Cine y pensamiento







El próximo sábado: Eraserhead de David Lynch + una yapa. Alvarez Thomas 1093 - 19:30.

viernes, 14 de julio de 2017

Santiago (una de las mejores películas de los últimos años) + un pequeño film de Kiarostami dedicado a Scorsese

Extrenos estremos I: mañana sábado 15 de julio de 2017 a las 19:30 (muy puntual) en Red Colegiales - Alvarez Thomas 1093




Hace diez años estábamos atravesando uno de los últimos Baficis verdaderamente bellos cuando vino a Buenos Aires el cineasta brasileño Joao Moreira Salles a presentar Santiago, la que, creo, es una de las películas más notables de las últimas décadas. De esas en las que cada plano y cada negro, cada sonido y cada silencio parecen ostentar una posición inexorable. En ese momento, todavía impregnados del influjo de la sensibilidad y la inteligencia inusual de esta película, le hicimos una entrevista a Joao. La hicimos junto a Alejandro Ricagno en el meeting point del Abasto.

Nos decía Moreira Salles:

"Hace unos años empecé a encontrar un camino en mi cine, que parte de un principio muy simple: en un documental, el tema tal vez sea siempre menos importante que el modo en que se filma. Por lo tanto, todo cine no ficcional deberá ser una reflexión sobre el cine no ficcional. Santiago es un film autorreflexivo. No existe una estructura anterior al film. Eso marca mi nuevo camino, que comienzo sin querer. Esto está en el fondo de una antigua tradición del documental: siempre que hubo una ruptura no fue porque se descubrió un nuevo tema, sino porque se halló una forma novedosa de tratar los viejos temas. En Brasil, el que hizo esto muy bien es Eduardo Coutinho. Yo produje algunos de sus filmes y creo que, de tanto conversar con él, llegué a esa idea".

Ahora que transcribo ese fragmento de la conversación -que salió publicado en el número 16 de La otra, exactamente en el invierno de 2007 (¡retromanía!), caigo en la tentación de salirle un poco al cruce, no para negarlo, sino para acentuar ciertos matices de lo que él nos dijo y quitarle el énfasis a otros. Y para contradecirlo un poco, también.




Lo primero que quiero decir es algo que solo nos podía revelar el paso del tiempo. Coutinho, a quien Moreira reconoce como su maestro, estaba vivo y filmando en 2007 y ahora ha muerto. La última película de Eduardo Coutinho -a quien también tuve la gracia de conocer, en una entrevista que años después le hicimos Eduardo Benítez y yo en el bar La Paz, mientras él fumaba un cigarrillo tras otro- se llama Ultimas conversas. Coutinho no pudo concluirla porque fue asesinado por su propio hijo. Moreira, que era el productor del film en el que Coutinho manifestaba cierto cansancio de seguir haciendo cine, fue quien tomó el material de su maestro y le dio el corte final.

En segundo lugar, asumo el principio muy simple que en 2007 Moreira Salles dice haber encontrado unos años antes; pero quiero simplificarlo todavía más: todo cine es una reflexión sobre el cine, me gusta más así. Creo que el principio no se restringe a la no ficción y que tampoco se trata de un deber, sino de un ser: ni el cineasta más inepto puede impedir que su película piense por él, más allá de él. Esa fuerza centrífuga es la que creo que opera sobre el cine mismo, su imposibilidad de reposar sobre sus límites. Una fuerza siempre está empujándolo más allá de sí, fuera de campo. En lugar del deber ser, prefiero el potencial: todo esto sucede si se da la posibilidad de que un destinatario, vulgarmente conocido como espectador, tenga una mirada suficientemente atenta. El cine no reposa en sí mismo. Esa idea me llevó a hacer girar el ciclo que mañana sábado comienza alrededor de la idea de los extremos. Extremo acá quiere decir una fuerza que empuja más allá sin detenerse nunca. Toda película se juega en esa puja fuera de sí.

Entonces, claro, todo documental también pelea con su condición de tal. Todo plano está acorralado por su fuera de campo, toda palabra dicha está rodeada de silencios peligrosos. Cuando un cineasta gana cierta conciencia de que esto está pasando -y no puede dejar de pasar- su película alcanza una densidad especial. Y si lo descubre durante el proceso de realización de su obra, entonces se transforma en una obra maestra.

Santiago es una obra maestra. Según sabemos por algo que Moreira Salles nos dice en el espacio off del film -a nosotros en el presente fílmico y no a su retratado-, la película conquista esa condición a pesar suyo. Es una evidencia que lo asalta al cabo de un proceso largo desde que la película se empezó a filmar (13 años antes), de cómo quedó trunca y comenzó la tristeza. Hay una verdad de la obra que sucede cuando Moreira, después de tanto de no saber qué hacer con las nueve horas de filmación que guardaba,  al fin logra ver dos cosas: su propia mirada de la persona que se propuso retratar -Santiago, el mayordomo de su familia aristocrática- y el motivo que 13 años antes le había impedido verlo auténticamente a Santiago, el velo que tapaba sus ojos.




La melancolía que impregna el film la trae un poco el propio Santiago, un hombre que ha sido personal de servicio durante toda su vida y, ya jubilado, vive en un pequeño departamento acompañado por sus fantasmas, con los que dice hablar todo el tiempo. Acá haría falta desmentir a Moreira. Uno de los motivos por los cuales Santiago, la película, es extraordinaria es porque Santiago, el hombre, es extraordinario. Un argentino de origen humilde y campesino que llega primero a Buenos Aires y empieza a trabajar como sirviente de la oligarquía porteña y luego hace su periplo por Chile y Brasil, siempre sirviendo a familias poderosas. Hasta caer en la familia de Salles, a la que sirve durante varias décadas. Santiago, la película, es el último acto de servicio de Santiago. Cuando Moreira lo filma, a principio de los 90, dos años antes de que Santiago muera, él es un  joven cineasta obtuso que no es capaz de reconocer el manjar que su personaje -su sirviente- le ofrece. La venganza póstuma de Santiago queda escondida entre los momentos muertos del material en bruto, las partes que el joven e inepto Joao (Joaozinho le dice Santiago al señorito) desecharía en sus primeros bocetos. Ahí, mientras Moreira está desatento, Santiago deja plantadas unas minas de sentido que le estallarán al cineasta cuando su protagonista ya haya muerto. En el tono sumiso de Santiago se esconde un rasgo de auténtica majestad que Moreira va a comprender cuando ya no pueda agradecérselo.

Entonces hay otro motivo por el cual Santiago es melancólica al cuadrado: porque Moreira descubre algo sobre ese hombre cuando ya no puede retribuírselo. La película podría ser un intento de retribución, pero está hecha para el lucimiento de su autor y para la dicha de sus destinatarios. La desdicha de Santiago no podrá ser reparada.

En todo caso, Santiago es una persona extraordinaria y la cámara y los micrófonos lo guardan y aguardan a Joaozinho hasta que se dé cuenta. En todo caso, más desdichado es Moreira, que se dio cuenta tarde de la ofrenda que Santiago le dio y ahí está Santiago en Santiago para hacerse señor de su película. Lo cual terminaría por decirnos que lo verdaderamente decisivo de Santiago es su objeto, Santiago. Negando en cierto sentido lo que Moreira dice acerca de la poca importancia de los temas.

"Mi actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante" deja escrito Santiago en una de las miles de hojas mecanografiadas que le lega a Joao. La frase es sorprendente. Santiago puede ser un gran escritor. En lo que dice de sí mismo se exalta y a la vez se derriba. Es tan narrativa su potencia que podría ser un personaje de Manuel Puig si no hubiera sido un hombre real. Quizás no es que Santiago fuera un tipo tan extraordinario, ahora que lo pienso. Quizá cualquier hombre es extraordinario bajo una mirada amorosa. Ese amor del que Joaozinho era incapaz mientras filmaba a su mayordomo y que ahora solo puede vivir como recuerdo.

Hay en la película una lucha entre dos modos de ejercer el recuerdo: esa forma continua, apasionada, versátil y desquiciada (creo que su intensidad la desquicia pero no la hace insignificante, al contrario, aunque literariamente es mucho mejor terminar la frase con ese "del todo insignificante") de Santiago y la otra forma, más queda, cauta y sobria de Salles. Uno de los fundamentos de la riqueza del film es esa tensión entre el desborde de Santiago y la aristocrática sobriedad de Moreira.

Por si todavía no se entendió: Santiago es un gran film político. No se habla ahí de política pero se la hace como pocas veces se vio en el cine. No una película sobre el poder, sino el poder mismo en acto, dirigiendo el film.

Como Santiago tiene cierto renombre entre círculos cinéfilos pero yo estoy convencido de que se trata de uno de los mejores films de los últimos años, me pareció que valía la pena abrir este ciclo de Extremos con ella.



Y tenemos un plus:

Un petit film dedié a Scorsese

Abbas Kiarostami se dedicó a realizar durante sus últimos meses de vida una serie de microfilms. Esta breve maravilla que vamos a pasar mañana como yapa condensa toda la poética de Kiarostami en un momento misterioso de belleza inasible. Lo habíamos descubierto en youtube hace muchos meses, quizás incluso antes de que Kiarostami muriera, no estoy ahora seguro. Pero como su circulación era tan inadvertida, no estaba seguro de que se tratara de una auténtica obra de Kiarostami a pesar de su belleza arrebatadora. Hice averiguaciones y no había podido confirmar nada. Así que la pasamos en la última jornada del ciclo de cine del verano pasado en Red Colegiales fuera de programa y sin aviso. Después mi amigo Roger Koza desde Cannes me confirmó que efectivamente se proyectó allá junto a otros microfilms póstumos del genio iraní. Ahora que ya sabemos que es de él, ya no circula por youtube, pero nos quedó esa copia y mañana la pasamos junto con Santiago.