Notas sobre el desastre: el nuevo libro de Jorge Alemán
por Lidia Ferrari
Jorge Alemán en su último libro Pandemónium. Notas sobre el desastre reflexiona, entre otras interesantes cuestiones, sobre el declive de la autoridad simbólica. Este es el nombre que permite situar las condiciones y legalidades necesariamente compartidas para vivir en sociedad. Es necesario pensar la función de autoridad simbólica para entender, como plantea Wittgenstein, dónde se afirman esas proposiciones que deben quedar al margen de la duda, para que se pueda dudar; los puntos de orientación de nuestra experiencia, aún la más incierta y errática.
Alemán plantea en el libro la ausencia de líderes políticos u organizaciones internacionales a la altura del desafío para la salida de la pandemia. Esta caída de la autoridad simbólica está estrictamente ligada con la maquinaria corporativa financiera internacional que funciona en automático. La pregunta es si no será allí, en los pliegues o fisuras de la relación entre la caída de una autoridad simbólica y la homogeneidad del neoliberalismo, que puede acontecer alguna contingencia política. La homogeneidad neoliberal no puede ser pensada como totalidad lograda sino a riesgo de eliminar la idea de la política, y también de las nociones de lo contingente y de la heterogeneidad radical. La pregunta es si no será posible pensar que esos dos rasgos de la actualidad (declinación de la autoridad simbólica y homogeneidad neoliberal) pueden catapultar no sólo a derechas y neofascismos varios, sino también la emergencia de una heterogeneidad radical, del lado populista de la razón, que se manifiesta en los feminismos, en las sacudidas de movimientos populares como el del actual anti racismo.
El duelo por la figura de la autoridad simbólica podría posibilitar la emergencia de movimientos que no pueden ser apropiados ni por la maquinaria neoliberal ni por una dirección política al modo del siglo XX. Esto abriría paso a la emergencia de movimientos de los cuales no podemos calcular sus maneras ni sus consecuencias pero que, sin duda, podrían marcar una diferencia. Las actuales e inciertas circunstancias pueden ser el suelo sobre el cual proliferen las confusionales y estrafalarias teorías complotistas pero también podrían fecundar movimientos de signo popular de resistencia al orden neoliberal, de una manera más ligada a esa estructura casi caótica en la cual vivimos.
Supongo que todos habrán notado que el macrismo gobierna la Ciudad de Buenos Aires desde 2007, nada menos. Ciudad presuntuosa, racista, ignorante, impiadosa, cruel. Abigarrada, atropellada, prejuiciosa, estéril, parásita de la riqueza nacional, tilinga, sobrevalorada, compadrita, cobarde, vocinglera, vanidosa, cualunquista, gorila, frívola, manipulable, insolidaria.
No es para nada casual que el macrismo se haya afincado como una garrapata en esta comunidad con un grado de imbéciles muy superior al promedio nacional. macri llegó a la presidencia de la nación bancado por las corporaciones mediáticas, el poder tribunal, el dispositivo financiero global, los fondos buitres. Duró un período en ese cargo y dejó el país hecho un estropicio. El conjunto de los argentinos tardó apenas un período en percatarse del fiasco: bastó verlo gobernar, aguantarse el tiempo que se le había concedido y salió expelido por el voto. Ningún presidente de esta nación, ni siquiera alguno de este continente pudo aspirar a la reelección y fracasó en el intento. Salvo macri. El conjunto de los argentinos notó rápido su error.
Solo CABA, la ciudad de Buenos Aires, autodenominada vanidosamente la Reina del Plata, viene eligiendo con persistencia al macrismo desde 2007, lo que demuestra su estulticia tenaz. No debe ser casual. El macrismo se enquistó en este terreno porque los porteños son los analfabetos políticos de la Argentina. Es también una cuestión estructural: la oligarquía local diseñó este país para que acá se enquistaran los peores y se reprodujeran a lo largo de los años. Hay un grave error en considerar a la Ciudad de Buenos Aires como el corazón cultural del país. Es la sede de los peores. No es casual tampoco que, con el presupuesto económico más elevado y sin recursos naturales propios, su composición social tiende a producir una comunidad de cretinos.
Quizá para que el país despegue de su postración va a ser necesario trasladar la Capital a otra región.
La verdad es que ser porteño es para mí un motivo de vergüenza.
El cineasta, ensayista y poeta César González hace Tierra en trance todos los martes a las 20 hs. en Radio Provincia, La 1270, La Radio De Buenos Aires. El pasado l 2 de junio César entrevistó a Marco Berger, el director de la película El cazador, que está exhibiéndose por estos días en CINE.AR PLAY.
Berger tiene una filmografía prolífica, desde su ópera prima Plan B (2009) hasta la reciente El cazador, que fue seguida minuciosamente por este blog, como pueden constatar revisando este tag. Particularmente creo que con sus dos últimos largos, Un rubio y la ya mencionada El cazador, llegó a una notable madurez artística (clickeen sobre los dos títulos para leer mis análisis sobre ambas). De la nueva, escribí hace poco:
Hay una posición artística que Marco Berger no abandonó: él sabe el lugar desde el que le gusta espiar una determinada escena y en su mirada manifiesta el deseo y el miedo que le proporciona ese saber. No es tan difícil: si uno quiere espiar, vacila entre la calentura y el miedo. Eso ya estaba magníficamente condensado en el momento culminante del cortometraje Platero (2011, que se puede ver online acá), un prodigio del grotesco familiar argentino en formato breve. Ahora en El cazador el cineasta ya está en pleno dominio de su oficio como para pensarse a sí mismo y reduplicar su atención. Ezequiel (un notable Juan Pablo Cestaro) es un chico que está aprendiendo a soltar su deseo, más allá de las seguridades de pertenecer a una "buena familia". El impulso es el típico de todo adolescente: cómo escaparse de la vigilancia familiar. Ezequiel está tentado y eso se nota en la increíble energía de su mirada, angelical y casi demoníaca. No es raro que la cámara de Berger esta vez se muestre más interesada en demorarse en la forma de mirar de Ezequiel antes que en su bulto. El director parece haber conquistado una nueva conciencia sobre el peso de la mirada y toda la película se orienta por ese vector. Como el cazador cazado es una fórmula a la que Berger ya recurrió en varias oportunidades, acá el muchacho al que le gusta mirar para escaparse de los lugares que le asignan va a ser objeto en tres oportunidades de miradas que escapan a su control: otras miradas van a capturarlo. Tres es el número clave de El cazador: a lo largo de su desarrollo van a ir configurándose diversos triángulos en los que siempre Ezequiel es uno de sus vértices. Los otros dos siempre irán rotando. Invariablemente el deseo y el miedo impulsarán cada plano hacia el siguiente. En estos zigzagueos va a haber lugar para el flirt, para el fisgoneo en los baños, para los intentos fallidos, para el aprendizaje del levante y la sorpresa de ser levantado. Por primera vez en la filmografía de Berger estas situaciones de seducción homoerótica van a ser perturbadas por la presencia de un tercero que espía, como si recién ahora se permitiera hacer en la trama un lugar para el voyeur. Es decir: el cineasta. Es decir: el espectador. (Completo acá)
González también está pasando por un período particularmente agraciado de su obra, que llegó a su punto culminante hasta el momento con la excepcional Lluvia de Jaulas (se ve on demandacáymi comentario se lee acá). Con motivo de su estreno, yo escribí:
En Lluvia de jaulas asistimos a un retrato colectivo centrado en el sector de la población más frágil y lesionado por la tremenda violencia de clase del régimen actual. Los chicos de los barrios pobres cuyos cuerpos, voces e historias aparecen en la película son el blanco de un genocidio silencioso, por la obstinación del resto de la sociedad en no escuchar ni ver. Con un material dramático tan potente se podrían ensayar construcciones estilísticas de lo más variadas. César González opta aquí por un tono elegíaco que no ahorra mostrar la dureza de las vidas retratadas ni la violencia social consentida por acción o por omisión.
Con prescindencia de todos los apuntes anteriores, en los que quise fundamentar el carácter distintivo del cine de González y específicamente de esta película, Lluvia de jaulas nos regala algunas de las secuencias más hermosas, tiernas y vitales de personajes con un desamparo existencial que no tiene raíces metafísicas sino económicas y políticas, es decir: cuya responsabilidad se extiende sobre todo el cuerpo social. Ninguna otra película argentina mostró así la catástrofe argentina en curso, en su verdad y en su inquietante belleza. (Completo acá)
Como puede desprenderse de ambos fragmentos, lo que encuentro en común en estos dos cineastas, por otra parte tan diversos, es que los dos inauguran miradas que con anterioridad el cine argentino no había explorado. En ambos casos resalto que no se trata simplemente de "temáticas" -la vida en las villas o la homosexualidad, según cada caso- sino de miradas, algo tan esencial para detenerse a pensar qué es el cine. Porque si algo caracteriza al cine como un experiencia insustituible es su exploración de la mirada como tal: ¿qué significa mirar? ¿que perspectiva singular abre cada mirada? Un autor inaugura una forma de mirar que el cine conocido no había conquistado todavía. Esto pone al cine más allá del cepo estético o temático. Es un tema que desborda las posibilidades epistemológicas de la crítica cinematográfica, que suele detenerse en los aspectos puramente estéticos de las películas; eso en el mejor de los casos, cuando no caen en el simple relato del argumento o una deshilachada enumeración de la eficiencia técnica de los diversos rubros (fotografía, actuaciones, guión, vestuario, ambientación) o, peor todavía, en la información de los números de la taquilla de una película.
La pregunta por la mirada a la que cada película responde a su manera no puede reducirse a un asunto temático o meramente formal: es un problema de carácter filosófico y político. Ahora que ya no se puede abarcar el ser del cine según su soporte (del celuloide al digital), ni según el ámbito de su recepción (de las grandes salas, los palacios plebeyos de Cozarinsky, hasta las películas vistas a través de un celular o un Home Theater), lo que siempre queda pendiente es la indagación de la mirada. El cine, bien pensado, es capaz de hacernos ver nuestro modo de mirar y hace aparecer lo extraño en los hábitos ordinarios.Lo que tanto Berger como González aportan para el actual cine argentino son sus miradas inaugurales, fundadas en sus puntos de vista singulares, excluidas hasta ellos. Son las que pueden remover y cuestionar la normalización del plano cinematográfico y de nuestra propia forma de mirar.
Por Juan José Salinas
(Publicado originalmente en Pájaro Rojo)
Viví en Cataluñá desde fines de 1976 hasta abril de 1984. Por entonces Albert Plá no era conocido o al menos yo no lo conocía. Me llega hoy un guatsap del profesor Oscar Cuervo, hombre verdaderamente culto, que entre sus múltiples ocupaciones edita La Otra. Dice Oscar:
La canción de Bob Dylan «Murder most foul» salió el 20 de marzo y simulando una vuelta hacia el asesinato de Kennedy anticipó la degradación norteamericana antes de que todo esto explotara. No digo que cae el capitalismo, pero USA cae como «faro del mundo libre». Se han degradado bajo cualquier parámetro civilizatorio. El escándalo no es Trump, ni los 100 mil muertos ni las revueltas en Minneapolis ni el toque de queda, sino que el establishment haya permitido que todo se degrade hasta este punto. Trump es emergente de una decadencia cultural terminal, consentida por todo el sistema. La única forma de reivindicarse seria el impeachment, pero ni los demócratas se muestran capaces de marcar una posición distinta. No son mejores que una republiqueta bananera y están a la altura de lo que pasa en Brasil con Bolsonaro. En el mundo el capitalismo puede sostenerse y empeorar, pero ya no pueden sostener un relato de superioridad civilizatoria. Son un país de mamarracho con un poder destructivo peligroso y una sociedad ignorante y brutal. Hollywood durante el siglo 20 vendió una mentira que tuvo mucha eficicacia propagandística. Pero ya no lo pueden disimular. Coppola lo había mostrado en Apocalipse Now y le cancelaron su carrera. De Niro lo anda gritando sin éxito. Dylan lo cantó en el momento en que la debacle se iniciaba. El resto de la sociedad no tiene estatura moral ni intelectual como para mostrar una reserva de dignidad. El siglo XXI va a ser bravo porque la caída va a ser estruendosa y por ahora no hay una salida digna por ningún lado. Ni Europa ni Rusia ni China pueden postularse como modelo alternativo porque no les da el piné. El siglo XXI va a ser una guerra entre malos y peores. Lo contó Albert Plá en La colilla (abajo va la letra en la vera castilla).