sábado, 30 de mayo de 2020

Entrevista a Marco Berger sobre "El cazador"

Su película se estrena esta semana en Cine.Ar


El cineasta Marco Berger acaba de estrenar su nuevo largometraje, El cazador, que se exhibe el jueves 28 y el sábado 30 de mayo a las 22:00 en el canal Cine.Ar TV (que puede verse en TDA , en Canal 35 de Cablevisión y canal 35 de Telecentro . También se exhibirá gratuitamente durante la semana del 28/5 al 3/6/2020 por streaming en el horario que uno elija en la plataforma Cine.ar Play (para la que hay que registrarse como usuario). Desde el 11 de junio la película podrá verse por streaming en Cine.Ar Play pagando $ 30.


En El cazador hay una tonalidad terrorífica que muy pronto se aparta del corsé del género porque no parece responder a nada más que a un presentimiento. Antes de ser un género, el terror fue un componente estructural del cine: el deseo de espiar, el miedo de espiar. Al principio se trata del rito del levante entre Ezequiel (un notable Juan Pablo Cestaro) y el Mono, el skater unos años mayor (el sensual e inquietante Lautaro Rodríguez), donde los lugares del seductor y el seducido -el cazador y su presa- son reversibles. En cualquier levante hay una instancia terrorífica que Berger sabe filmar mejor que cualquier otro cineasta de acá. Los pibes son de una generación más resuelta que los varones dubitativos de las películas anteriores de Marco y llegan pronto al encame. Hay un tercero agazapado, el Chino (Juan Barberini, sórdido), que organiza sigilosamente el mecanismo de la película e introduce un componente perverso de un modo que Berger no había expuesto nunca como ahora:


- En todas mis películas está planteado el terror a lo diferente -dice Marco Berger, director de El cazador, película ampliamente analizada en el post anterior-, ese miedo a no ser aceptado, a no ser querido. Puede ser que yo lo haya trabajado desde un lugar inconsciente también en esta película. Igual, yo creo que hay dos tipos de terror, uno como género cinematográfico y otro más psicológico que tiene que ver con todo el corpus de mi obra y que se relaciona con ese miedo a la aceptación o al rechazo, al no ser querido.


Desde Plan B, la ópera prima de Marco Berger que en el Bafici 2009 pasó medianamente desapercibida pero con los años fue transformándose en cult movie, el cine argentino descubrió que, aparte de las tetas de Isabel Sarli, también los bultos de los varones podían definir un tipo de plano que David Griffith no había previsto: el plano Berger. Eso es algo que a los críticos de cine les ha costado mucho reconocer, sobre todo a los argentinos, todavía hoy les cuesta aceptarlo, incluso -y sobre todo- los que celebran la belleza del culo de Brigitte Bardot filmado en cinemascope por Godard en Le Mépris. En el plano Berger hay una política de la mirada, el lugar desde el cual espiar la escena, la altura y la inclinación precisa de la cámara, la erotización de los bordes del cuadro, qué entra en el plano, desde qué ángulo se filma, que queda afuera, qué lente es el que mejor enfoca lo que se desea ver: una discusión sobre la mirada cinematográfica desde su sintaxis y no desde su temática.


- Con respecto a la etiqueta de 'cine gay', yo siempre digo que hago cine desde mi mirada y la etiqueta aparece después. El lado más negativo de la etiqueta es que aleja a un montón de público: la gente cree que el cine gay es solamente para gays y siempre digo que si alguien va a ver Jocker, nadie cree que el espectador es un psicópata. Sin embargo, con el cine gay muchos creen que la gente que va a ver una de mis películas algo gay debería ser, y de hecho da para el chiste. Hoy todavía en grupos muy masculinos aparece eso de "¿cómo vas a ver esa película?" o "¿por qué viste esa película?". Eso es lo negativo. Y lo positivo es que la etiqueta ayuda a que todas esas películas se puedan aunar y estar en festivales en los que específicamente se muestra el cine queer y la gente que no se siente representada en el cine clásico tiene un lugar en el que por lo menos puede ir una vez por año a sentarse en una butaca los refleja, ¿no?

La entrevista completa que Oscar Cuervo le hizo a Marco Berger fue emitida el sábado 30//5/2020 en el programa Patologías Culturales (FM La Tribu), conducido por Maximiliano Diomedi. Ya puede escucharse acá:


viernes, 29 de mayo de 2020

El cazador - Marco Berger

Cazadores en la mira 


En la primera entrevista que le hice a Marco Berger en otoño de 2009 en el patio central del shopping Abasto, cuando acababa de ver su ópera prima Plan B, me dijo una frase que es la que retengo de toda esa charla, la que lo define como cineasta y la que recupero cuando veo cada una de sus películas. "Yo pongo la cámara en el lugar desde el cual me gustaría espiar una escena". Más que una confesión personal se trata de su declaración de principios como autor de cine. Once años después Plan B persiste no como la película perfecta que no era, sino como la apertura de un cine posible: lo interesante no era cómo se resolvían sus giros narrativos, sino su precisión para encuadrar, para empezar y terminar cada plano, para captar pequeños gestos en las caras y los pliegues del cuerpo de sus personajes. En Plan B, película que en ese Bafici pasó medianamente desapercibida pero con los años fue transformándose en cult movie, el cine argentino descubrió que, aparte de las tetas de Isabel Sarli, también los bultos de los varones podían definir un tipo de plano que David Griffith no había previsto: el plano Berger. Eso es algo que a los críticos de cine les ha costado mucho reconocer, sobre todo a los argentinos, todavía hoy les cuesta aceptarlo, incluso -y sobre todo- los que celebran la belleza del culo de Brigitte Bardot filmado en cinemascope por Godard en Le Mépris. En el plano Berger hay una política de la mirada, el lugar desde el cual espiar la escena, la altura y la inclinación precisa de la cámara, la erotización de los bordes del cuadro, qué entra en el plano, desde qué ángulo se filma, que queda afuera, qué lente es el que mejor enfoca lo que se desea ver: una discusión sobre la mirada cinematográfica desde su sintaxis y no desde su temática. Por eso, cuando una crítica empieza diciendo "Marco Berger vuelve a tocar la temática de la homosexualidad" manifiesta su sorda hostilidad hacia un tipo de plano, es decir, hacia una decisión formal, tratando de reducirla a cuestión temática. Seguro los mismos críticos no dirían de Godard "una vez más vuelve a tocar el tema de la heterosexualidad", a pesar de que Godard se ha especializado en filmar culos femeninos desde hace 60 años. No quiero establecer ningún tipo de equivalencia entre Godard y Berger, solo señalar que en ambos casos estamos ante cineastas que piensan sus películas en términos formales y no temáticos, mientras los críticos han resuelto el problema con relativa sencillez: Godard es un cineasta "intelectual" y Berger "una vez más aborda el tema de la homosexualidad".


En El cazador hay un solo "plano Berger", está puesto casi al principio, porque el director ya sabe que todos lo están esperando, como cuando Hitchcock aparecía en el primer rollo de sus películas para que los espectadores no se distrajeran mucho tiempo esperando el cameo. Un hallazgo puede volverse un clisé y finalmente un obstáculo. Lo que un cierto tipo de plano señala no es tanto el campo de lo visible sino el carácter de una mirada. Plan B tenía un póster que hacía pensar que se trataba de una comedia, sin embargo a mí me llamó la atención de entrada una tensión sorda, lindante con el miedo. Si el cine es una investigación acerca de cómo miramos el mundo, el cielo, los árboles y los cuerpos, entonces lo que siempre rige las formas es el deseo de ver y el miedo de ver. Por eso erotismo y terror no son dos géneros cinematográficos sino dos pulsiones escópicas. El crítico que acude al "una vez más Berger aborda el tema..." sin saberlo delata su profunda incapacidad para preguntarse qué es el cine.


Desde aquella charla en el Abasto y aquella ópera prima, Marco Berger hizo unas cuantas películas, cortos y largos, solo o en colaboración. Fue depurando su estilo, hurgó en su inventiva para disponer escenas a las que le gustaría espiar, moldeó a sus actores con una mano cada vez más diestra. Algunas veces se imitó a sí mismo, otras intentó ensayar formas diferentes, no siempre le salió bien y nunca dejó de pensar los términos de su mirada. Pero en sus dos últimas películas, Un rubio (2019) y El cazador (2020), puede decirse que pegó un salto de calidad. Un rubio es un drama melancólico protagonizado por varones jóvenes de la clase trabajadora y también una película acerca del espacio estrecho y la luz opaca de los departamentos, la cercanía de los cuerpos en los viajes en tren y el espacio abierto de las terrazas en las tardes de invierno. En ella queda más claro que además Berger es uno de los más eficientes directores de actores del cine local. Hasta el mínimo personaje suena afinado. La sobria expresividad con que Gastón Re trasmite su mix de tristeza, deseo y miedo le confiere a la película una madurez que hasta ese momento el cine de Berger no había alcanzado. No es una sorpresa para nadie que para nuestros críticos la película haya pasado casi desapercibida, a pesar de ser una de las mejores que el cine argentino dio en los últimos años. La crítica es un empleo mal remunerado.


Pero hay una posición artística que Marco Berger no abandonó: él sabe el lugar desde el que le gusta espiar una determinada escena y en su mirada manifiesta el deseo y el miedo que le proporciona ese saber. No es tan difícil: si uno quiere espiar, vacila entre la calentura y el miedo. Eso ya estaba magníficamente condensado en el momento culminante del cortometraje Platero (2011), un prodigio del grotesco familiar argentino en formato breve. Ahora en El cazador el cineasta ya está en pleno dominio de su oficio como para pensarse a sí mismo y reduplicar su atención. Ezequiel (un notable Juan Pablo Cestaro) es un chico que está aprendiendo a soltar su deseo, más allá de las seguridades de pertenecer a una "buena familia". El impulso es el típico de todo adolescente: cómo escaparse de la vigilancia familiar. Ezequiel está tentado y eso se nota en la increíble energía de su mirada, angelical y casi demoníaca. No es raro que la cámara de Berger esta vez se muestre más interesada en demorarse en la forma de mirar de Ezequiel antes que en su bulto. El director parece haber conquistado una nueva conciencia sobre el peso de la mirada y toda la película se orienta por ese vector. Como el cazador cazado es una fórmula a la que Berger ya recurrió en varias oportunidades, acá el muchacho al que le gusta mirar para escaparse de los lugares que le asignan va a ser objeto en tres oportunidades de miradas que escapan a su control: otras miradas van a capturarlo. Tres es el número clave de El cazador: a lo largo de su desarrollo van a ir configurándose diversos triángulos en los que siempre Ezequiel es uno de sus vértices. Los otros dos siempre irán rotando. Invariablemente el deseo y el miedo impulsarán cada plano hacia el siguiente. En estos zigzagueos va a haber lugar para el flirt, para el fisgoneo en los baños, para los intentos fallidos, para el aprendizaje del levante y la sorpresa de ser levantado. Por primera vez en la filmografía de Berger estas situaciones de seducción homoerótica van a ser perturbadas por la presencia de un tercero que espía, como si recién ahora se permitiera hacer en la trama un lugar para el voyeur. Es decir: el cineasta. Es decir: el espectador.


Berger recupera un registro que había ensayado en Ausente (2011) pero acá con mano más firme. Hay una tonalidad terrorífica que muy pronto se aparta del corsé del género porque no parece responder a nada más que a un presentimiento. Antes de ser un género, el terror fue un componente estructural del cine. Al principio se trata del rito del levante entre Ezequiel y el Mono, el skater unos años mayor, (el sensual e inquietante Lautaro Rodríguez) donde los lugares del seductor y el seducido -el cazador y su presa- son reversibles. En cualquier levante hay una instancia terrorífica que Berger sabe filmar mejor que cualquier otro cineasta de acá. Los pibes son de una generación más resuelta que los varones dubitativos de las películas anteriores de Marco y llegan pronto al encame. Hay un tercero agazapado, el Chino (Juan Barberini, sórdido), que organiza sigilosamente el mecanismo de la película e introduce un componente perverso de un modo que Berger no había expuesto nunca como ahora. El personaje efectúa una intervención del autor en la trama.


Del desarrollo del relato no conviene decir casi nada más, porque el sentido de la experiencia consiste más que nunca en ir descubriendo las diversas vueltas de una forma narrativa espiralada. Berger ya probó la unidad aristotélica de planteo, desarrollo y conclusión con creciente eficacia desde Plan B hasta Hawaii (2013, hasta Un rubio fue la quintaesencia de su cine). Ahora necesita disponer de más elementos, una serie de triangulos variables, y sobre todo, quebrar la unidad del relato para producir un corrimiento de perspectiva. A la hora exacta de película El cazador se permite empezar con otra historia, otro personaje, Juancito, 13 años (Patricio Rodríguez, extraordinario), él también un cazador cazado, precoz seductor y vulnerable a la perversión, el más pequeño de todos los protagonistas del universo Berger, lo que le va a conferir a la película una sensación de peligro que contrasta con la mezcla precisa de inocencia y atrevimiento del personaje. 


No vamos a decir las palabras que otras críticas refieren como la clave del film porque muerden el anzuelo de un mcguffin y se les escapa lo importante. El director abandona la narración lineal que ya mostró que sabe manejar y desafía al espectador con elipsis que descolocan. Los saltos narrativos hay que llenarlos con la imaginación y es ahí donde el que mira proyecta su propia perversión. Por eso, EL cazador es paradójicamente la película más perversa de su autor y la menos explícita si repasamos plano por plano. Esta progresión elíptica no se deja reducir a una sinopsis perezosa. Hay una segunda vuelta donde los personajes rotan sus posiciones, entre el candor, el riesgo y la crueldad. No hay muchos cineastas que se animen a interrumpir momentáneamente una línea narrativa, sacudir los mecanismos más fáciles de la identificación, empezar de nuevo en la mitad de la película y lograr sostener el arco dramático. El que mira está siempre avanzando a tientas hacia un punto que presiente que será un abismo y efectivamente lo es: esto vale para los protagonistas y para el espectador. Juancito mantiene una inocencia por la cual la película respira. 


El cazador no solo innova en esta estructura quebrada sino que amplía los rangos de edad de sus personajes. Si hasta ahora Berger se había movido con familiaridad entre adolescentes tardíos, acá el muy joven Juancito tendrá su simétrico opuesto, cercano al punto de vista del propio autor. ¿Acaso todo el cine se hace posible desde una posición perversa? No es sencillo reducir la película a una fórmula moral, por eso su inmersivo plano final busca el fuera de campo.


El cazador no sería tan buena película sin el aporte del director de fotografía Mariano de Rosa y la dirección de arte de Natalia Krieger, que modulan sus transiciones sutiles. La música de Pedro Irusta se acopla a las imágenes mejor que nunca.  

miércoles, 27 de mayo de 2020

Telepáticamente Kierkegaard

El viernes 29/5 a las 18 conectándose a https://meet.jit.si/LasObrasDelAmor
pueden asistir a nuestra conversación sobre Kierkegaard.


Me invitaron a una fiesta, es por teletransmisión, Muchos, muchos invitados: radio, gente, confusión.

Encuentro virtual, como corresponde a la época de distanciamiento social y pantallas simultáneas hacia la que nos encaminamos ¿inevitablemente? ¿Después de la cuarentena seguiremos juntándonos en las pantallas mosaicos? Es la primera vez que participo en algo así: pantallas divididas e interacción en tiempo real. La ventaja, más allá de la cuarentena, es que posibilita "juntarse" con personas situadas en diversas partes del orbe. Todos juntos ahora.

Una oferta que  no pude resistir: mis amigos Ana Fioravanti, Andrés Albertsen y Graciano Corica vienen organizando desde hace algunas semanas este tipo de encuentros filosóficos virtuales y me invitaron a una telecharla para presentar algunas ideas introductorias a la lectura del gran danés Søren Aabye Kierkegaard. Obvio que acepté: vamos a conversar sobre un autor que nos interpela y yo voy a ver cómo es mantener una conversación filosófico-virtual. Si lo venimos haciendo por radio, ¿por qué no filosofar online? Quizás en la época que empieza este tipo de encuentros se nos hagan habituales. El primero es este viernes a las 18:00 conetados por Jitsi Meet.

No se requiere que los interesados tengan conocimientos previos. La actividad es gratuita, por el gusto de encontrarnos. ¿Cómo introducirse en la lectura de Kierkegaard?

Hay formas y formas de empezar a leer a un autor. Cada uno entra según el trayecto que lo llevó hasta ahí. Los caminos son inescrutables. Se llega con preguntas que uno trae de antemano. Brújulas que orientan o desorientan, subrayan, omiten, pasan por alto, deforman, desarman el texto o lo marcan de una forma que el escritor no podría prever en el momento de escribirlo. La lectura desencadena posibilidades, se desliza y también puede desviarse de los propósitos iniciales del escritor. El desvío puede que no sea una traición. Expande sentidos que el texto permite, incluso algunos que no permite, lo hace decir algo que antes de esa lectura no estaba predicho. Puede que esta sea la única forma posible de leer: que no exista una lectura fiel en absoluto. Reino de la posibilidad, un texto es siempre algo distinto a una cosa cerrada sobre sí que está ahí para ser percibida. No existe objetividad en la lectura de un autor. La singularidad del lector va reanimando al autor para cada uno. No se trata tampoco de mero arbitrio: nadie le puede hacer decir a un texto lo que a uno se le antoja. 

La lectura no es invención sino escucha. Nadie escucha lo que quiere sino lo que puede: autor, texto y lector tienen una forma de ser especial que no es la de las cosas que se cierran sobre sí mismas sino la de la posibilidad. Alguien lee un libro de Kierkegaard, cualquiera, el primero que llega a sus manos y se figura a un Kierkegaard posible. Un lector puede relatar a otros su camino.

Søren Kierkegaard es el escritor que instaló en la filosofía el problema de la escritura y la lectura, de la palabra y la escucha, de la comunicación y la verdad como decisiones propias de un ser posible. Para Kierkegaard, la posibilidad es el modo de existir humano y de sus actos más propios: escuchar y hablar, leer y escribir, movimientos de un ente que existe como posibilidad. Somos posibilidad: esa es nuestra diferencia y también el motivo de nuestra angustia. Escucha, posibilidad, singularidad, angustia son palabras claves en la posición de pensamiento de Kierkegard.

El hecho de que haya vivido en el siglo xix no lo hace menos contemporáneo nuestro, porque la contemporaneidad no es un accidente cronológico. Somos contemporáneos de toda palabra que nos habla, que escuchamos dirigida a nosotros, cuando pensamos "es a mí a quien le está hablando". La época de la que un autor procede no lo encierra en el baúl de las cosas muertas, ni conviene sofocarlo en un marco pretérito. 

¿Para quién escribe un autor? ¿para quién escribía Kierkegaard? Siempre que alguien escribe la pregunta se reanuda, aunque sea tácitamente. Mientras Kierkegaard escribía no dejó nunca de hacerse la pregunta. En sus libros hay reiteradas invocaciones a su “querido lector”. Afecto e intimidad, el ser querido no tiene nada que ver con fingir familiaridad con un desconocido. ¿No se podría amar a un extraño? Quién podría saberlo. La forma de comunicación a la que Kierkegaard dedicó su vida -llegó a convencerse de que esa era su única misión- no fue la comunicación de un saber, sino una comunicación de poder. "Poder" quiere decir acá posibilidad, no  imposición Un autor que apuesta a comunicar una posibilidad y no un saber ya determinado y fijo quiere ser contemporáneo de su lector. Por más lejos que se encuentren en el tiempo, autor y lector forman una comunidad en el instante de la lectura.

Entre todas las puertas posibles para introducirnos en la obra Soren Kierkegaard la que voy a proponer este viernes es la figura de la escucha,. Escuchar una voz.

Todo lector o lectora de este blog puede participar del encuentro si se siente atraído.

Mañana unos minutos antes de las 18 pueden conectarse directamente a https://meet.jit.si/LasObrasDelAmor para asistir al encuentro.

lunes, 25 de mayo de 2020

Los zapatos en el poster y la filosofía en la radio





Hacer filosofía por radio es una de las cosas más lindas que te pueden pasar en la vida, le digo a mis excolegas académicos. La radio es un ambiente aéreo muy apropiado para lanzarse a pensar sin tener el espiche guionado. Así que cada vez que Maxi Diomedi me invita a armar una serie de columnas sobre filosofía para las tardes otoñales de Patologías en FM La Tribu me siento un poco Walter Benjamin en la radio, un poco Hanna Arendt en Radio Baviera y un poco Orson Welles también haciendo la guerra de los mundos. Siempre estamos haciendo la guerra de los mundos. La palabra que sale de la boca, que da contra el micrófono y sube por la antena, que se propaga por el cielo cuando está anocheciendo queda rebotando en alguna oreja, tampoco hacen falta tantas.

Y ahora han inventado los archivos digitales en los que las palabras quedan. Aun si quedaran para nadie.

Hacía varios sábados que veníamos probando hasta llegar al afamado cuadro de los zapatos de la campesina pintado por Van Gogh, del que Heidegger se valió a mediados de los años 30 para dar su célebre conferencia "El origen de la obra de arte". Ya la cosa nació mal, porque todo transcurría en medio del Tercer Reich, porque a Heidegger no se le ocurrió mejor idea que usar la palabra origen que caería en el descrédito cuando los franceses pasteurizaron a Nietzsche. Che, no digas origen, decí genealogía que queda más piola, la usa Foucault y en Buenos Aires del siglo xxi todavía la usan muchos para darse aires de postfilósofos, que no van al origen ni saben qué corno es la genealogía, pero saben qué palabra queda mejor decir. Y para colmo Heidegger en los zapatos de la campesina pintados por Vincent no ve solo zapatos ni meramente la cosidad de la cosa: ve los senderos solitarios cuando cae el sol, ve la humedad de la tierra que fatiga el pie de la campesina, ve la alegría de la mujer que venció una vez más la miseria, hasta el día siguiente, ve la angustia ante la espera del parto y el temor de la muerte. La mirada de Heidegger se alínea con la de Van Gogh para correr el velo del mundo de la campesina. Los zapatos son útiles para ella así que los comprende sin pensarlos, los comprende cuando forman parte de su tarea: solo pensaría en los zapatos si dejaran de serles útiles. Ahora bien: la figura del útil apropiada para los zapatos no lo es para el cuadro de Van Gogh. Nosotros decimos "cosas" para los zapatos y para el póster del cuadro y para el libro de Heidegger. También decimos cosa para un programa de radio. La cosa es que el tremendo arco narrativo que Heidegger tiende a partir de los zapatos que la campesina dejó tirados en un rincón son inmediatamente objetados por Adorno, discípulo rencoroso de Heidegger que encuentra en este pasaje ciertamente elegíaco una prueba de que Heidegger era nazi. O sea que todo mal. Igual pocos recuerdan el libelo que Adorno escribió para burlarse del estilo de Heidegger, titulado "La jerga de la autenticidad". Pocos, muchos menos que los que recuerdan el hermoso arco narrativo que Heidegger tiende en su elegía de la vida rural. Adorno creía que al burlarse del estilo de Heidegger lo cancelaba como filósofo y lo nazificaba. Pero no fue tan así. Entre los pocos que se acuerdan estoy yo, que el sábado cuando hablaba del origen -perdón- de la obra de arte me acordé que Adorno decía que hacer una elegía de la vida de una campesina era mostrarse como un retrógrado.

A veces el pasado nos espera al dar vuelta la esquina y todo el desarrollo de fuerzas productivas tambalea si un virus suspende el funcionamiento de la economía. Quizás la meditación acerca del cuadro de Van Gogh y los zapatos que Vincent dejó en la memoria de su posteridad sean más necesarios que el folleto burlesco de Adorno para pensar qué puede pasar cuando el mundo empieza a mostrar que el funcionamiento se detiene. Entonces lo retrógrado puede ser un bucle para anticiparse lo que todavía nos está esperando. El progreso es un gran tema filosófico político de los últimos doscientos años y el loco Van Gogh pintó el cuadro de esos zapatos de una campesina que no pudo vnedérselos a nadie. Van Gogh era un pintor que no funcionaba, origen es una palabra que no se usa, como bien nos explicó Foucault. Pero igual gracias a la invitación de Maxi logramos hacer una serie de cuatro microprogramas filosóficos que logramos culminar (sin resolver ningún problema) el último sábado de mayo. Veinticinco minutos hablando de filosofía en la radio pueden ser mucho o muy poco según como se oigan. Los lectores de este blog lo pueden oír haciendo click en el botón azul arriba de estos párrafos. Gracias, amigos, por darme otra oportunidad.