viernes, 5 de abril de 2019

Bronca dispersa





por Willy Vllalobos

Cuando todas las organizaciones gremiales, políticas y sociales se juntan es porque el asunto está complicado para la mayoría y es imprescindible movilizarse para que el gobierno y la sociedad se enteren de que va a haber pelea. 

Más o menos de esta manera se armó el acto del jueves donde estaban todos los que tenían que estar. Los ingredientes estaban sobre la mesa como para hacer una comida de esas que no se olvidan:

1- Al gobierno la mayoría ya no les cree y todos los días hay alguien que los votó y ahora los manda a la mierda.

2- El plan económico, asistido por el pulmotor del FMI, sólo le sirve a los bancos, los especuladores financieros y a los que exportadores de granos y minería. El resto, la gran mayoría, está en la lona y con ganas de reaccionar y sacárselos de encima en las próximas elecciones. 

3- Las organizaciones sindicales, politicas, sociales y todos los que decidieron ir porque no se bancan más la macrisis juntaron una cantidad de personas que demuestran la fortaleza de los que se oponen al saqueo. 

4- En un año electoral estas movilizaciones multitudinarias generan esperanzas en todos aquellos que queremos que estos vampiros se vayan cuanto antes.

Todo daba para festejar otra jornada de lucha de esas que hacen que uno vuelva contento a su casa, sabiendo que hay una voluntad mayoritaria que quiere terminar con esta pesadilla.

Pero algo pasó. 

Algo que nos impidió cocinar un gran día. Algo pasó que el asado estaba crudo y no había más leña para hacer fuego. 

Algo pasó.

Y se me ocurren algunas cosas como para tratar de pensar por qué una propuesta multitudinaria como la del jueves se apagó de a poco. 

Pienso que la decisión de no debilitar al gobierno por parte de la CGT los llevó a armar un acto light para salir del paso. Esta decisión, producto de los compromisos que el Triunvigato tiene con el gobierno fue como un maleficio que recorrió toda la marcha y nadie pudo romperlo. 

La CGT marchó de Plaza Once al Congreso y terminó desconcentrándose en la 9 de julio. Los gordos no querían que los putearan y los corrieran exigiendo la fecha del paro como aquella vez. La CTA y los movimientos sociales terminaron aceptando que no hubiera palco y la izquierda hizo su su acto en Plaza de Mayo.

El tema es que no hubo palco que pusiera las palabras. No se pudo armar un acto opositor con voces que denunciaran el choreo y exigieran un programa unitario para derrotar al gobierno de los buitres en las próximas elecciones.

Nadie quiso agarrar el micrófono y decirle a los trabajadores lo que pensaba. Algunos para garantizar la participación de la CGT y otros para cumplir con las obligaciones que genera la pobreza extrema pero sin señalar a los responsables.

Y todo se fue apagando, como el fuego de los choris, sin que se pudiera escuchar esa palabra precisa que alimenta la esperanza.

BAFICI devaluado I: Os verdes anos

(Paulo Rocha, Portugal, 1963)


por Oscar Cuervo

Podía ver una sola película en la primera jornada del BAFICI devaluado y tenía que optar entre una serie de nombres y títulos desconocidos para mí. Tuve buena puntería: me guió mi fe por el cine portugués. Y resultó que Paulo Rocha vendría a ser el iniciador del novo cinema português y Os verdes anos esa película con la que todo empezó, hace 56 años.

El misterio del cine portugués es algo que no logré todavía desentrañar, pero me gusta pensar que radica en la dulzura de su lengua o en la geografía escarpada de Lisboa. Seguro que estoy equivocado, pero déjenme pensarlo así. Incluso cuando directores de otras nacionalidades filman algo en Portugal (Sokurov, Kelemen, Wenders), producen obras impregnadas de una cadencia melancólica que yo asocio a estos dos elementos: la dulzura de la lengua y la geografía escarpada.

Ahora bien, yo hasta ayer no sabía -me doy el lujo de ignorar muchas cosas porque todavía tengo tiempo de aprender- que el que comenzó con esta cascada de belleza que no termina nunca fue Paulo Rocha y lo hizo con esta película. En el año 1963, o sea: en sincronía con los novos cinemas que brotaban por todos lados.

Lo que tiene Os verdes anos es una inocencia que conmueve para mirar las cosas harto conocidas. Harto conocidas como los jóvenes que llegan del campo a la ciudad, jóvenes que viven una rebelión aún tímida contra el mundo adulto, la ciudad moderna en la que las presencias se vuelven anónimas, la dura distancia que se impone entre las mucamas y sus señoras burguesas, la tensión entre la prepotencia de la modernidad capitalista y la inercia feudal, la ira contenida en las horas del trabajo asalariado y las ganas de huir. En 1963 Rocha filma todo esto con una mirada inocente, es decir, como quien acaba de llegar a la ciudad y va aprendiendo los códigos de su funcionamiento, las distancias entre los monoblocks y los baldíos, entre el día y la noche ciudadanos, entre los charcos y el cielo.

Desde el plano inicial hasta el último, en un blanco y negro de delicadeza atónita, el ritmo del descubrimiento de la ciudad, Lisboa, no cualquier otra, va pautando el trayecto de los personajes: el joven zapatero y la mucama joven. Rocha no necesita enfatizar nada hasta su final abrupto, que interrumpe esa fluidez lograda para poner un punto de detención. 

Todo lo que hay que ver en cada plano de Os verdes anos es el diálogo entre los espacios y los cuerpos, un contrapunto que cada tanto produce un acorde de melancolía sobria. Esa limpieza en la mirada de Rocha, la elegancia de cada decisión formal, es su mejor estrategia para abrirnos ese tiempo: el Portugal de los 60. No hay referencias directas a una situación política, pero el orden impuesto con engañosa naturalidad deja asomar restos de una violencia que finalmente emerge. Con en El dinero de Bresson o El por qué de la locura del señor R de Fassbinder, Os verdes anos podría integrar un conjunto de películas de finales abruptos que terminan por definir la forma de una violencia latente.

Pero habiendo visto solo esta película de Rocha, puedo asegurar que su planteo cinematográfico es singular, no es como Bresson, como Fassbinder ni como algún otro: se trata de un autor, algo que se reconoce no luego de recopilar constantes estilísticas o temáticas que atraviesan toda una filmografía sino en unos pocos planos. 

Hay cineastas que se constituyen como autores en unos pocos planos capaces de anunciar un cine posible. Así, vemos las películas que vendrán entre las hendijas de una secuencia a otra. 

miércoles, 3 de abril de 2019

Filósofa punk en el aire

Esther Díaz presentó su nuevo libro en La otra.-radio 


Primera parte acá 

Segunda parte acá 

Los lectores de este blog y los oyentes habituales de La otra.-radio sabrán de mi larga amistad con Esther Díaz, que puede rastrearse en este muy nutrido tag. Aún antes de que el blog existiera, Esther vino al programa de radio al menos una vez por año desde nuestra primera temporada. Y mucho antes que eso, yo fui auxiliar docente de la cátedra que ella dirigía en el CBC de la materia Introducción al Pensamiento Científico. 

Mi suerte hizo que al recibirme de profesor de filosofía en seguida entrara a trabajar en su cátedra, así que pude vivir una experiencia de mucha participación, creatividad, alegría y libertad académica, que no necesariamente son vivencias habituales en otras cátedras pero ella propició desde el comienzo. Por esa entrada afortunada yo conocí la tarea docente en la UBA como un trabajo feliz. Apenas empezamos, ella fue invitando a su propia casa a grupos de profesores de su megacátedra -¡más de cien docentes en total!-, para que pudiéramos aportar nuestras ideas en el diseño del programa. Por esa época conocí también otra cátedra y pude compararlas, así que al siguiente cuatrimestre unifiqué todas mis designaciones en la cátedra de Esther. Su casa de San Telmo era un lugar luminoso y amable para mí. Y Esther fue la líder muy diestra de un colectivo enorme y complejo -cada uno de nosotros tenía a su vez cientos de estudiantes en sus aulas-. Así es como yo la conocí: muchos otros fueron alumnos de sus multitudinarios teóricos en el aula mayor de Paseo Colón, otros la conocieron leyendo sus libros.

Así que no puedo ser un lector lo suficientemente distante de su nuevo libro, Filósofa punk. Una Memoria (Ariel, 2019) como para hacer una reseña profesional. Tampoco soy un crítico literario. Cuando el año pasado se presentó la película Mujer nómade, en la que Martín Farina -también mi amigo- hace un notable retrato de ella (ver acá), por lo menos contaba con instrumentos conceptuales como para producir una distancia crítica que me permitiera hablar de la obra trascendiendo el vínculo que me une a ambos. Pienso con frecuencia en la naturaleza del cine como para ser capaz de ver Mujer nómade con independencia de quienes la hicieron. Pero en el terreno de la narrativa literaria soy un lector bastante ingenuo y tosco. Como Filósofa Punk pertenece al género autobiográfico, yo creía conocer a la autora que ahí se narra en primera persona del singular. Lo más significaativo que puedo decir del libro es que, contra mis expectativas, y aún a pesar de haber tenido noticias de algunos de los episodios de su vida ahí narrados, después de leerlo sé que Esther era también una desconocida para mí. 

Hay al menos una sensibilidad que me trasmite el libro y yo no esperaba: el de una nena asustada. No una mujer nómade, ni una profesora cautivante, ni una directora de cátedra segura de sí y estimulante. No: una nena asustada. Cuando ella narra el episodio en el que su papi -así lo llama en el libro muchas veces- le arroja un cuchillo a su hermana y después van al hospital y, para eximir a su padre de culpa, la familia le atribuye a ella haber tirado el cuchillo, Esther es una nena aterrorizada, y definitivamente sola en el mundo. Ese terror se repite cuando ella tiene que defender su tesis de doctorado ante un jurado hostil, cuando es humillada por un amigo en una noche de joda, o cuando tiene que proteger a su hija Fabiana de una patota de violadores en su propia casa. La casa que yo había conocido como un ámbito de trabajo amable podía ser esa misma noche un escenario de horror. Cuando Esther volvía a su casa en la madrugada, cuenta en Filósofa punk, miraba con miedo si la ventana estaba iluminada, porque eso podía significar que su hija estaba despierta en situaciones de peligro. Cuando en medio de la noche Esther escuchaba el golpe de la puerta de la heladera, se aterrorizaba por lo que eso implicaba. Filósofa punk puede ser para otros lectores muchas cosas, pero para mí es sobre todo un libro de terror desde la perspectiva de una nena asustada.

Los pasajes que ahora cito de la charla que tuvimos el domingo en la radio no hacen hincapié en ese terror, porque Esther Díaz es también, como lo saben muy bien los oyentes de La otra.-radio, una conversadora muy divertida. Además, algunos de estos episodios de su vida no figuran en la autobiografía, así que son un regalo para los oyentes y lectores de La otra:


Lita

- ¿Cómo te decían de chica?

- De chica me decían Lita. Por empezar, tengo que decir que en aquella época casi todo el mundo tenía sobrenombre, por lo menos en mi clase social, que era una clase baja. Y el sobrenombre de mi papá era Tito. Tito era el diariero de Ituzaingó, no había otro diariero en Ituzaingó. Además él ansiaba tener hijos varones, era hincha de Boca fanático y nos hizo hinchas de Boca a nosotras. Me acuerdo de que cuando yo tenía 15 años salió campeón Boca. Y él nos llevó en su coche, porque cuando Boca salía campeón se hacía un corso. Entonces nos sentamos en los guardabarros, las tres vestidas como jugadores de fútbol, con pantaloncitos cortos y la remera de Boca. Todas esas cosas lo consolaban de no haber tenido un varón, que es lo que él quería... Me fui tanto por las ramas que no sé lo que me habías preguntado.

- Lita.

- Ah, sí. A mi hermana mayor mi papá le puso de sobrenombre Tita, igual que él pero en femenino. Entonces aparecí yo y me pusieron Esther Araceli, pero nadie me decía Araceli. Y, como él quería poner la "t" de Tito, inventó Lita. Y después a mi hermana, que su nombre es Martha, le puso Tina. Porque quería que todos nuestros nombres tuvieran alguna "t", como él. De ahí viene la cosa. Y después cuando entré a la universidad, un profesor al que yo le había pedido ayuda en una materia de literatura me dijo: "No. Usted va a ser alguien importante en su profesión, así que un nombre tan largo como 'Esther Araceli Díaz' no es marketinero" -no se decía así en aquel momento, pero eso es lo que me quiso decir-. "Usted es Esther Díaz, el Araceli quedó en Ituzaingó". Ahí pasé a ser Esther Díaz, a punto tal que hay mucha gente que me tiene mucha confianza y me tutea, y sin embargo me dice "Esther Díaz", como si vinieran juntos.

- Como si fuera una marca.

- Sí, tal cual.

El nacimiento del peronismo y la muerte del chancho

- Yo tenía cuatro o cinco años y extrañamente me mandaban al jardín de infantes, no sé por qué, hincharía mucho en mi casa, a mis hermanas no las mandaron ni era obligatorio en aquel tiempo. Y yo sabía que ese día no iba al colegio, porque venía un tío mío de un pueblito del interior que se llama La Violeta. Entonces me levanto, porque escucho conversaciones, mi papá había vuelto temprano del trabajo, y lo veo a mi tío con un cuchillo ensangrentado  en la mano. Y era que había traído un cerdo y lo había matado. Pero no sé si era porque no sabía matar cerdos o porque siempre pasa eso, pero el cerdo estuvo horas chillando. Es terrible. Y yo escuchaba que los grandes decían: "Así debe estar gritando Perón en Martín García". Yo no sabía quién era Perón ni qué era Martín García. Y no podía creer que los grandes dijeran con tanta displicencia que estaban por matar a alguien y en ese momento estaba dando chillidos como el chancho moribundo. A mí me preocupó eso. Estaba contenta, por el ambiente de fiesta que había en casa, pero me preocupó eso. Al mediodía se cocinó al cerdo, que era para comer a la noche. Después que cenamos, como era típico de aquella época, los chicos nos teníamos que ir a dormir, no podíamos intervenir en la conversación de los mayores, pero yo me quedé expectante, porque todo el día se habló de ese Perón al que no sabía por qué lo querían matar. En determinado momento escucho que ponen más alta la radio y hacen exclamaciones. Entonces me levanté y fui a escuchar detrás de la puerta y llego a enterarme por lo que escuchaba de que la gente se había movilizado, la Plaza de Mayo estaba llena de gente que habían pedido por Perón y los militares lo habían traído de Martín García, que ahí supe que era una isla. Y Perón se había salvado y la gente lo estaba ovacionando. Entonces yo me fui contentísima a dormir porque ese señor se había salvado. Y no sabía, no podía saberlo entonces, que el día que mi tío Felix mató al chancho fue el día que nació el peronismo.

Nuestro mayo del 68

- Nosotros como siempre -dice Esther- llegamos un poco retardados respecto del primer mundo y la movilización fue en el 69. Filosofía y Letras de la UBA estuvo cerrada un mes. Yo me acuerdo que pensaba '¡Tantos sacrificios para llegar!'... Yo ya era vieja para estudiar en aquella época, porque el término de vida esperable era de 65 años y yo casi a los 30 entro a la Universidad. Yo ya había perdido la fe, había sido muy católica, bueno, fui monja de clausura, pero yo decía: 'A la naturaleza, a quien sea que le pido, al destino, que por favor pueda terminar mi carrera, después que me muera, pero que pueda terminar...'. Cuando fue "nuestro mayo del 68", en el 69, yo tengo una pequeña anécdota, no me acuerdo si la cuento en el libro. Resulta que durante el día trabajaba de peluquera, como ya es bastante conocido, vivía en Ituzaingó y a la noche dejaba a mis dos hijos con una chica que los cuidaba y me venía para el centro a la facultad. Y cuando volvía a Ituzaingó en el Sarmiento llegaba a las doce, a la una, una y media, así que no había nadie. Ituzaingó era una aldea todavía. Y una noche cuando me bajo del tren veo que hay un grupo de gente al final del pasillo, ahí nomás estaba mi casa, yo vivía en frente de la estación y a media cuadra vivían mis padres. Y veo que hay gente y entonces me extrañó. Y cuando fui acercandomé me di cuenta de que era gente de mi familia. No mis hijos, que eran chiquitos y estaban durmiendo, pero sí mi mamá y mi papá, hermanos, sobrinos...  Y me dicen: '¿Qué te pasó? ¿cómo estás?'... y yo no sabía de qué me hablaban. Entonces viste cómo hacés cuando no te das cuenta de algo, que hablen los otros para ver si la pescás, ¿no? Entonces digo 'bien, bien'. Y me preguntan 'Pero ¿cómo?, ¿no estás lastimada?, ¿no te hicieron nada?, ¿no te llevaron presa'. 'No, está todo bien' contesto. Y entonces una hermana mía muy ansiosa no aguantaba más y dijo: 'No, porque vimos por televisión cómo entró la policía a la facultad y cómo les pegaba, los metían los camiones y se los llevaban'. Y yo ahí me despaché de lo que pasaba porque esa noche me había ido con un compañero al telo, así que no me enteré de nada de nuestro mayo del 68.

La presentación del libro se hace este sábado a la tarde, pero antes pueden escuchar su presentación en La otra.-radio clickeando la primera parte acá y la segunda acá.

lunes, 1 de abril de 2019

Leaving Neverland


En mi primera participación de la temporada 2019 de Patologías Culturales (FM La Tribu, 88,7, sábados 18:00) conversé con Maxi Diomedi sobre Leaving Neverland, el documental de HBO sobre los casos de abuso sexual de los que se acusa a Michael Jackson. Además hablamos del inolvidable paso de Paul McCartney por BsAs, su cuarta actuación y tal vez la mejor en nuestro país. De la relevancia que adquiere el estreno de una película como Atenas de César González. Y de la inminente edición de un BAFICI devaluado. Todo eso en poco más de 30 minutos.





El interés artístico de Leaving Neverland, el documental de casi cuatro horas dirigido por Dan Reed y producido por HBO, es casi nulo. Su factura formal es de lo más convencional y apela a todos los trucos de manipulación sentimental que pueden esperarse de un programa de la televisión yanqui del género "escándalos de celebridades". Como narra casos de abusos sexuales practicados por un hombre muy famoso, nada menos que el Rey del Pop, cabe esperarse una retórica grave y cauta, por más que el contenido de los testimonios es todo lo escabroso que pueda permitirse. Las víctimas de los abusos cometidos por Michael Jackson, que ahora son adultos y vivieron sus experiencias traumáticas siendo niños, varias décadas atrás, cuentan con detalles sumamente explícitos el tipo de prácticas sexuales a las que Michael los sometía. Eso dota al documental de un alto morbo; pero a la vez, todo es narrado entre planos aéreos filmados en vuelos rasantes por las carreteras luminosas de Los Angeles, sobrevuelos de Neverland, el Xanadu de Jacskon, un tono sobrio y contenido en los testimonios y una música recatada que baja el voltaje de lo que se está narrando. Es decir: la combinación exacta de recato y explicitud que ponga a salvo al producto de posibles objeciones de regodeo en los detalles de los abusos infantiles: los abusos se cuentan pormenorizadamente pero a la vez con un tono que asegura que el punto de vista los reprueba.

El recurso a los testimonios de las víctimas directas propicia que el espectador se ponga en el lugar del juez que tendrá que decidir si Jackson era un abusador, si las familias de los chicos consintieron estos horrores aunque sea por descuido o si los testimonios son veraces. Los mecanismos de identificación que este documental pone en marcha son para el cine y la tele norteamericanos como la fórmula de la coca cola: un producto irresistible, que se supone que todos quieren saborear.

Personalmente, no me interesan las películas que proponen que el espectador se ponga en lugar del juez que dictamina si alguien es inocente o culpable, cualquiera sea el caso que narra. Para juzgar están los jueces, y las leyes dicen qué es un delito y que pena merece. El fiscal presenta las pruebas y el juez decide que veracidad le atribuye. El cine puede hacer otras cosas que no tienen que ver con esta función judicial.

Si Leaving Neverland es sin embargo un documental interesante, es a pesar de sí mismo y del talento o las intenciones, comerciales o políticas, a las que responde.

Primero: no se busque en la película ninguna pista sobre la complejidad de un artista genial y monstruoso como fue Jackson. Podemos admitir que Leaving Neverland ni se propone meterse en aguas tan profundas. Su intención es establecer que efectivamente Michael fue, independientemente de su relevancia artística, un abusador consumado y persistente. No solo un adulto aniñado, ni apenas un freak del show business o una víctima de chantajistas inescrupulosos. Desde ese punto de vista, la película es eficaz: pone en evidencia que Jackson se salvó durante su vida de una condena penal como abusador de niños porque era poderoso y el clima de época se lo permitía. También puede aceptarse que su detenimiento en los detalles sexuales de los abusos es ilustrativo de un patrón de conductas de los abusadores, tanto más peligrosos si disponen de poder. Y una mega estrella, por más aniñada o freak que fuera, es también alguien muy poderoso. Además, sirve pedagógicamente para mostrar que las personas que sufrieron abusos durante su infancia siguen ligados amorosamente a sus abusadores en un complejo vínculo que excede la disyunción entre inocencia y culpabilidad.

Pero la película es más interesante porque, aún sin proponérselo, permite inferir una cadena de complicidades que no podían limitarse a la familia de los niños abusados ni al personal doméstico de Neverland. Es imposible que los abusos se hayan repetido durante varias décadas sin el silencio cómplice de toda una industria del espectáculo, que no podía no saber. El documentalista Dan Reed es discreto -u oportunista- sobre el particular, porque más bien dirige su foco de atención hacia la responsabilidad de las familias de los chicos que los dejaban en manos de un muy probable abusador. Si la película no da un paso más para preguntarse por la complicidad de la industria es porque ella misma es parte de esa industria. El sistema que erige a un joven artista excéntrico en un megalómano peligroso para los demás y para sí mismo ahora cierra el círculo denunciándolo como caso aberrante. Pero Michael Jackson no es un caso aberrante: es la condensación hiperbólica de los mecanismos de ascenso, consagración y caída - empoderamiento y destitución- que nutren el imaginario de una sociedad meritocrática. La película ni llega a vislumbrar ese problema.

Un relato que se meta a fondo con la vida y la obra de Michael Jackson solo podría ser trágica y decididamente contracultural, denunciar tanto la vista gorda de ayer como la hipocresía de hoy. Leaving Neverland de ninguna manera lo es; apenas roza los escalones de lo psicológico y lo pseudo-jurídico más convencional y tranquilizador.

Es muy probable que los testigos digan la verdad y que el Rey del Pop haya sido una persona a la vez desdichada y abominable. Los rasgos sublimes de su obra acá no aparecen y es imposible que se vean afectados por el lado monstruoso de su personalidad. En todo caso, si algo interesante permite sospechar la película -aunque ni llegue a plantearlo- es que un gran artista puede ser un monstruo y que la idolatría es nociva en cualquier caso. Se trata de un gran tema para pensar y debatir.

Quizás algún día se haga una película sobre Michael Jackson que abarque de manera más inquietante y riesgosa esta complejidad. Mientras tanto, HBO hace un programa de alto impacto y la industria se las arregla para que el Rey del Pop siga produciendo dividendos.