Cine y pensamiento







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jueves, 8 de agosto de 2013

Matías Piñeiro, un invento argentino

Viola, Rosalinda y el embole infinito







Leí y escuché muchas cosas sobre Viola y Rosalinda, las dos últimas películas de Matías Piñeiro que se estrenaron juntas y en simultáneo en la Lugones y el Malba. Lo más raro que leí es que Viola era la mejor película argentina de la década. También leí que la película se construye sobre el procedimiento del juego, el azar, la indeterminación, el movimiento perpetuo, los encuentros y desencuentros fortuitos, la lábil frontera entre la realidad y la ficción. Que Piñeiro deja fluir una alegría, un estado diáfano y frágil de levedad emocional y que todo aquí es un juego digno de jugarse. Que indaga en la intimidad del "universo femenino", que se parece a Jacques Rivette, Eric Rohmer, Almodóvar y Hong Sang-soo (si fuera posible parecerse a todos ellos a la vez). Que cruza a Shakespeare con Sarmiento, donde Shakesperare es el campo y Sarmiento la ciudad (?). Porque "en Sarmiento el viaje siempre lleva a un encuentro con el otro" (?); y porque en Shakespeare aparece el secreto, en las películas de Piñeiro se encuentran ambos, en el secreto que aparece en el viaje sarmientino fuera de la ciudad. Leí que Piñeiro es romántico como Sarmiento, porque se esfuerza en contar un viaje (la protagonista reparte DVDs piratas en bicicleta) y ahí alguien encontró el viaje romántico de Sarmiento, que le sirve a Piñeiro para "editar el enredo" de las comedias de Shakespeare. En fin. No me pidan que explique nada de esto.

Porque no tiene el menor gollete y es consecuencia de la necesidad de los críticos profesionales de llenar renglones.

Después de varios días de reposo por prescripción médica, me encaminé hacia la Lugones a ver esta conjunción de virtudes tan notables, o al menos conocer y palpar in situ los objetos que habían inspirado esta serie de frases tan variopinta. Debo decir que me embolé terriblemente. Y me pregunté qué les pasa a las personas que escriben cosas así. Igual les aviso a mis amigos que estoy bien. Me repongo favorablemente y no renuncié a volver al cine.

Viola y Rosalinda son, básicamente, una extenuante prolongación del sistema estético de Todos mienten, con cuatro años de fermentación. No encontré nada en ellas que tenga que ver con el juego propiamente dicho, ni con la contingencia, ni el azar ni la frontera entre la realidad y la ficción. Se trata de películas de un manierismo tan recocido, de un grado tan extremo de cálculo y afectación, tan apoyadas en la busca del efecto, tan enfáticas en la pretensión del guiño lúdico, que hace imposible, precisamente por eso, toda posibilidad de azar, juego, incertidumbre, etc.

Cuando se juega, no hace falta estar remarcando todo el tiempo que se está jugando, dado que el juego requiere una gratuidad y una entrega que se despreocupa por lo que aparece. El juego es una forma del abandono. Y si hay algo que nunca sucede en las películas de Piñeiro es la despreocupación del juego. Cada segundo de sus películas responde a un programa clausurado. Una estética tan programática, en su voluntad de remachar con insistencia que se trata asuntos ligeros, azarosos, juveniles y gratuitos, logra tapar todas las hendijas por las que se pudiera colar un soplo de realidad. Estética del claustro, verdaderamente agorafóbica. 

Un párrafo aparte, párrafo breve, eso sí, sobre la indagación de la intimidad femenina que llevaría a cabo Piñeiro: ¿qué cazzo entienden por "femenino" los que dicen que Piñeiro indaga la femineidad? Lo que aparece es un grupo de chicas palermitanas haciendo mohines, hablando boludeces que se olvidan al minuto de escucharlas, como si en esa falta de relevancia se revelara la femineidad: actrices porteñas de veintipico/treinta recitando frases escritas en un papel, letra muerta . Cierta puesta en abismo de la boludez del artificio que se toma muy en serio el artificio de la boludez. Que eso sea tomado por "el alma femenina" habla bastante mal de la metafísica tosca de los géneros que manejan los críticos de cine porteños.

Intento de emular un gesto de modernidad impostada... ¡50 años después!, sin la hendidura que supone la modernidad, reducida ahora a una ritualidad neurótica, como si Pierre Menard se hubiera comprado una cámara y quisiera filmar la nouvelle vague en la Buenos Aires del siglo XXI. Qualité solemne que apuesta por restaurar una insolencia por completo inexperimentada.

Es una extravagancia que estos ejercicios muertos puedan ser tomados por un avatar de la frescura.

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