sábado, 1 de diciembre de 2018

El apartheid de Nordelta y la gestión de los propios desechos



por Lidia Ferrari

Se ha desatado un interés mediático por el Nordelta a partir de la protesta de las trabajadoras que tenían dificultad de acceso a sus lugares de trabajo. Recordé la impresión siniestra que tuve en Casa de Campo, el club más exclusivo de República Dominicana, famoso porque allí poseían casas Frank Sinatra y Henry Kissinger. De regreso a la ciudad se veían personas haciendo dedo en la calle. Eran los trabajadores del exclusivo club que no tenían medios de transporte a disposición para trasladarse a sus hogares. Jamás olvidaré la impresión que me causó y lo que pensé. ¿Es necesario que tanto dinero y exclusividad sea a costa de semejante maltrato a los que sostienen esa estructura? No pude dejar de recordarlo con la noticia de que la gente que vive en Nordelta no sólo no acepta viajar con “sus” trabajadores sino que además no les preocupa cómo ellos hacen para llegar a sus casas.

Inmediatamente evoqué la periferia de Dubai, la “City of Dreams”, la más “exclusiva” ciudad del mundo, la más avanzada tecnológicamente. Es instructivo ver los videos de cómo viven “sus” trabajadores en la periferia de Sonapur. Los que construyen y sostienen esas estructuras viven en condiciones misérrimas. ¿Es necesaria esa exclusión y esa explotación? Porque si hay tanto dinero a disposición, ¿no hay algunas monedas más para garantizarle a los trabajadores las mínimas condiciones de vida y de transporte? Parece que no. Parece que la exclusividad se nutre también de lo que excluye. Y eso ya no pertenece solo a la esfera económica del dinero. Se trata de una economía libidinal que vampiriza cuerpos y trabajos.

A partir de la difusión mediática del problema del transporte en Nordelta se decidió que algunas líneas de colectivos entraran a la ciudad. ¿Qué sucedió con los nordeltenses que no querían viajar con “sus” empleadas porque hablan mucho y huelen mal? Hicieron un petitorio para que NO lleguen los colectivos al Nordelta 1. ¿Cuáles son sus argumentos? Se dirigen al vendedor que les prometió un “doble anillo de seguridad” y le dicen: “usted no nos puede quitar lo que nos vendió, ahora caminamos tranquilos, si entran los colectivos ya nada será igual”. El petitorio menciona el problema del transporte de los empleados. Pero no es el tema que les preocupa. El tema central es la “exclusividad/exclusión”. Pretenden haber comprado una garantía de estar a salvo de los males humanos.

Los empleados que vienen del exterior a trabajar para ellos son revisados cada vez que entran y salen en ese doble anillo de seguridad. Toda esa seguridad no les permite vivir sin sentirse amenazados.

Sospecha y vampirización de aquellos de los que tanto dependen. Se los usa, pero se los desprecia. ¿Qué dicen esos cuerpos que hablan mucho -la misma queja de la cirujana famosa del nordelta-, que tienen malos olores? Esos cuerpos les limpian sus letrinas, les acomodan sus desórdenes. Les sostienen las tareas necesarias para sostener sus cuerpos. Cocinan, limpian, ordenan. La vida impecable, con doble anillo de seguridad, pretende estar ajena a las propias mugres. Estarían mucho más seguros si se limpiaran ellos mismos sus letrinas. Pero ellos no pueden gestionarlas porque se ensuciarían. 

Ahora bien, los empleados no sólo limpian sus suciedades, también cuidan a sus hijos, cocinan su comida. ¿Cómo puede no importarles quiénes colaboran con tareas imprescindibles para su vida? La exclusión y el rechazo a esos que son “sus” compañeros en el viaje de la vida no puede dejar de afectarlos en tanto rechazan aquello que es parte esencial de ella.

Las tareas domésticas y nuestra cultura

Ese plus de la explotación, que es el envilecimiento de la tarea, no se puede explicar por la formación de la plusvalía. La contratación de una fuerza de trabajo, aunque sea a precio vil, supone la apropiación de ese valor extra que constituye la plusvalía. Pero el rechazo o la segregación a la persona que realiza la tarea doméstica (o cualquier tarea que sea denigrada por el dador de trabajo) supone un plus que no proviene del intercambio de la mercancía trabajo. En el caso de las tareas domésticas, tal cual vemos en discursos segregacionistas como el de Nordelta, hay un plus en el rechazo al contacto (imaginario) con el sujeto explotado. 

¿Se trata de una manera de negar el proceso de explotación? No parece. ¿Proviene del goce en la explotación del otro? No se puede generalizar, porque depende de la modalidad de goce de cada sujeto. El envilecimiento de las “tareas domésticas”, esas que competen a todos los seres humanos, muestra que se trata del intento de expulsar -reprimir, negar o repudiar- las propias miserias singulares de la existencia vital, la de las necesidades fisiológicas que condenan a TODOS los individuos a la prosaica rutina de gestionar sus incorporaciones, excreciones y desechos. Con la colaboración de la dimensión simbólica llega a pensarse que están más allá de esas exigencias que, sin embargo, embarran la cotidianidad. 

Cuando Freud analiza el origen de la cultura plantea que el “comienzo del fatal proceso de la cultura se situaría en la postura vertical del ser humano” 2. Esa postura erecta lo alejará de sus órganos fisiológicos y de sus olores. De allí el predominio de las pulsiones visuales sobre las olfativas, fenómeno que ligará estrechamente a la represión. Represión que conduce a condenar las excreciones corporales, a desvalorizar el olfato y a un afán cultural por la limpieza. Ser limpio, dirá Freud, es ocultar los excrementos. Parte del desprecio a los animales se origina en que no se avergüenzan frente a los excrementos y las funciones sexuales.

Estas son las reflexiones freudianas -con un dejo de fantasía evolucionista- acerca de esta repulsa humana hacia la suciedad y su afán de pulcritud. Pero ¿cómo se explica que las personas que realizan las tareas de limpieza, cuya lógica tarea es la de “limpiar”, queden adheridas a esta imagen que la cultura rechaza? Que haya vergüenza por las propias excreciones y funciones fisiológicas no justifica que quien colabora en las tareas de limpieza deba encarnar lo rechazado ancestralmente. Se trata de otra operación en el individuo por la cual si la limpieza lo aleja de la vergüenza cultural, que sea otro el que la realiza, imaginariamente lo aleja aún más de sus suciedades. Y adjudicándole la suciedad y el mal olor a ese otro, más aún. Pero no forma parte del intercambio de la fuerza de trabajo como mercancía que esa tarea deba cumplir con la expectativa de que el pagador se crea “impoluto” y que no está concernido en la propia suciedad que expulsó fuera de sí. Paradójicamente, quien realiza la tarea de limpieza para otros queda adherido a esa tarea y en lugar de limpiar parece que se ensuciara. ¿Qué es lo que lo ensucia? Un estigma, pues realiza una tarea considerada ingrata por la sociedad, por eso no hay gratitud hacia quienes la realizan. Una tarea social ingrata, porque el afán de la limpieza pone en acto lo que se rechaza, aquello que se debe expulsar, la propia mugre. Como el obsesivo que no estará nunca seguro de estar lo suficientemente “limpio”.

Cuando los propietarios de Nordelta insisten en que las trabajadoras 3 huelen mal parecen decirnos freudianamente que ellos sí alcanzaron altos estadios de la cultura mientras sus empleadas no. Nosotros podemos leerlo como una manera sintomática de reconocer que esas empleadas se llevan algo que no les pertenece, los malos olores de los empleadores. Con esa segregación olfativa no hacen sino confirmar que aún no han alcanzado cierto grado de cultura que les permita reconocer y agradecer a quienes realizan para ellos tareas que consideran denigrantes.

El presidente Rafael Correa en una entrevista plantea que las burguesías latinoamericanas cambiarían mucho si comenzaran a realizar ellas mismas sus tareas domésticas. Pienso que la propuesta de Correa es realmente revolucionaria. De esas revoluciones profundas que podrían cambiar la vida de cada persona. Pero será difícil de implementar, mientras los cuerpos y los trabajos de los otros estén envilecidos no sólo con el bajo precio del dinero, sino por el desprecio hacia esas tareas domésticas que debemos inevitablemente cada uno de nosotros realizar para vivir.

Ningún apartheid, y el de Nordelta tampoco, puede apartarnos de nuestros propios desechos y miserias.

NOTAS


2 Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. O.C. T. XXI. Amorrortu. Pag. 97.

3 Que sean mujeres quienes realizan mayormente las tareas de limpieza no es sino un punto más en la escala de las subordinaciones y exclusiones de las mujeres. Pero también son mujeres quienes segregan a las trabajadoras.

2 comentarios:

jfc dijo...

Lxs tilingxs q no pueden pagar los tarifazos miau, dejan sus hilux y viajan en bondi, pero no pueden igualarse, como ya es tradición, así como les molestaba q unx empleadx usara un perfume igual o zapatillas igual y los prejuzgaran por vivir una fiesta inmereceda o protestaran por la redistribución estatal, hoy gestionan la intolerancia a compartir asientos, como seguro abjuran de compartir inodoros... no saben q todxs compartiremos la muerte, el final, el vacío, la nada

Marcelo D. Foti dijo...

Después de toda esta filosofía, las preguntas quedan en pie.
Quién habilita el funcionamiento de la empresa MaryGo?
Y los partidos políticos, en su representación zonal que están haciendo?

Marcelo Foti