Cadete



jueves, 23 de marzo de 2017

La torpeza política del gato organizó el frente social que puede vencerlo












El macrismo creyó ver en el conjunto de los docentes argentinos un modelo fácil de demonizar, para doblegar pedagógicamente a través de ellos a todos los sectores del trabajo que, según el cinismo de Carlos Pagni, "si a macri le va bien, van a morir".  

El capricho de no llamar a la Paritaria Nacional que fija el piso mínimo salarial para los docentes de todos los distritos del país -como resultado del cual el estado nacional, según lo ordena la ley, se compromete a compensar la diferencia entre lo que cada provincia puede pagar y ese mínimo- no se justifica con la excusa de que el estado no dispone de los fondos que podrían solventarlo. Esos fondos están, pero el macrismo prefiere subejecutarlos. 

Quebrar el espinazo de los maestros sería, por un lado, establecer un caso testigo para volver a cerrar los convenios salariales a la baja, tal como logró hacer el año pasado con la apreciable colaboración de la CGT macrista. Si lograse instalar la "postverdad" de una inflación del 18%, el gobierno emitiría una señal en varias direcciones: hacia otros gremios con menor visibilidad que los docentes, que deberían empezar a negociar después de impuesta esta pauta; hacia los inversores trasnacionales que están testeando la firmeza política del régimen para bajar los salarios a los niveles subterráneos de otros países de la región; para la burocracia sindical colaboracionista, que así podría seguirse jactando de monopolizar la regulación del conflicto de clases. 

Además, la elección de los docentes y de la escuela pública como el enemigo a derrotar encierra una dimensión simbólica que excede a esta coyuntura. El rediseño social que el neoliberalismo se propuso realizar es incompatible con la tradición profundamente democrática de la escuela pública argentina. Las guarangadas deslizadas en los discursos del gato y de su ministro de educación no son errores contingentes. La clase social que hoy gobierna el país odia de manera visceral a la escuela pública, porque sabe que ahí reside una reserva de las pulsiones igualitarias de la indócil sociedad argentina. El modelo vincular empresarial que el macrismo se propuso imponer en su "revolución cultural" necesita que el tipo de integración social que se trama en las escuelas, los colegios y las universidades públicas caiga en la fosa de los sectores que según Pagni "tienen que morir". 

Para lograr desarticular una construcción colectiva que enhebra la historia de la nación, desde Sarmiento hasta la reforma universitaria radical de hace un siglo, desde el peronismo del 45 hasta el kirchnerismo, haría falta una ingeniería social, sustentada en un despliegue represivo, que el macrismo no está capacitado para sostener ni por su inteligencia ni por su fuerza. Las ofensas discursivas del gato y la burda acción psicológica de los medios corporativos para transformar a los maestros en "choriplaneros" solo lograron activar el instinto de defensa que la sociedad civil parecía haber mandado a dormir el año pasado. El macrismo sobrestimó su propia capacidad política y subestimó mucho el arraigo de la escuela pública en la identidad nacional y popular. Ayer, el canto colectivo "vamos a volver" no bajó de ninguna consigna desde el palco, creció desde el pie, como expresión de un kirchnerismo inorgánico, más cultural que político. Los muertos que vos matáis...

La tremenda marcha de ayer es el resultado de esa mala evaluación. Cada frase despectiva que el oficialismo dejó escapar de sus bocas alimentó la movilización en cien mil asistentes. 24 horas antes de la marcha, el gato dijo eso de los que tienen que "caer en la escuela pública" y así terminó de garantizar la imponencia de la manifestación. Para ciertas tareas delicadas, las armas del marketing no andan. 

El pueblo le asesta al régimen la cuarta movilización multitudinaria en una quincena, preludio de la quinta que será este viernes 24, alimentada también por la ignorancia soberbia de los gerentes y sus torpes ofensas. Pero la marcha federal docente tiene componentes especiales: aglutina a una oposición social novedosa, que no estaba articulada hasta hace poco, porque es probable que una parte de los docentes que ahora están luchando por su dignidad hayan votado hace un año y medio por este gobierno. 

El gato, con su engreída estupidez, logró conglomerar a estas fuerzas dispersas e identificarlas con el sindicalismo más digno y menos corrompible; logró juntar en un mismo palco a dirigentes de identidades políticas que hace mucho no se unían en la acción; logró que esta lucha sindical se acerque a la de los organismos de derechos humanos que se movilizan mañana; logró que los oradores sean aplaudidos por una multitud cuando reclamaron la libertad para Milagro Sala; y logró mostrar que hay un modelo de representación sindical drásticamente distinto al Triunvigato que hace dos semanas tuvo que fugarse de su propio acto corrido por sus bases.

Evaluaron mal. Pensaron que iban a conquistar la consistencia épica que les falta armando mediáticamente al ogro Baradel que se opone a la angelical Mariu. Alguna imaginación febril con poca calle y mucho  trollcenter creyó que así fundarían el relato de su revolución meritocrática. No sabían que en realidad estaban despertando a un tigre.

Para decirlo más corto, la torpeza política del macrismo organizó el frente social que puede vencerlo.

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