martes, 18 de agosto de 2026

Days: viviendo en el mundo Tsai

Foco Tsai Ming-liang en el Doc Buenos Aires


La sincronía es precisa: cuando Days se estrenó en Berlín, febrero de 2020, la crisis sanitaria avanzaba amenazante. En días el planeta entero quedaría confinado. El mundo se convirtió en una película de Tsai. Lo que para la conciencia pública fue un shock distópico, para quienes conocíamos su cine fue reconocer una geografía espiritual e íntima que venía desplegándose desde 1992. No era una clarividencia fundada en capacidades sobrenaturales. Tsai sólo fue fiel a la percepción aguda de la contractura de una época, el centro del que brota su narrativa desde que en El río (1997) su lente se enfocó en el cuello dolorido de Lee Kang-sheng.


El cuello es la parte del cuerpo que nos permite girar, mirar al otro, cambiar de perspectiva y sostener la cabeza. El pulso acelerado de las grandes metrópolis contractura el cuello y la existencia. Lo sabíamos por nuestra vida, pero se hizo potencia retórica desde que Tsai pensó que no había nada más importante para filmar.


Con Days, Tsai ejecuta una depuración que afecta la gramática de sus planos secuencia. En su etapa de ficción (Rebeldes del Dios Neón / Stray Dogs) el plano fijo es una olla a presión. Su arquitectura interna atrapa a los personajes en un mecanismo de acumulación / precipitación que cada vez vuelve a empezar. En Days se libera el sentido de la duración. Ya no se acumula la tensión, el tiempo fluye. El extenso plano del encuentro de los cuerpos nos permite seguir en tiempo real la vibración de la piel, el contacto visual en el momento del climax y el beso. El acto de donación se consuma en la cajita de música que suena cuando Anong y Lee se separaron. Lo más cerca de un final feliz que el cine contemporáneo tiene derecho a llegar.


domingo, 16 de agosto de 2026

Dillom: La nueva violencia y una canción sublime

La nueva violencia es el reciente álbum de Dillom. Lo distingue como el artista que se anima a desprenderse de los clisés del pop sobreproducido sin lugar para la crudeza emocional. Lo que predomina como una especie de concepto en el sucesor de Por cesárea es un frenesí uptempo que sostiene gran parte del disco, como un documental del reviente nocturno, el derrape en baños bisexuales con gente que hace fila para respirar. Los primeros comentarios asocian esta atmósfera con una actualización del pathos de Miami de los Babasónicos. Esa pintura que muestra la continuidad espiritual de estos años con los odiados '90 resalta en la escucha inmediata de La nueva violencia

Sin embargo, hay algunos oasis climáticos en los que prefiero detenerme: "Souvenir" tiene un destino de hit infeccioso en la línea de "Cirugía". La canción que cierra, "Amigos", cita literal del bajo springsteeniano de "Dancing in hte dark", funciona como antídoto jubiloso contra el cinismo. Pero el tema que para mí proyecta a Dillom como artista popular es "Maniquí", que interrupe el acelere discotequero predominante y podría sonar apropiadamente al final de un capítulo de la tercera temporada de Twin Peaks, en el escenario de melancolía zombie de The Roadhouse.

"Maniquí" late con el pulso doo-wop de fines de los '50, con su balanceo clásico en 6/8, un tempo hasta ahora inexplorado por Dillom. La canción se conecta con la veracidad de Paul en "Oh, darling": la voz se rompe en los climaxs, estirándose hacia el grito pasional que privilegia el sentimiento por sobre la prolijidad. El audio replica la reverberación expansiva, maximalista y monumental del Wall of Sound de Phil Spektor. Lejos del autotune clínico, de los timbres plásticos y la compresión digital extrema, "Maniquí" suena sucia, humana y espacial. Hay aire, soltura imperfecta y fe en que una melodía sensible no necesita de trucos para sostenerse. Dillom entona una balada de redención que dialoga con las zonas más vulnerables y desveladas del Calamaro de Honestidad Brutal. Su mejor riesgo es animarse a ser completamente clásico.

"Maniquí" tiene el ADN de las canciones inmunes al paso del tiempo que borran las fronteras de los géneros. Al despojarse de los códigos urbanos, los guiños de época y la sobreproducción digital, Dillom crea un clásico que puede saltar barreras generacionales. Esta ductilidad lo saca del nicho del hip hop  o el rock alternativo contemporáneo para habitar la lengua popular. 


Cerré los ojos y abrí la nariz
Saqué la ropa de ese maniquí
Me viste entrar, te vi salir
Siempre del mismo camarín
Come mis ojos, bebe mi sangre
Cortame el pelo
Vestime como un muñeco
Que compraste en el kiosko.

Cerca de vos, lejos de mí
Voy a humillarme y hacerte reír
Una canción en repetición
Todo te suena a un disco anterior
Estacionado, juntando polvo
Como un muñeco 
Que olvidaste еn el clóset de tus años mеjores.

Nunca te olvides que no me conocés
Y que tampoco te conozco
Sigue tu vida por fuera de mí
No pagues más para verme mentir
Siempre es así
Y aunque pasen los años
Seguiremos extraños.

Aunque vacío esté mi porvenir
Mi último aliento será un souvenir
Del más allá, sobrevivir
En una banda tributo de mí
Menú completo, mesas vacías, todo en rebaja
Terminaste vendiendo
Más salidas que entradas.
 
Nunca te olvides que no me conocés
Y que tampoco te conozco
Sigue tu vida por fuera de mí
No pagues más para verme mentir
Siempre es así
Y aunque pasen los años
Seguiremos extraños.