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martes, 23 de abril de 2013

Macao y la fiebre

El post BAFICI II
sobre A Última Vez Que Vi Macau 
de João Rui Guerra da Mata y João Pedro Rodrigues


“Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo a los astros. Absorto en esas ilusorios imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo”.
Jorge Luis Borges, "El jardín de los senderos que se bifurcan”

por Lilián Cámera

¿Cómo se filma el territorio elusivo de la infancia? Cómo entramos en esa deriva de la patria más ajena, donde el recuerdo así como las fronteras mismas se reinventan, dejan huellas de otra colonización posible?

La última vez que vi Macao intenta con su registro fascinante, mezcla de documental, ensayo, policial negro y ciencia ficción apocalíptica dar cuenta de estas preguntas. Y lo hace desde ese cruce donde se unen el relato de quien supo vivir allí los momentos más felices de su infancia (João Rui Guerra Da Mata) con la memoria de quien jamás pisó sus calles (João Pedro Rodrigues), y reconstruye la ciudad a través de lo que la literatura y el cine pudieron elaborar sobre ese Oriente misterioso.

Candy (la trans Cindy Scrash que ya participó en Morrer como um homem) canta en el inicio You kill me doblando a la Jane Russell de Una aventurera en Macao (Josef von Sternberg, 1952). Detrás y separados por una alambrada un grupo de tigres se pelean, juegan o gruñen. No son tristes animales de circo, son los “otros” tigres de Borges:” el tigre vocativo de mi verso/es un tigre de símbolos y sombras,/una serie de tropos literarios/y de memoria de las enciclopedias/…” (En su mundo no hay nombres ni pasado/ni porvenir, sólo un instante cierto)”. Esta escena brindará los primeros indicios de una profecía que comienza a desplegarse y se cumplirá al final.

Candy ha llamado a su amigo Guerra da Mata para contarle que está en graves problemas y él acude. Pero la cita se malogra, porque siempre se extravía, confunde sitios, pregunta y ya nadie lo entiende en esa ciudad que ha sido colonia portuguesa por 400 años. Aparecen extraños signos, mensajes amenazadores, disparos en la noche, gritos y crímenes ocurren en un fuera de campo. Los directores eligen fragmentar los cuerpos y no muestran los rostros de sus personajes, solo detalles: pies, manos que sostienen un arma o levantan una peluca rubia al borde del agua , una misteriosa jaula cuyo contenido se desconoce pues siempre está cubierta y pasa de mano en mano. Unos dedos enjoyados, que se presumen son los de Madame Lobo, temible jefa de la secta que persigue a Candy, acomodan sobre la mesa las pequeñas figuras del horóscopo chino, un tigre, un perro y una serpiente. Casi como quien decide el destino de cada uno de los protagonistas. Ese poderoso fuera de campo juega en su entramado con la visibilidad de las ruinas del Macao presente, el que pudo o supo ser en la infancia de Guerra da Mata , apenas sugerida en sus fotos de los años setenta.

La imagen de un zapato con taco aguja en el asfalto preanuncia lo peor y nos remite a ese mismo plano de un corto anterior de la dupla, Alvorada vermelha (2011). Otro intento excepcional de atrapar la mítica ciudad, convertida en Las Vegas china, con sus contradicciones y su espesura emocional y física.

En otra escena la voz que lleva el relato nota que los perros lo siguen permanentemente a lo largo de su periplo. Son perros que a veces se detienen y miran a cámara, aquellos que le sugerirán al extraviado y perseguido Guerra da Mata, la secuencia de una mutación que traerá finalmente la felicidad tan deseada: un escenario donde reinen otras criaturas.

Si a través de la elegancia de esos felinos y la cofradía perruna es posible entender de qué va esa felicidad, en el laberinto dentro del laberinto por donde emerge el imaginario propuesto por los directores se puede vislumbrar la trampa de un pasado idealizado, el amor por el cine, la infinita belleza de esos senderos que se bifurcan, de aquello imposible de nombrar y retener como la vida misma.

PD. Aclaración sobre el título: me tocó ver La última vez que vi Macao en medio de una fiebre que arreciaba como una tormenta, crecía y decrecía, colándose en todas las escenas. La fiebre acompañó el proceso como un indicio más sumado a la trama, porque yo creo que las buenas películas provocan efectos físicos, se sienten con todo el cuerpo.

2 comentarios:

Lukas dijo...

Genial Lilián. Necesito verla de nuevo, tanto Bafici me mareo un poco!!

julieta dijo...

hola li: viste Lazos perversos? qué te pareció?