sábado, 2 de marzo de 2024

La llegada

(Alejandro Rubio)

Chicos, padres,

chicas, despierten

despiértense, levántense,

reciban el domingo

con una sonrisa:

el mesías está en la puerta.

Desde el balcón hace un rato

que lo observo.

Chicas, chicos,

es la última vez,

no volverá a nuestra puerta,

recibámoslo.


Ha caminado un largo camino

nuestro mesías, parece cansado.

La espalda encorvada, la mirada baja.

Está hace media hora

sentado en el umbral

mientras la oscuridad no se disipa

y una fila de hormigas le trepa por las piernas.


Familia,

¡levántense!

El primero que le abra la puerta

con un beso

será su preferido.

Lloverán bendiciones sobre su cabeza.

Todo, todo va a cambiar.

No más esto,

no más, porque ha llegado él,

el que los años nos enseñaron a esperar.


¿Pero, qué pasa?

¿Por qué duermen?

¿Qué sueño los lastra?

¿Sexual? ¿Una carrera

de fórmula uno? ¿La cara

de un muerto amado?

Todo eso mañana

 va a dejar de importar.

Yo,

la mujer de la casa,

velo.


Aunque ¿no estaré

yo misma

en mi propio sueño?

Mi sueño del mesías,

tal como lo pensé,

flaco, alto, pelilargo,

vestido como un croto,

¿no será realmente un croto

cansado, harto

de caminar, que se sentó

en nuestro umbral

a ver las hormigas

trepar por sus piernas

hasta el torso? El más

hermoso de los sueños,

el querido por el corazón.


No crean que no los entiendo

cuando intento despertarlos.

Miraron tele hasta tarde.

Fueron a bailar.

Apenas raya el sol.

Las persianas bajas.

Pero, pero, vamos,

es él, es la última vez,

no habrá otra chance,

como lo esperamos él nos espera.


¿O acaso no creen?

¿Acaso no creían?

En cada bautismo,

comunión, casamiento,

entierro, ¿no creían?

¿No había esperanza?

¿Eramos como animalitos?

No, no puedo creer eso,

ahora que lo veo, puesto

en mi umbral.


Aunque tampoco en su sueño se engañen

con que yo, mujer de la casa,

no entiendo también eso.

Está tan lleno de pruebas el mundo

y decepciones. Cada cicatriz

endurece. Otras cosas

ocupan su lugar,

otras ganas, otros miedos,

el trabajo, las cosas, la familia,

poco a poco se vacía el pecho

de su imagen, hasta que al final

todo lo nuestro está vacío.

Vacío de la plétora del corazón.


Pero igual,

vamos, chicos, vamos,

a levantarse,

a ver quién será el primero

en ofrecerle un asiento cómodo,

un café con leche, nada más pide

a cambio de todo lo demás,

cabizbajo, cuando una hormiga rodea su ojo,

salgan del sueño trivial y mírenlo

y háganlo entrar.

Después todo será distinto,

créanme, a mí, que en mi vigilia

lo veo, poniéndose de pie,

mirando hacia un gorrión que pía,

sin volver la cara hacia mi cara,

arrastrando los pies, fatigado de esperar,

dando la vuelta, dirigiéndose

a la esquina, pasando la casa de María,

y dejándome sola, una señora vieja en camisón

que esperó y esperó y no

olvidó.

Alejandro Rubio, "Tres poemas católicos", Iron Mountain

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