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jueves, 21 de septiembre de 2017

No todo el mundo tiene primavera

Juan, como si nada hubiera sucedido (Carlos Echeverría, 1987) - Penúltimo encuentro de Cines Extremos - Alvarez Thomas 1093 - Sábado 19:30



1987, no todo el mundo tiene primavera:

Una película se pregunta cómo es posible que una comunidad, la de Bariloche, Argentina, teja cada día su normalidad mientras Juan Marcos Herman desaparece, ha desaparecido, permanece desaparecido desde hace 10 años, cuando tenía 22, desde 1977, sigue desapareciendo, 10 años después de su desaparición, 30 años después del estreno de la película, Juan, no ha aparecido, todo sigue, como si nada hubiera sucedido. Juan tiene hoy 62, pero todavía no apareció.

Bariloche convive con sus desaparecedores mientras el realizador Carlos Echeverría y el periodista Esteban Buch empiezan a preguntar qué sucedió. La busca empieza años antes, en 1983, una vez que los militares dejaron el poder formal. Juan, como si nada hubiera sucedido termina cuando el alfonsinismo aprueba la Ley de Obediencia Debida y el estado argentino empieza a desandar el camino del juicio y castigo del plan sistemático de desaparición forzada de personas. La película de Echeverría y Buch se constituye en el punto de referencia inicial de todo el cine de la post dictadura.

Una referencia secreta: esta obra excepcional, como dice Nicolás Prividera, la mejor que se hizo sobre la dictadura, probablemente, digo yo., que no pongo en duda que sea una de las mejores películas argentinas de todos los tiempos, aunque figure en muy pocas listas, solamente me pregunto si es una película sobre la dictadura o sobre la normalidad argentina, lo cual incluye el período 83/87 en el que fue filmada. Y hoy.

Yo no la vi en su momento, sino mucho después, en 2013, 30 años después de que empezara a filmarse, la vi un sábado a la tarde en la Ex Esma, en el Centro Cultural Haroldo Conti, presentada por Prividera. Me impresionó hondamente por varios motivos: por el lugar donde fue proyectada, nunca había entrado a la Esma; por el momento en que la vi, con la derecha recomponiéndose para hacer tambalear la democracia una vez más y volver; por la película misma, obviamente. Por el cine. Porque el cine no puede existir sin salirse de sí y Juan, como si nada hubiera sucedido es en este sentido más cine que casi todo el cine filmado en Argentina, porque el pequeño equipo que la filmó se sale del cine y se mete en el mundo. 

¿Por qué tan poco cine argentino ha sido capaz, hasta entonces y desde entonces, de salirse de sí y de meterse en el mundo?

Decía: creo que Juan, como si nada hubiera sucedido es una película sobre la normalidad argentina, al menos la que a mí me tocó vivir la mayor parte de mi vida. Me impresiona su capacidad para captar el alfonsinismo, el cinismo, la post-dictadura más que la dictadura misma. Porque el asunto es que la película no se refiere, en el momento de ser filmada, a algo sucedido, sino a algo que sigue sucediendo, y filma ese presente, en el que casi todos viven como si nada hubiera sucedido. Casi. No todo el mundo.

Su potencia fílmica -cívica- excede las virtudes meramente documentales. Pero también sus virtudes formales. Su excepcionalidad también -sobre todo- reside en dejar atrás esa remanida distinción  entre forma y materia. Es su posición como cine lo que la hace única. Su posición en el mundo

En esa época se había puesto de moda el show del terror, cuando las revistas de Fontevecchia vendían pilas de huesos desenterrados en sus tapas, con los genocidas casi todos caminando a nuestro lado, casi, imponiendo restricciones al poder político de Alfonsín, que había llegado a la presidencia gracias a su audaz denuncia de un pacto sindical-militar para que los crímenes del terrorismo de estado (creo que en ese entonces todavía no se lo llamaba así, sino solamente "la dictadura militar", o preferentemente "el Proceso", que es como la dictadura había impuesto llamarse a sí misma) quedaran impunes. Las juntas militares que encabezaron el período del estado terrorista habían sido condenadas en un juicio histórico y ejemplar. Alfonsín había cumplido esa parte de su promesa electoral de desbaratar el pacto sindical-militar, por el cual un triunfo del PJ habría mantenido la autoamnistía que los militares se dieron al final de su debacle. Las elecciones del 83 no hicieron posible que el pacto se verificara. 

Alfonsín lo denunció, ganó, juzgó a las cúpulas militares y sigilosamente cumplió con otro pacto no declarado públicamente: no se juzgaría al comando civil de la dictadura, que durante muchos años iba a seguir llamándose militar. También Alfonsín cumplió con otra parte del plan: si los desaparecidos fueron decenas de miles (su número exacto permanece abierto), los responsables de las desapariciones no podían ser solo el puñado de dictadores procesados y condenados. La denuncia de Alfonsín encubría otro pacto de impunidad que hasta hoy la sociedad argentina no terminó de resolver: las cúpulas civiles que sostuvieron políticamente la dictadura siguen impunes. Hoy, además, volvieron a gobernar el país. 

Son los mismos pero, dice Beatriz Sarlo, ya no son los mismos: el problema de la repetición y la diferencia.

Juan, como si nada hubiera sucedido no se centra específicamente en los responsables civiles ni exlclusivamente en los ejecutores militares de la desaparición de Juan.

La cuestión más inquietante que plantean Echeverrría y Buch, en un protagónico de dimensiones históricas, es filmar el mantenimiento de la normalidad argentina, el terror flotando todavía en el aire, entre Bariloche y Buenos Aires. Cuando Juan, como si nada hubiera sucedido se estrena, antes, ya se habían estrenado La república perdida y La historia oficial, que son las dos películas con las que la sociedad civil se absolvió a sí misma. Juan, como si nada hubiera sucedido se sale de ese marco y va más allá.

Después de terminada la película vino la Ley de Punto Final, con la que Alfonsín terminaba de cumplir su propio pacto. Después vendría Menem y también tenía su pacto: el indulto, el abrazo con el almirante Rojas como gesto de reconciliación. Al dar los indultos, Menem dijo "yo no puedo ver ni a los pájaros enjaulados" y los largó. Reconciliación no hubo. No habrá.

En diciembre de 2015 asumió la jefatura del estado un gobierno negacionista, uno de cuyos primeros actos fue poner en cuestión el número de los desaparecidos. No como una cuestión historiográfica, sino para sentar nuevas bases para la repetición. El 1 de agosto de este año, hace 52 días, no tan lejos del lugar donde en 1977 desapareció Juan, ahora la gendarmería nacional, bajo el mando de Patricia Bullrich y su jefe de gabinete Pablo Noceti, con la complacencia, al menos, de macri, hace desaparecer a Santiago Maldonado, de 28 años, nacido dos años después de que la película se terminara de filmar. En estos 52 días permanece desaparecido porque el estado argentino está interesado en que no se investigue a los culpables de su desaparición. Lo que es lo mismo: el estado argentino volvió a consentir y quizás a alentar la desaparición forzada de personas.

2017: no todo el mundo tiene primavera. Ver hoy Juan, como si nada hubiera sucedido, 30 años después de su finalización, 40 años después de la desaparición de Juan, 52 días después de la desaparición de Santiago, cuando los dos siguen desaparecidos, no induce a pensar que la historia se repite. La historia no se repite.

Este sábado a las 19:30 en Alvarez Thomas 1093 vamos a ver Juan, como si nada hubiera sucedido. Pero no la vamos a ver como si nada hubiera sucedido. Porque algo ha sucedido.

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