sábado, 13 de julio de 2019

El mito de La Moncloa y el elogio de la grieta





por Henrique Júdice Magalhães

La transición política modélica de fines de los 70, en la que los sudamericanos debemos inspirarnos, se dio en la Península Ibérica, pero no fue la española: fue la portuguesa, de la que nadie habla.

En España, tras la muerte de Franco, el sistema político se (re)compuso mediante los pactos de La Moncloa, no tan objetables para aquel momento en lo que atañe a sus letras, pero de espíritu dañino. Sacar de la arena deliberativa ciertos temas y volverlos tabúes es un fraude a la democracia.

Entre líneas, se plasmó la victória póstuma del generalísimo mediante la renuncia de los partidos comunista y socialista a cambiar el sistema monárquico por el republicano, a abolir títulos y privilegios de nobleza, a punir a los torturadores y sus mandantes, a restituir la identidad y los vínculos de miles de niños robados de sus familias. Se hace fácil comprender por qué ese esperpento encanta a las élites sudamericanas y, particularmente, a la argentina [1].

Las peripecias del doctor Baltazar Garzón como juez, primero “de” y luego “bajo” tal régimen quizás sean su mejor retrato. Fue alabado y protegido desde el sistema por sus desbordes represivos contra el independentismo vasco, que incluyeron el cierre de un diario, la proscripción de un partido electoral y la conivencia con la tortura. Fue tolerado cuando procesó a Pinochet y a algunos agentes de la última dictadura argentina – ya que, al fin y al cabo, hay que afirmar la jerarquía interestatal y la superioridad civilizatoria hacia las ex-colonias. Fue suspendido en sus funciones y severamente amonestado cuando quiso hacer lo mismo con los crímenes del franquismo. Y finalmente fue expulsado de la magistratura cuando intentó investigar, en el caso Gürtel, el entramado de corrupción de uno de los socios mayoritários de la torta horneada en la Moncloa, el PP.

En Portugal, casi en simultáneo a la alabada transición española, la mayoría de la oficialidad militar se hartaba de sostener el obscurantismo y la miséria y volteaba al heredero de Salazar, Marcelo Caetano, dando inicio a lo que pronto se volvió la revolución de los claveles. Revolución con tomas de fábricas y estancias por obreros y campesinos, purgas en órganos del Estado, disolución de cuerpos represivos y nacionalización de empresas. Y que, aún tras el golpe que le puso freno (pero no marcha atrás) el 25 de noviembre de 1975, dejó como legado um muy importante incremento de los derechos laborales y los sistemas públicos de salud y enseñanza.

En Sudamérica no hubo algo así. Pero existió un país en el que no se pactó la transición con la dictadura saliente porque ella, en verdad, salió echada a patadas en el culo: Argentina.

Ése país fue, por décadas, el único en hacer, – y, más tarde, la inspiración de unos pocos más, pero aquí mucho mejor hecho-, algo que en Portugal casi fue realidad [2] y en España sigue siendo tabú: juzgar, condenar y encarcelar a agentes del terror de Estado.

En Sudamérica, Argentina fue Portugal, mientras que Brasil, donde se impuso y sigue imponiéndose la rosca parlamentaria condicionada por los poderes fácticos (incluso los armados), fué España. Por eso es que ningún político argentino ha podido, desde 1983, darse el gusto que se permitió por años uno de los próceres del franquismo no muy reciclado del PP, Manuel Fraga Iribarne: tener de custodio a Rodolfo Almirón [3]. Por eso es que Bunge & Born, en los 80, pudo tener como jefe de seguridad a Miguel Etchecolatz, pero lo tuvo en Brasil, que también dio cobijo a autoridades y agentes del salazarismo.

Y no es que Argentina no haya tenido nunca su pacto de La Moncloa: lo tuvo entre 1994 y 2001. Lo tumbó una pueblada – que no es una revolución, pero algo es algo.

La Moncloa y Olivos no fueron solo arreglos mafiosos entre facciones parlamentarias: fueron actas de impunidad para criminales de uniforme. Ya sé que la base jurídica para enjuiciarlos, la dio uno de los puntos del acuerdo Menem-Alfonsín: el rango constitucional de los tratados internacionales de derechos humanos. Eso es tan cierto como que, durante la vigencia del pacto, ni un solo represor fue encarcelado y, tras su derrumbe, se iniciaron los juicios de lesa-humanidad, con una profundidad nunca vista en ningún lugar. El tema no es la letra del acuerdo, sino su espíritu.

La implosión del Pacto de Olivos y la inexistencia de cualquier cosa de ese tipo en Portugal ayudan también a comprender por qué estos son dos de los escasos (¿o los únicos?) países de Europa y América donde, pese a las dificultades económicas y el malhumor social, la extrema derecha tiene una expresión social y electoral risible. Mientras en Brasil ella gobierna con Bolsonaro y en España se apresta a hacerlo con Vox, en Portugal su caudal de votos no alcanza para elegir un diputado, e incluso la derecha a secas (CDS) es frecuentemente superada no solo por los comunistas ortodoxos (PCP) y heterodoxos (BE) sino también por un partido animalista, el PAN (y ya que estamos: otro lindo contraste civilizatório ante España y su fijación tauromáquica).

Para mantenerse electoralmente competitivas, las derechas argentina y portuguesa tuvieron que abandonar las formas explícitamente cavernícolas y retroceder al liberalismo, aunque – en el caso argentino – con represión. Mientras el PP español, fundado por ministros de Franco, nunca ha renegado de su orígen, es impensable que alguna fuerza política se reivindique salazarista en Portugal o que miembros de aquel régimen ocupen posiciones políticas importantes. Y pese a que Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto incitan de manera criminalmente irresponsable las pulsiones de represión y muerte, Argentina está muy lejos, todavía, de aquellos años del Pacto de Olivos en que Aldo Rico y Luis Patti llegaron a ser o tener parlamentarios e intendentes.

Un país donde los privilegios de las clases dominantes sean intocables por consenso y sus matones no solo tengan garantizadas la impunidad y las prebendas, y donde incluso esté prohibido hablar de ellos [4], es lo que añoran ciertas élites económicas e intelectuales y las dirigencias macrista, pejotista no K, lo que queda de la radical y quizás también algún político o intelectual K. Y eso fue, precisamente, lo que la lucha del pueblo en la calle, primero y luego las decisiones políticas del kirchnerismo les quitaron.

Hoy, más que nunca: ¡viva la democracia, viva la grieta!

NOTAS:

[1] - https://www.infobae.com/politica/2019/05/06/felipe-gonzalez-desde-1984-me-preguntan-en-la-argentina-como-hicimos-el-pacto-de-la-moncloa/

[2] - http://visao.sapo.pt/jornaldeletras/2017-12-11-Irene-Flunser-Pimentel-O-julgamento-da-Pide

[3] - https://www.publico.es/actualidad/rodolfo-almiron-guardaespaldas-fraga.html

[4] - www.pajarorojo.com.ar/?p=42419 y https://anovademocracia.com.br/no-186/6900-nem-justica-nem-memoria

jueves, 11 de julio de 2019

La bolsonarización del régimen: quieren meter miedo a toda costa


El ¿periodista? Daniel Muchnik incitó por radio al asesinato de Sergio Palazzo, líder del sindicato bancario y referente de la Corriente Federal Sindical, que en estos años asumió posiciones combativas ante el régimen macrista. Por estas mismas horas, la monja Pelloni salió a satanizar a la Cámpora como una organización de narcotraficantes, ante la escucha complaciente del ¿periodista? Luis Novaresio. Una noche antes, la gobernadora Vidal lanzó su campaña sucia desde el programa de Lanata, "alertando" a la población que, si Kicillof le gana la provincia de Buenos Aires, va a gobernar la Cámpora y eso implicará una futura candidatura de Máximo Kirchner, como si la mera posibilidad de encadenar una serie de hechos inciertos implicara una amenaza social. Quieren meter miedo a toda costa.

Esta serie de exabruptos habla del talante violento que la derecha le está imprimiendo a esta etapa de decisiones electorales. Muy atrás quedaron los slogans de "unir a los argentinos" y el mito de la derecha moderna y democrática que ayudó a erigir José Natanson. La violencia de la derecha nunca es solo simbólica: como quedó demostrado por la política de la ministra Bullrich durante el período macrista que termina en diciembre, cuando hablan de matar, matan, . 

Si llegaron con globos, bailecitos torpes y timbreos simulados y terminaron sembrando un clima de desolación y muerte, la actual escalada discursiva anticipa que la etapa que viene traerá una radicalización de la violencia efectiva de las clases dominantes. Parece que están dispuestos a ejercerla, ganen o pierdan, básicamente porque tienen el poder de hacerlo. No es solo una cuestión de elecciones. Si en un período eleccionario salen a pedir la muerte de un dirigente opositor, cuando pasen las elecciones pueden sentirse directamente habilitados a matar a dirigentes opositores. 

La continua incitación a la violencia que los voceros formales e informales del régimen inyectan en la vida social contrasta con el juego psicopático de acusar a los dirigentes de la oposición de ser violentos si en alguna declaración periodística levantan un poco el tono de voz. Si Alberto le contesta con fastidio a una provocadora que está esperándolo en las escalinatas de Comodoro Py, entonces el conjunto de los medios oficialistas coordinados salen a señalar su "peligrosa intolerancia hacia el periodismo". Pero la incitación oficial al asesinato de un líder opositor pasa desapercibida.

Pretenden imponerse por el miedo. Y, como tienen los recursos para sembrar miedo, hay que prepararse para que esa violencia siga escalando.¿Cómo enfrentarlos? La derecha no aceptará una derrota electoral sin apelar a alguna forma de fraude o violencia. Y, si gracias al miedo lograran permanecer en el poder, después van a redoblar la violencia.

La oposición política obtuvo un enorme avance al lograr articular un frente electoral que ahora tiene que consolidarse cualquiera sea el resultado de las elecciones. Si ganamos, los intentos de desestabilización van a ser feroces desde el primer día y es de esperar que operen continuamente para resquebrajar la unidad del campo popular que se va reconstruyendo trabajosamente. Si la campaña sucia de la derecha hoy gobernante logra imponer en las elecciones su lógica del miedo, luego va a necesitar consolidar las condiciones de un ajuste económico feroz apelando a una represión más desembozada que la que ya ejerció durante este período.

El resultado electoral es altamente imprevisible. Lo previsible es que los que hoy piden muerte de manera descarada van a salir a matar, ganen o pierdan. Lo harán, como es tradición, en defensa de las instituciones republicanas y la libertad.

El dilema del campo popular se ejemplifica en la serie de altercados que en los últimos días vivió el candidato Alberto Fernández ante los provocadores oficiales. Cuando lanzó su candidatura, Fernández tuvo la iniciativa de proponer una tregua al "periodismo de guerra". La respuesta a su proposición fue que no hay tregua unilateral. Ellos siguen en guerra. Ayer lo fueron a esperar a la salida de los tribunales para provocar el episodio por el cual se lo acusaría de intolerante. El régimen sabe que uno de los atributos que se valoran en Fernández es su carácter dialoguista. Entonces están haciendo todos los esfuerzos para empujarlo a luchar en el barro, para después señalar que apareció el "Fernández violento" que necesitan. La lucha en el barro es la única posibilidad de un gobierno que no tiene manera de prometer bienestar a su electorado. Hoy apuestan todo a violentar el clima social.

¿Cómo responder a esta incitación continua a la violencia? Si reaccionamos violentamente, vamos a jugar al territorio que ellos eligen y en el que tienen todas las de ganar. Si simulamos treguas unilaterales que ellos no aceptan, parece que quedamos a mitad de camino. En este tortuoso juego de amagues, hay un sector de electores en disputa, el afamado tercio indeciso. La derecha aspira a contagiar su violencia  a los grises.

Creo que hay que estar prevenido para las provocaciones y no ir a disputar en el terreno que ellos necesitan. Esta prudencia para no pisar el palito no debe confundirse con una blandura estratégica que nos haga perder el sentido de nuestro proyecto: un país para todos. La firmeza de la lucha popular no se dirime en un juego de matones, sino en la consolidación de una unidad cada vez más grande de los sectores que apuestan a la democracia y la justicia.

miércoles, 10 de julio de 2019

Netflix en la radio

Anima, Rolling Thunder Revue, Democracia Em Vertigem: Netflix en La otra.-radio, para escuchar acá



Todos sabemos qué es Netflix, pero yo un poco menos que todos porque no estoy abonado. Sin embargo, durante todos estos años no pude dejar de escuchar los comentarios acerca de las series que estaban buenísimas, de las que no había que perderse, de los amigos que se clavan una temporada entera de XYZ en un fin de semana, de los que ven las películas por el celular, del crecimiento de las plataformas on demand, de la pérdida del aura y la muerte del autor como signos de una contemporaneidad rabiosa y la ruptura con una tradición ya pesada. En el fondo se trata de una puja entre el modo de estar en el mundo del siglo xx y el que asoma en el siglo xxi. (Como si el siglo xx no tuviera algo que ver con lo que pasa en el xxi, pero bueno...). Todos hemos percibido un ánimo de celebración alrededor de la muerte del autor en el sentido moderno: por fin se cumplen las profecías de Nietzsche y Foucault, ya las series no tienen autor: tienen guionistas, elencos, tramas, spoilers y sobre todo diseño de producción. Dame un diseño de producción y después vamos viendo.



Hace 25 años se hablaba de la muerte del cine y hoy es adecuado hablar de su mutación. Algo así como: ¿en qué cosa tendría que devenir el cine para que sea posible incluir en esa etiqueta lo que vemos en las pantallas digitales que acarreamos sin necesidad de entrar en el espacio sacralizador de la sala de cine? Hay en el clima de época un miedo a quedar algo ligado al pasado, a la modernidad, a la política de los autores, al romanticismo... Si uno desconfía de la experiencia de ver el mundo a través del celular, de los grupos de personas que inclinan la columna vertebral y mueven la pantallita con el dedo, entonces se aleja de los millennials, de los centennials y se vuelve un poco reaccionario.

Netflix es algo más que un vehículo de producciones audiovisuales. Más que una empresa de entretenimientos. Nuestra sospecha, por no decir mi sospecha, es que forma parte del mismo diseño de Mercado Libre, de las fluctuaciones en la tarifa de Uber según la hora y la demanda, el empleo flexible online y la flexibilización laboral. Con cinismo estético se ligan todas estas licuaciones neoliberales con la flexibilidad, como aquello que se opone a la rigidez, a pesar de que el rumbo que toman las cosas del mundo se presenta a la vez como duramente irreversible. Los esfuerzos de la crítica y los estudios académicos por naturalizar el rumbo de la historia nos hacen desembocar ineluctablemente en Netflix.

En estos últimos tiempos, quizás desde que David Lynch decidió hacer Twin Peaks 3 para Netflix, o cuando un producto de Netflix y Cuarón como Roma no solo fue nominada para el Oscar como mejor película y mejor película en idioma extranjero simultáneamente sino que además fue muy votada en la Internacional Cinéfila, las conversaciones sobre esta plataforma -mejor dicho: sobre su modo de insertarse en nuestra experiencia- tomaron otro cariz. Si hay una generación que amoldó su noción del consumo cultural y su experiencia de la narración con las series de Netflix, tenemos que añadir a nuestros interrogantes la pregunta de por qué artistas como Lynch, Dylan y Scorsese, o Thom Yorke y P. T. Anderson deciden poner a circular sus obras a través de Netflix. No es difícil entender por qué la empresa quiere fichar a Dylan, a Lynch o a Yorke en su catálogo: en plena expansión, una pátina del presitigio de los nombres ilustres de la era analógica es un valor agregado, tentación para que nos suscribamos los renuentes. Pero podemos preguntar todavía por la anuencia del autor a mandarse por ese lado. Esa decisión puede significar ansiedad para llegar al público que no pagaría una entrada para verlos en una sala, aggiornarse, aceptar las ventajas de visibilidad que otros dispositivos de distribución no ofrecerían, volverse actores relevantes de los modos del nuevo siglo o simplemente facturar un montón de dólares.

Anima es el nombre de un disco que acaba de sacar Thom Yorke y es realmente muy bueno. Pero también es el nombre de una película de corta duración ("one-reeler", bromearon los autores haciendo alusión a un formato usual de la época del cine mudo, las películas de un solo rollo) producida por Netflix. La película es buenísima, entre lo mejor que hizo Anderson y una demostración de que Thom Yorke no solo es un autor de grandes canciones y explorador de angustiantes atmósferas sonoras sino también un ícono, un gran actor, un bailarín notable, un artista integral. Anima película es una obra considerable con aroma a pesadilla epocal. La visión desoladora de la humanidad zombie retorciéndose en el subte rumbo a sus trabajos cotidianos coreografía una experiencia verídica, una pesadilla tan tangible como la realidad. Se aplica mucho talento para pensar el vínculo entre imagen y sonido, entre duración y progresión dramática, entre coreografía y puesta de cámara, entre color y ritmo. Merecería ser vista en una sala (como de hecho se proyectó en algunas ciudades del mundo en su semana de lanzamiento). Pero la cuestión es que su disponibilidad actual es Netflix. O sea, podés verlo en tu celu si estás abonado y si no, conseguite un amigo que te invite a su casaa verla  (o que te muestre su celu) o esperá que la suban a alguna página pirata.



Lo mismo se puede decir de la genial Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese de la que escribí hace poco en este blog, una pieza indispensable para armar el rompecabezas Dylan. También para confirmar que Scorsese es el cineasta indicado para poner a Dylan en términos cinematográficos. Uno de los encantos secretos de la película es el arte de la falsificación, la tergiversación, la inclusión inadvertida de testimonios apócrifos que ayudan a extender la mitomanía que Dylan convirtió en su juego preferido. Hay varios personajes ficticios y anécdotas inventadas mezcladas con el material de archivo y el propio Dylan actual se encarga de reflexionar ante cámara acerca de la verdad que se dice detrás de la máscara. En ese mismo plan hay que interpretar la cita que hace Scorsese al comienzo y al final de la película de un corto ilusionista de George Melies en el que una mujer desaparece por un truco de montaje. Es Melies y no Lumiere el epígrafe del "documental". Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese  será para la posteridad el Dylan de Netflix.

En estos mismos días esa plataforma subió una película documental de la brasileña Petra Costa: Democracia Em Vertigem (Al filo de la democracia, en su versión en castellano). Con formas un tanto más convencionales que las dos películas comentadas arriba, Costa narra los pasos del lawfare brasileño que conduce a la destitución de Dilma, la cárcel de Lula y la presidencia de Bolsonaro. La similitud entre los procedimientos de los poderes de la derecha que se movieron para destruir la democracia brasileña y los que actúan aún hoy en Argentina solo se pueden ver con intensa inquietud. El lawfare brasileño, nos muestra la película, ya desembocó en su fase catastrófica. En Argentina todavía no. Es inquietante enterarse por Netflix.

Estas tres películas están entre lo más interesante que puede verse hoy en día en cualquier formato. Pero todas ellas están en un solo formato. De eso y con más detalles, con pelos y señales, gruñidos y susurros, hablamos en la reciente emisión de La otra.-radio, que pueden escuchar clickeando acá. [Quizá el único personaje que no puede hacer nada en este escenario es Joao Gilberto, al que finalmente este programa estuvo dedicado].

domingo, 7 de julio de 2019

Anima, Democracia em vertigem, Rolling Thunder Revue... ¿Netflix?



Anima, un cortometraje de 15 minutos de Paul Thomas Anderson y Thom Yorke, acompaña el lanzamiento del nuevo disco solista del líder de Radiohead.



Democracia em vertigem, el documental sobre el proceso de degradación institucional brasileño realizado por Petra Costa, que en parte viene a reparar la canallada de O mecanismo.

Y por supuesto, la extraordinaria


Cada una de estas películas tiene un notable interés, pero a esto se añade una tensión acerca de los modos de circulación de la producción cinematográfica en el siglo xxi y el riesgo de la privatización total de la experiencia del mundo.