jueves, 13 de noviembre de 2008

Mi tercer día en Mar del Plata

Por Oscar Alberto Cuervo

Finalmente me pude sacar algunas dudas respecto de Albert Serra y de cierta imagen cínica con que el catalán aparecía en las declaraciones periodísticas. Ayer estuve en la charla que Serra mantuvo con Andrés Di Tella. Y también pude intercambiar unas palabras con él. Lo primero que me impresionó es su parecido físico con el joven Fassbinder, quizá una versión más apuesta del monstruo bávaro. Y de paso le pregunté si es verdad que uno de sus próximos proyectos es precisamente filmar la vida del director de La angustia corroe el alma. Cosa que me confirmó: más precisamente quiere retomar el asunto de Atención a esa puta tan querida, uno de los films malditos de Fassbinder, que hace un tiempo vimos en nuestro ciclo de los sábados. En Atención... Fassbinder contaba los pormenores de la filmación de otra película suya, Whity, un extrañísimo paella-chucrut-western filmado en Almería. Durante la filmación de Whity Fassbinder pasaba por un período especialmente turbulento (más que de costumbre) y, como se ve en Atención..., se volvió tan insoportable para su crew que terminó recibiendo una paliza de sus colaboradores. Bueno, parece que esta historia de poder y neurosis es de interés de Serra. Lo ideal sería que él mismo hiciera el papel de Fassbinder, pero no parece que vaya a ser el caso. No sé si el proyecto se va a concretar, ni lo que puede llegar a hacer Serra con ello, pero me quedó dando vueltas la idea de cierta similitud entre el bávaro y el catalán: hay en ambos una voluntad de pioneros, una energía que no admite encauzarse en los formatos tradicionales y una mordacidad que les confiere un aire de familia.

Por otro lado, el realizador de El cant dels ocells no es arrogante ni cínico, es capaz de hablar de su cine con mucha seriedad, sin abandonar un humor filoso que también se puede reconocer en las películas. Me preguntaba en el post de ayer si Serra era conciente de la seriedad del cine que tiene entre manos, y ahora creo que sí. Las frases como "hago cine por el dinero y porque es más fácil que la literatura" son parte de la estrategia que adopta Serra ante una prensa que le resulta mayormente venal. En cambio, hablando en un contexto más atento y respetuoso que el que suele reinar en las conferencias de prensa, Albert parece un idealista que quiere hacer cine para cambiar la vida, la suya y, si cabe, dice, también la de los otros. Así que no parece que los extraordinarios resultados logrados en sus dos primeros largos sean obra de la casualidad ni de un malentendido, sino de una posición vital seria y alegre.

En cambio, lo que me dejó con grandes dudas es el incipiente proceso de consagración, por parte de cierto sector de la crítica, de un cineasta argentino, José Campusano, que presentó ayer en la competencia internacional su largometraje Vil Romance. Hay algo atractivo en la posición cinematográfica de Campusano: filma ambientes lúmpenes del conurbano bonaerense (la película transcurre en Ezpeleta) y parece conocer bien los personajes que muestra. Por momentos su película fluye de manera orgánica y hay una notoria rusticidad en sus procedimientos estéticos que se adecua al tipo de ambientes que describe. En este caso narra una especie de historia de amor entre dos hombres, una especie de rockero bonaerense de alrededor de cincuenta y un chico joven. Para dar una idea aproximada del estilo Campusano (del que es posible que se empiece a escuchar hablar bastante de ahora en más), se trata de una cruza de Armando Bo con Raúl Perrone, más cerca del primero en la desinhibición con que se lanza hacia situaciones dramáticamente desorbitadas. La mayor parte del elenco está formado por no actores, sino por personas que provienen de los sectores retratados (entre los que se destaca con nitidez Oscar Génova, quien merecería un film mejor que este).

Hay algo atractivo en el sensacionalismo que Capusano cultiva: su mirada no es la de un pequeño-burgués que "baja" a submundos ajenos. Pareciera que cree en lo que filma. No obstante, hay una torpeza insistente que a la larga termina por producir un verdadero desastre. Campusano interfiere sobre los ritmos y climas de las escenas, precipita las situaciones en función de un guión preescrito, injerta líneas de diálogo y episodios en función de una narración forzada, siente la necesidad de interferir en las resoluciones dramáticas mediante una música compasiva y remata la historia con un final tremebundo. En la charla con el público posterior a la proyección, el director remarca que la historia que cuenta se basa en dos "terribles tragedias" que sucedieron realmente. El problema es que esas terribles tragedias (que pueden relatarse en los términos de la sección Policiales de Crónica) no terminan de integrarse a la verdad cinematográfica que logra en sus mejores momentos. Resultado: Vil romance está la mayor parte del tiempo bordeando el desastre y al final se desbarranca del todo.

Como parece que hay críticos dispuestos a erigir a Campusano en un nuevo tótem, es de esperar que esas palmadas laudatorias no terminen por crear un monstruo autoindulgente. Si el director se volviera más riguroso con sus propias posibilidades, tendríamos a un cineasta atendible. Si se cree los halagos que empezarán a regalarle, tendremos a un freak para las trasnoches bizarras.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El festival de Benitez

A modo de diario. Esto por ahora.

Por Eduardo Benitez

Itinerario cinéfilo en marcha desde el domingo. Dos nombres brillan como estrellas solitarias: Jia Zhang- Ke y Albert Serra. Uno chino, el otro catalán. El joven chino se reafirma como uno de los grandes cineastas contemporáneos, el catalán también.

Hablar de 24 City (la peli de Jia) es hablar de cierta consonancia con el José Luis Guerin de En construcción, de una gran fábrica en proceso de demolición y de la construcción de un complejo en su lugar, de planos gigantes que retratan la lenta y constante mutación de un país gigante, de los presuntos testimonios de los presuntos ex habitantes. Digo presuntos porque el juego entre ficción y documental es cada vez más evidente en sus películas y Jia encauza a sus personajes por una línea que oscila entre la realidad y su representación. Habrá tiempo para pensar la última entrega del monumental cineasta chino.

A Albert Serra lo conocemos por su gran película Honor de Cavallería. El director catalán continúa con las transposiciones de grandes textos populares y a la versión del Quijote se le suma El canto de los pájaros sobre los tres reyes magos. Un canto a la desidia, con unos reyes magos que por lo menos bordean la neurosis obsesiva. Son tres a la deriva, naufragan en cada medida que deben tomar respecto de su marcha, dilatando los tiempos en cada decisión. Con algunas secuencias memorables en las que los tres reyes magos debaten sobre nimias cosas, puntada por un humor exquisito, El canto de los pájaros es lo mejor que pude ver hasta ahora. Es una película de esas que van pasando los días después de su visionado y va gustando más y más.

La gran ilusión (desilusionada)
En lo que llamo gran ilusión desilusionada se puede englobar a dos directores vecinos: Kitano y Brillante Mendoza. Aquiles y la tortuga es la última película de Beat Takeshi, tercera entrega de la trilogía (Takeshi´s y Glory to the filmmaker!) que ya venía evidenciando cierto estancamiento del gran japonés. Kitano sigue reflexionando sobre las mismas cosas que en sus dos películas anteriores: el proceso creativo, el arte como mercancía. En Aquiles y la tortuga retrata el descarnado universo de las artes visuales, el sistema de legitimaciones que se debe soportar para ser uno más en el campo cultural. Con un comienzo más que seductor que quiebra el tono relativamente académico de su inicio hasta virar a la comedia de humor absurdo, la película va agotando poco a poco, conforme van pasando los minutos por una saturación de chistes que al llegar al final resulta hasta molesto. Tal vez la búsqueda de cierto efecto de sentido por medio de la recurrencia sea el nuevo curso estético que Kitano le quiere dar a su obra, o simplemente sea la constatación de un autor que se está quedando sin ideas. De todos modos, no adhiero a la idea de que el Gran Takeshi esté por morir, ni tampoco su obra. Con respecto a Kitano me siento un esperanzado.

Arrastré a un compañero de FM La Tribu hasta una sala casi con promesas de paraíso cinematográfico en la proyección de Serbis, última película de Brillante Mendoza. Una decepción que no se hizo esperar. Tendré que cargar con la culpa del recomienda-bodrios, como pude escuchar a la salida de la función. La película del filipino tiene todo para ser un gran film: familia disfuncional de barrio lúgubre, un cine erótico derruido que es su sustento económico, y el errabundear de personajes lúmpenes que podrían ser pequeñas piedras preciosas como material de subtrama. Una riqueza bastante mal explotada ya que los conflictos interfamiliares no son más que griteríos histéricos. Ni siquiera las esperadas secuencias de sexo explícito que avisa el cartel del cine son tales, sino que son puro pudor disimulado. Una pito al sesgo, una teta filtrada, una fellatio furtiva. Al contrario de lo que sucede con el film de Serra, Serbis cada día que pasa convence menos.

La invasión de los "mirones" de cuerpos
Los pernoctantes no tendría ni que ser digna de mencionarse. Pero la rabia que produce es tal que uno no puede resistirse. Una película que se define a sí misma como "documental de observación", precisamente una observación horrorizada de las miserias con las que convivimos día a día en la ciudad de Buenos Aires. Los cuatro chicos directores egresados de la FUC observan desde la torre de cristal el mundo de cuatro "personajes" que viven en las calles porteñas. Así con la pretensión de hacer un film etnográfico, la película no puede salirse de la descripción sensacionalista del mundo que quiere retratar. Aprendices de Flaherty. Los chicos filman a sus personajes como si fueran esquimales. Se nota que estos esquimales urbanos son habitantes de un mundo totalmente desconocido para ellos. Hasta aquí podría ser admisible. Lo que molesta es que no se vislumbra la más mínima intención de develar ese mundo que observan, de lo que se trata es de poner en escena algunas secuencias desgarradoras, de buscar el shock por el shock mismo. "Me vino el cáncer, lo tengo en el culo, en las tetas, en la chucha", dice gritando a cámara una de las mujeres "observadas". Secuencias que no están lejos del obtuso documental de "investigación" de Rolando Graña.

Habrá que seguir recorriendo.

Mi segundo día en Mar del Plata

Por el Oscar Alberto Cuervo

El cant dels ocells: segunda película de Albert Serra, después de la escandalosa proyección que tuvo su ópera prima, Honor de cavallería, en este festival el año pasado. En aquel momento, la versión libre del Quijote hablando en catalán tuvo una proyección que se convirtió ella misma en un evento artístico: el silencio y la quietud en el que permanecían Quijote y Sancho en la mayor parte del metraje, la oscuridad casi completa de largos tramos del film, el humor absurdo goteado en dosis minúsculas y el lirismo áspero que no se hacía anunciar sino que irrumpía como involuntariamente, todos estos elementos fueron demasiado para una platea que se habría acercado al Auditorium a ver la película de Don Quijote y se encontraba con la aparición de un cineasta dispuesto a refundar el pacto con el espectador en términos absolutamente desdeñosos de cualquier concepto de espectáculo. El espectáculo fue el modo en que la platea se dividió en partes igualmente ruidosas entre quienes abucheaban tantas libertades tomadas sin permiso y quienes defendían su derecho a ver el film en silencio. Algo parecido parece haber pasado en muchos festivales con Honor de Cavallería. Esta vez, con El cant dels ocells, se trata de un público ya advertido, o quizá más cansado. La cuestión es que el segundo largo de Serra se puede ver en silencio, en medio de una platea ya bastante rala desde el comienzo. Algunos se van yendo, pero son pocos los que tiran la bronca.

El cant dels ocells es el relato de la peregrinación de los reyes magos en busca del niño Jesús, María y José. Y una vez más, un relato transitado hasta el cansancio por la cultura occidental vuelve a someterse al tratamiento Serra: mucho silencio, mucho pensar, mucho meditar, nada de evasión, y pensar. La diferencia más notable es que esta vez el catalán opta por un deslumbranbte blanco y negro que dispara el goce hacia alturas siderales. La potencia plástica de los paisajes agrestes por los que transcurren los reyes ayuda a elevar la experiencia a un misticismo que ya podía detectarse en la primera película, pero que aquí se hace inapelable. Está el humor absurdo que se desprende de la sencillez con la que los reyes encaran la magna tarea de ir al encuentro de la divinidad, su aceptación escueta de la presencia de los ángeles, el relato de sus módicos sueños. Serra se pregunta cómo puede aparecer lo sagrado entre la tierra, el cielo y los mortales; y se responde que tiene que ser con una modestia desconcertante. Es una de las películas más hermosas del nuevo siglo, con planos destinados a permanecer en la memoria por todo el tiempo que haga falta: eso para quienes acepten el misticismo y el humor que Serra propone.

La estética del film tiene bastante poco que ver con el tono entre arrogante y cínico con que Serra suele enfrentar al periodismo (o al menos eso es lo que muestran las transcripciones de la prensa). En las páginas de diarios y revistas el catalán suele parecer un tipo demasiado canchero, que dice que el cine no le interesa demasiado y que sólo se dedica a él porque da dinero, es más divertido y más fácil que la literatura. Una de tres: o Serra es un inconciente que no sabe lo que tiene entre manos o es un cretino que convoca a la belleza a pesar suyo, o es un provocador que cultiva dos géneros absolutamente diferenciados: el cine más puro y la boutade periodística más chocante. Hoy a la tarde Andrés Di Tella le hace una entrevista pública a Serra y será la ocasión de ver en directo si Serra es tan canchero como parece en los diarios.

Por otro lado, llegó la primera auténtica decepción: porque se trata de uno de los cineastas más importantes de los últimos años y porque parece haber dado su primer paso en falso, Jia Zhang-ke me deja proecupado por su 24 City. La película se inscribe en la temática habitual de Jia, la impresionante mutación que está experimentando la sociedad China, en tránsito hacia quién sabe dónde, pero dejando en el camino una estela de pequeñas vidas anónimas y de grandes ruinas irónicas. Eso es lo que esperamos del cine de Jia. El problema está en que el tipo que supo encarar la frontera entre el registro documental y la ficcionalización con una sutileza inusual acá parece moverse con una pereza inesperada. El film está estructurado como una sucesión de entrevistas de quienes han estado trabajando en una fábrica aeronáutica en proceso de desmantelamiento, para ser transformada en un complejo inmobiliario. Los entrevistados nos cuentan sus experiencias personales, carentes de la épica que se le suele atribuir a la marcha revolucionaria: esto, como siempre sucede en las películas de Jia. Lo que nunca había sucedido hasta ahora es que el cineasta lo encare de manera rutinaria. Los personajes sentados frente a una cámara fija responden a un entrevistador que permanece fuera de cámara, a la manera de la encuesta televisiva. Y hacen lo contrario de las personas que habitan los films anteriores de Jia: representan sus emociones. Esta representación empieza a sonar cada vez más falsa a medida que las emociones se hacen más novelescas. Entre los entrevistados se puede reconocer a algunas actrices que evidentemente representan una emoción guionada; en otros casos, queda sin saberse si también se trata de actores o de personajes reales. En cualquier caso,los testimonios suenan falsos. Los momentos en los que persiste la maestría del autor de Unknown pleasures son aquellos mudos en los que hablan las ruinas arquitectónicas de la China en demolición, mietras la cámara los recorre en sus panorámicas majestuosas que ya son su marca de estilo.

martes, 11 de noviembre de 2008

Mi primer día en Mar del Plata



Por Oscar Alberto Cuervo

Llegar, acomodarse, encontrar una ciudad llena de adolescentes (45.000!) que participan en los torneos juveniles bonaerenses, etc. Y empezar a ver películas:

- Still Walking, de Hirokazu Kore-eda: el director de Nobody knows filma una historia de familia, un día de reencuentro de padres ancianos, hijos adultos y nietos pequeños. Con motivo del aniversario de la muerte del primogénito de la familia. Una historia japonesa de encuentro familiar, de tres generaciones en interacción, en un barrio apartado de la ciudad de Yokohama. Lo cual remite inevitablemente a Yasujiro Ozu. Kore-eda no puede siquiera rozar la sobria majestad del director de Tokio monogatari, pero esa sería una exigencia desmesurada para casi cualquier cineasta. La película tiene momentos delicados, de una gracia melancólica. Pero cede a la tentación del subrayado, sobre todo en los tramos finales, como si no confiara en la capacidad del espectador. Los últimos cinco minutos son de pura redundancia sentimental y esa tentación de redondear el sentido y la moraleja (previsiblemente referidos al paso del tiempo y la serena aceptación de la finitud) casi arruina los aciertos logrados a lo largo del film. Quizá por ese subrayado es que la película logra entusiastas aplausos del público.

- Of time and the city, de Terence Davies. Sigamos con las comparaciones odiosas. Un cineasta en su madurez lanza una mirada elegíaca hacia su ciudad natal, Liverpool. Construye su poema visual con fragmentos de archivos, música evocadora y una voz en off recordando en primera persona y citando a autores célebres. Este género de film autobiográfico ha sido cultivado, con tonalidades muy diferentes, por genios como Jean Luc Godard y Aleksander Sokurov. Frente a tamaños antecedentes, el tono entre pomposo y sarcástico (muy propio de británicos) de Davies suena un tanto demasiado ramplón. Sobre todo en un momento del cine contemporáneo en el que documental, autobiografía y material de archivo están gozando de un tratamiento muy creativo. La película venía precedida de una muy favorable expectativa y se ve con agrado, pero está lejos de aspirar al lugar de las imprescindibles del festival.

Las grandes películas estarán por venir.