Foto: Nadia Albarracin


sábado, 3 de diciembre de 2016

La noche & La noche

Este domingo a las 12 de la noche, Edgardo Castro, director de La noche en La otra.-radio // Además: Volumen 11, el nuevo disco de Andrés Calamaro  // FM 89,3 Radio Gráfica // Online acá




La noche es atrevida y pretenciosa
la noche tiene tanto para dar
y pide firmemente caprichosa
que no faltes un día a clase ni por enfermedad.

La noche sopla siempre como el viento
que siempre sopla, en algún lugar su blues
no es una señorita, es una señora
y hay que saber tratarla a la noche como tal.

La noche es el día a la sombra
que busca y te nombra como un tango fatal
y hay que bailarlo como Virulazo
el paso de la noche con deseo de bailar.

La noche y su colecciones
como corazones abandonados
la noche y su colecciones
como corazones abandonados.
Tonta, todo en la vida se paga
tonta, conmigo no.

No me voy, ya soy parte del decorado
me alegro de haberme encontrado contigo otra vez
mi amigo preferido y peligroso
poderoso enemigo que se llama igual a mí.

La mentira también tiene pies de barro
mi carro esta enchulado en Villa Cariño
el niño que llevo adentro ya tiene sus años
los daños los paga el que viene detrás.

La noche y su colecciones
como corazones abandonados
la noche y su colecciones
como corazones abandonados.
Tonta, todo en la vida se paga
tonta, conmigo no.




Apuesta extrema, salto al vacío. Si decir ésto es decir poco más que nada, es, al menos, lo primero que puede arriesgarse luego de ver La noche, el debut como director cinematográfico del actor Edgardo Castro. Y es que difícilmente esta ópera prima pueda componer serie con otras películas del cine argentino –y aquí el recorte de fronteras estrecha demasiado las potencialidades del film– si se considera que ciertos ecos de malditismo parecieran condenarla a ser una película solitaria y a prescindir de cualquier progenie. No porque carezca de elementos proteicos que pudieran ser retomados por otros directores, sino porque la singularísima experiencia de Castro apuesta a extenuar sus propios recursos condenando prospectivamente al remedo epigonal a quienes pretendan adentrarse en el camino trazado por La noche ("La larga noche de Edgardo Castro" Javier Rossanigo, completo acá).

La noche realiza la proeza de un registro porno donde no hay ningún orgasmo: el goce, aparentemente, está en otra parte. El deseo fuera de foco: no se sabe qué desean los personajes, qué los mueve, en esa deriva siempre saturada de cocaína y que los vuelve, frecuentemente, figuras espectrales, perdidas en una ciudad que poco los acoge, pero que tampoco los persigue ni los sanciona. El chongo de la primera noche es el más propicio: por la paga ofrece erección y abrazo, que es lo que se le pide. Desde ahí, los que suceden van derrumbando la fantasía sexual: son escenas sin goce, apenas puntuadas por un erotismo débil, donde la escena sexual deja lugar a otra cosa: una charla, un juego (como el del trío con la mujer cis y su amigo: pasados de cocaína, se divierten con ropa interior del hombre araña, más que con el trío sexual). El film dramatiza, en sus silencios, en su cámara siempre muy cercana, en los fragmentos de cuerpo a la intemperie que repetidamente pone en escena, la conformación de ese abismo entre el protagonista y esa noche en la que su deseo parece no tener lugar, línea de satisfacción. Hay, sí, una escena donde el chongo adquiere su antiguo esplendor: una orgía de una mujer trans con varios hombres, en un boliche. Pero el protagonista queda afuera de ese circuito de goce, rechazado, justamente, por el pibe al que se quiere acercar. La noche toma las medidas de esa nueva distancia entre el deseo del protagonista y esos chongos con los que, aquí, no pasa nada: ninguna intensidad, ningún goce, más bien los restos, ese desenfoque de una fantasía que no puede anclarse en estos cuerpos. Incluso en la última escena -el último chongo, digamos-, lo que podría ser una extática lluvia dorada (un “regalito”, dice el pibe), aquí se vuelve una escena disonante, más bien inofensiva y donde nadie parece gozar demasiado: como si los cuerpos no pudiesen encarnar, canalizar las fantasías que los reúnen. Esa obturación, ese flujo trabado, eso que no termina de pasar: La noche pone ahí a sus chongos ("La noche de los cuerpos", Gabriel Giori, completo acá).



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