Cadete





lunes, 7 de noviembre de 2011

Los genios son como la tormenta

Harold Bloom y Søren Kierkegaard


Nota del editor: Uno de los momentos más interesantes de las recientes Jornadas Iberoamericanas Kierkegaard (realizadas esta semana en el barrio de Flores, en Buenos Aires) fue la intervención de Elisabete M. de Sousa (del Centro de Filosofía de la Universidad de Lisboa), titulada "Harold Bloom y Søren Kierkegaard: influencias y angustias", en la que la investigadora portuguesa explora la lectura hecha por el teórico literario neoyorkino Harold Bloom de la escritura kierkegaardiana. Bloom desarrolla una tesis acerca de la "angustia de influencia" que se produce entre el llamado "poeta fuerte" y el "poeta tardío", es decir, entre un precursor y su discípulo (o efebo). Según Bloom, se lleva a cabo una intensa lucha, llena de angustia, entre un poeta joven que apunta a encontrar su propia voz y aquel poeta que es su precursor. El norteamericano propone interpretar este combate a través del método de "malas lecturas" ("misreading", dice Bloom; "desleituras" traduce al portugués de Souza), lecturas incorrectas de textos intrínsecamente fuertes que determinan la posibilidad de convertir en un clásico al respectivo autor. "Todos los autores de todos los géneros literarios, filosóficos o religiosos -dice de Souza-, pueden llegar a ser objeto de este proceso de lectura errónea, y el combate antagónico por ellos generado resulta ser inseparable del deseo de conquistar la inmortalidad". De Souza sostiene que esta teoría de Bloom está fuertemente inspirada en su lectura de Kierkegaard, en textos como El concepto de angustia, Temor y temblor o Migajas filosóficas . Hay en Bloom una apropiación filosófica de Kierkegaard, y para De Souza la influencia del danés sobre el norteamericano es más fuerte que la que sobre él ejecen autores como Nietzsche o Freud. Por otro lado, puede reconocese, según de Souza, un acto de "mala lectura" por parte de Bloom hacia el danés, que hace posible su apropiación.

A continuación reproduzco la parte sustancial de un texto de Bloom sobre Kierkegaard, en el que él sostiene que, más allá del deseo de Søren de llegar a ser un apóstol de Cristo, lo que éste logró sin lugar a dudas fue ser un genio literario. Este texto forma parte de Genius: A Mosaic of 100 Exemplary Creative Minds, un libro de Bloom de 2003:

Genios: un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares 

por Harold Bloom

Kierkegaard siempre deseó vivamente ser un apóstol de Cristo y no sólo un genio solitario. No habría apreciado la terrible ironía de que la mayoría de nosotros lo considere un genio literario a pesar de sus intenciones espirituales. Recordamos a Kierkegaard como el autor de La repetición, O lo uno o lo otro, La enfermedad mortal, El concepto de angustia, obras extraordinarias en las que sobresale su ironía, su inventiva y su agudeza psicológica, mientras sus percepciones religiosas tienden a ocupar un segundo lugar.

El Nabucodonosor de Kierkegaard, recordando cuando era una bestia y comía pasto, reflexiona sobre el Dios de los hebreos y comprende que sólo este Todopoderoso está libre de la necesidad de ser instruido. Hablando en nombre de Kierkegaard, Nabucodonosor nos enseña en qué momento la mente creativa ha llegado al límite y en qué punto se resuelve por fin la dificultad de convertirse en cristiano. “Y nadie sabe nada de él, quién fue Su padre, no cómo adquirió Su poder, ni quién le enseñó el secreto de Su fuerza”.

El Dios de Kierkegaard es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Moisés y de Jesús. Pero los discursos edificantes de este visionario danés nunca llegaron a influir en la tradición literaria como lo hicieron sus fascinantes meditaciones sobre la seducción, la repetición y la noche oscura del alma. (…)

Maestro de todas las ironías, Kierkegaard comparó a los genios con la tormenta:

Los genios son como la tormenta, van contra el viento, aterrorizan a la gente, limpian el aire.

El orden establecido ha inventado diversos tipos de pararrayos.

Y logró su cometido, Sí que lo logró; logró que la siguiente tormenta fuese más grave todavía.

¿Acaso desde la perspectiva de Kierkegaard Jesucristo fue dicha tormenta? Roger Poole trazó el dominio de Kierkegaard de la comunicación indirecta, generalmente desde complejas ironías, como en este caso, en el cual Kierkegaard compara al genio con el cristiano:

Que no todas las personas son genios es algo que se admitirá. Pero que los cristianos son aún más escasos que los genios es algo que se ha echado al olvido con bellaquería.

La diferencia entre un genio y un cristiano es que el genio representa lo extraordinario en la naturaleza; no hay ser humano que pueda convertirse en uno. El cristiano representa lo extraordinario de la libertad o, para ser más precisos, lo ordinario de la libertad, lo que todos deberíamos ser, excepto por el hecho de que aparece de forma extraordinaria. Por tanto Dios desea que el cristianismo se anuncie incondicionalmente a todos los hombres, por eso los apóstoles son hombres simples, ordinarios, por eso el prototipo surge en su versión más humilde, y todo esto para señalar que lo extraordinario es lo ordinario, que todos tienen acceso a él –y sin embargo, los cristianos son aún más escasos que los genios-.

Refiriéndose a Jesús, Kierkegaard dijo que en tres años había reunido a once seguidores, cifra que contrasta considerablemente con las victorias evangélicas desde entonces. En su famosa definición de las diferencias entre un genio y un apóstol, Kierkegard observó perspicazmente que el genio de Pablo no resistiría comparación “ni con Platón ni con Shakespeare”. La diferencia es de autoridad; pero ¿quién excepto Kierkegaard (y su discípulo tardío, el poeta Auden), querría comparar a un genio con un apóstol, a Platón con San Pablo? Kierkegaard era evidentemente un genio; ¿fue también un apóstol? Dado que su descubrimiento más importante fue la inmensa dificultad de convertirse en cristiano, podemos evitarle esa denominación.

El corazón del genio de Kierkegaard es su conciencia de que es prácticamente imposible convertirse en cristiano en una sociedad ostensiblemente cristiana. A veces pienso que los dos pensadores menos americanos que han existido son Spinoza y Kierkegaard. Baruch Spinoza nos dijo que es necesario amar a Dios sin esperar que nos ame de vuelta. Kierkegaard nos dijo que los cristianos no son cristianos sino otra cosa. Nietzsche, un paso delante de Kierkegaard, dijo que sólo había existido un cristiano y que había muerto en la cruz, pero el autor de Discursos cristianos y Ejercitación de cristianismo luchó denodadamente contra la desesperación que eso supone. Kierkegaard pidió en sus oraciones convertirse en cristiano, si bien habría comprendido la denuncia de Emerson de que la oración es una enfermedad de la voluntad.

La esencia del genio de Kierkegaard es la negación de las realidades aparentes en una sociedad ostensiblemente cristiana. Esto era una fuente de ansiedad para él, en la medida en que se veía obigado a ser poshegeliano de la misma forma en que nosotros nos vemos obligados a ser posfreudianos. Hegel niega la autoridad del hecho, o lo que él considera como lo dado, a la que destruye para alcanzar la verdad metafísica mediante un proceso que denominó “mediación”. A Hegel no le gustaba la ironía, aunque poseía un curioso sentido del humor. Kierkegaard sustituyó irónicamente la mediación hegeliana por lo que llamó “repetición”, tema de un librito de ese nombre que publicó en 1843 con el seudónimo Constanin Constantius. Tres años antes, Kierkegaard se había comprometido con Regine Olsen, y un año después rompió el compromiso. La repetición es un monumento a su acto de mala fe, pues con el término “repetición” se refería a la voluntad de someterse a la posibilidad de una experiencia de posibilidades que podrían volverse trascendentes, como el matrimonio.

El verdadero héroe de la repetición es el marido fiel:

Resuelve el gran enigma de vivir en la eternidad oyendo las campanadas del reloj en el corredor, y oyéndolo marcar las horas de tal manera que no acortan su eternidad, sino que la prolongan.

Esta es una frase genial, y su irónía se vuelve contra el mismo Kierkegaard, quien sabía que había fracasado en su epmpeño de resolver su enigma. “La ironía es un agrandamiento anormal… acaba matando al individuo”, y es así como Kierkegaard, al igual que el joven de su libro expiatorio, quien también rompe su compromiso, se convierte en una mera parodia de la repetición. La seducción no puede ser considerada repetición porque priva al seductor de la esperanza de una experiencia trascendental.

Kierkegaard fue un poeta de las ideas empeñado en la originalidad. Al igual que el poeta Keats que muere hacia la vida, lo que Kierkegaard buscaba era convertirse en cristiano bajo la instrucción única del mismo Cristo. (…)

Kierkegaard murió a los 42 años: colapsó en la calle después de recoger los fondos que quedaban de su herencia, su último vínculo con su padre; un mes después moría en el hospital, pues ya no tenía razones para vivir. Su último ensayo, “La inmutabilidad de Dios”, empieza con una oración:

¡Oh, Inmutable, a quien nada cambia! Tú que eres inmutable en el amor, que no te permites cambiar por nuestro propio bien, quisieras que pudiésemos desear nuestro propio bienestar, permitirnos ser educados en la obediencia incondicional para encontrar reposo y reposar en esa inmutabilidad. Tú no te comparas con ser humano. Para conservar una pequeña medida de inmutabilidad, no deberás poseer muchas cosas que te puedan movilizar, así como tampoco deberás dejarte movilizar en demasía. Pero a ti todo te moviliza, y en infinito amor. Inclusive lo que los humanos llamamos un insignificante roce, la necesidad de la golondrina, eso te conmueve, Infinito Amor. Pero nada te transforma, ¡oh, Inmutable! Tú que en tu infinito amor permitiste ser conmovido, ojalá nuestra plegaria te lleve a bendecirla para que así, con tu inmutable voluntad, transformes al que reza hacia la conformidad, tú ¡oh, Inmutable!

Me parce un texto insoportablemente conmovedor. Dios, a quien nada cambia, se inclina no obstante hacia el amor infinito. Si nosotros deseamos permanecer inmutables, no podemos permitirnos amar. Rompemos nuestros compromisos y no logramos una auténtica repetición. Después de la oración, Kierkegaard nos predica un sermón a nosotros, sus lectores, su única congregación. El texto del sermón es Santiago 1, 17-21, que es la antítesis de la doctrina paulina, la palabra de Jesús según su hemano Santiago el Justo, cabeza de los cristianos hebreos de Jerusalén:

Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

El, de su voluntad nos ha engendrado por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.

Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oir, tardío para hablar, tardío para airarse:

Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

Por lo cual, dejando toda inmundicia y superfluidad de malicia, recibid con mansedumbre la palabra ingerida, la cual puede hacer salvas vuestras almas.

2 comentarios:

Martha dijo...

Los genios son como la tormenta...
ese símil me conmovió mucho, extremadamente.
Alguien me lo comentó , uno de los que dicen que éste es el mejor blog...pero se quedan callados.

Martha dijo...

Yo me equivoco o el Festi de Mar del Plata está rebueno este año? .Unas ganas locas de ir, a lo que contribuye la apasionante manera de narrar de Roger Koza, rom`piendo moldes.