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sábado, 9 de agosto de 2014

Comprar, tirar, comprar

Un documental sobre consumismo y obsolescencia programada


Hace un par de semanas decía el economista Mariano Kestelboim:

"...el mayor problema de la economía mundial es cómo administrar la abundancia. A nivel global, se fabrica mucho más de lo que se demanda. Si hubiera escasez de productos, hoy la mayor potencia económica mundial no sería Estados Unidos, sería China.  

(...) Para eludir ese escollo, las empresas renuevan sus estrategias de producción y venta. Estimulan el consumo, desarrollan departamentos que estudian cómo reducir, de forma programada, la vida útil de lo que elaboran y también se forman carteles para segmentar mercados, acordar niveles de precios mínimos o de producción máxima. Periódicamente eso no es suficiente y se generan crisis de sobreproducción o subconsumo, como la que afecta a la periferia de la Unión Europea. La industria del Viejo Continente acumula stocks de mercadería, despide trabajadores y cierra fábricas porque la producción asiática ocupó su mercado.

(...) La sobreproducción tiende a ser cada vez mayor y la economía, para crecer sin fuertes pujas distributivas entre empresarios y trabajadores, se ha vuelto adicta a burbujas de endeudamiento. Ellas dinamizan temporalmente el consumo y la actividad y hacen que el sistema sea más cíclico y regresivo". (Leer más acá)

Decía Oscar Varsavsky en 1969:

"La sociedad actual, dirigida por el hemisferio Norte, tiene un estilo propio que hoy se está llamando ‘consumismo’. Confiesa tener como meta un ‘bienestar’ definido por la posibilidad de que una parte cada vez más grande de la población consuma muchos bienes y servicios siempre novedosos y variados.

Producción masiva y cambiante en la medida estrictamente necesaria para hacer anticuado lo que se vendió y crear una nueva necesidad de comprar, es ley de la sociedad. Que al hacerlo eleva poco a poco el nivel de vida material de la gente es su aspecto positivo, que tantos defensores le proporciona entre los que no sufren sus injusticias. Al mismo tiempo está obligada a imponer gustos, costumbres y valores homogéneos a toda su clientela potencial: la humanidad; cosa no tan bien vista ni siquiera por sus defensores. Dijo De Gaulle:

“A partir del momento en que todos los hombres leen lo mismo en los mismos diarios; ven desde un rincón a otro las mismas películas; oyen simultáneamente las mismas informaciones, las mismas sugestiones e idéntica música a través de la radio, la personalidad última de cada uno, el propio ser, la libre elección, dejan de contar absolutamente. Se produce una especie de mecanización general en la que, sin un notable esfuerzo de salvaguardia, el individuo no puede impedir su destrucción”. (Discurso en la Universidad de Oxford).

Para hacer esto posible es necesaria una altísima productividad industrial, con rápida obsolencia de equipos por la continua aparición de equipos por la continua aparición de nuevos productos. Esto requiere una tecnología física muy sofisticada, que a su vez se basa en el desarrollo rápido de un cierto tipo de ciencia, que tiene como ejemplo y líder a la Física.

Se perfeccionan entonces ciertos métodos: standarización, normas precisas, control de calidad, eficiencia y racionalización de las operaciones, estimación de riesgos y ganancias, que a su vez implican entronizar los métodos cuantitativos, la medición, la estadística, la experimentación en condiciones muy controladas, los problemas bien definidos, la superespecialización, métodos que no tienen por qué ser los mejores para otros problemas.

(...) El hombre tiene sólo dos facetas importantes: producir y consumir en el mercado (capitalista o socialista). Sea artista, científico, campesino o militar, lo que produzca será puesto en venta en algún mercado, si es que satisface las normas del sistema, y su éxito dependerá, tanto o más, de la propaganda o de las relaciones públicas que de su valor intrínseco. Y como consumidor está sujeto a las mismas presiones.

(...) Muchos científicos son sirvientes directos de estos mercados y dedican sus esfuerzos a inventar objetos. Los resultados son a veces muy útiles: computadoras, antibióticos, programación lineal; pero no podemos esperar que se dediquen a inventar métodos para difundir ideas sin distorsionarlas, antídotos contra el lavado de cerebro cotidiano que no hacen los medios de difusión masiva, estímulos a la creatividad, criterios para juzgar la importancia de las noticias que aparecen en primera página y en la última o la justicia, implicaciones y motivos de los actos de autoridad que allí se anuncian.

Esto se acepta como trivialidad: nadie espera que las empresas paguen a sus científicos para trabajar contra los intereses. Es cierto pues que la ciencia aplicada no es libre sino dirigida, y que por lo tanto podría ser de otro tipo si se la dirigiera hacia otros fines, como por ejemplo los que hemos mencionado inicialmente". (Leer más acá)

Lo que sigue es un documental para la televisión que me recomendó Mariano Kestelboim cuando el domingo pasado vino a La otra.-radio (se puede escuchar el programa acá). Se llama Comprar, tirar, comprar ("The Light Bulb Conspiracy", 2010, coproducido por Arte (Francia), TVE y Televisió de Catalunya) y lo hizo la directora alemana Cosima Dannoritze. Contiene mucha información sobre el concepto de obsolescencia programada, por el cual los desarrollos tecnológicos que mueven la maquinaria consumista son diseñados  con una vida útil limitada que los hará salir de funcionamiento en un tiempo previsto de antemano, para que los tiremos, compremos otros, fallen, los tiremos y así sucesivamente. Lo notable es que esta ni siquiera es una idea reciente: la industria tecnológica la viene explorando desde hace un siglo.

1 comentario:

julieta eme dijo...

genial. es muy bueno el documental.