Cine y pensamiento







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martes, 27 de septiembre de 2011

La vida nueva


por Oscar Cuervo

Por una decisión narrativa firme, la vida nueva es eso que en la película de Santiago Palavecino queda fuera de campo. Por eso su visión deja una sensación de ahogo, un malestar difícil de asimilar. Esa vida nueva puede estar en el vientre de Laura (Martina Guzmán), en el hijo de ella con Juan (Alan Pauls) ,que nacerá fuera del espacio dramático en el que la película elige quedarse. Puede que se trate también del renacer de César (Nicolás Goldschmidt), el chico que vuelve de una muerte que parecía segura, que revive en el momento en que la película está por concluir. Hay destinos que parecen inapelables, pero hay también fugas posibles. Posibles: nadie dice seguras.

El infierno de Palavecino es circular, como esas vueltas a la rotonda en las que se crispan los jóvenes burgueses y recalientan el motor de las camionetas de sus papis. Es un pueblo en medio de la llanura, un paisaje asordinado, no plácido, más bien aplastado. Es una noche tibia, ni fría ni caliente, y el canto de los grillos es un rumor en el que la naturaleza también puede gemir de angustia. Lo sabe Juan, que sale a buscar a su mujer; lo sabe ella, que ha salido a caminar por las calles del pueblo solo para escaparse de él, de su indolencia terminal. Y César, el chico, quiere romper también el círculo; por eso llena la bolsa de piedras y la tira contra una de las camionetas de sus amigotes. César puede ser dentro de unos años como Juan, un irresoluto, un tipo al que la vida se le escapa entre los dedos sin ofrecer resistencia. De hecho, el chico paga el gesto de violencia sumiéndose en una vida vegetativa, un estado plano en el que parece ya no responder a los estímulos. Pero el caso de Juan es más exasperante: respira, camina, habla, pero no parece capaz de reacción, no puede largarse a llorar, no puede decir no.

Alan Pauls encarna la tragedia de Juan, una tragedia no declarada al menos hasta el momento en que la narración lo deja. La asume con una forma extrema de la elegancia: conserva tanta elegancia frente a las pruebas a que la vida somete a su personaje que acaba por parecer estólido. Hice todo mal, todo al revés, se justifica Juan ante Laura. Lo dice con un tono pastoso, como si no registrara con el cuerpo el drama que declara. Esa indolencia lo vuelve un personaje conmovedor. Pauls es un cinéfilo al que le gustan los actores neutros, los rostros planos como pantallas, sobre los que el espectador proyecta sus sensaciones. Así es el papel con el que le tocó debutar en la actuación cinematográfica.

La decisión de Palavecino de ver ese mundo a través de ese personaje no está exenta de riesgos: es difícil, si no imposible, sentir empatía con Juan, pero bien mirado, despierta una enorme piedad. El punto de vista elegido no permite crescendos, porque su posición está inhabilitada para la épica. El anegamiento espiritual del Juan le confiere una tonalidad a La vida nueva. Pero la película cobra vida a través de los módulos musicales. Laura es una pianista de carrera trunca, que se dedica a darle clases de piano a Sol (Ailín Salas), la chica que compone el cuarteto central de la película. En esas clases se reflexiona sobre las tonalidades, sobre los puntos de tensión, las transiciones y la duración de las notas; se trata de los momentos en los que el film ensaya sobre su propia forma.

1 comentario:

Liliana dijo...

"un tipo al que la vida se le escapa entre los dedos sin ofrecer resistencia (...) respira, camina, habla, pero no parece capaz de reacción, no puede largarse a llorar, no puede decir no."

Dan ganas de verla