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viernes, 7 de abril de 2017

Si el oficialismo cree que el paro fracasó, no lo interrumpamos

 ES Fotografía

Imagen: La Izquierda Diario

No conviene hacer una evaluación del paro desligada de la secuencia en la que se inscribe, cuyo antecedente más cercano es la caída del palco de la CGT del 7 de marzo (el paro de ayer es la consecuencia inmediata de aquella escena). Un antecedente más lejano es la enorme movilización del 29 de abril de 2016. Ahí la dirigencia sindical debería haber asumido un mandato de sus bases del que abdicó; y por esa defección tuvieron que salir rajando del tinglado de Diagonal Sur diez meses después, hace un mes exacto. La desbandada del 7 de marzo imponía que se haga el paro, pero también que las cúpulas se guarden del contacto con las multitudes hasta que ese horrible sabor se les borre. Una tercera cualidad que el paro de ayer tenía que tener para el Triunvirato es la quietud de lo inefable. La unidad cegetista se funda hoy en palabras malditas que no pueden ser dichas.

El motivo que las cúpulas adujeron para no convocar antes a este paro es que había que adaptarse a los "tiempos" de la conciencia popular, que serían cautos. Ese pretexto es ideológico: el tiempo del que el régimen macrista dispuso para hacer sus daños irreversibles (en empleos destruidos, en hambre, en víctimas de la represión, en el descomunal endeudamiento que pende sobre el pueblo futuro, en la calidad de las reivindicaciones, el daño hecho en 14 meses es enorme) es en realidad el tiempo que necesitaron las cúpulas para recalcular en qué medida su poder corporativo puede coexistir con el macrismo. Todavía ese interrogante permanece indeciso en sus planes. Se pierde de vista un dato decisivo para explicar estas demoras si se olvida que las cúpulas sindicales ya a mediados de 2015 se habían alineado al macrismo.

 ES Fotografía


Foto: Che cámara

Pero el tiempo político no es lineal ni homogéneo. En un mes pueden precipitarse cosas que en un año parecían inamovibles. Todo eso se precipitó en marzo. El paro de ayer, que quiso mantener un silencio místico, no fue para nada mudo. Fue hablado por el contexto previo.

Las gigantescas movilizaciones de marzo de 2017 liberaron uno de los mayores voltajes de la historia reciente. Movilizaciones protagonizadas por actores diversos unidos en la calle ante un enemigo común. Esa seguidilla fue tan contundente que descolocó a todos, empezando por las propias cúpulas sindicales, una dirigencia opositora sumida en un letargo preocupante y un gobierno atónito. Marzo fue protagonizado por esa articulación frágil y poderosa llamada pueblo, que no responde a ningún designio calculable. El macrismo intentó imprimir sobre ese dinamismo sorprendente variados relatos extraídos de urgencia del repertorio más folklórico de la derecha, tratando de impostar un aplomo y un manejo de los tiempos que ya perdió.


La concentración de diseño del 1A fue su primera reacción, en la que activó toda su artillería mediática (enorme y agobiante) para tratar de neutralizar e inscribir en su relato el paro inevitable de ayer. Pocas veces se vio en Argentina un alineamiento de las clases dominantes tan cerrado, enrareciendo la atmósfera con un pathos fascista que remite a la histeria bélica de 1982 o al lanzamiento del Proceso de Reorganización Nacional del 76. Esta presión fue eficaz para alinear a esos sectores medios que se angustian ante el conflicto y se tranquilizan ante el garrote. Hay tradición de eso.

La contundencia del paro cada uno la va a contar de la manera que le convenga. La CGT puede ufanarse de ser la única institución capaz de lograr parar el país. No puede olvidarse que hace pocas semanas no querían hacerlo. Y que fueron forzadas a la vista de todos. Tienen aparato, sí. La adhesión de los gremios del transporte es decisiva, sí. Pero con todo eso, no querían hacerlo hasta que la situación se les hizo insostenible.

Si pretendieron que el paro fuera mudo y quieto, hasta ahí no llega su poder. Los motivos habían quedado expuestos en las 6 marchas de marzo. La CTA ya puso otra fecha: la Marcha Federal del 1 de mayo, que coincidirá en las calles con las tradicionales concentraciones de la izquierda.


Fotos: Che cámara

Otro motivo para que el paro fuera mudo y quieto: el conglomerado que constituye la unidad cegetista no puede hablar ni moverse sin exponer sus diferencias. El ideal de la quietud y el silencio, más que una decisión es una confesión de sus límites. Hay en ese conglomerado muchos sectores que anhelan volver a la mesa del diálogo macrista, con el auspicio papal. Para ellos, el paro de ayer pretendió ser una descompresión. Otros sectores de esta misma unidad precaria, incómoda para todos (incluido el gobierno), exploran la posibilidad de nuevas articulaciones sindicales políticas que están en el aire: paritarias libres, defensa de la escuela pública, resistencia a la flexibilización, protección del empleo y el salario. En esta CGT hay al menos dos CGTs, que por el momento se avienen a permanecer una, pero que a la vez tienden hacia direcciones opuestas: o el ala laborista de macri o la unidad en la acción junto a la CTA y la izquierda. Esa tensión no ha sido aliviada por el paro; al contrario, cada uno de esos proyectos puede creer que la contundencia del paro los legitimó.

En este panorama no se puede obviar a la izquierda trosquista. Fueron los que, por default, le pusieron color, banderas, tensión dramática al paro de ayer. Pusieron el cuerpo ante el despliegue represivo de Bullrich. Esa experiencia es un aprendizaje enorme para ellos y un signo disponible para todos. Lograron que el paro tuviera el movimiento que la CGT no quería. Pudieron escenificar en la calle la dureza y la inestabilidad del conflicto y la peligrosidad del enemigo. Si a la burocracia cegetista le jode que las banderas troscas desplacen su protagonismo es porque esta izquierda viene a ocupar el lugar que el peronismo y el kirchnerismo dejan vacío. Los trosquistas son pocos en comparación con el aparato sindical ortodoxo que pueden paralizar el país, son pocos también contra el descomunal despliegue de los fierros mediáticos y represivos del régimen. Pero son los suficientes como para ponerle letra e imágenes a un paro que la CGT quiso mudo y quieto. Y en las actuales condiciones son quienes pueden ir creciendo a expensas de la indecisión peronista.

Represores arrojando gas pimienta contra los manifestantes en Panamericana. Imagen: La Izquierda Diario.

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