jueves, 30 de marzo de 2023

El Abrigo

“Cada tanto sucede un milagro, pero hay que empujarlos.”

Francisco Paco Oliveira, Sacerdote integrante de los Curas en Opción por los Pobres

por Willy Villalobos

Cada tanto sucede un milagro.

Hace muchos años comenzamos un trabajo de recopilación de imágenes, historias de la militancia y recuerdos de la cárcel.

Martin Farina y el que escribe estas líneas no abandonamos nunca la idea de seguir laburando porque algo nos decía que había una historia, un sueño, y no la queríamos dejar escapar.

Finalmente, luego de 10 años hicimos una película que nos gusta mucho, se llama Náufrago y se estrenó con buena crítica hace unos meses en el Festival de Cine de Mar del Plata.

Pero este no es el milagro del que les quiero hablar, aunque la película nos llevó hacia él.

Náufrago esta dedicada a Ricardo Pato Zucker y Jorgito Villar, dos amigos secuestrados en 1979 por la dictadura cívico militar eclesiástica, todavía desaparecidos.

Es para ellos porque fuimos amigos en momentos en los que todo transcurría a mucha velocidad. Éramos hinchas de San Lorenzo, íbamos al Viejo Gasómetro con mi viejo y el turco Emilio de Lorenzo, amigazo que también sigue desaparecido. Cantábamos a los gritos "Canción para mi muerte" viajando en el fitito del petiso, integrábamos la organización Montoneros y poníamos toda nuestra esperanza en el Luche y Vuelve, la vuelta de Perón. 

Luego vino la tragedia. Los milicos, la lucha armada, Devoto, la muerte, La Plata, el robo de bebés, los campos de concentración, los fusilamientos, el choreo a punta de pistola de los ricos a los trabajadores, los curas asesinados, los obispos bendiciendo las armas de los asesinos, el exilio…

En España nos reencontramos. 

Jorge Julio Villar, secuestrado en diciembre de 1981
 
Ricardo Marcos "Pato" Zucker, secuestrado en febrero de 1980

Fue en la casa del Pato. Jorgito había salido del país para ir a una reunión en Cuba con la conducción de Montoneros, que terminó con el engaño de la Contraofensiva. Luego del abrazo nos pusimos a cantar lo mejor que habíamos aprendido, Charly, Spinetta, Litto, Manal, Vox Dei y todos esos que nos ayudaron, ayer y hoy, a pensar la vida.

Luego el petiso Villar se vino a vivir a casa con Silvia, mi esposa y Sole, mi primera hija, de la que luego aceptó ser su padrino.

Lo que más recuerdo como algo notable de esa época es que nunca hablamos de política, solo cantábamos, jugábamos a la pelota, comíamos rico y fuimos mucho al cine. El estreno de Apocalipse Now nos provocó una conmoción cerebral.

No recuerdo un momento en que intentara convencerme de la importancia de volver al país. Él estaba triste: la madre de su hija, Sole también, había hecho cosas muy feas que no vale la pena contar, creo que él nunca pensó en otra posibilidad de vida, no podía pensar o no se lo permitía.

Con el Pato convivimos más tiempo. Vivía con Martita Libenson, su compañera y con La Pitoca, una niña muy inteligente y hermosa. Cada tanto lo visitaba su fiel hermana Cristina. Vivíamos en el mismo barrio, Aluche. Algunos domingos íbamos a la cancha a hinchar en contra del Madrid.

Jugábamos a los flippers tomando cerveza y fumando chocolate.

Arrastrábamos los pies por Madrid, demasiada carga en las espaldas. Todos los días llegaban noticias de muerte, éramos viejos, como dice mi amigo Fito.

Al poco tiempo, un nuevo temporal, una nueva catástrofe: el Pato, Marta y Jorgito se prendieron en la falsa Contraofensiva Montonera y al poco tiempo los milicos los secuestraron y nunca los volvimos a ver.

Antes de que se fuera le di una campera roja y negra a Jorge.

Pasaron los años, nacimientos, separaciones, Alfonsín, Menem, todo era derrota menos la voluntad inquebrantable de las Madres. Adoro a esas cabezas duras que nos enseñaron que lo importante es seguir, dar vueltas a la Pirámide exigiendo Memoria, Verdad y Justicia, cueste lo que cueste, pero nunca hacer justicia por mano propia.

No aguantaba esa época, ahora arrastraba los pies por Buenos Aires, me moría.

Una noche sueño con ellos. A carcajadas se reían de mi. Sus cabezas volaban y se cagaban de risa mientras me decían: “Gordo, no robes más, andá a llorar a la iglesia, vos estás vivo, tenés que hacer lo que nosotros no pudimos, déjate de llorar, atorrante.” 

La sonrisa del Pato siempre fue una caricia en el alma.

Despierto de a poco del sueño escuchando la radio, siempre duermo con la radio prendida debajo de la almohada, como mi viejo, y el conductor de un programa de la 102.3 FM dice que le dedica el programa a un amigo que estuvo en Londres, en un boliche sentado cerquita de John Lennon. Se llama Jorge Villar, secuestrado por la dictadura y todavía desaparecido. Un flash.

“Cuantas veces tendré que morir para ser siempre yo” dice Charly.

Mis amigos me habían empujado a vivir.

Y así fue, me fui al Polonio, Uruguay, con las revistas Parte de guerra y La otra cuyo director, Oscar Cuervo, fue determinante como consejero, y con Roberto Arlt, compañero de toda la vida. Ahí conocí al Príncipe, Gustavo Pena, un regalo de la vida, ese cantor que dice : “Estamos creando recuerdos/ y un Dios nos tendrá que ayudar/ todos los camellos de la caravana/ sabemos que un día nos vamos de acá.”

Con Gustavo, enorme músico, compositor y mejor compañero, hicimos una película, La Cocina, editada por Martin Farina, registrada por la cámara de Gabriel Flain, que exhibimos en decenas de Centros Culturales de toda la Argentina y realizamos proyecciones en casas del Uruguay, ya que la película estaba prohibida por AGADU, la Asociación de Autores de Uruguay. Los argumentos de la prohibición son tan poco serios que no vale la pena comentarlos. El Príncipe murió el 13 de mayo del año 2004 en su casa de Montevideo. Ocho homenajes se realizaron en Baires, ya estamos planificando el próximo.

Ya vamos acercándonos al milagro, por el camino del Náufrago y del Príncipe, falta poco.

Pasó el tiempo, hice pan para vivir y armé una posada que se llama Santa Maradona.

Una tarde, mirando un mapa de los naufragios en las costas del Polonio vi que uno de los barcos que quedó en la orilla era el Don Guillermo y me di cuenta que casi todos los que vivimos acá somos náufragos que pudimos llegar a duras penas al Cabo y ahí nos quedamos. 

En ese instante supe que la película se iba a llamar Náufrago y enfocamos todo el material guardado y reconstruido por años hacia esa idea, que apareció en ese mapa colgado en la pared de un cuarto que se llama "Amor en el Zaguán", como una canción del Príncipe.

Filmamos en casa de Nico con Pablo Dacal, en movilizaciones de las Madres, en casa de Langer, en El Tigre donde vive Eugenia, nos filmó Mariano con su dron; finalmente nos juntamos en Santa Maradona, donde se definió gran parte de la película de la mano de Langer y Fito Bergerot, un cabeza dura que se negó a aceptar la mentira, amigo que admiro porque supo decir No y sufrir las consecuencias de quedarse sólo, a pesar de que se le terminaba el mundo. 

Náufrago terminó de hornearse gracias a los sueños que llegaron, como inesperadamente, en plena pandemia. Dos años soñando y grabando de madrugada varias veces por semana. Gracias al minucioso trabajo de edición que hizo Martín Farina quedó armado un relato que atraviesa toda la película. Finalizamos así una historia que construimos a lo largo de mas de 10 años.

Pero la cosa no termina. Hace unos meses me cuenta Fito que en la casa de Adriana Riveiro, la última compañera de Lucas, como le decían a Jorgito en 1979, encontraron el abrigo que yo le había dado al petiso antes de viajar. La noticia y el abrigo llegaron de la mano del hijo de Adriana, Mariano Goicochea, criado por su tía Mabel y sus abuelos. Adriana continúa desaparecida y Lucho Goicochea padre de Mariano, fue asesinado en Santa Fe por la patota de la dictadura Cívico Militar y Eclesiástica. 

Cuarenta y cuatro años viajó ese abrigo en el tiempo y es testigo de nuestra historia. 

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