jueves, 7 de enero de 2021

America First

 


por Lidia Ferrari

Mucha simbología nórdica en el asalto al Capitolio. Jóvenes disfrazados de personajes de leyendas celtas o vikingas, con cuernos y pieles, quieren mostrarnos la supremacía del Norte del mundo (también los usa la Lega Nord de Italia y la ultraderecha europea). Estos personajes y sus símbolos de Poder no movieron a risa porque era el Capitolio de verdad. La brújula de esta gente subdotada es el Norte, un Norte legendario y poderoso, lleno de odio contra el Sur de la latinidad, la pobreza, la gente de color, de África y Sudamérica, etc. Los tatuajes y disfraces para defender a su Patria, el país más poderoso de la tierra, sin embargo, lejos de representar su poderío, los mostró con ese candor de la violencia de carnaval. Si los Estados Unidos de América, con la escena hollywoodiana que mostró ayer en el Capitolio, pretendiera sostener su “America First”, lo que dio al mundo es la imagen de su decadencia imperial. Estos chicos que entraron al Capitolio como por su casa, que se hicieron selfies con policías, mostraron que la ultraderecha usufructúa de la debilidad mental que la misma maquinaria neoliberal crea, en estos muchachos que de niños jugaban a ser Odin o Batman. No desestimaría el desastre que es para el mundo la existencia de esta infantilización de emblemas de poder (no hablo de los niños, sino de la infantilización que crean los adultos). Hacen el mismo efecto que un niño disfrazado de Odin y rugiendo como un león. Claro, estos pueden portar armas. La política y el Poder se mueven entre narraciones legendarias y cuentos infantiles sosteniendo a poderosos de diversa laya que han inundado todo de mercancías inútiles y videojuegos. Ayer, por un rato, el videojuego salió de la pantalla y algunos de sus héroes se arrimaron al centro de la política estadounidense. Hoy volverán al videojuego online.

Postdata 1: No se debe interpretar que subestimo la tragedia de estas escenas. La ficción, relatos y simbología construyen realidad. Que sea trágica su consecuencia no impide que pueda ser farsesco su sostén.

Postdata 2: Dicen que el activista de la foto está disfrazado de guerrero Sioux. Su atuendo es muy similar al de héroes vikingos, guerreros germánicos. Sus atuendos se ven en marchas de las derechas europeas. El famoso Sioux nórdico que asaltó el Capitolio usa tatuajes de simbología vikinga, como el Valknut tatuado en su pecho. Mi análisis no cambia si se trata de cuernos sioux o vikingos. Se trata de supremacistas blancos.



por Oscar Cuervo

Estamos asistiendo a una época sorprendente: el desarrollo del poder capitalista se muestra ya abiertamente disociado de la noción de civilización. El Capitolio lleno de idiotas violentos reúne el símbolo del poder máximo (aunque ya no esté allí) y la máxima torpeza. Hay que dar por terminado el mito positivista que en la posguerra del siglo xx nos hizo creer que el avance de la tecnología y la ciencia llevaba a una vida más civilizada, ordenada, racional y adulta. Los 60 parecieron una promesa de un mundo donde se realizaban los proyectos de la modernidad. Pero desde el 80 empezó la contraofensiva conservadora y hoy impera la barbarie incluso simbólica aún en los lugares que se presentaban como emblemas del orden y el progreso (comparemos la iconografía de la familia Kennedy que se difundía en aquella época con este grotesco al que asistimos hoy). Claro, el asesinato impune de Kennedy podría habernos avisado que esa imagen era solo una fachada. Pero incluso desde la izquierda creímos que la sociedad liberal algún avance traía. En la cultura, la infantilización del capitalismo empezó en los 70 con el imperio de Spielberg y Lucas, Star Wars y cambiamos a los Beatles y Hendrix por Madonna y Michael Jackson, a El Padrino por ET, Indiana Jones y Spiderman. Yo registraba ese retroceso cultural pero no creía (o no supe ver claramente) lo que ahora es evidente. La operación de infantilización tiene que haber sido deliberada cuando empezó el neoconservadurismo, después del fracaso yanqui en Vietnam, con la llegada de Reagan y Thatcher. Ahora advierto que no debe ser una simple coincidencia sino un proyecto deliberado. La escena de ayer se preparó durante 40 años. Se construyó el sujeto social de la neobarbarie que ayer vimos llegar al centro simbólico del mundo.




La victoria de alguna cosa


por Daniela Andújar


Este es el segundo día del año nuevo.

Quiero bautizar los nuevos días, una vez más. 

La nueva vieja vida.

Y para eso necesito las palabras. Desde temprano. 

 Busco una hoja para escribir la mañana nueva del año nuevo. Me alumbro con una luz diagonal. En la casa duermen.

Sin hacer ruido registro la cocina atrás de cuadernos, libretas, propagandas, algo donde escribir lo que busco.

Quiero saber si acaso perdí

si no llegué

no canté victoria 

por dónde quedé

dónde paré

o en qué desvíos podría dar la vuelta y retomar

el hilo

el libro

la línea (nunca punteada)

Ansiosa, revuelvo las carteras para encontrar una birome. Bingo!

Ahora falta el papel.

Las únicas hojas que hay de este lado de la casa son las partituras de las canciones que quedaron de anoche.

Selecciono velozmente, pero no al azar, cuál de ellas iré a sacrificar.

 Elijo “ Preciso me encontrar” de Cartola. Tiene mil acordes que nunca me salen.

Así que empiezo sobre ella…casi un chiste.

Hoy, 2 del 1 del año 2021 (un número muy bueno para mandar cohetes al espacio) me encuentro “encontrada” mil veces, después de haberme perdido mil y una.

En uno y otro sentido pienso que son los demás lxs que me pierden.

Cuando se me acaba la hoja de “Preciso me encontrar” elijo “Espumas ao vento”.

¿La rabia hace champán?

No, esa no…además es fácil. 

Al instante pienso que podría seguir con “Gota d´agua”, de Chico Buarque.

Sí, “Gota d´agua” está muy bien!

Já lhe dei meu corpo

minha alegría

já estanquei meu sangue quando fervía 

Olha a voz me que me resta…

olha a veia que salta…

mirá la gota que falta..

…deixa em paz meu coraçao…

ele é um pote assim de mágoas

e qualquer desatençao

 pode ser a gota d´agua!

…

En estas canciones, podría decir que ya está la letra de lo que busco, sé o quiero 

la venganza

el desquite

la fiestaza que me doy 

la victoria de alguna cosa

la posesión de un castillo

el tesoro no muy escondido

de lo que soy

de lo que no soy

y supongo que el año comenzará mejor con todas estas viejas canciones que nadie me extirpará,

que nadie eligió que cantara,

salvo yo

que nadie me enseñó a sentir,

salvo esta vida,

mi vida,

que pierde el hilo, el libro, pero no la voz.


Ilustración: Carmen Cuervo

miércoles, 6 de enero de 2021

Nadie me dijo que viviría días como estos

(Sí, me lo había dicho John)









Todo el mundo habla pero nadie dice una palabra

Todo el mundo hace el amor y a nadie ya le importa

Hay nazis en el baño justo abajo de la escalera

Siempre está pasando algo pero no pasa nada

Siempre se está cocinando algo pero no hay nada en la olla

Están muriendo de hambre en China, así que terminá de comer lo que tenés en el plato


Nadie me dijo que viviría días como estos

Nadie me dijo que viviría días como estos

Nadie me dijo que viviría días como estos

Días extraños de verdad

días extraños de verdad.


Todo el mundo está corriendo y nadie se mueve de su lugar

Todos son triunfadores pero dicen que nadie pierde

Hay un pequeño ídolo amarillo al norte de Katmandú.


Todos están volados aunque todos se arrastran

Todo el mundo llora pero nadie hace ruido

Hay un papel para nosotros en las películas, solo tenés que esperar

Nadie me dijo que viviría días como estos

Nadie me dijo que viviría días como estos

Nadie me dijo que viviría días como estos

Días extraños de verdad

de lo más peculiares, mama


Todo el mundo está fumado pero nadie se eleva

Todos están volados pero nunca tocan el cielo

Hay ovnis sobre Nueva York y no me sorprende demasiado

Nadie me dijo que viviría días como estos

Nadie me dijo que viviría días como estos

Nadie me dijo que viviría días como estos

Días extraños de verdad

de lo más peculiares, mama.

sábado, 2 de enero de 2021

Mi año en películas

2020


por Oscar Cuervo *

Este año solo fui una vez al cine a ver... La dolce vita. Dopo vino el virus y adiós cine. No me distraje siquiera viendo películas, estuve meses pensando en el tiempo que resta y la historia que no espera. Si me lo preguntan, ya no lo entiendo. Sospecho que hace rato todo vino dándose como para que el cine, tal como se conoció en mi siglo, se fuera disolviendo en pantallas táctiles. La pandemia solamente da el golpe semifinal a la vieja cinefilia. No haré duelo, no por esto. El cine va a estar en cualquier lado porque ya no tendrá lugar propio. ¿Cómo distinguir entre todo lo que sale de la notebook, de la tablet o el celular esa cosa que antes llamamos cine? Ahora todo está entrando en mi cuarto por un mismo rectángulo. Decir películas es solo una manera de hablar. 

Se truncó en mí un trayecto de décadas de vida cinéfila para dar lugar a otra cosa, que la supone, de la que quedan rastros en las palpitaciones con que espero la imagen que pueda venir, un corte, un desvío, el suspenso que provoca la forma, el deseo de ver aunque sea un destello o esa ranura obscena que buscaba en lo oscuro, de escuchar una palabra que estuvo a punto de decirse o al menos eso esperaba. Esa huella de la cinefilia quedará durante el tiempo que sobrevivamos nosotros.

1- We are who we are (Luca Guadagnino, ocho episodios, HBO). En los primeros capítulos Guadagnino se complace en triturar todo amague de peripecia y se dispersa en una cantidad indeterminada de posibilidades. Situado en el territorio de cruce trasnacional de una base militar norteamericana en el norte rico de Italia, ninguna guerra se libra ahí excepto la de un sobresalto hormonal en una ducha colectiva, la fluidez de géneros, las familias queers aburguesadas, la coexistencia aparentemente gentil de identidades étnicas y moralidad distendida. Durante varios episodios reina una pax armada, el fisgoneo calentón, una psicodelia permitida y el roce de pieles entre edades y jerarquías imprudentes: una utopía cool, aunque los leds informan que Trump le gana a Hillary porque el mundo quiere liderazgos fuertes. 

[SPOILER ALERT] Hasta que Guadagnino hace explotar una bomba que destroza literalmente algunos cuerpos de reclutas negros y a la vez define el arco dramático. Sucede justo entre el episodio 6 y el 7 pero nada se acomoda en el orden que instauraría el patrioterismo tardoclásico de un Clint Eastwood. No: la comunidad organizada es engullida por una entropía de la que la atención se desvía para dejarse ganar por la angustia del primer desgarro amoroso de un pibe de 14 que se las sabe todas menos dar un beso. Hay un viaje iniciático hacia el éxtasis musical y al final, claro, un beso. La astucia del cine todavía puede ganar una batalla pírrica, lejos de la Patria y de las salas (se tenía pensado pasar las 8 horas seguidas en la Quinzaine des Réalisateurs de Cannes pero, suspendido el festival por la pandemia, se lanzaron los 8 capítulos por HBO). 

Guadagnino dice no haber visto nunca una serie pero parece conocer bien la parábola que va del Bertolucci de La luna al Van Sant de Paranoid Park. En fin: cine y dispositivo bélico. Cada uno puede extraer las conclusiones que quiera, pero Italia y Norteamérica muestran que todavía saben compaginar la geopolítica y el eros. Es lo más cercano al cine que vi este año.

2- Ópera prima: Dwelling in the Fuchun Mountains (Gu Xiaogang): Si se quiere es el extremo opuesto de We are who we are, quizás porque la gran escala de la civilización china le permite a su autor de 32 años percibir las mutaciones del tiempo con otro temple que el que experimenta occidente: el desgajamiento de una familia, la demolición de los viejos edificios y las cartas que conversan con ya nadie en cajones olvidados, mientras el ciclo de las estaciones fluye con la serenidad de un río profundo. Puede reconocerse en el joven Gu Xiaogang una filiación que remite a cineastas como Hou Hsiao-hsien o Edward Yang. Como si en China todavía hubiera un cine posible.

3- 4TRO V3INT3 (Raúl Perrone) El Perro sigue en Ituzaingó pero no puede salir a la calle, así que envía la cámara a unos pibes que se filman a sí mismos y él espera en su sala de edición para mirar sus miradas en busca de lo que viene persiguiendo hace eras. Este plan de fuga del aislamiento social preventivo más que una ocurrencia pragmática es un gesto simbólico fuerte: cesión momentánea o anticipo de un relevo generacional. 4TRO V3INT3 es la hora de la madrugada en la que los pendejos hacen un rito solo suyo. Hora de nadie, puro presente, borde del instante. Ni día ni noche, un trance en el que el futuro como proyecto está abolido. La improductividad de los pibes es vicio, sonrisas, derroche sin ira. Humo luminoso al que no le faltan –nunca faltan en Perrone- sombras ni fantasmas. Los pibes no saben muchas cosas pero algunas pocas las saben muy bien: cómo habitar un pliegue del tiempo y el espacio en el que no rige el mandato del funcionamiento total. Se deslizan por calles vacías, cruzan el puente de la autopista, surfean a ras del suelo, inhalan, exhalan y algo se guardan. Después Perrone recibe, mira, parte y se lleva la mejor parte.

4- Days (Tsai Ming-liang): A finales del otro siglo, con un pie en la cinefilia, fue Tsai el que supo filmar la que se venía. Hoy andamos por calles que nos recuerdan a esa Taipei postcatastrófica que entonces nos resultaba rara. Basta ver la sala vacía del final de Good Bye, Dragon Inn: él siempre tuvo conciencia de especie que desaparece y la tristeza que eso producía se atenuaba por una leve comicidad que también tomó de su cinefilia. En su última película, estrenada en febrero cuando el virus apenas estaba propagándose, Tsai se permite el realismo. Compone un relato en tercios perfectos, formado por registros documentales que cruzan  a su viejo amigo Kang y su nuevo amigo Anong. Los junta en un cuarto de hotel a vivir el roce más físico y amoroso de toda su obra. Se despoja de lo no esencial y cuando brota el amor tras una espera larga, se mantiene a distancia prudencial para producir un sismo emotivo con un melodía mínima. Limelight (Chaplin) –ya citada al final de I don’t want to sleep alone- es el obsequio que Kang hace con pudor a su chongo y Tsai a nosotros. 

5- Una película argentina: Jardín de piedra (Gustavo Fontán). Este autor fue haciendo con perfil bajísimo una obra que se irá volviendo indispensable por su persistencia para explorar las posibilidades de un cine en disolución. Jardín de piedra es una pequeña película que lleva hasta el límite el alcance de la mirada en situación del confinamiento. Una mirada es también un agujero que escucha. La película dedicada al artista del sonido Abel Tortorelli, asiduo colaborador de Fontán, hace sentir la intensidad de su silencio.

6- Un film revisto durante la pandemia: Soñar, soñar (Leonardo Favio) En estos días de encierro me encontré en YouTube con un hito inicial de mi vida cinéfila, ya que estamos. Soñar, Soñar había sido concebida por Favio en el 75 “como una película chiquita, porque la cosa viene jodida”, es decir, con abierta conciencia de un fin de época. La vi en su estreno durante las primeras semanas de la dictadura, en un cine que ya no existe, semivacío. Terminaban varias cosas pero también la década prodigiosa del más grande cineasta argentino. La seguidilla que produjo entre 1965 y 1975 es una singularidad del universo. Favio fue nuestro barrilete cósmico del cine y todavía nos preguntamos de qué planeta vino. Cuando vi por primera vez Soñar, soñar, con su desconcertante pareja protagónica y su reducción drástica de volumen, después de los fortísimos de Moreira y Nazareno, no supe qué pensar. Nadie supo qué pensar y por las dudas la rechazaron con una dureza hoy imperdonable. Favio había logrado la más paradójica conjunción de sentimiento popular y osadía formal. Cada plano, desde el primero, asombra todavía. No supimos ver que era su obra maestra y por ende la mejor película argentina hasta hoy. Favio tuvo que exiliarse a las pocas semanas y dejó de filmar por 17 años. Después volvió, pero algo ya se había perdido para todos, para siempre.


* Este texto fue publicado originalmente en la Internacional Cinéfila 2020 que convoca Roger Koza desde su página Con los ojos abiertos. Próximamente publicaré en este blog mi comentario sobre los resultados de esa encuesta en la que participaron 161 programadores, cineastas y críticos de diversos países del mundo.