martes, 4 de marzo de 2008

Pasto del fuego

acuarela: Juan L. Ortiz

(A propósito de Pasto del fuego, el libro de relatos de Gustavo Fontan recientemente editado y ganador del Primer Premio en el IV Concurso Nacional Macedonio Fernández de Narrativa.)


“Se trata de un sentido brumoso, que disuelve el significado
de las cosas, para hacer sentir la unidad viviente.”
JUAN L. ORTIZ


La primera palabra que se nos aparece es “bruma”.

Después hay otras: “búsqueda”: del Padre, de Dios, del objeto más preciado –un violín, que quizás se traduzca en lo artístico, lo que fuere. Como telón de fondo siempre está presente el fuego y la furia apocalíptica.

Los principios estéticos de Juan L. Ortiz sin duda han signado la obra de Fontán, autor también de la película El árbol, donde lo que se extingue crepitando entre las llamas es la vida de ese árbol. Esa influencia la podremos constatar con certeza cuando veamos su nuevo film, La orilla que se abisma, inspirado en el arte de Juan L.

En Pasto del Fuego nos impresiona el papel que desempeña el amor intersticial, aunque de presencia apabullante, que atraviesa estos cuentos: porque alguna pasión, algún deseo debe haber detrás de la búsqueda incansable, después de la promesa: “Te juro que voy a encontrarlo” (“Ritos de Paso”). Se despliegan allí todos los recursos –todos los mapas- para llegar a la meta trazada. Y eso que se sabe de antemano todo: “Se sabe que es inútil”.

En el segundo relato, el que da nombre al libro, estamos ante la práctica del ascetismo, del despojamiento. No apegarse a lo terreno, ni “servir a señores/ que en gusanos se conviertan”. Los cuerpos que se caen muestran que hay pistas falsas: no hay armonía, hay lucha.

Otra vez el escenario desolado de las viejas pensiones descascaradas aparece en “El violín”, con su protagonista, Benito, acompañado desde su infancia por un violín que le hace evocar a su madre, cocinando entre fragancias y especias, mientras le hablaba de la guerra y los antepasados. Ese violín, tan investido libidinalmente, le será arrebatado en la pensión y tendrá que partir por las calles en su busca. Gasparini , el anticuario, lo desalienta: “El tiempo es feroz”.

Finalmente, “Las imágenes del desierto”, donde un hombre y una mujer, a los que les gustaría creer en Dios, parecen provenir del fondo de un sueño.

A Gustavo Fontan habría que decirle, sin arrepentimiento alguno, aquellas frases de Héctor Tizón: “Es cierto, él tenía ese don reconocido, esa facilidad para acertar con las palabras, o para poner una junto a la otra, sin más sentido que el de su música secreta.”


MARTHA SILVA

lunes, 3 de marzo de 2008

Hmmm...

por Oscar A. Cuervo

¿Vieron qué salió el diario nuevo de Lanata? Crítica de la argentina. Tirada de 100.000 ejemplares agotada. ¡Qué éxito! ¿Lo leyeron? Hmmm... (A propósito, como parte del lanzamiento del diario, ayer AMÉRICA -el canal de Manzano y Vila- emitió un especial, el show del Lanata más lanatoso que pueda imaginarse, dirigiéndose a sus nuevos empleados, todos periodistas con varios años de profesión, en un tono muy despectivo, dando directivas de estilo. Los tipos escuchan en silencio y de vez en cuando asienten con la cabeza. En un momento Lanata lee un artículo, presuntamente del número 0 del diario y empieza a gastarlo. “¿Y por qué usa tres puntos suspensivos este hijo de puta? Yo en 30 años no encontré ninguna justificación para usar puntos suspensivos. ¿Y saben por qúe no? ¿Querés que te dé una buena razón? Te vas a la puta que te parió...”. O algo así, mi transcripción no es textual, pero la verdad que...).

Crítica... , después de varios meses de ediciones internas y de las arengas intimidatorias de su director, da en su primer número la idea de algo a mitad de camino. Digamos: entre un Página 12 mal terminado, un Diario Popular pretencioso y una Barcelona sin gracia. La constante aparición de Lanata es cansadora. ¿Tiene que figurar el director de un diario todo el tiempo? Ok, Lanata declara su orgullo por pasar a la historia como aquel que fundó dos diarios, pero también se puede crear un estilo periodístico sin un culto constante a su personalidad. ¿Cuántas veces apareció García en las páginas de Crónica? ¿Se veían fotos de Timmerman en La opinión? Ellos crearon medios personalísimos e inimitables, sin necesidad de ponerse por delante de su producto.

El diseño es feo, como de periódico barrial hecho con más empeño que pericia. Al logo le falta fuerza y definición, un recuadrito marrón perdido en una tapa atiborrada de cosas al que cuesta encontrar en un primer golpe de vista (la versión digital del logo es rojo bordó, pero en papel berreta como el de Crítica... da marroncito). Y la nota de tapa... Una no noticia: algunos diputados conservan su trabajo privado. Según lo aclara el propio copete, en la Argentina eso no es ilegal. ¿Y entonces cuál es la denuncia? El foto montaje de tapa, desprolijo, pone una visión parcial de unos 30 diputados, con cartelitos individuales que recargan la imagen sin agregar valor informativo. Al frente, el montaje injerta a Cristina sonriente, como si ella estuviera implicada en la “no-denuncia”. Toda una declaración de los principios periodísticos que se van a aplicar.

Crítica... -el primer número- se lee rápido, digamos en media hora, tipografía grande, fotos grandes, infografías rudimentarias, dibujos grandes y feos. Lleno de pastillitas y sin notas de fondo. Tiene la misma información que se puede leer en cualquiera de los otros diarios del día... y menos aún. Hasta Perfil, con su proliferación de suplementos indistinguibles y su editorialización permanente, parece un producto más consistente. Y Fontevecchia aparece en sus páginas un par de veces menos que Lanata. Esto no obsta para que el director de Crítica... se jacte de ser el único en hacer verdadero periodismo, sin traer regalos ni extras.

¿Lo más original? Un test de inteligencia a Gabriela Michetti. No se publica el desarrollo del test, sino su resultado: la vice de Macri es “Intelectualmente superior”. La nota está ilustrada con una foto de Michetti antes del accidente que la dejó en silla de ruedas, se la ve cruzada de piernas.

¿Algo a favor? La nota de Marcelo Panozzo a Andrés Calamaro, una página del cantante haciendo consideraciones sobre la crisis de la industria del disco, desarrollada a través de los e-mails que intercambiaron periodista y músico. Panozzo siempre es consistente, pero deja gusto a poco. Parece víctima de una directiva de que no debe haber notas largas. Pero... ¿la nota con Calamaro en base a e-mails no se había hecho hace unos meses en La mano o en la Rolling Stone? Hmmm...

Otra a favor: se anuncia que el panorama político tendrá columnistas rotativos: Torcuato Di Tella, Artemio López, Claudio Lozano y Roberto García, un espectro ideológico bastante amplio, lo cual es un intento de pluralismo.

Bueno, para terminar (uh, Lanata dice que no hay que usar conectivas coloquiales), a Crítica... le falta cocción, un par de meses más de números 0, o que el director les explique mejor a su personal lo que él quisiera hacer. Hablando en serio: un número es muy poco para evaluar, un diario va delineándose con el correr de las ediciones, démosle más tiempo, que seguro que este gordo lo va a mejorar. Aparte, con una tirada de 100.000 ejemplares agotada, ¿a quién le importan las críticas?

Hmmm...

sábado, 1 de marzo de 2008

¿Qué es el peronismo? II



La banda

de Julio Cortázar

(Final del juego, 1956)


A la memoria de René Crevel, que murió por cosas así.

En febrero de 1947, Lucio Medina me contó un divertido episodio que acababa de sucederle. Cuando en septiembre de ese año supe que había renunciado a su profesión y abandonado el país, pensé oscuramente una relación entre ambas cosas. No sé si a él se le ocurrió alguna vez el mismo enlace. Por si le es útil a la distancia, por si aún anda vivo en Roma o en Birmingham, narro su simple historia con la mayor cercanía posible.

Una ojeada a la cartelera previno a Lucio que en el Gran Cine Ópera daban una película de Anatole Litvak que se le había escapado en la época de su paso por los cines del centro. Le llamó la atención que un cine como el Ópera diera otra vez esa película, pero en el 47 Buenos Aires ya andaba escaso de novedades. A las seis, liquidado su trabajo en Sarmiento y Florida, se largó al centro con el gusto del buen porteño y llegó al cine cuando iba a empezar la función. El programa anunciaba un noticiario, un dibujo animado y la película de Litvak. Lucio pidió una platea en fila doce y compró Crítica para evitarse tener que mirar las decoraciones de la sala y los balconcitos laterales que le producían legítimas náuseas. El noticiario empezó en ese momento, y mucha gente entró a la sala mientras bañistas en Miami rivalizan con las sirenas y en Túnez inauguran un dique gigante. A la derecha de Lucio se sentó un cuerpo voluminoso que olía a Cuero de Rusia de Atkinson, lo que ya es oler. El cuerpo venía acompañado de dos cuerpos menores que durante un rato bulleron intranquilos y sólo se calmaron a la hora de Donald Duck. Todo eso era corriente en un cine de Buenos Aires, y sobre todo en la sección vermouth.

Cuando se encendieron las luces, borrando un tanto el indescriptible cielo estrellado y nebuloso, un amigo prolongó su lectura de Crítica con una ojeada a la sala. Había algo ahí que no andaba bien, algo no definible. Señoras preponderadamente obesas se diseminaban en la platea, y al igual que la que tenía al lado aparecían acompañadas de una prole más o menos numerosa. Le extrañó que gente así sacara plateas en el Ópera, varias de tales señoras tenían el cutis y el atuendo de respetables cocineras endomingadas, hablaban con abundancia de ademanes de neto corte italiano, y sometían a sus niños a un régimen de pellizcos e invocaciones. Señores con el sombrero sobre los muslos (y agarrado con ambas manos) representaban la contraparte masculina de una concurrencia que tenía perplejo a Lucio. Miró el programa impreso, sin encontrar más mención que la de las películas proyectadas y los programas venideros. Por fuera todo estaba en orden. Desentendiéndose, se puso a leer el diario y despachó los telegramas del exterior. A mitad del editorial su noción del tiempo le insinuó que el intervalo era anormalmente largo, y volvió a echarle una ojeada a la sala. Llegaban parejas, grupos de tres o cuatro señoritas venidas con lo que Villa Crespo o el Parque Lezama estiman elegante, y había grandes encuentros, presentaciones y entusiasmos en distintos sectores de la platea. Lucio empezó a preguntarse si no se habría equivocado, aunque le costaba precisar cuál podía ser su equivocación. En ese momento bajaron las luces, pero al mismo tiempo ardieron brillantes proyectores de escena, se alzó el telón y Lucio vio, sin poder creerlo, una inmensa banda femenina de música formada en el escenario, con un canelón donde podía leerse: BANDA DE “ALPARGATAS”. Y mientras (me acuerdo de su cara al contármelo) jadeaba de sorpresa y maravilla, el director alzó la batuta y un estrépito inconmensurable arrolló la platea so pretexto de una marcha militar.

-Vos comprendés, aquello era tan increíble que me llevó un rato salir de la estupidez en que había caído -dijo Lucio-. Mi inteligencia, si me permitís llamarla así, sintetizó instantáneamente todas las anomalías dispersas e hizo de ellas la verdad: una función para empleados y familias de la compañía "Alpargatas", que los ranas del Ópera ocultaban en los programas para vender las plateas sobrantes. Demasiado sabían que si los de afuera nos enterábamos de la banda no íbamos a entrar ni a tiros. Todo eso lo vi muy bien, pero no creas que se me pasó el asombro. Primero que yo jamás me había imaginado que en Buenos Aires hubiera una banda de mujeres tan fenomenal (aludo a la cantidad). Y después que la música que estaban tocando era tan terrible, que el sufrimiento de mis oídos no me permitía coordinar las ideas ni los reflejos. Tenía al mismo tiempo ganas de reírme a gritos, de putear a todo el mundo, y de irme. Pero tampoco quería perder el filme del viejo Anatole, che, de manera que no me movía.

La banda terminó la primera marcha y las señoras rivalizaron en el menester de celebrarla. Durante el segundo número (anunciado con un cartelito) Lucio empezó a hacer nuevas observaciones. Por lo pronto la banda era un enorme camelo, pues de sus ciento y pico de integrantes sólo una tercera parte tocaba los instrumentos. El resto era puro chiqué, las nenas enarbolaban trompetas y clarines al igual que las verdaderas ejecutantes, pero la única música que producían era la de sus hermosísimos muslos que Lucio encontró dignos de alabanza y cultivo, sobre todo después de algunas lúgubres experiencias en el Maipo. En suma, aquella banda descomunal se reducía a una cuarentena de sopladoras y tamborileras, mientras el resto se proponía en aderezo visual con ayuda de lindísimos uniformes y caruchas de fin de semana. El director era un joven por completo inexplicable si se piensa que estaba enfundado en un frac que, recortándose como una silueta china contra el fondo oro y rojo de la banda, le daba un aire de coleóptero totalmente ajeno al cromatismo del espectáculo. Este joven movía en todas direcciones una larguísima batuta, y parecía vehementemente dispuesto a rimar la música de la banda, cosa que estaba muy lejos de conseguir a juicio de Lucio. Como calidad, la banda era una de las peores que había escuchado en su vida. Marcha tras marcha, la audición continuaba en medio del beneplácito general (repito sus términos sarcásticos y esdrújulos), y a cada pieza terminada renacía la esperanza de que por fin el centenar de budincitos se mandara mudar y reinara el silencio bajo la estrellada bóveda del Ópera.

Cayó el telón y Lucio tuvo como un ataque de felicidad, hasta reparar en que los proyectores no se habían apagado, lo que lo hizo enderezarse desconfiado en la platea. Y ahí nomás telón arriba otra vez, pero ahora un nuevo cartelón: LA BANDA EN DESFILE. Las chicas se habían puesto de perfil, de los metales brotaba una ululante discordancia vagamente parecida a la marcha El Tala, y la banda entera, inmóvil en escena, movía rítmicamente las piernas como si estuviera desfilando. Bastaba con ser la madre de una de las chicas para hacerse la perfecta ilusión del desfile, máxime cuando al frente evolucionaban ocho imponderables churros esgrimiendo esos bastones con borlas que se revolean, se tiran al aire y se barajan. El joven coleóptero abría el desfile, fingiendo caminar con gran aplicación, y Lucio tuvo que escuchar interminables da capo al fine que en su opinión alcanzaron a durar entre cinco y ocho cuadras. Hubo una modesta ovación al finalizar, y el telón vino como un vasto párpado a proteger los manoseados derechos de la penumbra y el silencio.

-El asombro se me había pasado -me dijo Lucio- pero ni siquiera durante la película, que era excelente, pude quitarme de encima una sensación de extrañamiento. Salí a la calle, con el calor pegajoso y la gente de las ocho de la noche, y me metí en El Galeón a beber un gin fizz. De golpe me olvidé por completo de la película de Litvak, la banda me ocupaba como si yo fuera el escenario del Ópera. Tenía ganas de reírme pero estaba enojado, comprendés. Primero que yo hubiera debido acercarme a la taquilla del cine y cantarles cuatro verdades. No lo hice porque soy porteño, lo sé muy bien. Total, qué le vachaché ¿no te parece? Pero no era eso lo que me irritaba, había otra cosa más profunda. A mitad del segundo copetín empecé a comprender. Aquí el relato de Lucio se vuelve de difícil transcripción. En esencia (pero justamente lo esencial es lo que se fuga) sería así: hasta ese momento lo había preocupado una serie de elementos anómalos sueltos: el mentido programa, los espectadores inapropiados, la banda ilusoria en la que la mayoría era falsa, el director fuera de tono, el fingido desfile, y él mismo metido en algo que no le tocaba. De pronto le pareció entender aquello en términos que lo excedían infinitamente. Sintió como si le hubiera sido dado ver al fin la realidad. Un momento de realidad que le había parecido falsa porque era la verdadera, la que ahora ya no estaba viendo. Lo que acababa de presenciar era lo cierto, es decir lo falso. Dejó de sentir el escándalo de hallarse rodeado de elementos que no estaban en su sitio, porque en la misma conciencia de un mundo otro, comprendió que esa visión podía prolongarse a la calle, a El Galeón, a su traje azul, a su programa de la noche, a su oficina de mañana, a su plan de ahorro, a su veraneo de marzo, a su amiga, a su madurez, al día de su muerte. Por suerte ya no seguía viendo así, por suerte era otra vez Lucio Medina. Pero sólo por suerte.

A veces he pensado que esto hubiera sido realmente interesante si Lucio vuelve al cine, indaga, y descubre la inexistencia de tal festival. Pero es cosa verificable que la banda tocó esa tarde en el Ópera. En realidad el cambio de vida y el destierro de Lucio le vienen del hígado o de alguna mujer. Y después que no es justo seguir hablando mal de la banda, pobres chicas.


(NOTA DE LA OTRA: en esta serie, que continuará, no se trata solamente de lo que cada uno dice del objeto por el que se pregunta, sino del punto de vista desde el cual se habla.)

Los films del nuevo milenio III


Entonces, al comenzar el nuevo siglo, Gus Van Sant filma Gerry. Dos tipos jóvenes (Damon y Affleck) se "pierden" en medio de un paisaje desértico. Y la cámara de Van Sant nos invita a perdernos con ellos. Perdernos, perder al espectador adiestrado por el código lógico narrativo que ha acabado por ahogar nuestra experiencia. Mientras el relato se imponga, la mirada se ahoga. Nada de psicología: la cámara de Van Sant se abstiene de inmiscuirse en la psicología de los personajes. El recurso a la palabra es tan severamente acotado que los personajes se llaman "Gerry" el uno al otro. No se nos induce a reconstruir los motivos de los personajes, sino a observarlos desplazarse por un espacio concreto. La duración de los planos está determinada no por el ritmo de nuestra lectura (el tiempo que nos llevaría, por ejemplo, "leer" que a Gerry 1 o a Gerry 2 les pasa tal o cual cosa), sino por los espacios que tienen que atravesar.

El paisaje de pronto vacío empieza a ofrecer a la mirada sus ínfimas variaciones, su altura y profundidad, la velocidad de las nubes y la quietud de la montaña. Varias veces la irrupción de las figuras humanas produce un cambio súbito de nuestra percepción de los tamaños: lo que parecía una piedrita era en realidad una roca inmensa: entonces nos "vemos" viendo el espacio, preguntándonos por la naturaleza de nuestro ver. La inmersión en ese espacio es tan envolvente que la voz interior del espectador se acalla y nos entregamos a una contemplación extática. La musicalidad del movimiento aplaca nuestras ansias narrativas.


¿Quiénes son estos dos muchachos? ¿Qué buscan? ¿Qué sucede entre ellos? ¿Se aman? ¿Se odian? Sus conversaciones hablan de cosas que ellos saben pero cuyo sentido último se nos escapa: es que no hablan para nosotros, sino entre ellos. Entonces, escucharlos es parecido a escuchar el silencio que a menudo se impone, o el rumor de la naturaleza. La melancólica música de Arvo Pärt sólo aparece cuando nos hemos habituado al silencio, nunca para comentar el sentido moral de la fábula. Silencio, vacío, demora, distancia, extravío, extrañeza: son todas variaciones del alejar y des-alejar en los que el cine exhibe sus posibilidades. No se trata de que Van Sant haya abolido totalmente la narración, sino que la ha puesto en cuestión con las armas del cine. No es que el cine recién haya empezado: es que muta ante nuestros ojos.


OSCAR ALBERTO CUERVO