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martes, 17 de septiembre de 2013

La era del pesar


a Mariano Rueduch

La historia del punk nunca ha sido bien contada. A mediados de los 70 el movimiento rock había empezado a astillarse en sub-géneros: glam, heavy metal, sinfónica, rock espacial. De modo que la aparición del punk siempre ha tendido a leerse como una reacción interna contra la inflación estética de un género que se iba volviendo más y más académico mientras perdía su violencia primal. En cierto modo todo esto es correcto: quienes sostienen esta hipótesis pueden exhibir las remeras de la época en las que se dice, por ejemplo, I hate Pink Floyd. El problema de esta versión es que muerto el perro se acabó la rabia. Hoy el establishment rockero luce y suena más parecido a los Sex Pistols que a Emerson, Lake & Palmer, y el tipo de atontamiento que exhibía Sid Vicious se ha convertido en un recurso cómico en series como Jackass e incluso en la versión amateur que prolifera por millones en Youtube. Estar dopado, mostrar el culo, meterse el dedo en la nariz, lastimarse y hacer canciones de dos tonos donde se dice fuck todo el tiempo es una monería muy celebrada por el sistema. El punk, entonces, terminó por ser un género entre otros, y después del 77 vineron muchos más: la new wave, el dark, el death, el trash, el homocore, el emo, el post-rock, y todos los posts, los news y los retro que hoy dominan la escena.

Por suerte un cineasta como Lech Kowalsky estuvo ahí para imprimir cientos de horas de celuloide, el registro en directo de su propio día a día. Kowalsky guardó todas esas latas y la sola perspectiva del tiempo que pasaba le indicó ir extrayendo películas a partir de ese magma. Los protagonistas de esos films no son personajes en un sentido narrativo, tampoco en un sentido mediático. Es la gente con la que él vivía. Los giros del relato no son la invención de un guionista astuto, a menos que consideremos a la muerte como un gran guionista.

La muerte de Sid Vicious a fines de los 70, la muerte de Johnny Thunder en los 90, la de Dee Dee Ramone a comienzos del nuevo milenio. Kowalski volvía a mirar sus latas de celuloide a medida que ellos iban cayendo. De modo que sus documentales son como los informes de las bajas producidas en una guerra. ¿Son la crónica de una derrota?

La gran diferencia de Kowalski con D. A. Pennebaker, el otro documentalista que pudo filmar los momentos claves de la historia del rock (la mutación del Dylan en Don't look back -1965-, la majestuosa última escena de Hendrix y Joplin en Monterey Pop -1968-) es que Kowalski no pasaba por ahí de casualidad, ni tuvo la suerte de capturar con la cámara los highlights de sus héroes. No los highlights sino los momentos más oscuros, en habitaciones oscuras y callejones oscuros. Y no héroes del rock'n'roll, aunque tampoco víctimas en sentido estricto. Vicious, Thunders y Dee Dee no tienen ese glamour de semidioses, se los ve, en los films de Kowalski, en toda su humana fragilidad: los vemos ir adelgazándose, vemos cómo sus pieles se van agrietando, se ve a la muerte trabajando sus cuerpos. Y el punk no es allí un género musical, sino la atmósfera de la era del pesar.

De Sid Vicious se sabe demasiado. Fue elegido por Malcom McLaren para formar parte de los Sex Pistols por su facha (Sid era modelo publicitario) y no por su talento musical (un pésimo bajista, músico nulo). Luca Prodan lo conoció y decía que era un idiota. Las fotos de Sid adolescente, flaco y con el torso cortajeado siguen trasmitiendo ese sex appeal irresistible de los cuerpos jóvenes dañados e invulnerables. Kowalski filma la gira americana de los Pistols a comienzos de 1978 y eso se convertirá en la película Muerto al llegar (Death on arrival) en 1981. El film contiene una ¿entrevista? a Sid Vicious junto a su novia, Nancy Spungen. Un Sid completamente embotado intenta contestar algunas preguntas pero no logra redondear una sola frase, a pesar de que Nancy, apenas un poco más lúcida, lo induce a hacerlo. Parece un sketch cómico, una parodia reaccionaria acerca de una sórdida pareja de jóvenes cretinos, pero es una escena real, destinada a forjar la iconografía punk. Todo es oscuro y sucio alrededor. Es la era del pesar. Los Pistols se disolverían meses después, Sid asesina a la cargosa Nancy y muere por sobredosis al poco tiempo.



Johnny Thunders nació en una zona pobre de Queens, New York, en 1952. Desde el fondo de su casa se veía el Empire State Building y él se sintió atraído hacia el Lower East Side. Allí conoció a los otros chicos con quienes iba a formar los New York Dolls. En pocos meses conquistaron New York, con sus pelos revueltos, su pose desafiante y su sonido crudo. Era 1973 y resultaron elegidos la mejor – y simultáneamente la peor- banda del año por la revista Creem. No era 1977, no era Londres y aún no estaba Malcolm McLaren para diseñar un lanzamiento publicitario. Todavía hoy asusta un poco verlos tan jovencitos y zarpados, vestidos de mujer y haciendo esa música tan cruda.

El polaquito Kowalski también anda por esa época por el Lower East Side. Allí conoce a los grandes personajes de sus películas. Conoce a John Spacely alias Gringo, skater heroinómano del parche en el ojo y pelo platinado a quien la vida no le gusta, excepto cuando se pincha y sale a deslizarse en su skate para que Lech lo filme. En ese momento se lo ve feliz. La vida de Gringo transcurre por los callejones más oscuros del barrio. Es la era del pesar. Gringo será el protagonista de Gringo, la historia de un yonqui, la más oscura y desesperada de las películas de Kowalski. Gringo será también la clave secreta de toda su obra, el personaje que aparece una y otra vez, hasta la escena más despiadada de Al este del paraíso * (2005, la película que puso a Kowalski en el centro de la escena internacional).

Johnny Thunders conoce a Gringo en el barrio, no se caen bien. Allí también Kowalski conoce a Thunders y se empieza a filmar la que con el correr de los años se titularía Nacido para perder. La última película del rock'n'roll. Thunders, después de la disolución de los New York Dolls, cuando el punk -que él ayudó a germinar-ya ha explotado por todas partes, sería primera guitarra de los Heartbreakers. Johnny consume heroína, o más bien es consumido por ella. Kowalski lo filma y lo filma durante los 70 y los 80, hasta su muerte en 1991. Entonces el documentalista se propone hacer con todo lo filmado la última película del rock'n'roll.

Para contar la vida de Johnny hace falta entrevistar a Dee Dee Ramone. Ellos habían sido de algún modo amigos o algo así, Johnny era de la clase de gente a la cual Dee Dee acudía cuando se sentía sofocado por ser un Ramone. Dee Dee escribe Chinese Rock y Johnny Ramone desaprueba las abiertas referencias a la droga de la canción, los Ramones ya no pueden cantar algo así. Entonces Dee Dee va a tocarla con Thunders. Después los Heartbreakers terminan grabando la canción que los Ramones habían desechado. En la entrevista que Kowalski le hace para Born to lose Dee Dee cuenta que Johnny Thunders era, en sus buenas épocas, el hombre que les robaba las novias, el que se quedaba con las mejores chicas. En cierto momento Thunders pasa a ser una compañía indeseable, el chico-problema, el que es capaz de arrastrar a los que están cerca hacia el abismo, un yonqui. El Thunders de los 70 ya estaba matándose, pero todavía era tan joven y fuerte que el trabajo de la muerte le infundía brillo a su cuerpo. Uno deja de ver a Johnny y la muerte sigue trabajando día a día. Hasta el día en que ya no es Johnny sino ella la que toma el comando. Se pierde la juventud, la piel empieza a convertirse en cáscara seca y los ojos se apagan. Todavía queda mucho por morir, así que los fans tendrán oportunidad de ver a Thunders muchas otras noches dando lástima en escena. Ir a ver un show de Thunders pasa a ser ir a ver un mal show, es lo que todos esperan. Hasta se puede llegar a pensar que Johnny es inmortal, que va a estar muriéndose siempre ahí arriba, que siempre estará dando el mal show que esperamos. Pero no, un día Johnny Thunders se muere del todo.

Kowalski filma a Dee Dee en 1992, contando anécdotas sobre Johnny. Es un buen pretexto para que Dee Dee despliegue todo su encanto. El es el Ramone íntegro, el que se apartó de la banda cuando esta perdió la frescura. El que también sabe apartarse de Thunders cuando las anécdotas que se pueden contar pasan a ser deprimentes. Dee Dee es un sobreviviente. “He puesto mi historia en mis brazos” le dice orgulloso a Kowalski. Se refiere a los tatuajes (Dee Dee es un hombre ilustardo) y también a los pinchazos. Cada tatuaje es una anécdota, muchas de ellas relacionadas con Johnny, la mayoría con las drogas. Dee Dee luce tan fresco que Kowalski lo sigue filmando, mucho más allá de lo necesario para el film de Johnny Thunders. Dee Dee dice que ha dejado la heroína, hace seis meses que no la prueba. Pero sigue pensando en ella, a juzgar por la cantidad de veces que la nombra.

La vida da tiempo para todo. A Dee Dee hasta le dará tiempo para vivir en la Argentina, en el barrio de Banfield más precisamente (esto no figura en la película de Kowalski). Aquí se pone de novio con Bárbara, una fan de 16 años que va a conocerlo al hotel después de uno de los shows de Dee Dee en Buenos Aires. La vida da tiempo para todo. Hasta para que Dee Dee forme aquí una banda, The Dee Dee Ramone Band, con Bárbara como bajista y un baterista llamado Mario. “Mi relación con el público argentino es terrible. El primer show, en 1987, fue salvaje. Se te va de las manos. Me acuerdo del pobre Charly García. ¿La policía lo arresta todo el tiempo, no?”.

Kowalski tarda varios años en terminar la película sobre Johnny Thunders, “la última película de rock'n'roll”. Se ve que algo le pesa en la historia del músico del que “podría decir que fue mi amigo”. La termina en 1999. Dee Dee después de un tiempo vuelve a Los Angeles con Bárbara. El 5 de junio de 2002 Bárbara lo encuentra muerto en un sillón de su casa. Sobredosis de heroína.

Kowalski rescata todo aquel material filmado que quedó afuera de Born to lose y monta Hey, ¿está Dee Dee en casa?, un cálido retrato del bajista de los Ramones, amigo de Johnny Thunders y autor de la canción Chinese Rock.
+++

Kowalski sigue filmando, en Brasil, en Chechenia, en Kabul, en Mar del Plata. Dice tener más de 500 horas. Muchos de los tipos que él conoció en el Lower East Side están muertos y enterrados, pero nos siguen mirando desde sus películas. El punk es un subgénero del rock, que es la banda de sonido del sistema. Es la era del pesar.

(Esta nota fue originalmente publicada en revista La otra n° 18). 

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