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sábado, 16 de febrero de 2013

La chica del sur

Su director, José Luis García, este domingo a medianoche en La otra.-radio, La Tribu, online.



No deja de asombrarme que la cinematografía argentina produzca cada año un puñado de películas notables, verdaderas proezas de la sensiblidad, a partir de una factura artesanal modestísima. Hoy por hoy todos están hablando de Lincoln, La noche más oscura, Argo y otros mamotretos hiper-diseñados desde un cálculo político-bélico-mercantil, en los que cada plano y cada corte responden a un agobiante desprecio por el cine, por la experiencia personal del espectador y, en definitiva, por la capacidad de perceción humana. ´

Sin ningún chauvinismo, del que me siento totalmente ajeno, me parece asombroso que en nuestro país en el término de los últimos años se hayan dado a luz milagros cinematográficos como Papirosen, Escuela Normal, El país del diablo, Tierra de los padres, todo el último Perrone (lo digo así para ahorrar caracteres), Yatasto, Criada... y ahora: La chica del sur, de José Luis García. 

Lo de artesanal no hace falta explicarlo: forma parte de la textura visual y sonora de estos films el estar hechos a mano: es como si todavía se conservara la huella de la mano humana que las modela y las termina. Lo de la modestia es más ambiguo. Porque -ahora quiero centrarme particularmente en La chica del sur y, por inevitable añadidura, también en el primer largo de García: Cándido López, los campos de batalla- hay una evidente modestia en sus modales, una especie de gesto gentil de pedir permiso que contrasta con la prepotencia del cine mainstream que se impone abusivamente incluso antes de proyectar su primer fotograma. 

Mientras esta serie de películas argentinas de las que estoy hablando, frágiles en su producción y en sus posibilidades de exhibición y promoción (comparemos una vez más los millones de caracteres destinados a colaborar, a veces involuntariamente, en el lanzamiento comercial de las películas del Oscar en el que incluso nosotros caemos), son sin embargo (o por eso mismo) de un vuelo creativo, una libertad de concepción verdaderamente envidiables. ¿Será precisamente que la falta del dinero que tienen en abundancia  los Bigelow, Affleck, Spielberg, vuelve a los Di Tella, García, Paralluelo, Solnicki, Prividera, Perrone, Herrera Córdoba creadores que gozan de una libertad insólita? No solo en relación a la imagen agobiada del cine industrial (salvo honrosas excepciones), sino también a ese material tóxico y degradante que nos entrega cada día la televisión. En estas modestas-grandiosas películas como La chica del sur, la mirada humana reencuentra su amenazada dignidad en la sociedad del espectáculo.

La chica del sur nos hace comprender, a partir de un encadenamiento de azares, mucho más de las mutaciones antropológicas de las tres últimas décadas mundiales que la lectura de unos cuantos tratados académicos. Ni hablar.Y eso que no es siquiera un exponente de cine-ensayo, sino algo mucho más interesante que voy a decir en el próximo párrafo.

La chica del sur pertenece al género de la nouvelle, esa forma de relato literario tan preciso, de una duración acotada, ni tan corto como un cuento ni tan largo como una novela, que requiere de un rigor formal muy ajustado para funcionar. La chica del sur es un relato extraordinario, organizado por una de las voces en off mejor pensadas en el cine argentino de las últimas décadas, que sabe decir "yo" sin exhibirse con vanidad, al contrario, diciendo "yo" con un pudor en el que que reside gran parte de su encanto. Es como si José Luis García dijera: "mirá, te quiero contar algo que me pasó hace unos años". Y se tomara una hora y pico para decir lo justo y después hacer silencio. Y al cabo de ese silencio propiciar una especie de iluminación, no mística, sino terriblemente íntima y a la vez colectiva.

Y siendo un extraordinario narrador, capaz de enhebrar con toda soltura la indeteminación de su camino personal en la vida con los acontecimientos históricos que cambiaron el mundo desde la imposición del paradigma neo-liberal y la caída del campo socialista, José Luis García nos sorprende con un relato conciso y emocionante. Cuenta de una chica que conoció una vez, cuando casi de carambola su hermano le cedió un pasaje para participar en el Festival Internacional de las Juventudes políticas que se hizo en Pyongyang, Corea del Norte, en 1989, año de la masacre de  estudiantes en Tian’anmen (China), que prácticamente coincidía con el encuentro de militantes, jóvenes mayormente comunistas que quizá no supieran que estaban asistiendo al estertor de ese mundo que signó al siglo 20. Film situado entonces en muy definidos límites espaciales y temporales: la frontera entre dos mundos. García ni siquiera era militante y, como dije, llegó ahí por un cierto azar. La película registra ese clima irrepetible, desde las consignas, desde el look de los militantes, incluso desde el carácter de la imagen VHS. Pero la vida sigue y quiere que sucedan más cosas, hasta llegar al día de hoy. Y la película nos llega hasta acá.

Es también curioso que ese narrador tan preciso, que nos da en La chica del sur una de las nouvlles más inspiradoras sobre el mundo contemporáneo y sobre Argentina en él, no se haya propuesto semejante misión que podría haberlo extraviado fácilmente. Concentrándose en esa anécdota que empezó en su juventud y que llega hasta su madurez, contando ese tránsito mediante la propia película (que muestra como se ha ido haciendo), La chica del sur alcanza un significado histórico universal. Curioso porque este perfecto narrador, su voz, la entonación que García sabe lograr para contarnos es pequeño episodio que vivió, el encontrar ese tono, proviene del campo de la iluminación y la cámara. En los momentos indicados su voz se calla y deja aparecer la imagen en toda su proliferación de sentidos, su indeterminación y, en definitiva, su misterio: un fuera de campo magistral. Es por eso que La chica del sur, como ya a su manera lo hacía Cándido López, nos puede dar un ejemplo exacto del relevo entre la imagen y la voz, pronunciada en primera persona por un sujeto que evidentemente no lo sabe todo acerca del hecho que vive y muestra, pero que se da cuenta de que en esa pequeña narración hay encerrado algo inmenso. En sus momentos culminantes, La chica del sur no tiene nada que envidiarle a la ficción más controlada. Al contrario: puede superar a la mayor parte de las ficciones coetañas.

Dijo María Pía López (últimamente la estuve citando mucho) algo que describe muy bien el encanto y la verdad de La chica del sur:

"Cine: La chica del sur, de José Luis García. Como hacía en Cándido López, aquí el cineasta persigue la restitución de una escena original. Hace cine en esa imposibilidad, en el fracaso de la representación y del recuerdo. La mejor escena está casi al final: la chica y el cineasta balbucean, se malentienden, se sumergen en algún hosco silencio, hablan un inglés dudoso, mientras un traductor coreano-argentino los mira vestido con una camiseta de la selección. Su cine está en la tenacidad de ese balbuceo, en la imposible escalera que trasladaba buscando el punto de vista de las pinturas de Cándido López, obsecación del que busca sin encontrar pero produce en ese fallido singular".

Solo me queda aconsejarles que no se pierdan La chica del sur, una de las mejores películas que podrían ver este año. Y que escuchen la entrevista en vivo que le haremos este domingo a  la medianoche a su director José Luis García, en La otra .-radio, FM La Tribu, 88.7, online.


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