en ese tiempo de nadie en el que me encuentro a conversar con algunas personas, en un recinto público y secreto al mismo tiempo: ¿quién va a estar escuchándonos?]
El programa de este último domingo estuvo dedicado a pensar el 24 de marzo desde una perspectiva que hasta ahora no se me había ocurrido: quise escuchar a personas que no vivieron durante la dictadura porque todavía no habían nacido. Hombres del siglo xxi, jóvenes que nacieron entre el 98 y el 99, que recibieron la onda expansiva del terrorismo de estado por interpósitas personas: por lo que sus padres les contaron o por lo que hablaron en su Colegio. Martín Pont Vergés y Santiago Mitnik son dos militantes muy jóvenes, atentos, curiosos, sensibles. No es que la historia les vaya a ahorrar ningún sacudón por haber llegado después que otros: están descubriendo, como yo, la cara espantosa del macrismo, que alienta a que otros pibes, incluso más pibes que ellos, sean masacrados por la espalda por la cana o linchados por una horda de desquiciados que creen que vale más un teléfono celular que una vida. El rostro del neoliberalismo todavía no se mostró del todo: lo estamos viendo de a poco cada día.
Mi compañero de radio, Maxi Diomedi, nació en Bahía Blanca, la ciudad de los Massot, en las postrimerías de la dictadura. Escribió libros de poesía en los que, si yo mal no entiendo, acá y allá encuentro marcas de lesa humanidad.
Maxi, Martín, Santiago y yo nos sentamos a conversar sobre estas cosas. Hay algo que yo he visto y ellos no; algo que ellos verán y yo no. Es el enigma de la historia que estamos tratando de descular.
De manera no calculada, digamos, aparece en medio de nuestra conversación un audio de Liliana Herrero cuando estuvo hace unos días en Kierkegaard Buenos Aires, y ella critica la idea hegeliana de superación dialéctica:
"Ninguna superación... -dice Liliana-, no pienso la historia en tesis, antítesis y síntesis por las que fuéramos a un progreso indefinidamente. No, mentira, eso se terminó, se terminó con Vietnam, se terminó con Chernobyl, y además ese equívoco espantoso de creer que la tecnología depende de cómo se use. Cuando uno tiene un arma ya tomó una decisión, el horizonte está trazado. Tenemos que pensar la tecnología no de una manera utilitaria, no como que nos sirve para tal o cual cosa, sino como algo que ya tiene recortado, analizado y comprendido el mundo. Nunca pretendí que una versión que yo haga de Yupanqui sea una superación del original. Si caemos en esa equivocación, caemos en un sistema de superaciones, según el cual la historia va indefectiblemente hacia la felicidad, cosa de la que ya podemos empezar a dudar...".
La garganta ardida de Liliana Herrero organiza ahora nuestra conversación de otra forma: Santiago y Martín van a recoger el guante, a reponer un sentido posible del progreso que sostienen con su militancia.
"Hay pocas palabras que hayan tenido tanto uso político como la palabra 'progreso' -dice Santiago-, pero haber, lo hay. Quizás sea interesante pensar qué entendemos como progreso y qué no, qué entendemos como avance tecnológico y qué no, y cómo se ordena la sociedad y cómo se ordena nuestra cabeza frente a estas situaciones. El momento de quiebre de la idea tradicional de progreso es Auschwitz: el progreso no necesariamente es bueno, la técnica sofisticada no necesariamente es buena, pero está. Las sociedades se ordenan en base a eso. Hoy en día el gobierno te pone miles de millones de pesos de trolls en Twitter y por alguna razón extraña, que es muy difícil de comprender, eso tiene un peso político muy importante".
Hay que pensar el progreso desde el triunfo parcial del neoliberalismo. No es el fin de la historia, digo yo -y detrás de Fukuyama reaparece Hegel. El partido no terminó, se está jugando, pero lo van ganando ellos. El sentido posible del progreso hay que pensarlo desde ahí, digo yo, no como si estuviéramos aguardando la llegada del siglo xx, porque ya fue. Hay una tecnología que aplica el sistema para tener confundida la conciencia de toda una población. Ahora la palabra progreso, yo digo, tiene que tener otra cautela.
Martín acota: "El año pasado fuimos con Santi y algunos compañeros más al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Sochi, en el Mar Negro, organizado conjuntamente por el gobierno ruso y la Federación de Juventudes Democráticas. Y era muy interesante para plantear este tema, porque en él convivían la tradición de los debates de la izquierda comunista con otros encuentros en los que participaban miles de personas que hablaban sobre tecnología, sobre robots, formas de programación y las cuestiones particulares de cada región de Rusia. Y vos ahí tenés una realidad concreta, porque tenés que construir poder también: si sólo lo hace el otro, vos estás en un problema".
Apenas unos tramos de nuestra conversación. Como quien no quiere la cosa, la mirada al 24 de marzo devino, no tan erradamente, en pensamientos sobre el futuro. Que era un poco la idea.
El programa empieza con Charly que canta "Estoy andando por las vías del tren/ haciendo cosas que no quiero hacer/ todo esto tiene una explicación/ I'm not in love". Maxi entonces recuerda que cuando recién llegó a Buenos Aires le hizo una entrevista a Hebe en la que ella le contó que Charly le dijo que acababa de componer una canción dedicada a las Madres que decía que estaba andando por las vías del tren y que eso era porque no estaba enamorado.
ANTOJO FILOSOFÍA HEGEL CUMBIA Ghost Face Killah: un programa para escuchar clickeando acá
El capitulo 12 de la segunda temporada de Antojo se lo dedicamos a la filosofía. Desde nuestro antojo filosófico anterior (ver acá, Progreso y revolución: el futuro del pasado) estamos analizando cómo apareció en la filosofía del siglo 19 el problema de la historia. El 19 es un siglo de ambivalencia máxima, empieza como una especie de Coda al Siglo de las Luces, es decir, el siglo de la confianza en la Diosa Razón, que se consuma en la revolución burguesa. A principios del siglo 19 encontramos a tres exponentes de un mismo proceso, los tres ligados a la apoteosis revolucionaria burguesa, los tres preñados de la crisis que no se va a declarar sino en la segunda mitad del siglo, la crisis que ellos no van a ver pero que se anuncia en sus obras: Hegel en la filosofía, Beethoven en la música y Goya en la pintura. En las dos primeras décadas de 1800 ellos presenciaron el rápido deterioro del ideal revolucionario cuyo triunfo habían celebrado, vieron que las banderas de la libertad llevaron a la realidad del Terror, e iban a terminar produciendo respuestas a esa caída, cada uno en lo suyo.
El que lo ve plásticamente es Goya, quien desde el neoclasicismo de sus primeras pinturas va a hacer un rápido recorrido que termina en los Disparates, Los Horrores de la Guerra y las pinturas negras que hizo en los muros de su propia casa, esos terribles vislumbres que anticipan lo que va a ser la pintura y el horror del siglo 20. Hay un grabado célebre de Goya que condensa en la gran ambigüedad de su título esa vacilación. "El sueño de la razón produce monstruos". ¿Qué quiso decir? ¿Que cuando la razón deja de vigilar se escapan todos los monstruos que la luz del día ahuyenta? ¿Que es la misma razón la que engendra ideales que devienen monstruos? Posiblemente sea una cuestión indecidible y corresponda a la posición de Goya no poder despejar el interrogante.
Beethoven parece oirlo. Su trayecto musical también va del clasicismo de sus primeras sinfonías de aire mozartiano, al Himno a la Alegría de la humanidad emancipada, y de ahí a a la deformidad indescifrable de sus últimos cuartetos de cuerda, anticipadores de las rupturas del siglo 20. Para sus contemporáneos, esos cuartetos podrían significar que Beethoven había enloquecido y por eso hacía una música imposible de tocar y de escuchar, o que no sabía lo que estaba escribiendo en sus partituras porque simplemente estaba sordo.
Hegel guarda con su tiempo una relación parecida y distinta a la de Goya y Beethoven. Por lo pronto, sus años de madurez (que son los de las pinturas negras de Goya y de los cuartetos de Beethoven) serán los de su reconocimiento académico y estatal. Hegel encarna la Idea trinufante: es el Filósofo Oficial. Para nada un disidente o un renegado, ni mucho menos quien anuncie las terribles catástrofes por venir. Pero su filosfía encierra el germen de la conmoción.
Es Hegel quien precisamente asume la misión de introducir a la historia en la filosofía y a la vez de postular a la filosofía como la consumación de un gran proceso histórico. Filosofía de la historia e historia de la filosofía se pertenecen mutuamente. Si la filosofía precedente se había dedicado a pensar cómo es posible que el ser humano conozca la Naturaleza (cosa que habían logrado en forma exitosa las ciencias naturales), la pregunta de Hegel se refiere al sentido de la historia del mundo. El tiempo entiendido no como la rueda que empuja los ciclos naturales, sino como el proyecto racional que avanza hacia una meta. ¿Tiene un sentido la historia?
A primera vista, dice Hegel, la historia es una sucesión de fracasos estruendosos, guerras, traiciones, catástrofes, imperios que a la larga terminan siempre en la decadencia. Todas las metas que los hombres se fijan llevan a la muerte y la destrucción. Y de esa muerte surgen los nuevos tiempos, los nuevos proyectos y los nuevos sueños, que viven de la muerte de lo viejo y a la larga van a llevar en nuevas frustraciones. ¿Es acaso la historia un ciclo de muerte y nacimiento perpetuos? No, responde Hegel. La historia es el progreso del Espíritu hacia el reino de la libertad. Es en el elemento de la historia que el Espíritu logrará su manifestación y se liberará.
Este proceso es inmediatamente desconocido por las conciencias particulares. Nadie sabe, por lo pronto, qué pito toca en la historia. Ni Julio Cesar ni Napoleón lo sabían, ni podían saber lo que llevaban a cabo cuando se consolidaron en el poder. Ellos parecían ser libres en su actos, parecían dirigir concientemente el rumbo de la historia. Pero la aparente libertad de sus actos es la libertad ambigua de las pasiones, una libertad engañosa que busca, con una fe casi animal, su propósito personal. Sin que ellos lo supieran, su voluntad personal estaba siendo empujada por una fuerza desconocida que los usaba como instrumentos. Los individuos particulares, aún los más poderosos, las naciones, incluso las dominantes, son manejados por eso que el cristianismo ha llamado la Providencia y que para Hegel no es otra cosa que la Razón.
Lo que los hombres conscientemente intentan no es la meta hacia la cual realmente se encaminan. Esa es la astucia de la razón: Obran históricamente porque sobre ellos actúa un Suprapoder que atraviesa la Historia o que, mejor aún, es la Historia misma. entendida como la racionalidad que se abre paso hacia el reino de la libertad.
La historia es racional no porque los hombres sepan lo que hacen, sino porque hay una racionalidad superior que los dirige. La idea puede sonar muy extraña para el sentido común. Pero la filosofía debe luchar siempre contra el sentido común y el sano entendimiento, que es su principal obstáculo, piensa Hegel.
Para poder conciliar la visión de ruinas dispersas que ofrece la historia a primera vista con la idea de una marcha indefectible hacia el reino de la Libertad Hegel va a necesitar reformular la noción de razón que se había sostenido hasta ese momento. Y lo que va a proponer es algo tremendo, como las pinturas negras de Goya o los cuartetos imposibles de Beethoven: que la razón se haga cargo de todos los fracasos, que asuma la negación que corroe internamente a todo proyecto humano, que no se detenga ante las contradicciones. Solo una razón capaz de asumir lo real como contradictorio y la contradicción como algo real podrá pensar la historia en toda su dimensión, que al final nos lleva al reino de la libertad, conservando dentro de sí lo destruido. Ese Poder extraño, capaz de contener y superar la negación y la destrucción es el Espíritu Absoluto. Dios, literalmente. El que maneja los hilos de la Historia.
Hegel plasmó su filosofía como un sistema que albergaba en su vientre a los hijos que iban a terminar matándolo.
Durante el programa escuchamos música de cumbia: Cumbia Cosmonauts, el Frente Cumbiero con Mad Professor y Aniceto Molina remixado por Ghost Face Killah. Para escuchar el audio del programa, clickear acá.
En el Antojo de esta noche vamos a retomar un aspecto muy concreto y muy actual de los sueños de la razón: el deterioro ambiental.
La simplificación en que incurre el ambientalismo light se agota en consignas efectistas, como "no a la minería", o "no a la minería extractiva". Como si hubiera una minería no extractiva. De hecho, la agricultura también es una actividad extractiva, le extraemos a la tierra sus nutrientes. Por eso, la consigna que dice "no a la minería extractiva", simplemente desconoce que la vida de todos nosotros no puede prescindir de la extracción de minerales, así como tampoco de la agricultura intensiva. Los que predican "no a la minería" podrán tratar de evitar que se extraigan minerales de nuestras reservas nacionales, pero no podrán dejar de usar esos minerales, porque los necesitamos para que funcione nuestra vida cotidiana. Si no hay minería en Argentina, los insumos necesarios los deberíamos importar de otros países.
Así que las consignas "no a la megaminería" o "no a la minería extractiva" no se pueden llevar a la práctica. Y para peor, esa negación irreal de la minería es un obstáculo para pensar el verdadero problema, que es que el estado controle la agricultura y la minería para reducir el impacto ambiental al mínimo inevitable (algo que es posible hacer). Si decimos "no a la minería extractiva, dejamos de discutir también otro punto importante: que la megaminería pueda tener un valor agregado que dé trabajo a la población, que se elabore y refine en lugar de exportarse la materia prima. "No a la megaminería" esquiva esas discusiones. Para poder exigir controles estatales que reduzcan los daños de la contaminación y promover el autoabastecimiento minero, hay que bajar esa consigna infantil y reaccionaria y discutir con premisas realistas.
Esto dijo Oscar Comito (técnico de la CNEA), invitado del domingo de La otra.radio:
No se abastece nuestra demanda actual de minerales sin megaminería. Estamos conectados a cables que sin minería no existirían. ¿Quién discutiría que terminemos con la minería del cobre?
De cada 100 kilos de cianuro que se consumen en Argentina, 90 los usa la industria y se consumen acá, en la ciudad de Buenos Aires y alrededores, y en otras grandes ciudades. Solo el 10 % se consume en las minas.
¿Podemos discutir el modelo de la minería intensiva? Si quisiéramos volver al modelo de la agricultura familiar, "yo tengo mi quinta, mis tomates"... entonces no comemos, van a comer solo los que tengan quinta con tomates, pero los que vivimos en Capital, no vamos a comer.
El hombre practica la minería desde la misma época que cultiva.No podemos dejar de cultivar, ni tampoco podemos dejar de tener actividad minera.
Programa para descargar (haciendo click en los títulos):
Investigadores del Laboratorio Kajimoto de la Universidad de Electro-Comunicaciones de Japón inventaron un aparato para besar vía internet.
"Este aparato es para lograr comunicaciones bucales -dice el electricista japonés Nobuhiro Takhashi-, en otras palabras, el objetivo es obtener la sensación de un beso. Si pones el aparato en tu boca y lo mueves con la lengua, un aparato conectado en otro lugar se moverá de la misma forma. Si la mueves para el otro lado, el aparato al que está conectado tu partner se moverá para ese lado. Esto se logra simplemente por la rotación de un motor y puedes controlar las posiciones de rotación vía PC. Se llama control bilateral y la información del ángulo de giro es enviada recíprocamente por ambos aparatos, para mantener la misma posición".
"Los elementos de un beso incluyen la sensación del sabor, la manera de respirar y la humedad de la lengua. Si lográramos recrear todas esas cosas, creo que sería un aparato poderoso" concluye Takahashi.