Santiago Maldonado

Santiago Maldonado
Con vida te queremos

viernes, 17 de mayo de 2013

La comedia del poder

Sobre Martín Blaszko III, de Ignacio Masllorens


La escultura no es lo mío. No tengo conciencia de la importancia de Martín Blaszko en el campo de la escultura argentina contemporánea. Mi falta de información puede incluso hacerme pensar que el título Martín Blaszko III haga referencia a una dinastía de escultores. La película de Ignacio Massllorens que retrata a este anciano simpático e inquieto no terminará de despejar mi incerteza. Creo que en esto precisamente radica su extraordinario interés. ¿Cómo saber si Blaszko es un gran artista? La película no responde a esta pregunta, pero instala algunos problemas laterales. De hecho, la lateralidad como problema cinematográfico es el principal hallazgo de su puesta en escena. Vemos a Martín Blaszko trabajando en una secuencia temporal muy acotada: el domingo a la tarde prepara algunas obras para una inminente muestra de su obra, el lunes a la mañana empieza a trasladarla, el martes al mediodía las instala en el museo donde se va a hacerse la retrospectiva: el MALBA. Siempre lo hará secundado por un par de jóvenes asistentes y en el trance de esta pequeña épica se irá encontrando con algunos personajes que actuarán como coadyuvantes o como antagonistas. Blaszko tiene que salir de su espacio dramático e instalarse en el campo de su adversario. Es decir: se trata de una estructura narrativa de lo más clásica. Es la lateralidad de la puesta lo que la hace muy original. 

No se nos mostrarán nunca los pergaminos de Blaszko, no sabremos nada que no sea lo que se manifiesta en el estricto presente en que se lo sigue. La narración no dará ningún salto hacia atrás ni hacia adelante: no sabremos lo que ha hecho antes ni lo que haría después. Están, sí, sus obras que, por lo que se conversa, parecen abarcar un período de producción bastante largo. Pero, insisto: Masllorens filma esas obras de un modo lateral. No hay planos detalles de las esculturas, ni un punto de vista frontal que nos permita arrancarlas con la mirada del espacio dramático en el que se hallan sumidas. No es que la cámara de Masllorens evite mostrarlas: están ahí, se ve cómo se las mueve de un lado a otro, como se las coloca acá o allá, se presencia discusiones acerca de su relación con el espacio, la posición más conveniente para que se recorten del fondo o para que armen entre ellas algún tipo de secuencia. La conversación parece ser un acompañante necesario del arte escultórico contemporáneo. Pero la cámara se coloca a una distancia intrigante. ¿En qué reside el valor artístico de estas esculturas? ¿Cómo apreciarlo?


No hay didactismo que nos facilite estas respuestas. Masllorens parece sugerirnos que no se puede filmar a un escultor como se filma a una estrella de rock, como se filmaría a una celebridad de la música o la literatura. La escultura ocupa un lugar marginal, extraño e inevidente en nuestra época. Una película sobre Blazsko no podría parecerse a una sobre Bob Dylan, Mauricio Kagel, Martha Argerich o Leopoldo María Panero, por citar algunos ejemplos de artistas filmados. Martín Blaszko es ese viejito que viene con sus cosas, cuya belleza es renuente a nuestra apreciación de espectadores cinematográficos. Incluso, por el tipo de operaciones que lo veo hacer en cámara, no puedo discernir si se trata de un arte o de una artesanía. No es un divo, no puede imponer sus caprichos, tiene que ganarse su lugar, tiene que negociar  los espacios que cree que sus obras necesitan. Tendrá que enfrentar con astucia el poder burocrático del Jefe (el personaje mentado y temido a lo largo de gran parte de la película). El Jefe es el Curador de la muestra, cuya reacción temen sus subordinados. Blaszko desliza algunas ironías acerca del rol del Curador, que parecería ser más gravitante que el del propio artista.

Ahí hay un drama. El escultor frente al poder del Jefe. El artista en su taller y después en el Museo. Masllorens filma esta epopeya en 20 planos largos y oblicuos en los que la cámara apenas se permite unos muy discretos movimientos panorámicos. Estos paneos analizan el espacio en el que el drama se desenvuelve: cómo se disponen el arte y el poder en ese espacio. La simpática tenacidad del viejito (quizá se trate de un gran artista, no lo sabremos), la dificultad con que su obra logra conquistar un lugar en un mundo secamente hostil, transforman este drama en una suave comedia.

MARTIN BLASZKO III
Ultimas funciones: sábados 18 y 25 de mayo a las 18:00 hs. en el MALBA.

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